"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

jueves, 10 de agosto de 2017

Quebrantos

Largas noches de sillón traicionero; largos días de largas horas incontables.

El tiempo detenido entre cuatro paredes y dos camas de hospital, siendo actores secundarios como acompañantes de sangre directa de una mujer con palabras de silencios en la mirada que nos habla sin hablar.

Nunca ha sido precisamente una derrochadora de palabras y la enfermedad le ha llevado quizás a ser como un pozo sin eco y vacío de sonrisas naturales.

A su lado, varias fueron sus vecinas que hicieron parada, fonda y arreglo de chapa y pintura de pocas jornadas.

Mujeres diferentes, de diferentes formas de ser y actuar.

Una, que debiera ser Marquesa de Alta Alcurnia por su despotismo en el trato hacia quienes desde el cariño y la profesionalidad intentan cumplir bien con su trabajo.

Otra, de fácil palabra, graciosas charlas, deje granaino e hipocondríacas reacciones medicamentosas. Picores y molestias imaginarias que unidas a sus costumbres de espacios abiertos, puertas sin cerrar y luces acompañantes, convertían en verdadera imaginaria militar las noches de quienes velábamos sueños de anciana.

Y una última que no por serlo deja de ser especial, sino todo lo contrario. Mujer cercana a los cuarenta con ojos claros, rostro agradable y cuerpo rayano a una delgadez exagerada. De sonrisa fácil, alegre charla, vivaracha, amable y aficionada a la lectura. Pero una mujer que vive en carne y alma el maltrato físico y psicológico de quien por ley debe mantenerse alejado y por humanidad, no debiera ni existir.

Un ruido, una puerta que se abre, una enfermera que entrara y el resorte de la supervivencia explotaba en ella, cual cuchillo a punto de ensartarse en historias de terror.

El miedo, infunde respeto; el miedo se contagia y la incertidumbre de un futuro asediado, no dejan a la vida vivir. 

Me despedí de ella con un apretón de manos y dos besos deseándole que la vida algún día le sonría a carcajadas a lo cual me contestó:


“Con un poquito que me sonría, ya será mejor que hoy”

Y aquí podría acabar esta historia de casi tres semanas de batas blancas y zapatillas multicolores, pero no. 

Sería injusto no hablar de otra habitación con un hombre anciano y desorientado que sin compañía no paraba de reclamar socorros.

De esa otra habitación ahogada en lágrimas de una mujer recién diplomada en una viudez prematura.

O de aquella habitación aislada con el temor interno de una mujer de veintiún años que no comprende bien cómo un cáncer de tiroides se ceba con ella, para desdicha de una madre que contándolo debe disfrazar su cara de entereza.

Por último, quiero y debo hablar de otra mujer que desde su enfermedad perpetua de dolor constante ha soportado estoicamente estos días más allá del lazo familiar de unión a su anciana y enferma madre.

Supo poner sonrisas y cariños en miradas vacías de contenidos tiernos y supo distraer y distraerse en tantas y tantas horas de cansancio físico y moral.

Y aunque no le faltó el apoyo de los más cercanos, mirándole a los ojos juraría que de todos los actores que intervinieron en esta obra de tres semanas, ha sido una de las personas que más cercanía necesitaba y puede que más sola se sintiera.

Cuando hablo de apoyo, lo hago en términos muy personales de lo que yo entiendo que debiera ser en circunstancias anormales como la vivida y por ello no quiero que nadie pueda sentirse ofendido. Quien bien me conoce o aprecia sabrá entender que nada más lejos de mi intención que criticar u ofender.

La cercanía de familiares o amigos, a mi modo de entender, nunca debiera leerse en caracteres de frías pantallas táctiles. Una palabra de ánimo, un abrazo sincero, o una mirada de comprensión, nunca debieran encerrase entre cuatro esquinas de ningún dispositivo electrónico.

Es la era y la hora de las comunicaciones. Esas que a mi entender acercan a la gente alejándolas aún más.

Tendría que acostumbrarme, pero qué le voy a hacer si yo nací con ganas de miradas frente a frente, de tintineos de cucharillas de café, o de escuchar con los oídos de cabeza y corazón a las personas, sin teclas de pausa ni play.

¡Qué justas y necesarias se hacen en ocasiones unas palabras de consuelo, de ánimo, de risas, de meditación para quien vive momentos sombríos y qué bonito sería coleccionar esas palabras a escasos metros de dos bocas que se hablan!

Mejor sería esta vida y mejor nos podríamos defender unos y otros de tantos y tantos quebrantos pasados, presentes y futuros.

Así lo viví, así lo siento y así lo cuento.