"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

jueves, 14 de diciembre de 2017

Deditos




¿Cuántos añitos tiene el nene? Y el nene enseñaba tres deditos no sin mucho esfuerzo.
A ese mismo nene una araña imaginaria con cinco patas en forma de dedos le perseguía para hacerle cosquillas al alcanzarlo.
Un piloto de F1 de cuyo nombre ni quiero acordarme, tras ganar una carrera nos mostraba a los televidentes su dedo índice, el cual, provocaba en mí una especie de malsana ira (si es que existe alguna buena) al mismo tiempo que un acto reflejo de mi dedo medio de la mano derecha, que automáticamente se erguía apuntando al cielo.
En viejos carteles, un dedo de enfermera imploraba silencios acercándolo a sus labios.
Si Clint Eastwood recorría con el pulgar su reseca boca falta de agua y paz, más te valía correr forastero.
Si el pensador de Rodin no apoyara su barbilla en cuatro de sus dedos, dejaría de pensar.
En el tema sexual, en cuestión de dedos, no voy a entrar ni salir.
Si una mujer te mira de frente, alza su dedo índice y sin apartar tu mirada lo mueve hacia sí misma, ve hacia ella, abrázala y bésala como si no hubiera un mañana.
Convertir dedos en piedras, papeles y tijeras, eso sí que era magia.
Con tres dedos de una mano, uno apuntaba, disparaba y dejaba dardos en redondeles con nombre de mujer.
Y así tantas y tantas cosas que unos dedos, deditos o dedazos podían y pueden hacer.
Te preguntarás querido lector (entiéndase de ambos sexos), a qué viene todo esto.
Toda la culpa la tiene un metro de Madrid, una hora temprana y una hermosa mujer sentada a mi lado. Lo de hermosa, lo sé porque segundos antes la vi acercarse.
La miro de soslayo, con educación, pero la miro. Rápidamente, me llamaron la atención sus dedos pálidos de uñas color rojo kétchup (si es que existe ese color).
Como si de un juego de manos se tratara, sus dedos no paraban de moverse.
La velocidad de la luz la sabemos; la del sonido, también, pero calcular su velocidad a la hora de moverse por la pantalla táctil de su teléfono móvil, creo que sería difícil de calcular. Quizás fuera una fórmula parecida a multiplicar caracteres por estaciones dividido por la frecuencia de las contestaciones de Whatsapp.
Algo tremendo, estresante, agobiante…
Y lo peor de todo, es que miro al frente y cuatro personas están haciendo exactamente lo mismo.
Mi mente me llevó a una especie de invasión de los ultracuerpos en la que el ser humano (incluido yo), ha dejado de sostener libros, entrelazar cariños o abrazar mirándose a los ojos, para ser unos simples deditos faltos de emociones.


sábado, 9 de diciembre de 2017

El tapicero



Llegan hasta mi ventana sonidos que más bien recuerdan otros tiempos. Un megáfono, una furgoneta y una grabación que se repite una y otra vez.

“Ha llegado el tapicero que dejará sus sillones y sofás como nuevos”

¡Cuántas veces el ser humano necesita también en ocasiones revestirse de novedad para remendar la rotura, el desgaste, lo malsano que el paso de los días y años hacen mella en cada uno de nosotros!

Quizás no sea el mejor día ni hora para meditar lo que escribo o escribir lo que medito, pero una conciencia que te dicta letras, no puede ser contenida en miradas hacia otro lado.

Nunca me gustaron las incomprensiones, nunca me gustaron las moscas tras orejas y mucho menos me gustan las sensaciones de que el castillo de naipes que muchas veces vamos construyendo se puede venir abajo por vientos cambiantes.

Mentes vacilantes, tornados de propósitos y futuros sólo de vista al frente sin volver la mirada, puede que alcancen finales de caballo ganador, pero también esos caballos llegarán a alcanzar el olvido del que un día deje de ganar carreras.

El éxito de un hombre pienso que es el de aquel que llega al estado en el que valora menos lo que puede ganar y más lo que puede perder.

El éxito embriaga de orgullo, la humildad, de paz.

Que acelere quien piense que no deja nada atrás; que lo haga aquel que no quiera, no pueda, o no perciba que en el espejo retrovisor aparece una imagen y un corazón con sentimientos que llegara a derramar gotitas de incomprensión.

La gloria la deseo a todos, la paz, también. Pero para hallarla y transmitirla deberíamos tomar apuntes para llevarlas a la práctica y darse cuenta uno mismo de que quizás se esté dando la espalda al sol.




martes, 28 de noviembre de 2017

Golpe bajo




Me siento un pequeño hombre acurrucado en un rincón entre muchedumbre que escucha a otro hombre que sin ser mayor, sí es más grande.

Su habla le delata como francés y necesita de acompañante que le traduzca.

Casi no fue necesaria su traducción, porque este hombre no habló con la palabra; lo hizo con el sentimiento de quien se vio sorprendido primero por la maldad de lo humano y después por la grandeza de lo divino.

Un hombre que buscó en lejanas tierras su propio destino para bien de su alma y ayuda al prójimo.

Buscó silencios y encontró muerte; buscó esperanza y halló desesperación; buscó una paz en guerra y descubrió una guerra en paz. Quiso ser libre y encontró la mordaza del fanático que no ve más allá de su locura. 

Ojos de odio lo miraron y media sonrisa devolvió. Golpe a golpe lo trataron; "cuenta a cuenta", se curó.

Vivió día a día pensando que sería el último. Puede que así fuera, pero también pensó que podría ser el primero de una eternidad.

Pasaron los días y el odio de su carcelero y torturador se convirtieron primero en un silencio, después en una mirada y por último en un ¿necesitas algo? 

Ese día, ese hombre, supo más que nunca que en la soledad de una celda, nunca estuvo más y mejor acompañado. Llegó a pensar y decir que nunca encontró una libertad interior mayor que cuando estuvo preso, porque no necesitaba nada. 

Me impactó, lo admito. Y aún más lo hizo cuando quiso compartir íntimamente con los cientos de oídos atentos que le escuchábamos, aquello que cantó, rezó y fue su mejor compañera en los peores momentos de soledad y sufrimiento. 

Una oración, una canción que yo infravaloré tantas y tantas veces de repetitivos ensayos en ese coro que yo un día abandoné. 

Quise cantar con él y no pude. De mi garganta sólo podían salir notas de un pentagrama anegado de lágrimas.

Fue un golpe bajo señor Mourad; fue un golpe bendita y gloriosamente bajo, Señor.


G R A C I A S






 * Dedicado al Padre Jacques Mourad, secuestrado durante tres meses por DAESH en Siria. Gracias por compartir su experiencia con gentes que algún día quisiéramos llegar a ser como usted aunque para ello nos aguarda un larguísimo camino por recorrer.

* Dedicado también a todos aquellos (cristianos o no) perseguidos, maltratados y asesinados por el fanatismo ciego.

* Y por último, dedicado a ese Dios, mi Dios que me empuja de vez en cuando a reaccionar con golpes bajos que me hacen tanto bien.







jueves, 23 de noviembre de 2017

Terrores nocturnos



Lo insospechado de una madrugada de manecilla a las cuatro, puede encontrarse en cualquier lugar, aunque quizás el peor de los escenarios posibles sea el propio cerebro humano.

Calles vacías, silencio raramente masticable; semáforos mudos, viento escondido y persianas bajadas.

Una esquina, una tienda de nombre idéntico a la ciudad de los Simpsons. 

Al doblarla, una alarma que suena; un detector en su puerta que se activa emitiendo cortos pitidos y activando luces rojas. En su interior, oscuridad y maniquíes quietos al acecho. ¿Quién activó esa alarma? 

No pude ser yo. ¿Entonces quién? o lo que es peor ¿qué?.

Pulso acelerado por lo inesperado. Continúo avanzando.

A escasos metros, una rejilla en el suelo; una corriente de agua escondida en su fondo y una mano. 

Una mano de uñas extrañamente largas luchando por salir de su destierro.

Me alejo en diagonal temiendo por mis pies al ser atrapados.
Sigo avanzando. Una plaza, unas banderas chocando contra el mástil que las sostiene. ¿Qué las mueve si no hay viento?

Un coche de policía; nadie en su interior.

Acelero el paso y una sombra. La sombra de un cartero de dureza en bronce. Yo lo miro y él me mira girando la cabeza al pasar ante él.

Si mueve un pie, corro.

Veinticinco metros más allá, un gato que sin ser negro, huye despavorido perseguido por la nada.

Mi refugio está cerca; la salvación del hogar me espera.

Última acera, últimos metros y el bar vecino de siempre. Mesas encadenadas como siempre; luces apagadas como siempre; cortinas corridas como siempre, excepto en un pequeño hueco ocupado por una cara que me observa como nunca.

Echo mano al bolsillo; extraigo nervioso las llaves; inserto una en la cerradura; no entra. ¿Cómo podían entrar si son las del trabajo?

Consigo abrir; la puerta se cierra tras de mí con una parsimonia inusual. 

Los detectores me detectan y dos bombillas se encienden.

La escalera me ofrece sus peldaños; son dos pisos, treinta escalones.

Levanto un pie y al iniciar la ascensión, una puerta con cartel de CONTADORES, comienza a abrirse.

Treinta escalones que subí en quince cuando el cartel de 2º-2 apareció ante mí.

¡S A L V A D O!

Abrí, entré, cerré y respiré aliviado esbozando una risa nerviosa de quien a su edad jugaba a desvaríos mentales propios de otro siglo.

Me calmé, eché la llave y en lugar de una vuelta, le di las dos.

Nunca se sabe…



domingo, 12 de noviembre de 2017

Humanos



Cuando el ser humano es humano, no existe otro que pueda igualarle en el universo. Con sus defectos, sus miserias, sus imperfecciones, basta un gesto, un detalle, un instante, para volver a creer en la humanidad.

No me cansaré de decir que soy un tipo afortunado. Un tipo al que la Vida regala momentos y personas que seguramente, no merezca.

Un tipo que en un instante pudo sentir el consuelo del desconsuelo; el abrazo de socorro, la mirada implorante de ayuda. Ese tipo al que una mujer, una amiga, una bella persona por fuera y si cabe aún más por dentro, envió un escueto mensaje que decía:
“Luismi, ¿estás en casa?”

Luismi no estaba en casa, pero poco importó, porque esa mujer le buscó y lo halló con su mujer en un anodino supermercado de su anodina ciudad.

Él intuía que algo ocurría, aunque quiso imaginar que serían buenas nuevas las que acompañarían su búsqueda.

Se equivocó. Esa mujer imploraba un consuelo, unas palabras de aliento, un abrazo sincero.

Y ese hombre, fundido en un abrazo como pocas veces haya dado o recibido, se sintió en unos segundos como padre, hermano y amigo que siempre ha deseado y desea ser con toda persona que viviendo un mal, busca un bien.

Qué cruel es el destino a veces no dando tregua ni descanso a quien vive el calvario de la enfermedad que azota nuestro tiempo.

Pero por otro lado, qué maravillosa es la fuerza de la esperanza de quien como yo, no se cansará de abrazar con todo el cariño del que soy capaz de dar, a quien me ha regalado una lección maravillosa de confianza en un amigo.

He cargado baterías, querida amiga. He llenado mis alforjas de buena voluntad, sacrificio, palabras, ánimos y todo lo que sea necesario para que esta lucha que nuevamente emprendes, sea una lucha con el final que sin duda mereces y buscas.

No importa el tiempo, el aislamiento, los días grises. Siempre me tendrás ahí para escucharte, comprenderte y abrazarte aunque la distancia se midiera en mares y debamos pintar lunas.

Tu lucha, es nuestra lucha; tu fuerza, la mía.


* A Laura, de corazón.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Matraca



Era una hermosa tarde “primaveral” de octubre y me encontraba yo sentado en la terraza de un bar repleto de mesas vacías, acompañado de mi santa esposa.

Degustábamos un rico Ribera del Duero acompañándolo con una amena charla llena de planificación de acontecimientos en ciernes. De repente y a lo lejos, comenzamos a escuchar una especie de murmullo que se iba haciendo más perceptible conforme se acercaba a nosotros.

Una mujer apareció en la escena. Una mujer joven que con una mano conducía una silla de bebé mientras en la otra sujetaba un teléfono móvil hablando vete tú a saber con quién.

Detrás de ella, el murmullo se hizo presente en el cuerpo de un niño de poco más de dos años enfundado en un traje de elefante gris con la capucha en forma de trompa en la espalda, que no paraba de repetir con tranquilidad, parsimonia y por bajeras…

“Queo i a paque, queo i a paque, queo i a paque…”

Ambos personajes pasaron por delante y se perdieron al torcer una esquina y ya sin verlos, a lo lejos continuaba oyéndose la misma cantinela…

“Queo i a paque, queo i a paque, queo i a paque…” hasta que su voz dejó de oírse.

Mi mujer me miró, yo la miré y no pudimos contener las risas.

Bendita matraca infantil.


sábado, 28 de octubre de 2017

Niño perdido



El otoño no termina de asomar. Las lluvias, truenos y relámpagos, brillan por su ausencia; pero los cuerpos se resienten, las mentes se atormentan sin nubes y los pensamientos se agolpan sin desbocarse en aguacero.

Yo conozco un niño. Un niño que por aspecto, nadie diría que lo fuera, aunque por dentro nunca dejó de serlo. Un niño que llegó a pensar que la vida giraba como un carrusel; que los días eran distintos y no sólo por el nombre; que las gentes eran cajas de sorpresas repletas de dulces y sinceras palabras o por el contrario, amargas y trasnochadas almas con sonrisa carroñera.

Este niño se encuentra situado en una encrucijada temporal con dos sentidos. Hacia un lado, un camino conocido; un camino asfaltado de hirviente paso de los años hacia un destino llamado rutina.

Hacia el otro lado, un horizonte inexplorado de terreno falto de labranza y lleno de interrogantes.

Si tomara éste, ese niño quizás dejara atrás la comodidad del día a día, del resguardo sin fecha de caducidad, de las caras habituales, de los lugares pateados y las costumbres que sin ser leyes, lo parecen.

Pero ese niño que sin llamarse Peter ni apellidarse Pan sueña con un país de nunca jamás en este otro más cercano de aquí y ahora, se replantea volar cada hora con más fuerza, girando en muchos sentidos cual loca manecilla desbocada de reloj.

Está cansado de jugar a los hipócritas; cansado de cantar siempre al mismo viento; cansado de palabras huecas, de hechos nunca consumados, de consejeros de alma ausentes cuando más se les necesitaba; de tediosas reuniones buscando algo que a fuerza de bostezos nunca llegará; de cafés devueltos por inexistentes; de obras sin obrar; de bienes sin bondad; de apariencias humildes con lobos por espaldas; de manos tendidas sin otras esperándolas y de buscar manos sin encontrarlas.

De eso y mucho más ese niño está cansado; pero ese niño juega con ventaja. Ese niño tiene fe en la fe y por ello pocas cosas llevará en su peregrinar por el otro camino. Quizás un bolsillo repleto de caramelos, media sonrisa que regalar, un centenar de abrazos fuertes y una vista al frente sin retrovisores que le hagan ver lo que pensó que sería bueno y no fue.

Si te encuentras con ese niño perdido, lo mejor que podrás hacer es extenderle tu mano.



domingo, 15 de octubre de 2017

Monumental


Visitar una ciudad como Toledo, es un regalo a los sentidos. Empaparse de su historia, sus calles y sus monumentos emblemáticos, es un ejercicio de reflexión con siglos de vida.

Calles empinadas, sudor en la frente, cansancio en las piernas, no son obstáculos para quien sepa apreciar lo hermoso de un lugar con olor añejo de otros tiempos lejanos en el recuerdo, pero muy presentes en el corazón de la grandeza de una cultura que debe perpetuarse en generaciones pasadas, presentes y futuras.

Mis pies traspasaron el umbral de una pequeña capilla casi escondida dentro de la majestuosidad de una catedral revestida de grandeza.

Una celebración eucarística que no por inusual, llamó mi atención en un reconocimiento que iba más allá de un acto afortunadamente habitual en mí.

La espiritualidad del momento, el silencio acordado de antemano, se vieron desbordados por la figura de un hombre cansado.

Un hombre ornamentado con ropajes obligatorios de quien por oficio debía presidir una liturgia siempre conocida y a la vez diferente para quien asiste a ella con hambre de paz espiritual.

Un hombre de pasos muy cortos, inseguro en sus movimientos, pero de férrea voluntad de servicio a los demás.

De voz engalanada de suspiros; de gestos imperfectos y movimientos a cámara lenta.

Su homilía, fue tan sincera como inexistente. Sólo unas palabras encerrando un gran discurso:

“La mejor homilía que puedo ofrecerles es que hoy me pueda encontrar ante ustedes”

Gran verdad para quien pareciera necesitar más una cama en descanso que una obligación del alma.

No pudo extenderse más allá de la propia celebración. Marchó por donde vino; en solitario, sus torpes pasos le llevaron a perderse por el interior de la historia, dejando atrás a un tipo como yo que además de a Dios, se llevó de allí el reconocimiento y la gratitud hacia un hombre al que seguramente jamás vuelva a ver, pero que me hizo sentir que la grandeza de una persona se mide también por la monumentalidad de sus actos.


martes, 3 de octubre de 2017

A ras de suelo



Busqué un lugar donde llorar como un niño para sentirme mejor hombre.

Busqué un lugar, donde enterrar lo peor de mí abriendo alma, corazón y sentimiento.

Y lo encontré. Y al encontrarlo, me encontré también conmigo mismo. Con ese otro yo que no sabía, o no quería que existiera.

Un tipo imperfecto como el que más; desmadejado en pensamiento y obra; acelerado en conclusiones, crítica y orgullos.

Uno que pensó que era y no era así. Uno de tantos, que de poco hacía mucho sin darse cuenta que para ser algo, debía comenzar por ser nada.

Me dejé llevar. Ver, oír y sentir, fueron los verbos que me acompañaron y deseo me acompañen siempre.

He visto, oído y sentido, en apenas cuarenta y ocho horas, asombros escondidos, palabras en torrente, pañuelos enjugando miserias, abrazos en brazos de grandes hombres fundidos en ojos sinceros.

Hombres de grandes cumbres venidos a ras de suelo. Hombres que siendo grandes, ahora lo son aún más siendo pequeños.

Hoy, quien me conoce, sabe que mi fachada no cambió; pero mi mirada sí.

Una mirada con ojos de comprensión, de respeto, de sinceridad, de tristezas decoradas de alegría, de iras en calma y soledades tumultuosas.

Busqué un lugar donde llorar como un niño para sentirme mejor hombre…

… y lloré



*Dedicado a los que han hecho posible estas letras. A mi mujer y mis hijas por regalarme su amor con esta aventura; a Daniel (ese “padre” que todos queremos tener y tenemos); a mis hermanos de mesa, mantel y alma Arturo, Jesús, Fernando, Óscar y Nacho; a Pablo (el mejor compañero y amigo de habitación que podía tener); Roberto (un gran tipo que acabo de descubrir) y a otros más de ciento treinta hombres que como yo buscaron y hallaron a Aquel sin el cual seríamos niños perdidos.




miércoles, 27 de septiembre de 2017

La otra cara



Como todo en esta vida, cuando un bien escasea, se revaloriza. También las buenas noticias parecen tener su escondite particular para, como si de un cuentagotas se tratase, aparecer en pequeñas y benditas dosis.

Las casualidades existen; lo impensable, también. E incluso entre gentes de elevadas creencias con finales eternos, parece como si se creara una interconexión invisible de caminos convergentes en un día y lugar concreto.

Todo ocurrió una mañana en la habitación 186 de un hospital manchego.

Allí, escoltando cama, sitio y enferma, permanecía sentado dejando pasar minutos entre vistazos a pantalla de anodino teléfono y trasiegos de gentes uniformadas de servicio a los demás.

Una cara tan habitualmente conocida como la de mi chica de siempre, asomando por la puerta me apostó retándome:

“A ver si conoces a esta mujer”

Por la puerta asomó entonces una sonrisa de ojos brillantes que en un primer momento no reconocí, pero que admito me dejó en cierto modo perplejo.

Ni por aspecto, ni recuerdo atiné a reconocerla hasta que ella misma se presentó como una de esas amigas a través de lo que en castellano sería un libro de caras y en el mundo real conocemos por Facebook.

No mucho más que el paisanaje y la casualidad de encontrarnos en unas circunstancias parecidas en ese hospital me une a ella.

La conversación no se alargó en el tiempo, pero bastó un resumen de su historia para marcar una página en el borrador mental que siempre me acompaña por el mundo y del que voy rescatando las letras o pensamientos que luego plasmo en este Café del Swing.

Una mujer que un día escuchó una terrible palabra de nombre leucemia y que fue su acompañante forzosa en un camino con final feliz por la donación de una persona de bien.

Cinco años resumidos en ese rostro, sonrisa y alegría de una mujer que con fe, fuerza y esperanza se pertrecha en lo positivo que la otra cara de la vida también nos da.



*Dedicado a Elena y a tantas y tantas personas de futuros inciertos que con su curación llenan de luz y color este mundo de ocres tonalidades. Gracias por tu alegría, tu fe y tu gran sonrisa.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

El gato que ladró



Si me dieran a elegir entre un perro o un gato a la hora de completar huecos, tiempo y soledades en mi hogar, me decantaría sin duda por un perro.

Nada tengo en contra de los gatos. De hecho, durante varios años del siglo pasado, convivieron en casa dos felinos y una pequeña perrita.

Debo reconocer que los gatos son adorables. Esos ojos de gata (nunca mejor dicho) hipnotizan a cualquiera. De pequeños, nunca quieres que crezcan porque quien no se haya divertido jugando con ellos, es que no tiene sangre en las venas.

Pero los gatos crecen y con su crecimiento se observa que donde antes sólo existían saltos, juegos y bailes, ahora son cambiados por ronroneos y roces de pierna rabo en alto para ser acariciados. De ahí a un “tierno” arañazo cuando no les interesa tu cercana compañía, va un parpadeo.

Los perros suelen ser más brutos, pero a mi juicio, bastante más nobles en sus relaciones con humanos.

Y hasta ahí puedo leer en cuanto a esos animalitos de cuatro patas tan comunes en nuestras vidas. Opiniones, como los colores. Reservado el derecho de opinión.

Ahora es el momento de profundizar en cuanto a perspectiva sobre esos otros “animalitos de dos piernas” y que nadie se me ofenda.

Conozco personas brutas, vociferantes en ocasiones, claras en sus apreciaciones, silenciosas cuando deben serlo y aconsejantes cuando son buscadas para un consejo.

Y por otro lado, conozco también el otro lado de la fuerza en personas calladitas, sin palabras altisonantes. De esas que escuchándolas pareciera que te mecen la cuna que muchos días llevamos a nuestras espaldas.

Personas que dan impresión de no haber roto un plato ni siquiera de plástico en su vida.

Por norma, me suelo guardar de esas personas en la medida de lo posible. No por mucho acallar la voz o pisar más suave, se amanece más temprano.

Diríase que algunas de esas personas, como los gatos, esconden uñas retráctiles para clavarlas cuando menos te lo esperas.

Con sus actos, con sus opiniones e incluso con sus sentencias, te hacen ver que su piel o su alma, aunque lo pareciera, no es toda de terciopelo.

Todos, sin excepción, tenemos algo que ocultar; nadie es completamente transparente. Lo único que sí pido y me pido a mí mismo, es no llegar a ladrar como un gato.





martes, 12 de septiembre de 2017

Reducciones

Perplejidad, humor, asombro, incomprensión y una cierta dosis de admiración final.

Todo eso se acumuló en mi mente en un breve espacio de tiempo y forma.

Una farmacia cualquiera con su cruz verde como todas. Unos mostradores, unos solícitos farmacéuticos o auxiliares y unos clientes en número de dos contándome a mí.

Todo normal ¿verdad? Pues sí. Así era.

De repente, se abren las puertas automáticas de entrada y a la vez que una bocanada de aire caliente de verano, penetra un enorme hombre que por su altura y sobre todo anchura y redondez, atrajo la mirada de los dos clientes, dos despachantes y estoy seguro que hasta del muñeco de colores sentado en una de las estanterías.

Todo normal ¿verdad? Pues sí. Así seguía siendo.

Muchos hombres y mujeres de gran tamaño me he cruzado a lo largo de estos años.

Pero unas palabras salidas de su boca; una petición educada a su interlocutora que atenta parecía David frente a Goliat, se convirtió en una especie de reclamo de miradas hacia un lugar concreto.

El lugar concreto, era él mismo y hacia allí nos dirigimos el resto de figurantes en la escena sin mover los pies.

Observo ojos como platos, media sonrisa camuflada en gesto serio y la unanimidad de que todos pensamos lo mismo cuando este buen hombre con tono muy amable y educado sentenció:



“Vengo a por la crema reductora que encargué ayer”






domingo, 3 de septiembre de 2017

Play



Un grupo de viejas cintas de cassette, tuvieron la culpa de un regreso inesperado a locas reflexiones vespertinas entre cafés, blues y un perro pisándome literalmente los talones en una solitaria tarde dominical.

Recuerdos de reproductores que a tecla pulsada, obedecían órdenes del manipulador que buscaba sones a su gusto.

Y medité que entre teclas transcurre también la vida de cualquiera, en este caso, de cualquiera como yo que de vez en cuando se para a pensar y pensarse.

Qué difícil es dar con la tecla exacta, al menos, en esta vida. Son tantas las circunstancias pasadas, presentes y futuras, que echo la vista atrás sin ir más allá de lo que mi memoria recuerda y hago un alto entre admiraciones reflexivas.

¿Tiempos pasados fueron mejores? Puede; pero ¿qué momento exacto tomaríamos como tan extraordinariamente bueno para regresar a él y detenernos durante algo más de lo que dura un suspiro?

¿Hasta dónde deberíamos retroceder a un pasado que como tal no volverá aunque sólo fuera el instante previo de un anterior parpadeo?

O por otro lado ¿cómo me imagino o quisiera que fueran los siguientes miles de segundos que me queden por vivir?

La incertidumbre de lo que ocurra, es un misterio que muchas veces ni el tiempo resuelve.

Por todo ello, si ahora mismo mi vida se condensara en un viejo reproductor de esas añejas cintas, creo que pulsaría como primera opción la tecla play.

Vivir el presente, bueno o malo, pero presente. Porque de lo malo, se aprende; de lo bueno se disfruta y de lo insustancial, ya nos encargaremos algunos de sacar sustancia.

Si pulsara otras opciones como las de rebobinado, correría el riesgo de un enganchón, rotura o mal funcionamiento de lo que es y dejaría de ser.

Me conformaré con ser lo que soy y como soy ahora y aquí, hasta que la última tecla pulsada sea la de stop.


* Dedicado a una mujer que ahora más que nunca, prefiere vivir día a día.






jueves, 10 de agosto de 2017

Quebrantos

Largas noches de sillón traicionero; largos días de largas horas incontables.

El tiempo detenido entre cuatro paredes y dos camas de hospital, siendo actores secundarios como acompañantes de sangre directa de una mujer con palabras de silencios en la mirada que nos habla sin hablar.

Nunca ha sido precisamente una derrochadora de palabras y la enfermedad le ha llevado quizás a ser como un pozo sin eco y vacío de sonrisas naturales.

A su lado, varias fueron sus vecinas que hicieron parada, fonda y arreglo de chapa y pintura de pocas jornadas.

Mujeres diferentes, de diferentes formas de ser y actuar.

Una, que debiera ser Marquesa de Alta Alcurnia por su despotismo en el trato hacia quienes desde el cariño y la profesionalidad intentan cumplir bien con su trabajo.

Otra, de fácil palabra, graciosas charlas, deje granaino e hipocondríacas reacciones medicamentosas. Picores y molestias imaginarias que unidas a sus costumbres de espacios abiertos, puertas sin cerrar y luces acompañantes, convertían en verdadera imaginaria militar las noches de quienes velábamos sueños de anciana.

Y una última que no por serlo deja de ser especial, sino todo lo contrario. Mujer cercana a los cuarenta con ojos claros, rostro agradable y cuerpo rayano a una delgadez exagerada. De sonrisa fácil, alegre charla, vivaracha, amable y aficionada a la lectura. Pero una mujer que vive en carne y alma el maltrato físico y psicológico de quien por ley debe mantenerse alejado y por humanidad, no debiera ni existir.

Un ruido, una puerta que se abre, una enfermera que entrara y el resorte de la supervivencia explotaba en ella, cual cuchillo a punto de ensartarse en historias de terror.

El miedo, infunde respeto; el miedo se contagia y la incertidumbre de un futuro asediado, no dejan a la vida vivir. 

Me despedí de ella con un apretón de manos y dos besos deseándole que la vida algún día le sonría a carcajadas a lo cual me contestó:


“Con un poquito que me sonría, ya será mejor que hoy”

Y aquí podría acabar esta historia de casi tres semanas de batas blancas y zapatillas multicolores, pero no. 

Sería injusto no hablar de otra habitación con un hombre anciano y desorientado que sin compañía no paraba de reclamar socorros.

De esa otra habitación ahogada en lágrimas de una mujer recién diplomada en una viudez prematura.

O de aquella habitación aislada con el temor interno de una mujer de veintiún años que no comprende bien cómo un cáncer de tiroides se ceba con ella, para desdicha de una madre que contándolo debe disfrazar su cara de entereza.

Por último, quiero y debo hablar de otra mujer que desde su enfermedad perpetua de dolor constante ha soportado estoicamente estos días más allá del lazo familiar de unión a su anciana y enferma madre.

Supo poner sonrisas y cariños en miradas vacías de contenidos tiernos y supo distraer y distraerse en tantas y tantas horas de cansancio físico y moral.

Y aunque no le faltó el apoyo de los más cercanos, mirándole a los ojos juraría que de todos los actores que intervinieron en esta obra de tres semanas, ha sido una de las personas que más cercanía necesitaba y puede que más sola se sintiera.

Cuando hablo de apoyo, lo hago en términos muy personales de lo que yo entiendo que debiera ser en circunstancias anormales como la vivida y por ello no quiero que nadie pueda sentirse ofendido. Quien bien me conoce o aprecia sabrá entender que nada más lejos de mi intención que criticar u ofender.

La cercanía de familiares o amigos, a mi modo de entender, nunca debiera leerse en caracteres de frías pantallas táctiles. Una palabra de ánimo, un abrazo sincero, o una mirada de comprensión, nunca debieran encerrase entre cuatro esquinas de ningún dispositivo electrónico.

Es la era y la hora de las comunicaciones. Esas que a mi entender acercan a la gente alejándolas aún más.

Tendría que acostumbrarme, pero qué le voy a hacer si yo nací con ganas de miradas frente a frente, de tintineos de cucharillas de café, o de escuchar con los oídos de cabeza y corazón a las personas, sin teclas de pausa ni play.

¡Qué justas y necesarias se hacen en ocasiones unas palabras de consuelo, de ánimo, de risas, de meditación para quien vive momentos sombríos y qué bonito sería coleccionar esas palabras a escasos metros de dos bocas que se hablan!

Mejor sería esta vida y mejor nos podríamos defender unos y otros de tantos y tantos quebrantos pasados, presentes y futuros.

Así lo viví, así lo siento y así lo cuento.








martes, 18 de julio de 2017

Señora mía

Son muchos los días dejados atrás desde que bajo unas luces de neón, con músicas de altavoz y resquicios de Navidad, una chica ocupó minutos y preocupaciones de su tiempo para interesarse por el ánimo decrecido de un tipo taciturno como yo.

Vinieron después días y años de manos en la cintura, besos a escondidas y sueños futuros de dos novios que separados en el espacio, no lo estaban en el tiempo.

Esos novios acabaron subidos a una tarta un día como hoy de mil novecientos noventa y dos.

Ha llovido mucho desde entonces y de las fotos de ese día, muchos fueron los que marcharon para hacerse ese otro retrato del eterno Fotógrafo.

A ese Señor, sólo pido que si a bien lo tiene, aún a riesgo de manos temblorosas, pasos inseguros y pensamientos poco lúcidos, nos permita un día como hoy dentro de veinticinco años, hablar de lo que fue, es y siempre deseamos que exista.

Le pediré que lo que no guarde la memoria de un cerebro, lo recuerde la memoria de un latido.

Le pediré que lo que un día nos juramos, nunca dejemos de cumplirlo y le pediré que los días que nos queden, sigan siendo como ahora un futuro de esperanza; un futuro de dos abierto al mundo.

Quizás el destino nos sea esquivo; la enfermedad, la riqueza disfrazada de ausencia, o un camino pedregoso, podrían minar moral, fuerza e intenciones.

Pero no hay mejor remedio que un querer, ni mejor vitamina que una risa.

Y de eso, querida mía, tú y yo ya tenemos experiencia y los bolsillos llenos de caramelos con sabor a miel.

Bailar pegados, quizás no bailemos como antaño, pero que nos quiten lo bailao.

Podría hacer un resumen extenso de estos veinticinco años, pero lo voy a hacer simplemente con dos palabras que definen lo vivido y aún más lo que nos queda por vivir. Esas dos palabras, son las razones de una vida, son el orgullo por bandera y el eslabón de unión de corazones que se quieren.

Esas palabras, esos nombres, esas niñas que siendo las de nuestros ojos son grandes mujeres ya, son el perfecto resumen de la fortuna que nos ha rodeado a lo largo de estos años.

María y Ana son eso y más que me callo muy adentro y quisiera gritar a sus oídos.

A ellas van dedicados estos años de matrimonio porque son la verdadera razón de que hoy su madre y yo podamos decir con orgullo que gran parte del camino está hecho.

El mañana nos traerá distancias, abandonos de nido y llamadas intermitentes; es ley de vida.

Puede que sólo nos acompañen cuarenta naipes, un boli y un brasero, pero ¿quién necesita más si dos son felices compartiendo soledades?

Sólo le pediré una cosa señora mía; que por mucho que un futuro se pinte de negro, siempre busque en mí más que una rosa, una risa que poder regalarle.

Con todo mi afecto, con todo mi cariño, con todo mi amor, le diría que hoy como entonces, también me quiero casar con usted.