"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

miércoles, 29 de marzo de 2017

Pollito

La mente, de vez en cuando, me juega malas pasadas. No sé si estoy equivocado realmente y ni tan siquiera estoy seguro de si lo que voy a decir es irreverente o no, pero no es esa mi intención ni mucho menos.

Me llega de lejos y por oídas, un comentario de una mujer aparentemente seria que me hace reflexionar y dibujar media sonrisa complaciente.

Últimamente, parece que la enfermedad se ha cebado en nuestra parroquia con excesiva virulencia por ese mal de nuestros días de nombre cáncer y apellido traidor.

Quien corona este blog con su frase, nos dejó hace un año con la hiel en los labios de una enfermedad tan letal como rápida en su caso.

Por otro lado, un hombre con líos en forma de dudas existenciales y magnum imaginario, nos sigue alegrando el alma mientras se debate entre radios sin antena y quemazón en la garganta.

Y por último, la sonrisa hecha mujer, la dulzura y el positivismo de un corazón grande en un cuerpo pequeñito, se ven envueltos en papel de realidad cruda y durísimo futuro por un adversario que nos ha tocado a todos la fibra sensible por su presumible mala uva en quien merece vivir aquí y ahora los mejores momentos de una reciente maternidad.

Hechos todos estos que para una persona no creyente pudieran parecer malas suertes, desesperantes casualidades, cabronadas mil… y que sin embargo, en esta comunidad de conocidos, amigos, orantes, coristas (por cantar en coro), o simples creyentes de a pie, ha servido y sirve con más fuerza si cabe como nexo de unión y nunca mejor dicho, comunión entre las personas.

Unión en la fatalidad, unión en el sufrimiento de estos enfermos y sus familias.

Comprensión, solidaridad, preocupación, esperanzas compartidas y fe, fe y más fe.

¿Estamos locos? Quizás.

¿Somos diferentes al resto? No, pero tenemos la gran fortuna además de creer en Dios y de venirnos más arriba, si cabe, cuando los caminos se hacen cuesta arriba y el futuro se cubre de negros nubarrones.

Así que si todo esto es la voluntad de Dios, en cierto modo, me lo imagino y nos lo imaginamos agarrándose ese triángulo que le corona y diciéndose asimismo lo que un día una niña de dos años le dijo a un tierno animal:

“La que has liao Pollito”



 P.D. Dedicado especialmente a Pedro (allá en el sitio privilegiado en el que se encuentra), Ricardo (amigo de todos, amigo mío) y Laura (que acaba de iniciar esa carrera de resistencia que vamos a ganar entre todos).

También, como no, a mis amigos de siempre y para siempre (Jaime y Coral) y a todas esas personas que se enfrentaron o se enfrentan a un enemigo que les puede derrotar, pero nunca vencer.

viernes, 24 de marzo de 2017

El abrazo


Una impresora escupe dos folios de vivos colores.

Dos pases, dos billetes, dos vuelos previstos de una ida y su regreso.

Mucha publicidad y un asiento marcado. El destino es claro, los horarios previsibles y no se esperan contratiempos de vientos, mareas, o huelgas.

Ese asiento será ocupado por una cara asustada de mujer.

Su ilusión, vencerá su miedo; su destino, borrará sus dudas.

Volará alto, con estrellas por sombrero y mar por alfombra; el tiempo pasará tan rápido como rápido es el vuelo de su pájaro de acero.

Una maleta pequeña, quizás una mochila al hombro. Poco equipaje para un gran viaje.

Un viaje en busca de verdes tierras, tréboles de suertes y espumas blancas de negras cervezas.

Pero sobre todo, es un viaje de reencuentro a los bailes, juegos y charlas entre amigas. A las canciones infantiles, las pelis de dibus y las conversaciones de amores que llegaron.

Un reencuentro en tierra que siendo extraña, es hogar sentido aunque lejano.

Imagino escenas. Una travesía con la luna por compañera; charlas intrascendentes y ajenas; azafatas incomprensibles y el tiempo que pasa deprisa.

Cuando quiera darse cuenta esa mujer, arrastrará su persona y su maleta por un pasillo acabado en puerta y al otro lado…

… al otro lado le recibirá una sonrisa; mucha historia, mucha amistad, mucho amor.

Si pudiera estar presente, captaría la escena de un abrazo en el que seguro, no cabría una hoja de papel porque será tan inmenso como el que sólo dos mujeres, dos amigas, dos hermanas que se adoran, sabrán darse.

Quedaremos en tierra, en otra tierra, en la de siempre. Pero que no les quepa duda a esas dos mujeres que allá donde vayan, vean, hagan, beban o simplemente hablen, les acompañará también el amor de unos padres orgullosos por su felicidad que siempre será la nuestra.



sábado, 18 de marzo de 2017

Brindis al cielo




Cuando hoy mis pies apunten en dirección a esa Catedral que por asidua no deja de ser querida, tengo intención de dibujar sonrisas donde los recuerdos se vistan de negro.

Se cumple un año de ausencia, de prematura ausencia, de inesperada ausencia de un tipo de cara bonachona y cuerpo rechoncho seguramente por contener un corazón enorme.
Padre de familia, excelente persona y gran amigo del Amigo.

Me honro siempre de haberlo sido también suyo. No por tiempo, porque no fue mucho, pero sí en miradas; sí en brindis de palabras, conversaciones, enseñanzas, brisas de bar en la calle y cerveza con sabor amable.

Debería por ello quizás echar de menos a un tipo así y vestir de tristeza su recuerdo, pero no lo voy a hacer.
No lo haré porque allá donde sin duda está, no imagino en él otra cosa que un esbozo de sonrisa permanente.

No lo haré tampoco, porque este hombre hace ya tiempo que pasó a formar parte para mí de ese reducido grupo de personas que guardo en la memoria de tiempos futuros en un rincón escondido en lo mejor y más profundo de mí.
Un rincón lleno de padre, madre, hermano, familiares, amigos y una niña que pasaron por este mundo construyendo carreteras de vida eterna con asfalto de bondad y que por ello sin estar cerca, siempre permanecen y espero volver a ver cuándo me asignen ese billete de ida sin retorno que todos algún día llevaremos en nuestra cartera.

No brindaré con él como antaño, pero sí que lo haré en cada atardecer con soles color cerveza, nubes blancas por espuma y un ramillete de oraciones por aperitivo.


*En memoria de D. Pedro Rivera al cumplirse un año de su fallecimiento. Con todo mi cariño a los suyos y a todos aquellos que de una u otra forma tuvieron como yo la gran suerte de su amistad.

lunes, 6 de marzo de 2017

Cuatro segundos

Cuatro segundos es poco más que un suspiro prolongado o dos parpadeos. Pero, en ocasiones, qué largo e interminable se hace un espacio tan corto de tiempo.

Andaba yo en uno de mis quehaceres habituales de compra carro en mano en uno de esos supermercados de nombre que obviaré por mucho que su publicidad indique que es donde se ahorra más.

Ese día, cosa poco habitual, acudí a ese lugar muy tranquilo y con la intención de sin prisa, pero sin pausa y sin alterarme, recorrer sus pasillos y mirar sus estanterías que ayer no estaban colocadas así como suele ser común por ese marketing cabrón que a todos nos hace el pene un lío, por utilizar una expresión algo más culta de lo habitual.

Local con tres cuartos de entrada y carro medio lleno, o medio vacío, según se mire.

Lista de la compra con todos los elementos tachados con tinta azul y me encamino a una de las cajas en las que te recibe una de esas cajeras habituales que por su expresión, carente de toda cordialidad, ya sabes a ciencia cierta que les debes algo antes de acercarte.

Deposito toda mi compra en la cinta transportadora y me sitúo a la altura de la dependienta con el pelo a dos, tres o cuarenta colores (porque cada día lleva uno). Y ahí, se detuvo el tiempo.

Sus ojos faltos de parpadeo, se fijaron en los míos y su expresión alcanzó la pétrea mirada de un cadáver.

Yo no sé si respiraba, pero a mí me dejó sin respiración durante esos cuatro segundos.

No movía un músculo; solo me miraba provocando que mi mente me jugara la pasada de atormentarme a preguntas sin respuesta inmediata:

¿le habrá dado un aire?

¿asoma por mi nariz lo que no debería asomar?

¿me abandonó o se divorció de mí el desodorante?

¿se me habrá torcido la boca?

O lo que es infinitamente peor e incomprensible…

¿se habrá enamorao?

El caso es que transcurridos esos interminables cuatro segundos, no acabó aquí este affaire eróticocleidomastoideo, porque al desviar su mirada de la mía, cerró de golpe la tapa de su caja de monedas, atrapando con su acto parte de la camisa de su impecable uniforme y sin poder soltarse hasta que me cobrara a mí.

Ella no sabía si llorar y yo no sabía si correr.

Me cobró, le pagué y marché de allí como un fiambre andante con silueta de tiza alrededor del cuerpo de cualquier asesinato de serie barata.

No quería ni tocarme un solo pelo de la cabeza hasta que una opinión experta supiera decirme qué había distinto en mí para que esa cajera de siempre en el lugar de siempre, se obnubilara conmigo pero sin mí ni mi intención.

No quise ni mirarme al espejo del ascensor.

Abrí la puerta de casa y sin pisar cocina, busqué a mi chica y le pregunté a su perpleja mirada:

¿Ves algo diferente en mí? “La ropa, la cara, el pelo…; fíjate bien.”

Y me respondió lo que más me temía:

“NO”

Desde entonces, tengo miedo a pasar cuatro segundos con esa mujer.