"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

domingo, 15 de octubre de 2017

Monumental


Visitar una ciudad como Toledo, es un regalo a los sentidos. Empaparse de su historia, sus calles y sus monumentos emblemáticos, es un ejercicio de reflexión con siglos de vida.

Calles empinadas, sudor en la frente, cansancio en las piernas, no son obstáculos para quien sepa apreciar lo hermoso de un lugar con olor añejo de otros tiempos lejanos en el recuerdo, pero muy presentes en el corazón de la grandeza de una cultura que debe perpetuarse en generaciones pasadas, presentes y futuras.

Mis pies traspasaron el umbral de una pequeña capilla casi escondida dentro de la majestuosidad de una catedral revestida de grandeza.

Una celebración eucarística que no por inusual, llamó mi atención en un reconocimiento que iba más allá de un acto afortunadamente habitual en mí.

La espiritualidad del momento, el silencio acordado de antemano, se vieron desbordados por la figura de un hombre cansado.

Un hombre ornamentado con ropajes obligatorios de quien por oficio debía presidir una liturgia siempre conocida y a la vez diferente para quien asiste a ella con hambre de paz espiritual.

Un hombre de pasos muy cortos, inseguro en sus movimientos, pero de férrea voluntad de servicio a los demás.

De voz engalanada de suspiros; de gestos imperfectos y movimientos a cámara lenta.

Su homilía, fue tan sincera como inexistente. Sólo unas palabras encerrando un gran discurso:

“La mejor homilía que puedo ofrecerles es que hoy me pueda encontrar ante ustedes”

Gran verdad para quien pareciera necesitar más una cama en descanso que una obligación del alma.

No pudo extenderse más allá de la propia celebración. Marchó por donde vino; en solitario, sus torpes pasos le llevaron a perderse por el interior de la historia, dejando atrás a un tipo como yo que además de a Dios, se llevó de allí el reconocimiento y la gratitud hacia un hombre al que seguramente jamás vuelva a ver, pero que me hizo sentir que la grandeza de una persona se mide también por la monumentalidad de sus actos.


martes, 3 de octubre de 2017

A ras de suelo



Busqué un lugar donde llorar como un niño para sentirme mejor hombre.

Busqué un lugar, donde enterrar lo peor de mí abriendo alma, corazón y sentimiento.

Y lo encontré. Y al encontrarlo, me encontré también conmigo mismo. Con ese otro yo que no sabía, o no quería que existiera.

Un tipo imperfecto como el que más; desmadejado en pensamiento y obra; acelerado en conclusiones, crítica y orgullos.

Uno que pensó que era y no era así. Uno de tantos, que de poco hacía mucho sin darse cuenta que para ser algo, debía comenzar por ser nada.

Me dejé llevar. Ver, oír y sentir, fueron los verbos que me acompañaron y deseo me acompañen siempre.

He visto, oído y sentido, en apenas cuarenta y ocho horas, asombros escondidos, palabras en torrente, pañuelos enjugando miserias, abrazos en brazos de grandes hombres fundidos en ojos sinceros.

Hombres de grandes cumbres venidos a ras de suelo. Hombres que siendo grandes, ahora lo son aún más siendo pequeños.

Hoy, quien me conoce, sabe que mi fachada no cambió; pero mi mirada sí.

Una mirada con ojos de comprensión, de respeto, de sinceridad, de tristezas decoradas de alegría, de iras en calma y soledades tumultuosas.

Busqué un lugar donde llorar como un niño para sentirme mejor hombre…

… y lloré



*Dedicado a los que han hecho posible estas letras. A mi mujer y mis hijas por regalarme su amor con esta aventura; a Daniel (ese “padre” que todos queremos tener y tenemos); a mis hermanos de mesa, mantel y alma Arturo, Jesús, Fernando, Óscar y Nacho; a Pablo (el mejor compañero y amigo de habitación que podía tener); Roberto (un gran tipo que acabo de descubrir) y a otros más de ciento treinta hombres que como yo buscaron y hallaron a Aquel sin el cual seríamos niños perdidos.




miércoles, 27 de septiembre de 2017

La otra cara



Como todo en esta vida, cuando un bien escasea, se revaloriza. También las buenas noticias parecen tener su escondite particular para, como si de un cuentagotas se tratase, aparecer en pequeñas y benditas dosis.

Las casualidades existen; lo impensable, también. E incluso entre gentes de elevadas creencias con finales eternos, parece como si se creara una interconexión invisible de caminos convergentes en un día y lugar concreto.

Todo ocurrió una mañana en la habitación 186 de un hospital manchego.

Allí, escoltando cama, sitio y enferma, permanecía sentado dejando pasar minutos entre vistazos a pantalla de anodino teléfono y trasiegos de gentes uniformadas de servicio a los demás.

Una cara tan habitualmente conocida como la de mi chica de siempre, asomando por la puerta me apostó retándome:

“A ver si conoces a esta mujer”

Por la puerta asomó entonces una sonrisa de ojos brillantes que en un primer momento no reconocí, pero que admito me dejó en cierto modo perplejo.

Ni por aspecto, ni recuerdo atiné a reconocerla hasta que ella misma se presentó como una de esas amigas a través de lo que en castellano sería un libro de caras y en el mundo real conocemos por Facebook.

No mucho más que el paisanaje y la casualidad de encontrarnos en unas circunstancias parecidas en ese hospital me une a ella.

La conversación no se alargó en el tiempo, pero bastó un resumen de su historia para marcar una página en el borrador mental que siempre me acompaña por el mundo y del que voy rescatando las letras o pensamientos que luego plasmo en este Café del Swing.

Una mujer que un día escuchó una terrible palabra de nombre leucemia y que fue su acompañante forzosa en un camino con final feliz por la donación de una persona de bien.

Cinco años resumidos en ese rostro, sonrisa y alegría de una mujer que con fe, fuerza y esperanza se pertrecha en lo positivo que la otra cara de la vida también nos da.



*Dedicado a Elena y a tantas y tantas personas de futuros inciertos que con su curación llenan de luz y color este mundo de ocres tonalidades. Gracias por tu alegría, tu fe y tu gran sonrisa.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

El gato que ladró



Si me dieran a elegir entre un perro o un gato a la hora de completar huecos, tiempo y soledades en mi hogar, me decantaría sin duda por un perro.

Nada tengo en contra de los gatos. De hecho, durante varios años del siglo pasado, convivieron en casa dos felinos y una pequeña perrita.

Debo reconocer que los gatos son adorables. Esos ojos de gata (nunca mejor dicho) hipnotizan a cualquiera. De pequeños, nunca quieres que crezcan porque quien no se haya divertido jugando con ellos, es que no tiene sangre en las venas.

Pero los gatos crecen y con su crecimiento se observa que donde antes sólo existían saltos, juegos y bailes, ahora son cambiados por ronroneos y roces de pierna rabo en alto para ser acariciados. De ahí a un “tierno” arañazo cuando no les interesa tu cercana compañía, va un parpadeo.

Los perros suelen ser más brutos, pero a mi juicio, bastante más nobles en sus relaciones con humanos.

Y hasta ahí puedo leer en cuanto a esos animalitos de cuatro patas tan comunes en nuestras vidas. Opiniones, como los colores. Reservado el derecho de opinión.

Ahora es el momento de profundizar en cuanto a perspectiva sobre esos otros “animalitos de dos piernas” y que nadie se me ofenda.

Conozco personas brutas, vociferantes en ocasiones, claras en sus apreciaciones, silenciosas cuando deben serlo y aconsejantes cuando son buscadas para un consejo.

Y por otro lado, conozco también el otro lado de la fuerza en personas calladitas, sin palabras altisonantes. De esas que escuchándolas pareciera que te mecen la cuna que muchos días llevamos a nuestras espaldas.

Personas que dan impresión de no haber roto un plato ni siquiera de plástico en su vida.

Por norma, me suelo guardar de esas personas en la medida de lo posible. No por mucho acallar la voz o pisar más suave, se amanece más temprano.

Diríase que algunas de esas personas, como los gatos, esconden uñas retráctiles para clavarlas cuando menos te lo esperas.

Con sus actos, con sus opiniones e incluso con sus sentencias, te hacen ver que su piel o su alma, aunque lo pareciera, no es toda de terciopelo.

Todos, sin excepción, tenemos algo que ocultar; nadie es completamente transparente. Lo único que sí pido y me pido a mí mismo, es no llegar a ladrar como un gato.





martes, 12 de septiembre de 2017

Reducciones

Perplejidad, humor, asombro, incomprensión y una cierta dosis de admiración final.

Todo eso se acumuló en mi mente en un breve espacio de tiempo y forma.

Una farmacia cualquiera con su cruz verde como todas. Unos mostradores, unos solícitos farmacéuticos o auxiliares y unos clientes en número de dos contándome a mí.

Todo normal ¿verdad? Pues sí. Así era.

De repente, se abren las puertas automáticas de entrada y a la vez que una bocanada de aire caliente de verano, penetra un enorme hombre que por su altura y sobre todo anchura y redondez, atrajo la mirada de los dos clientes, dos despachantes y estoy seguro que hasta del muñeco de colores sentado en una de las estanterías.

Todo normal ¿verdad? Pues sí. Así seguía siendo.

Muchos hombres y mujeres de gran tamaño me he cruzado a lo largo de estos años.

Pero unas palabras salidas de su boca; una petición educada a su interlocutora que atenta parecía David frente a Goliat, se convirtió en una especie de reclamo de miradas hacia un lugar concreto.

El lugar concreto, era él mismo y hacia allí nos dirigimos el resto de figurantes en la escena sin mover los pies.

Observo ojos como platos, media sonrisa camuflada en gesto serio y la unanimidad de que todos pensamos lo mismo cuando este buen hombre con tono muy amable y educado sentenció:



“Vengo a por la crema reductora que encargué ayer”






domingo, 3 de septiembre de 2017

Play



Un grupo de viejas cintas de cassette, tuvieron la culpa de un regreso inesperado a locas reflexiones vespertinas entre cafés, blues y un perro pisándome literalmente los talones en una solitaria tarde dominical.

Recuerdos de reproductores que a tecla pulsada, obedecían órdenes del manipulador que buscaba sones a su gusto.

Y medité que entre teclas transcurre también la vida de cualquiera, en este caso, de cualquiera como yo que de vez en cuando se para a pensar y pensarse.

Qué difícil es dar con la tecla exacta, al menos, en esta vida. Son tantas las circunstancias pasadas, presentes y futuras, que echo la vista atrás sin ir más allá de lo que mi memoria recuerda y hago un alto entre admiraciones reflexivas.

¿Tiempos pasados fueron mejores? Puede; pero ¿qué momento exacto tomaríamos como tan extraordinariamente bueno para regresar a él y detenernos durante algo más de lo que dura un suspiro?

¿Hasta dónde deberíamos retroceder a un pasado que como tal no volverá aunque sólo fuera el instante previo de un anterior parpadeo?

O por otro lado ¿cómo me imagino o quisiera que fueran los siguientes miles de segundos que me queden por vivir?

La incertidumbre de lo que ocurra, es un misterio que muchas veces ni el tiempo resuelve.

Por todo ello, si ahora mismo mi vida se condensara en un viejo reproductor de esas añejas cintas, creo que pulsaría como primera opción la tecla play.

Vivir el presente, bueno o malo, pero presente. Porque de lo malo, se aprende; de lo bueno se disfruta y de lo insustancial, ya nos encargaremos algunos de sacar sustancia.

Si pulsara otras opciones como las de rebobinado, correría el riesgo de un enganchón, rotura o mal funcionamiento de lo que es y dejaría de ser.

Me conformaré con ser lo que soy y como soy ahora y aquí, hasta que la última tecla pulsada sea la de stop.


* Dedicado a una mujer que ahora más que nunca, prefiere vivir día a día.






jueves, 10 de agosto de 2017

Quebrantos

Largas noches de sillón traicionero; largos días de largas horas incontables.

El tiempo detenido entre cuatro paredes y dos camas de hospital, siendo actores secundarios como acompañantes de sangre directa de una mujer con palabras de silencios en la mirada que nos habla sin hablar.

Nunca ha sido precisamente una derrochadora de palabras y la enfermedad le ha llevado quizás a ser como un pozo sin eco y vacío de sonrisas naturales.

A su lado, varias fueron sus vecinas que hicieron parada, fonda y arreglo de chapa y pintura de pocas jornadas.

Mujeres diferentes, de diferentes formas de ser y actuar.

Una, que debiera ser Marquesa de Alta Alcurnia por su despotismo en el trato hacia quienes desde el cariño y la profesionalidad intentan cumplir bien con su trabajo.

Otra, de fácil palabra, graciosas charlas, deje granaino e hipocondríacas reacciones medicamentosas. Picores y molestias imaginarias que unidas a sus costumbres de espacios abiertos, puertas sin cerrar y luces acompañantes, convertían en verdadera imaginaria militar las noches de quienes velábamos sueños de anciana.

Y una última que no por serlo deja de ser especial, sino todo lo contrario. Mujer cercana a los cuarenta con ojos claros, rostro agradable y cuerpo rayano a una delgadez exagerada. De sonrisa fácil, alegre charla, vivaracha, amable y aficionada a la lectura. Pero una mujer que vive en carne y alma el maltrato físico y psicológico de quien por ley debe mantenerse alejado y por humanidad, no debiera ni existir.

Un ruido, una puerta que se abre, una enfermera que entrara y el resorte de la supervivencia explotaba en ella, cual cuchillo a punto de ensartarse en historias de terror.

El miedo, infunde respeto; el miedo se contagia y la incertidumbre de un futuro asediado, no dejan a la vida vivir. 

Me despedí de ella con un apretón de manos y dos besos deseándole que la vida algún día le sonría a carcajadas a lo cual me contestó:


“Con un poquito que me sonría, ya será mejor que hoy”

Y aquí podría acabar esta historia de casi tres semanas de batas blancas y zapatillas multicolores, pero no. 

Sería injusto no hablar de otra habitación con un hombre anciano y desorientado que sin compañía no paraba de reclamar socorros.

De esa otra habitación ahogada en lágrimas de una mujer recién diplomada en una viudez prematura.

O de aquella habitación aislada con el temor interno de una mujer de veintiún años que no comprende bien cómo un cáncer de tiroides se ceba con ella, para desdicha de una madre que contándolo debe disfrazar su cara de entereza.

Por último, quiero y debo hablar de otra mujer que desde su enfermedad perpetua de dolor constante ha soportado estoicamente estos días más allá del lazo familiar de unión a su anciana y enferma madre.

Supo poner sonrisas y cariños en miradas vacías de contenidos tiernos y supo distraer y distraerse en tantas y tantas horas de cansancio físico y moral.

Y aunque no le faltó el apoyo de los más cercanos, mirándole a los ojos juraría que de todos los actores que intervinieron en esta obra de tres semanas, ha sido una de las personas que más cercanía necesitaba y puede que más sola se sintiera.

Cuando hablo de apoyo, lo hago en términos muy personales de lo que yo entiendo que debiera ser en circunstancias anormales como la vivida y por ello no quiero que nadie pueda sentirse ofendido. Quien bien me conoce o aprecia sabrá entender que nada más lejos de mi intención que criticar u ofender.

La cercanía de familiares o amigos, a mi modo de entender, nunca debiera leerse en caracteres de frías pantallas táctiles. Una palabra de ánimo, un abrazo sincero, o una mirada de comprensión, nunca debieran encerrase entre cuatro esquinas de ningún dispositivo electrónico.

Es la era y la hora de las comunicaciones. Esas que a mi entender acercan a la gente alejándolas aún más.

Tendría que acostumbrarme, pero qué le voy a hacer si yo nací con ganas de miradas frente a frente, de tintineos de cucharillas de café, o de escuchar con los oídos de cabeza y corazón a las personas, sin teclas de pausa ni play.

¡Qué justas y necesarias se hacen en ocasiones unas palabras de consuelo, de ánimo, de risas, de meditación para quien vive momentos sombríos y qué bonito sería coleccionar esas palabras a escasos metros de dos bocas que se hablan!

Mejor sería esta vida y mejor nos podríamos defender unos y otros de tantos y tantos quebrantos pasados, presentes y futuros.

Así lo viví, así lo siento y así lo cuento.








martes, 18 de julio de 2017

Señora mía

Son muchos los días dejados atrás desde que bajo unas luces de neón, con músicas de altavoz y resquicios de Navidad, una chica ocupó minutos y preocupaciones de su tiempo para interesarse por el ánimo decrecido de un tipo taciturno como yo.

Vinieron después días y años de manos en la cintura, besos a escondidas y sueños futuros de dos novios que separados en el espacio, no lo estaban en el tiempo.

Esos novios acabaron subidos a una tarta un día como hoy de mil novecientos noventa y dos.

Ha llovido mucho desde entonces y de las fotos de ese día, muchos fueron los que marcharon para hacerse ese otro retrato del eterno Fotógrafo.

A ese Señor, sólo pido que si a bien lo tiene, aún a riesgo de manos temblorosas, pasos inseguros y pensamientos poco lúcidos, nos permita un día como hoy dentro de veinticinco años, hablar de lo que fue, es y siempre deseamos que exista.

Le pediré que lo que no guarde la memoria de un cerebro, lo recuerde la memoria de un latido.

Le pediré que lo que un día nos juramos, nunca dejemos de cumplirlo y le pediré que los días que nos queden, sigan siendo como ahora un futuro de esperanza; un futuro de dos abierto al mundo.

Quizás el destino nos sea esquivo; la enfermedad, la riqueza disfrazada de ausencia, o un camino pedregoso, podrían minar moral, fuerza e intenciones.

Pero no hay mejor remedio que un querer, ni mejor vitamina que una risa.

Y de eso, querida mía, tú y yo ya tenemos experiencia y los bolsillos llenos de caramelos con sabor a miel.

Bailar pegados, quizás no bailemos como antaño, pero que nos quiten lo bailao.

Podría hacer un resumen extenso de estos veinticinco años, pero lo voy a hacer simplemente con dos palabras que definen lo vivido y aún más lo que nos queda por vivir. Esas dos palabras, son las razones de una vida, son el orgullo por bandera y el eslabón de unión de corazones que se quieren.

Esas palabras, esos nombres, esas niñas que siendo las de nuestros ojos son grandes mujeres ya, son el perfecto resumen de la fortuna que nos ha rodeado a lo largo de estos años.

María y Ana son eso y más que me callo muy adentro y quisiera gritar a sus oídos.

A ellas van dedicados estos años de matrimonio porque son la verdadera razón de que hoy su madre y yo podamos decir con orgullo que gran parte del camino está hecho.

El mañana nos traerá distancias, abandonos de nido y llamadas intermitentes; es ley de vida.

Puede que sólo nos acompañen cuarenta naipes, un boli y un brasero, pero ¿quién necesita más si dos son felices compartiendo soledades?

Sólo le pediré una cosa señora mía; que por mucho que un futuro se pinte de negro, siempre busque en mí más que una rosa, una risa que poder regalarle.

Con todo mi afecto, con todo mi cariño, con todo mi amor, le diría que hoy como entonces, también me quiero casar con usted.














lunes, 10 de julio de 2017

Era un día como hoy

Un día como hoy hace exactamente veinte años, un joven de nombre Miguel Ángel, perdió su libertad y su futuro fue marcado con una fecha de caducidad de cuarenta y ocho horas.

La sinrazón se vistió de pasamontañas, capuchón y cobardía.
No importaba el nombre, ni el hombre, ni familia, amigos o conocidos.
El punto de mira le señaló en el centro de la diana de unos asesinos cuyo pensamiento no iba más allá del salvaje e inmisericorde afán de venganza hacia un mundo que pedía a gritos paz.
Fueron horas de incertidumbre, desasosiegos, rezos y conjuras.
Horas de manos blancas, velas encendidas y noches de párpados sin cerrar.
También horas de incredulidad, de esperanza, de temor irracional, de intenciones de milagros postreros.
Todo fue en vano.
No existió mayor cobarde, mayor ser despreciable, ni mayor alimaña que aquel que disparó dos balas cercenando futuros de quien sólo buscaba algo tan sencillo como vivir una vida.
Porque hace más de dos mil años sí existió un cobarde parecido que utilizó la pistola de la traición para entregar un Bien en vida y una Vida de bien; pero ese despreciable ser, tuvo al final un segundo de arrepentimiento para colgar sus vergüenzas y traiciones de la rama de un árbol.
Sin embargo, quien disparó dos veces a la cabeza de Miguel Ángel, aún hoy, no conjuga verbos que hablen de conciencia. Y con él aunque no separados del mundo, todas esas personas que miran hacia otro lado, o piden comprensión, acercamientos y libertades para quienes siempre deberían estar castigados, al menos, de cara a la pared.
Siento vergüenza por quien defienda a estos malnacidos; siento vergüenza por quien es incapaz ni tan siquiera de homenajear al hombre que con su muerte despertó en la calle a millones de personas en este país pidiendo justicia, pidiendo simplemente paz.
Y siento vergüenza en ocasiones de un país que permite que incluso quienes comparten muchas ideas de estos asesinos, se sienten en las Instituciones u Organismos democráticos por los que Miguel Ángel, pagó el mayor precio con su vida.
Hace veinte años, recuerdo a un hombre que circulaba por un pueblo manchego a lomos de un Renault 11 blanco escuchando por radio una de esas noticias que nunca quiso escuchar:
“Interrumpimos la programación para informarles que se confirma el asesinato de Miguel Ángel Blanco”
Ese hombre detuvo el coche, paró el motor y con las manos en el rostro, lloró.


miércoles, 5 de julio de 2017

Desencuentro




Todos sin excepción querríamos vivir en un continuo estado de nirvana emocional que nos permitiera vestir a diario con la cara de la felicidad por rostro.

Desgraciadamente, esto no es así y de vez en cuando surgen desencuentros, disputas y espaldas que se miran de frente.

No se trata de un combate en el que medir fuerzas de quién o qué estaba acertado, llevaba la razón o simplemente era mejor.

Se trata más bien de circunstancias, momentos puntuales, casualidades que hacen que sin pretenderlo se desborden espumas que no bañan brindis.

Decir que se gusta más a la gente, que a mí me miran más, que soy mejor compañía y amiga de lo que tú jamás llegarás a ser, sólo sirve para agrandar nimiedades, disputarse supremacías egoístas y satisfacer demonios para conseguir como premio quizás la soledad del olvido o la búsqueda de nuevos cobijos.

¿De qué sirve lanzarse botellas a la cabeza gritando pensamientos no pensados?

¿De que sirven miradas ausentes o enfocadas en direcciones opuestas?

Sólo un tercio de un todo de comprensión, bastaría para retomar cauces de sensatez, camaradería y por qué no, quien sabe si reconciliaciones con futuros de cupidos.

Si dos que nacieron para respetarse, comprenderse y dar alegrías llegaran a entender que lo importante no es el color con el que se viste la hermosura de sus cuerpos o los amigos virtuales que tienen, sino el bien que llevan dentro, este mundo sería mejor.

Por un próximo final del desencuentro y porque me duele mucho ver así a dos amigas mías, brindo con una Voll-Damm hasta que se pongan de acuerdo.








Foto Luismi






lunes, 26 de junio de 2017

Nana, nanita, nana


Raro ver en un final de junio un vagón de metro semivacío a primeras horas de la mañana cuando los bostezos son mayores que las charlas.

Andaba yo sentado en uno de sus asientos cuando se abrieron las puertas como si de un telón de teatro se tratara y apareció en escena un armario de tres cuerpos.

Digo armario, porque si quitamos la cabeza y sus pies, el resto lo era.

Un hombre enorme, casi más ancho que alto y de riguroso luto por el color que lo envolvía.

De abajo hacia arriba con pantalón, camiseta y coronando su cima, una especie de braga de cuello que se subió hasta el cogote.

Color negro intenso de la ropa, sólo atravesada vertical y horizontalmente por tres bandas de puro blanco que dispuestas paralelamente, deduje rápidamente que publicitaban una marca que empieza por A y acaba en didas.

Mi “perspicacia natural”, así me lo hizo ver.

A lo que iba; este hombre se sentó frente a mí ocupando asiento y medio libres.

De facciones rudas, me recordó por su aspecto a uno de esos maoríes enormes que vistiendo esos colores se dedican a dar patadas a un balón achatado por los polos representando a un país tan alejado como Nueva Zelanda.

Cuando ese hombre habla para sus adentros, estoy seguro que le responde el eco de su propia voz y si en ese momento le hubiera dado por representar una haka, a mí me tienen que despegar del asiento en mi parada.

Esa percepción duró lo que dura el trayecto entre una estación y otra, porque esa mole, esa fuerza de la naturaleza, empezó a bajar sus telones parpadeantes, al mismo tiempo que el blanco de sus ojos ascendía a los cielos, en un baile que acabó por cerrar su vista a la vista de los demás.

En otras palabras, que se durmió cual bebé que escuchando dulces melodías que hablaban de nanas, nanitas, nanas, desaparece de este mundo para viajar al de los sueños mientras deja un rastro de dulzura y media sonrisa por el camino.

Si el oso que llevaba dentro llegó a roncar o rugir, lo ignoro, porque por unos altavoces se me indicó el final del camino con una voz metálica que decía:

“Próxima estación, República Argentina”.





miércoles, 21 de junio de 2017

Humo y pregunta

En momentos o días duros, taciturnos, complejos, de tristezas; cuando el color tiende a oscuridad y los presagios llevan carga negativa, es cuando cada detalle por mínimo que sea, cuenta; cada acto insignificante en apariencia, engrandece a quien lo realiza y consuela enormemente a quien padece de horas a ras de suelo.
 
Un compañero amigo o amigo compañero, quiso y supo dar en la diana de lo que va más allá en alguien que como yo arrastraba un mal día.

Unas cervezas, una charla, un “te noto mal”  y una sentencia:

“Sé lo que necesitas en momentos así”

Y marchó para regresar con un paquete entre las manos; un paquete lleno de humos sin encender y que abrió para que ambos siendo fumadores pasados, que no presentes, quemáramos malos rollos entre bocanada y bocanada que por una vez y sin que sirvieran de precedente, elevaron ánimo y espíritu de quien esto escribe.

Por otro lado, una mujer, una amiga que en la distancia intuyendo por silencios que la normalidad no es tal, sabe colocar entre interrogantes un adjetivo de interés sincero en cinco letras:

“¿Mejor?”

Dos detalles que pudieran parecer insignificantes, pero que consiguen llenar huecos en las personas que en momentos puntuales quizás necesitan en la espalda una palmada sin palma.

Y así, entre humo y pregunta la oscuridad aclara, los polos dejan de oponerse entre sí y las ideas dejan de ser obtusas para seguir por la senda marcada.
 
 

miércoles, 14 de junio de 2017

Un café, un asombro

Noche de urgencia médica; mujer mayor con azúcar en niveles menores; visita a domicilio de doctora y ayudante.

Auscultación, historiales leídos, comprendidos, comentados y acciones a seguir.

Mientras la doctora escribe, pienso y al pensar se me ocurre una típica frase venida a cuento de unas horas tan tardías. La pregunta formulaba lo siguiente:

“¿Quieren ustedes tomar un café o alguna otra cosa?”

La perplejidad, el asombro y cierto “no me lo puedo creer”, se reflejaron en el rostro de la mujer que mirando a su ayudante comentó:

“Es la segunda vez en un mismo día que nos ofrecen algo. Increíble”

¿Tan raro es? Pregunté yo.

Rarísimo, me contestó ella.

Ahora la perplejidad y el asombro me poseyeron a mí.

¿Tan extraño puede resultar que se ofrezca un café a altas horas a quien de guardia se mantiene en guardia por nuestra salud?

¿Tan fuera de lo común resulta ofrecer un refresco o un vaso de agua a quien a las cuatro de la tarde de un tórrido día acude a una llamada de auxilio médico?

Pues me juran y perjuran que sí; que así es.

Y ahora me pregunto yo:

¿Dónde quedó la humanidad?

¿Dónde quedó la generosidad?

Y sobre todo…

¿Dónde quedó la educación?

Me pierdo elucubrando y buscando respuestas porque al hacerlo no hago sino acongojarme y pensar que esta sociedad, que estos tiempos que vivimos, son del hombre sin el hombre, de los valores infravalorados y de la educación y cortesías pasadas de moda.

Y eso… asusta.