"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

martes, 18 de julio de 2017

Señora mía

Son muchos los días dejados atrás desde que bajo unas luces de neón, con músicas de altavoz y resquicios de Navidad, una chica ocupó minutos y preocupaciones de su tiempo para interesarse por el ánimo decrecido de un tipo taciturno como yo.

Vinieron después días y años de manos en la cintura, besos a escondidas y sueños futuros de dos novios que separados en el espacio, no lo estaban en el tiempo.

Esos novios acabaron subidos a una tarta un día como hoy de mil novecientos noventa y dos.

Ha llovido mucho desde entonces y de las fotos de ese día, muchos fueron los que marcharon para hacerse ese otro retrato del eterno Fotógrafo.

A ese Señor, sólo pido que si a bien lo tiene, aún a riesgo de manos temblorosas, pasos inseguros y pensamientos poco lúcidos, nos permita un día como hoy dentro de veinticinco años, hablar de lo que fue, es y siempre deseamos que exista.

Le pediré que lo que no guarde la memoria de un cerebro, lo recuerde la memoria de un latido.

Le pediré que lo que un día nos juramos, nunca dejemos de cumplirlo y le pediré que los días que nos queden, sigan siendo como ahora un futuro de esperanza; un futuro de dos abierto al mundo.

Quizás el destino nos sea esquivo; la enfermedad, la riqueza disfrazada de ausencia, o un camino pedregoso, podrían minar moral, fuerza e intenciones.

Pero no hay mejor remedio que un querer, ni mejor vitamina que una risa.

Y de eso, querida mía, tú y yo ya tenemos experiencia y los bolsillos llenos de caramelos con sabor a miel.

Bailar pegados, quizás no bailemos como antaño, pero que nos quiten lo bailao.

Podría hacer un resumen extenso de estos veinticinco años, pero lo voy a hacer simplemente con dos palabras que definen lo vivido y aún más lo que nos queda por vivir. Esas dos palabras, son las razones de una vida, son el orgullo por bandera y el eslabón de unión de corazones que se quieren.

Esas palabras, esos nombres, esas niñas que siendo las de nuestros ojos son grandes mujeres ya, son el perfecto resumen de la fortuna que nos ha rodeado a lo largo de estos años.

María y Ana son eso y más que me callo muy adentro y quisiera gritar a sus oídos.

A ellas van dedicados estos años de matrimonio porque son la verdadera razón de que hoy su madre y yo podamos decir con orgullo que gran parte del camino está hecho.

El mañana nos traerá distancias, abandonos de nido y llamadas intermitentes; es ley de vida.

Puede que sólo nos acompañen cuarenta naipes, un boli y un brasero, pero ¿quién necesita más si dos son felices compartiendo soledades?

Sólo le pediré una cosa señora mía; que por mucho que un futuro se pinte de negro, siempre busque en mí más que una rosa, una risa que poder regalarle.

Con todo mi afecto, con todo mi cariño, con todo mi amor, le diría que hoy como entonces, también me quiero casar con usted.














lunes, 10 de julio de 2017

Era un día como hoy

Un día como hoy hace exactamente veinte años, un joven de nombre Miguel Ángel, perdió su libertad y su futuro fue marcado con una fecha de caducidad de cuarenta y ocho horas.

La sinrazón se vistió de pasamontañas, capuchón y cobardía.
No importaba el nombre, ni el hombre, ni familia, amigos o conocidos.
El punto de mira le señaló en el centro de la diana de unos asesinos cuyo pensamiento no iba más allá del salvaje e inmisericorde afán de venganza hacia un mundo que pedía a gritos paz.
Fueron horas de incertidumbre, desasosiegos, rezos y conjuras.
Horas de manos blancas, velas encendidas y noches de párpados sin cerrar.
También horas de incredulidad, de esperanza, de temor irracional, de intenciones de milagros postreros.
Todo fue en vano.
No existió mayor cobarde, mayor ser despreciable, ni mayor alimaña que aquel que disparó dos balas cercenando futuros de quien sólo buscaba algo tan sencillo como vivir una vida.
Porque hace más de dos mil años sí existió un cobarde parecido que utilizó la pistola de la traición para entregar un Bien en vida y una Vida de bien; pero ese despreciable ser, tuvo al final un segundo de arrepentimiento para colgar sus vergüenzas y traiciones de la rama de un árbol.
Sin embargo, quien disparó dos veces a la cabeza de Miguel Ángel, aún hoy, no conjuga verbos que hablen de conciencia. Y con él aunque no separados del mundo, todas esas personas que miran hacia otro lado, o piden comprensión, acercamientos y libertades para quienes siempre deberían estar castigados, al menos, de cara a la pared.
Siento vergüenza por quien defienda a estos malnacidos; siento vergüenza por quien es incapaz ni tan siquiera de homenajear al hombre que con su muerte despertó en la calle a millones de personas en este país pidiendo justicia, pidiendo simplemente paz.
Y siento vergüenza en ocasiones de un país que permite que incluso quienes comparten muchas ideas de estos asesinos, se sienten en las Instituciones u Organismos democráticos por los que Miguel Ángel, pagó el mayor precio con su vida.
Hace veinte años, recuerdo a un hombre que circulaba por un pueblo manchego a lomos de un Renault 11 blanco escuchando por radio una de esas noticias que nunca quiso escuchar:
“Interrumpimos la programación para informarles que se confirma el asesinato de Miguel Ángel Blanco”
Ese hombre detuvo el coche, paró el motor y con las manos en el rostro, lloró.


miércoles, 5 de julio de 2017

Desencuentro




Todos sin excepción querríamos vivir en un continuo estado de nirvana emocional que nos permitiera vestir a diario con la cara de la felicidad por rostro.

Desgraciadamente, esto no es así y de vez en cuando surgen desencuentros, disputas y espaldas que se miran de frente.

No se trata de un combate en el que medir fuerzas de quién o qué estaba acertado, llevaba la razón o simplemente era mejor.

Se trata más bien de circunstancias, momentos puntuales, casualidades que hacen que sin pretenderlo se desborden espumas que no bañan brindis.

Decir que se gusta más a la gente, que a mí me miran más, que soy mejor compañía y amiga de lo que tú jamás llegarás a ser, sólo sirve para agrandar nimiedades, disputarse supremacías egoístas y satisfacer demonios para conseguir como premio quizás la soledad del olvido o la búsqueda de nuevos cobijos.

¿De qué sirve lanzarse botellas a la cabeza gritando pensamientos no pensados?

¿De que sirven miradas ausentes o enfocadas en direcciones opuestas?

Sólo un tercio de un todo de comprensión, bastaría para retomar cauces de sensatez, camaradería y por qué no, quien sabe si reconciliaciones con futuros de cupidos.

Si dos que nacieron para respetarse, comprenderse y dar alegrías llegaran a entender que lo importante no es el color con el que se viste la hermosura de sus cuerpos o los amigos virtuales que tienen, sino el bien que llevan dentro, este mundo sería mejor.

Por un próximo final del desencuentro y porque me duele mucho ver así a dos amigas mías, brindo con una Voll-Damm hasta que se pongan de acuerdo.








Foto Luismi