"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

martes, 28 de febrero de 2017

Esas pequeñas cosas

La vida son momentos, son detalles, ráfagas de acontecimientos que muchas veces pasan desapercibidos, pero que otras muchas, son como brisas que acarician los días de sequedad de cuerpo y alma.

Cumplir años es un acontecimiento que “casualmente” nos suele visitar cada trescientos sesenta y cinco o seis días.

Llevo ya unos cuantos entre pecho y espalda y muchos más que espero que el cielo y la tierra me permitan poder contar.

El domingo, no esperaba que fuera un día especialmente extraordinario. Un día que amaneció de colores ocres y que no invitaba precisamente a salir. De esos días en los que el mejor refugio eran unas sábanas arrugadas en dos cuerpos.

Pero la obligación es la obligación y la devoción incluso mayor.

Pertrecharme, colgarme del bracete a mi chica y caminar juntos hacia el lugar que hacía tañer campanas, es algo habitual de cualquier domingo que a nosotros se nos precie.

Ceremonia habitual y primer recuerdo por quien a muchos kilómetros también me hubiera cogido de la mano al son de un Padrenuestro.

Fueron segundos de nostalgias que dieron paso a la certeza de que cuando la felicidad del ausente es grande, la mía, también debe serlo.

De la devoción por lo divino, se hacía justo y necesario pasar también a la devoción por lo humano y hacia el bar de siempre se encaminaron nuestros pasos, detenidos por un abrazo inesperado, un achuchón fuerte y dos besos de amiga que siempre agradezco.

Mismo lugar, mismas caras, hombres de barra, mujeres de mesas y una enorme y helada jarra de cerveza esperándome.  

Un brindis por los años, por las gentes, por los amigos y entre estos, uno que quiso estar sin beber por culpa de unas radios y alguna quimio que no le dejan disfrutar de lo que tantas y tantas veces hemos compartido en tragos de buenas charlas.

Ahí estuvo, al pie del cañón, al pie de la amistad. Marchó pronto, pero dejó para un futuro de soles y calores lo que esta vez no pudo ser.

La dulzura se abrió paso y me sorprendió en forma de hermosa tarta y sonrisa de mujer. Dibujar amistad con palabras de nata y fresa y dedicar tiempo y esfuerzo al difícil arte del bien ajeno, es algo que por infrecuente en los tiempos actuales, se hace aún más valioso y así lo guardaré en el rincón de los recuerdos especiales.

Un hogar, un abrazo enorme con besos a juego de una niña somnolienta por noche de bailes y disfraces, un billete con dos besos, un aperitivo y una carta.

Una carta de esas sin sobre, sello ni matasellos, escrita con frías teclas, pero con un sentimiento y corazón caliente que hicieron que la jornada de puertas abiertas de lacrimales, quedara oficialmente inaugurada por una amiga a la que apenas veo, pero que conoce bien lo que soy o más bien, lo que intento ser.

No tengo palabras para agradecer las suyas pero sí la promesa de una larga charla de cafés y amistad.

De ahí pasé sin descanso a la carcajada que me provocara un tipo que hablaba de adultescencias en un vídeo que me envió otra amiga a la que aprecio mucho aunque ella misma piense con su “negatividad” habitual que no es verdad.

Dos niñas pequeñas escondidas en un disfraz de payasos justicieros en tierras con olor a sidra, que con su felicitación me hicieron añorar sus montañas.

Una partida de cartas de chinchón sin hielo con quien mantenía ojos tristes de cansancio, en un mal día, que mejorará en otros miles que espero estar a su lado.

Unas velas que apagar con una sonrisa y un beso a muchos kilómetros que también soplaron conmigo.

Un pequeño regalo de una figura que con los brazos abiertos me abraza como sólo Él sabe hacerlo.

Y por último, otra mujer, otra amiga que viviendo incertidumbres de cuerpo, no tiene ninguna de alma para llamarme y felicitarme con el mismo cariño que siempre mostró.

Así acabó un día en el que unas cuantas pequeñas cosas hicieron de un cumpleaños más, uno imborrable.

A todas las personas que lo hicieron posible, desde la patata,

G R A C I A S


P.D.1  No quiero olvidarme tampoco de los familiares, amigos y compañeros que también dedicaron parte de su tiempo en acordarse de un servidor agradecido.

P.D.2  Me estoy dando cuenta que allá por donde voy, estoy rodeado de mujeres. El día que sea guapo, no me aguantaré ni yo… Se os quiere. 



AÑADIDO OBLIGADO, QUERIDO Y AGRADECIDO


No recuerdo la última vez que tuve que retocar una entrada después de haber sido publicada, pero esta vez lo haré.

Un cartero tuvo la culpa por no entregar a tiempo lo que vino de verdes tierras y que siendo también pequeñas cosas, hacían imposible de ocultar al recuerdo de estas letras.

Quien lo envió tiene la rara habilidad de poder estar siempre en dos sitios; allá donde los tréboles tienen la suerte de conocerla y aquí a mi lado y muy dentro de mí donde sólo un padre orgulloso quiere y sabe tenerla. A mi hija, con todo mi amor, gracias. Te quiero






Gracias a Víctor, Alfonso, Yolanda y Laura por sus recomendaciones musicales a la hora de poner la banda sonora a un cumpleaños que ya pasó pero no se olvida. 











Y estas dos, las añado yo por razones más que obvias. ¡Que no pare nunca la música ni la buena gente!







¡Ahora sí! 

F I N












viernes, 24 de febrero de 2017

Dos luces, un ángel

Dos de la mañana, soledad en las calles, viento fresco, rumor de silencios.

Un hombre, su mochila, unos pasos, un destino, un Amigo.

Dos luces lejanas, movimiento, lenta cercanía, ruido de motor, el coche se detiene, una ventanilla que baja, una cara conocida, una sincera sonrisa, un uniforme, una corta conversación, destinos opuestos, despedida.

Cuatro de la mañana, mismo hombre, misma mochila, calles solitarias, regreso a casa, luces azuladas, ruido de motor, unos destellos, un saludo mano en alto, llegada al hogar.

Ese hombre, se sintió protegido; ese hombre se sintió querido; ese hombre se sintió agradecido.









*Dedicado a esos guardianes que patrullando calles realizan el difícil y tantas veces incomprendido trabajo de velar nuestros sueños.



miércoles, 15 de febrero de 2017

Altibajos

Pasan los días y ese subidón o percepción de fuertes vaivenes emocionales que hacen de la cotidianidad algo poco cotidiano, continúan en mí.

Quizás mi predisposición a sentir emociones, haya desactivado cualquier sistema de protección o defensa natural. El caso es que la euforia me persigue y la verdad, no estoy por la labor de ser yo quien dé un corte a ninguna cinta inaugurando nuevamente la rutina de los días.

Tan alto estado de ánimo, corría el riesgo de precipitarse al vacío abruptamente por hechos o situaciones inesperadas como así ha sido.
He alcanzado un puerto o cima de categoría especial a pedaladas de fraternidad, amigos, desconsuelos arropados en palabras, compañías y gestos de aliento. Descubrir amigos que intuía, celebrar en compañía lo que a soledad invitaba, animar desánimos, hacer sonreír tristezas y acompañar soledades, en poco tiempo, me hizo elevarme hasta infinitos de bondades y optimismos.
Pero llegó también la incomprensión de un dolor inmerecido; de una enfermedad o contratiempo agazapado bajo la piel de una alegría vestida de mujer.
De una amiga bañada en lágrimas de conjeturas de negro futuro pintadas de batas blancas con olor a quirófano.
Y noticias así, viniendo de quien quieres y aprecias por ser parte importante de ese reducido grupo de personas que consiguen hacer de un yin un gran yang, te hace descender de ese caballo de nombre euforia, a la realidad de esa otra vida que nadie quiere ver y en la que el dolor y la desesperanza es capaz de derribar castillos de naipes construidos con mimoso positivismo.
Ese descenso tan rápido, provoca mareos existenciales que hacen al hombre perder cierto equilibrio. Pero también, ese instinto, esa fuerza interior, innata en el ser humano, nos lleva a inspirar fuerte y pensar “a por ello que son pocos y cobardes”, remontando la ascensión con cordajes de cariño, compañía, comprensión, pinceladas de humor y ánimo compartido.
Así, rápidamente, sin tiempo a desánimos, uno regresa a la senda del sentirse bien; sentirse útil con el mundo y para el mundo, imaginando en su cabeza una gráfica que a fin de cuentas, se asemeja en gran medida a eso que unos llaman tránsito y otros, vida.




P.D. Dedicado a una amiga, que recuperará siempre su sonrisa porque lo que hoy la atormenta, acabará siendo sólo un mal recuerdo.


sábado, 11 de febrero de 2017

Año uno



Debería ser ésta quizás una entrada en cierto modo triste, nostálgica o cargada de recuerdos y homenajes para quien hoy hace justamente un año, marchó en silencio y en paz hacia otra vida sin fin.

Pero precisamente porque creo que la carretera de la vida (de su vida) no acabó ese once de febrero del pasado año, hoy voy a intentar que el recuerdo exista, pero vestido con galas de esperanza; que echar de menos no se conjugue en pretérito imperfecto sino en futuro perfecto cargado de eternidad. Y si debo llorar, lloraré al igual que si el cuerpo me pide risas, también se las daré.

No puedo quejarme ni quiero, porque no perdí una madre, gané un ángel;

No puedo quejarme ni quiero, porque esa silla que un día abandonó, se plegó y dejó su espacio ocupado por recuerdos de mil amores.

Así que hoy, mañana y siempre, miraré al cielo y rebuscaré en mi interior para sacar de mí el mejor regalo que en la distancia y hasta que nos volvamos a ver, le puedo ofrecer:

Un ramillete de violetas envuelto en oración.





martes, 7 de febrero de 2017

Una de pipas



Qué lejanos aquellos tiempos en los que un niño con ansias por crecer era feliz sólo con una bolsa de pipas en las manos.
Una bolsa de a duro; de esas de a cinco pesetas.
Era el pretexto ideal para sentarse donde más calentaba un sol de invierno o refrescaba una sombra de verano para elevar los ánimos de chicos y grandes en cualquier pueblo o ciudad.
Pipas compartidas entre amigos que en muchas ocasiones no sumaban más de dos. Conversaciones de esquina con sabor a sal.
Cambiar cromos, bolas de cristal o simplemente impresiones de chavales rabiosos de inocencia sin adulterar.
Chavales y chavalas que fueron creciendo y pasaron de los cromos y las pegatinas de sus ídolos a las chicas y chicos que gustaban o dejaban de gustar.
La esquina, era la misma; el sol, seguía calentando y saliendo siempre por el este, pero nunca faltaban esas pipas aunque ya no fueran en bolsas de a duro.
Las charlas se hicieron más serias; los problemas crecían al ritmo del tamaño de los calcetines; pero eran benditos problemas porque eran compartidos, comprendidos, masticados y muchas veces solucionados por quien teníamos al lado.

Bastaba una compañía, un silencio cómplice y una escucha sincera para dejar el rascacielos de una contrariedad a la altura de un segundo piso.

Pasaron los años y llegaron pubertades, acnés, colonias y bailes imposibles. Los juegos de quienes creyéndose adultos, no dejaban de ser simples mocosos sin pañuelo.
La legión de amigos dejó de serlo para desperdigarse en terrenos y personas por explorar.

Pasaron los años, llegaron anillos, kilos y niños y donde dije amigo, digo recuerdo.
Y llegó un día con fecha de hoy.

Un día en el que por desgracia hablan más los dedos deslizándose por un cristal de colores artificiales llenos de ceros y unos; un día en el que un mensaje llega a la otra persona sin tinta, café, o palabras directas de boca a oído.
Ese día en el que asusta más la individualidad y el aislamiento personal que mil bombas caídas desde el odio.

Estoy viviendo momentos contradictorios pero a mi entender, maravillosamente propicios para un regreso al futuro de las relaciones humanas que nunca debieron perderse en cambios generacionales y años de avances tecnológicos.
Percibo y me reconozco también a mí mismo como uno de esos caballos anclados en un tiovivo de la noria de una sociedad que te hace girar al ritmo de una falta de diálogo verdadero cara a cara, corazón a corazón.

Es hora de gritar ¡basta!
Mi cerebro piensa que el mundo habla sin hacerlo; que los sentimientos, el estrés, la pena, la soledad, la incomprensión están enmascarados en capas y capas de modernidad mal entendida y empleada.


Y por otro lado, la patata que afortunadamente no deja de latir, me dice que sigue existiendo un tipo de apariencia ruda que se emociona pañuelo en mano con palabras y abrazos amigos cuando doña enfermedad decide ser compañera de viaje; que existe una cría con trenzas que deja escapar lágrimas en algún banco, mostrando sin tapujos la realidad de una bondad celosamente escondida en el cuerpo de una mujer; o que existen dos mujeres que cara a cara ahogan nervios en refrescos de charlas de amistad acrecentada día a día, cariño a cariño;  o aquella otra que poco a poco va encontrando la compañía que una soledad traidora le arrebató y que se atreve a decirme que me quiere.
Mi instinto, mi naturaleza, mi forma de ser y pensar me obligan a silenciar cerebro y tender manos a personas así.

Una mano la tenderé a quien quiera dejar a un lado miedos al silencio. A quien quiera buscar la compañía de una risa o una lágrima sincera. A quien necesite agarrar el cuello de una botella y brindar en compañía. A quien pida un pañuelo de papel, una oración o simplemente dos oídos que escuchen.

En definitiva, a quien no le importe querer seguir siendo niño.

¿Y la otra mano?

La otra mano, siempre tendrá una de pipas.