"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

lunes, 26 de junio de 2017

Nana, nanita, nana


Raro ver en un final de junio un vagón de metro semivacío a primeras horas de la mañana cuando los bostezos son mayores que las charlas.

Andaba yo sentado en uno de sus asientos cuando se abrieron las puertas como si de un telón de teatro se tratara y apareció en escena un armario de tres cuerpos.

Digo armario, porque si quitamos la cabeza y sus pies, el resto lo era.

Un hombre enorme, casi más ancho que alto y de riguroso luto por el color que lo envolvía.

De abajo hacia arriba con pantalón, camiseta y coronando su cima, una especie de braga de cuello que se subió hasta el cogote.

Color negro intenso de la ropa, sólo atravesada vertical y horizontalmente por tres bandas de puro blanco que dispuestas paralelamente, deduje rápidamente que publicitaban una marca que empieza por A y acaba en didas.

Mi “perspicacia natural”, así me lo hizo ver.

A lo que iba; este hombre se sentó frente a mí ocupando asiento y medio libres.

De facciones rudas, me recordó por su aspecto a uno de esos maoríes enormes que vistiendo esos colores se dedican a dar patadas a un balón achatado por los polos representando a un país tan alejado como Nueva Zelanda.

Cuando ese hombre habla para sus adentros, estoy seguro que le responde el eco de su propia voz y si en ese momento le hubiera dado por representar una haka, a mí me tienen que despegar del asiento en mi parada.

Esa percepción duró lo que dura el trayecto entre una estación y otra, porque esa mole, esa fuerza de la naturaleza, empezó a bajar sus telones parpadeantes, al mismo tiempo que el blanco de sus ojos ascendía a los cielos, en un baile que acabó por cerrar su vista a la vista de los demás.

En otras palabras, que se durmió cual bebé que escuchando dulces melodías que hablaban de nanas, nanitas, nanas, desaparece de este mundo para viajar al de los sueños mientras deja un rastro de dulzura y media sonrisa por el camino.

Si el oso que llevaba dentro llegó a roncar o rugir, lo ignoro, porque por unos altavoces se me indicó el final del camino con una voz metálica que decía:

“Próxima estación, República Argentina”.





miércoles, 21 de junio de 2017

Humo y pregunta

En momentos o días duros, taciturnos, complejos, de tristezas; cuando el color tiende a oscuridad y los presagios llevan carga negativa, es cuando cada detalle por mínimo que sea, cuenta; cada acto insignificante en apariencia, engrandece a quien lo realiza y consuela enormemente a quien padece de horas a ras de suelo.
 
Un compañero amigo o amigo compañero, quiso y supo dar en la diana de lo que va más allá en alguien que como yo arrastraba un mal día.

Unas cervezas, una charla, un “te noto mal”  y una sentencia:

“Sé lo que necesitas en momentos así”

Y marchó para regresar con un paquete entre las manos; un paquete lleno de humos sin encender y que abrió para que ambos siendo fumadores pasados, que no presentes, quemáramos malos rollos entre bocanada y bocanada que por una vez y sin que sirvieran de precedente, elevaron ánimo y espíritu de quien esto escribe.

Por otro lado, una mujer, una amiga que en la distancia intuyendo por silencios que la normalidad no es tal, sabe colocar entre interrogantes un adjetivo de interés sincero en cinco letras:

“¿Mejor?”

Dos detalles que pudieran parecer insignificantes, pero que consiguen llenar huecos en las personas que en momentos puntuales quizás necesitan en la espalda una palmada sin palma.

Y así, entre humo y pregunta la oscuridad aclara, los polos dejan de oponerse entre sí y las ideas dejan de ser obtusas para seguir por la senda marcada.
 
 

miércoles, 14 de junio de 2017

Un café, un asombro

Noche de urgencia médica; mujer mayor con azúcar en niveles menores; visita a domicilio de doctora y ayudante.

Auscultación, historiales leídos, comprendidos, comentados y acciones a seguir.

Mientras la doctora escribe, pienso y al pensar se me ocurre una típica frase venida a cuento de unas horas tan tardías. La pregunta formulaba lo siguiente:

“¿Quieren ustedes tomar un café o alguna otra cosa?”

La perplejidad, el asombro y cierto “no me lo puedo creer”, se reflejaron en el rostro de la mujer que mirando a su ayudante comentó:

“Es la segunda vez en un mismo día que nos ofrecen algo. Increíble”

¿Tan raro es? Pregunté yo.

Rarísimo, me contestó ella.

Ahora la perplejidad y el asombro me poseyeron a mí.

¿Tan extraño puede resultar que se ofrezca un café a altas horas a quien de guardia se mantiene en guardia por nuestra salud?

¿Tan fuera de lo común resulta ofrecer un refresco o un vaso de agua a quien a las cuatro de la tarde de un tórrido día acude a una llamada de auxilio médico?

Pues me juran y perjuran que sí; que así es.

Y ahora me pregunto yo:

¿Dónde quedó la humanidad?

¿Dónde quedó la generosidad?

Y sobre todo…

¿Dónde quedó la educación?

Me pierdo elucubrando y buscando respuestas porque al hacerlo no hago sino acongojarme y pensar que esta sociedad, que estos tiempos que vivimos, son del hombre sin el hombre, de los valores infravalorados y de la educación y cortesías pasadas de moda.

Y eso… asusta.





jueves, 1 de junio de 2017

Huida




Un hombre me invita a pasar; un hombre joven, de cabeza escasa en pelo y sonrisa no forzada.

Me insta a sentarme y con aire circunspecto de su boca sale el consabido 

“Usted, dirá”.

Y yo le dije.

Aún recuerdo ese día; ese bendito día.

Su cara se transformó; ese rictus de cierta amabilidad dio paso a un gesto ciertamente adusto.

Sería por la falta de luz; sería por necesidad o simplemente por seguir un protocolo. El caso es que un foco iluminó mi cara y oscureció sin yo saberlo ni esperarlo, mi futuro.

Pocas fueron las palabras; su cara a dos palmos; sus manos retorciendo, girando, sujetando, estrangulando.

Ausentes las bofetadas, diríase que el interrogatorio tuvo éxito, porque el pronombre de la primera persona del singular, o sea, yo, me vi aferrado, casi maniatado, en absoluta tensión muscular en una maldita silla que se cerró a mis espaldas adaptándose a mi cuerpo como si hubiera sido siempre parte de mí.

Fueron minutos de lucha, de angustia, de fiereza desatada en ese hombre que como premio a mi quietud y buen comportamiento, me otorgó más puntos que los logrados por el último representante español en Eurovisión.

Desorientado y dolorido pasaron minutos, horas y días en un cóctel de molestias, fármacos y malos sentimientos que no restañaron mis intenciones iniciales.

Uno no se percata de lo bien que está hasta que deja de estarlo.

Necesitaba una segunda opinión y acudí por ello a un observador (en este caso, observadora), que al verme y sin mediar palabra, me dijo sólo con su mirada, lo que yo ya sabía:

“Elegiste mal, muchacho” …

… porque un hombre me extrajo el único juicio que me quedaba ya y con él casi se lleva mi humor, mi salud y mis ganas de vivir.

Si vuelve a cruzarse en mi camino, o lo que es más difícil yo me cruzo en el suyo, le miraré y no le diré ni una palabra porque al fin y al cabo, yo le busqué, le elegí, me dejé actuar y así me trató la vida.

Pensaré que no era su día, ni yo su tipo (entiéndase bien esto que escribo y no nos llevemos a engaño).

Si tú que está leyendo esto, te toparas con él en una sala, pasillo, o simplemente cercano a una máquina de café, que tu mente forme una palabra y tus pies cumplan la orden:

“HUYE”


P.D. Agradecer a familiares y amigos su compañía y apoyo en estos días. Que no les quepa la menor duda que me puede faltar el jucio, pero nunca la cerveza para brindar con ellos.

Desde la patata.., G R A C I A S