"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

lunes, 24 de abril de 2017

Esbozo

Malos tiempos corren, sangre espesa por las venas, mente obtusa y corazón triste cuando en medio de una casa llena de palabras, de charlas y gente, uno se siente solo y no busca otra cosa que la horizontal de una cama.

Es la falta de claridad futura, de oscuro presente, de desgana de mente y cuerpo; en definitiva, de la marcha o escondite del niño interior como segunda personalidad, para dejar paso como protagonista absoluto al adulto taciturno de sonrisa forzada en el que también en ocasiones se convierte el reparto de la obra de teatro que yo mismo estreno en alguna temporada en mi cabeza.

No era el mejor momento; no quería que así fuera, pero la conjunción de cansancios, enfermedad incomprendida, desencuentros, tonos altisonantes, pollos sin cabeza en pocos metros cuadrados, se unieron con un objetivo común que no era otro que el de arruinar en cierto modo lo que debía haber sido y no fue.

Siete días que pasaron rápido y que sólo me dejaron sabor dulce de café con nata en un local de nombre Violín, que a última hora rescató con melodías de charla, una mañana que no debió existir nunca y una semana de esas que debió ser todo lo hermosa que no supimos crear.

Prometer, es fácil; cumplir, no tanto y que todo salga bien, casi imposible.

Mal momento elegí para ponerme el traje del pesimismo sin corbata porque al final, quien paga casi siempre es la misma pata de las cuatro que conforman nuestra mesa haciendo tambalear el equilibrio que por otra parte siempre hemos querido que fuera santo y seña de nuestra convivencia familiar.

Pero soy tan imperfecto como perfecto quisiera ser. Y donde antes existía un trazo firme y alegre, ha quedado un esbozo de mí mismo.

Me queda el consuelo de saber que este esbozo llevará aparejado su borrón y cuenta nueva porque quien de bien se rodea, su sonrisa rescatará.


P.D. Quiero dedicarlo a la gente de mi hogar. A esas tres personas que más cerca o más alejadas tienen que lidiar con un personaje como yo. 



viernes, 7 de abril de 2017

Dignidad y orgullo



Regreso a casa con el mismo chucuchú del cercanías de siempre. Viaje apestado de gente, vagón central y “tren con destino Aranjuez”, escuchándose por la megafonía.

Trayecto sentado, pero incómodo. Poco espacio para maniobrar y pies juntos.

No era ni mucho menos una posición ideal. El cuerpo me pedía un relax, que de ningún modo pude darle.

Subidas, bajadas, puertas que se abren, luces rojas, pitidos… todo lo típico de un típico viaje con destino a comida y hogar.

Llegada a la estación de El Casar y disposición a salir. Aglomeración de gente en la puerta y comienzo a bajar los peldaños que me separan del andén.

Con sumo cuidado bajé esos dos escalones que me parecían dos plantas sin ascensor.

Pies en cemento y comienzo a caminar muy despacio.

Por la izquierda me adelantan jóvenes estudiantes, un operario de limpieza, dos corredores fosforitos (por las camisetas que llevaban), una señora entrada en más kilos que años o viceversa y otras personas que no sé si eran fu o fa o ninguna de las dos.

Por la derecha, un hombre en silla de ruedas, una madre de bebé colgado en pecho e incluso un viejecillo de bastón carcomido.

En poco espacio de tiempo y lugar, me percaté que detrás de mí ya no quedaba más que el silencio imaginario de un grillo observador.

Continué despacio; algo así como deleitándome con el maravilloso paisaje inexistente y degustando un mediodía soleado.

Despacio, sí; pero con dignidad y orgullo, porque ni siquiera una pertinaz lumbalgia impedirá que un tipo como yo, deje de ser lo que es.



P.D. Siempre me quedará el consuelo de que al menos no me adelantara el McLaren de Fernando Alonso. (Con todo mi cariño y admiración hacia mi piloto favorito).