"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

lunes, 26 de junio de 2017

Nana, nanita, nana


Raro ver en un final de junio un vagón de metro semivacío a primeras horas de la mañana cuando los bostezos son mayores que las charlas.

Andaba yo sentado en uno de sus asientos cuando se abrieron las puertas como si de un telón de teatro se tratara y apareció en escena un armario de tres cuerpos.

Digo armario, porque si quitamos la cabeza y sus pies, el resto lo era.

Un hombre enorme, casi más ancho que alto y de riguroso luto por el color que lo envolvía.

De abajo hacia arriba con pantalón, camiseta y coronando su cima, una especie de braga de cuello que se subió hasta el cogote.

Color negro intenso de la ropa, sólo atravesada vertical y horizontalmente por tres bandas de puro blanco que dispuestas paralelamente, deduje rápidamente que publicitaban una marca que empieza por A y acaba en didas.

Mi “perspicacia natural”, así me lo hizo ver.

A lo que iba; este hombre se sentó frente a mí ocupando asiento y medio libres.

De facciones rudas, me recordó por su aspecto a uno de esos maoríes enormes que vistiendo esos colores se dedican a dar patadas a un balón achatado por los polos representando a un país tan alejado como Nueva Zelanda.

Cuando ese hombre habla para sus adentros, estoy seguro que le responde el eco de su propia voz y si en ese momento le hubiera dado por representar una haka, a mí me tienen que despegar del asiento en mi parada.

Esa percepción duró lo que dura el trayecto entre una estación y otra, porque esa mole, esa fuerza de la naturaleza, empezó a bajar sus telones parpadeantes, al mismo tiempo que el blanco de sus ojos ascendía a los cielos, en un baile que acabó por cerrar su vista a la vista de los demás.

En otras palabras, que se durmió cual bebé que escuchando dulces melodías que hablaban de nanas, nanitas, nanas, desaparece de este mundo para viajar al de los sueños mientras deja un rastro de dulzura y media sonrisa por el camino.

Si el oso que llevaba dentro llegó a roncar o rugir, lo ignoro, porque por unos altavoces se me indicó el final del camino con una voz metálica que decía:

“Próxima estación, República Argentina”.





miércoles, 21 de junio de 2017

Humo y pregunta

En momentos o días duros, taciturnos, complejos, de tristezas; cuando el color tiende a oscuridad y los presagios llevan carga negativa, es cuando cada detalle por mínimo que sea, cuenta; cada acto insignificante en apariencia, engrandece a quien lo realiza y consuela enormemente a quien padece de horas a ras de suelo.
 
Un compañero amigo o amigo compañero, quiso y supo dar en la diana de lo que va más allá en alguien que como yo arrastraba un mal día.

Unas cervezas, una charla, un “te noto mal”  y una sentencia:

“Sé lo que necesitas en momentos así”

Y marchó para regresar con un paquete entre las manos; un paquete lleno de humos sin encender y que abrió para que ambos siendo fumadores pasados, que no presentes, quemáramos malos rollos entre bocanada y bocanada que por una vez y sin que sirvieran de precedente, elevaron ánimo y espíritu de quien esto escribe.

Por otro lado, una mujer, una amiga que en la distancia intuyendo por silencios que la normalidad no es tal, sabe colocar entre interrogantes un adjetivo de interés sincero en cinco letras:

“¿Mejor?”

Dos detalles que pudieran parecer insignificantes, pero que consiguen llenar huecos en las personas que en momentos puntuales quizás necesitan en la espalda una palmada sin palma.

Y así, entre humo y pregunta la oscuridad aclara, los polos dejan de oponerse entre sí y las ideas dejan de ser obtusas para seguir por la senda marcada.
 
 

miércoles, 14 de junio de 2017

Un café, un asombro

Noche de urgencia médica; mujer mayor con azúcar en niveles menores; visita a domicilio de doctora y ayudante.

Auscultación, historiales leídos, comprendidos, comentados y acciones a seguir.

Mientras la doctora escribe, pienso y al pensar se me ocurre una típica frase venida a cuento de unas horas tan tardías. La pregunta formulaba lo siguiente:

“¿Quieren ustedes tomar un café o alguna otra cosa?”

La perplejidad, el asombro y cierto “no me lo puedo creer”, se reflejaron en el rostro de la mujer que mirando a su ayudante comentó:

“Es la segunda vez en un mismo día que nos ofrecen algo. Increíble”

¿Tan raro es? Pregunté yo.

Rarísimo, me contestó ella.

Ahora la perplejidad y el asombro me poseyeron a mí.

¿Tan extraño puede resultar que se ofrezca un café a altas horas a quien de guardia se mantiene en guardia por nuestra salud?

¿Tan fuera de lo común resulta ofrecer un refresco o un vaso de agua a quien a las cuatro de la tarde de un tórrido día acude a una llamada de auxilio médico?

Pues me juran y perjuran que sí; que así es.

Y ahora me pregunto yo:

¿Dónde quedó la humanidad?

¿Dónde quedó la generosidad?

Y sobre todo…

¿Dónde quedó la educación?

Me pierdo elucubrando y buscando respuestas porque al hacerlo no hago sino acongojarme y pensar que esta sociedad, que estos tiempos que vivimos, son del hombre sin el hombre, de los valores infravalorados y de la educación y cortesías pasadas de moda.

Y eso… asusta.





jueves, 1 de junio de 2017

Huida




Un hombre me invita a pasar; un hombre joven, de cabeza escasa en pelo y sonrisa no forzada.

Me insta a sentarme y con aire circunspecto de su boca sale el consabido 

“Usted, dirá”.

Y yo le dije.

Aún recuerdo ese día; ese bendito día.

Su cara se transformó; ese rictus de cierta amabilidad dio paso a un gesto ciertamente adusto.

Sería por la falta de luz; sería por necesidad o simplemente por seguir un protocolo. El caso es que un foco iluminó mi cara y oscureció sin yo saberlo ni esperarlo, mi futuro.

Pocas fueron las palabras; su cara a dos palmos; sus manos retorciendo, girando, sujetando, estrangulando.

Ausentes las bofetadas, diríase que el interrogatorio tuvo éxito, porque el pronombre de la primera persona del singular, o sea, yo, me vi aferrado, casi maniatado, en absoluta tensión muscular en una maldita silla que se cerró a mis espaldas adaptándose a mi cuerpo como si hubiera sido siempre parte de mí.

Fueron minutos de lucha, de angustia, de fiereza desatada en ese hombre que como premio a mi quietud y buen comportamiento, me otorgó más puntos que los logrados por el último representante español en Eurovisión.

Desorientado y dolorido pasaron minutos, horas y días en un cóctel de molestias, fármacos y malos sentimientos que no restañaron mis intenciones iniciales.

Uno no se percata de lo bien que está hasta que deja de estarlo.

Necesitaba una segunda opinión y acudí por ello a un observador (en este caso, observadora), que al verme y sin mediar palabra, me dijo sólo con su mirada, lo que yo ya sabía:

“Elegiste mal, muchacho” …

… porque un hombre me extrajo el único juicio que me quedaba ya y con él casi se lleva mi humor, mi salud y mis ganas de vivir.

Si vuelve a cruzarse en mi camino, o lo que es más difícil yo me cruzo en el suyo, le miraré y no le diré ni una palabra porque al fin y al cabo, yo le busqué, le elegí, me dejé actuar y así me trató la vida.

Pensaré que no era su día, ni yo su tipo (entiéndase bien esto que escribo y no nos llevemos a engaño).

Si tú que está leyendo esto, te toparas con él en una sala, pasillo, o simplemente cercano a una máquina de café, que tu mente forme una palabra y tus pies cumplan la orden:

“HUYE”


P.D. Agradecer a familiares y amigos su compañía y apoyo en estos días. Que no les quepa la menor duda que me puede faltar el jucio, pero nunca la cerveza para brindar con ellos.

Desde la patata.., G R A C I A S






viernes, 19 de mayo de 2017

Oda

Diría que siempre te conocí; desde que mi memoria dejó de serlo, creo que te amé.

Al principio, mi recato fue mayor que tus insinuaciones; pero tuve que claudicar y caer rendido a tus pies.

Lo confieso; soy hombre fácil. Me pierde un buen cuerpo y en ti siempre lo veo.
Dibujo en mi mente lo que esconden tus entrañas.

Tu cuello, la redondez de tus caderas y lo esbelto de tu talle, no cejan en su empeño de hacer de mí un juguete en tus brazos.
Acercar tu boca a la mía, es un instante detenido en el tiempo.

Esas gotas cual rocío que cubren tu piel apartándose al roce de mis dedos, es un éxtasis de sensual locura.
Quisiera morderte, más no puedo; quisiera adorarte, más es pecado; quisiera sentirte, más bien te siento.

Desnudar tu blanco manto y llegar al sumun del placer escondido en tus adentros.
Y poseerte, y dejarme poseer.

¡Que nos miren si quieren! ¡Que la gente nos critique! ¡Que corran ríos de envidia!
Yo contigo y tú en mí.

No me dejes nunca; no me dejes de querer;
Sé mi amiga, mi amante, mi sueño cumplido.

Porque prefiero el pecado de tenerte a un cielo por perderte.

Y si el destino quiere teñir tu pelo de rubio, castaño o negro, que mi mano no te aparte, que mi boca no te cierre y mis sentidos no se duerman.
Porque allá donde me encuentres, sabré amarte.









P.D. ¿Y qué le voy a hacer si yo… nací para beber y amar la cerveza?

martes, 9 de mayo de 2017

Castillo de naipes



Desde pequeñito me atraían las construcciones aunque los años sólo me sirvieran para añorar un Exin Castillos que nunca llegó.

Ninguna inquietud profesional o afición me ha llevado jamás a pretender entender cómo o cuándo se construyó un edificio.

Pero sí que he intentado con el paso de los años cimentar o al menos intentar construir a mi alrededor una fortaleza o castillo entre los míos, que sirviera como resguardo físico, moral, o cultural en el que cobijarse ante un mundo y una sociedad tan escasos en valores, inquietudes, o sanas costumbres.

Ni lo he sido, ni pretendo ser el mejor arquitecto de ese entorno, como tampoco sé si con los medios de que dispongo se podría hacer algo más o al menos, mejor.

Respondiéndome a mí mismo, estoy seguro de que sí; pero como todo humano, yo también lo soy. Y como tal, un ser totalmente imperfecto con sus imperfecciones.

He intentado e intento ser el mejor esposo, padre y amigo y moriría en el intento.

No tengo otra razón mejor para ser o para estar aunque lo olvide más a menudo de lo que yo quisiera.

Como mejor arma para reforzar todo eso, creo que no existe otra que la del diálogo con muchos cargadores de paciencia y comprensión.

Si esa arma falta o está en mal estado de revista, no hay defensa posible de la fortaleza que intentemos construir ante los continuos enemigos que la pudieran derribar.

Y cuando hablo de diálogo, hablo de ese de toda la vida; del diálogo o puesta en común entre dos o más personas que partiendo de una idea de bien para todos, siempre encuentran momento y lugar para hacerlo.

No hay mejor red social que la que unos seres humanos crean alrededor de una mesa tomando un buen café.

Malo será el día en el que sin diálogo previo, salten chispas y personas desbocadas, dejando atrás unas letras sin voz porque ese día, al menos yo, quedaré con la moral al mismo nivel que los cimientos de una fortaleza que siendo fuerte o pensando que lo era, no dejaría de ser un hermoso castillo, pero de naipes.



viernes, 5 de mayo de 2017

Un nuevo inquilino

Alguien llamó a mi puerta, abrí y al verlo supe que venía para quedarse.

De lejanas tierras se presentó inesperadamente sabiendo que al otro lado de esa puerta lo recibirían con los brazos tan abiertos como él.

Primero se abrió paso la perplejidad, luego vinieron el asombro, la esperanza, la admiración y el sentimiento de que quien vino era algo más que un simple amigo.

Porque esa amistad se forjó con voluntad de hierro; se forjó en las manos artesanas de quien deja volar imaginación, arte y una chispa de fe.

Y no hay palabras que puedan expresar tanto agradecimiento al artista y amigo, ni tanto amor, fe y confianza en un Inquilino que vino a mí para no marcharse jamás.






P.D. Con mi mayor agradecimiento a Marcos Pérez Díaz, amigo y artista, por hacer de mi casa una familia con Uno más.







lunes, 24 de abril de 2017

Esbozo

Malos tiempos corren, sangre espesa por las venas, mente obtusa y corazón triste cuando en medio de una casa llena de palabras, de charlas y gente, uno se siente solo y no busca otra cosa que la horizontal de una cama.

Es la falta de claridad futura, de oscuro presente, de desgana de mente y cuerpo; en definitiva, de la marcha o escondite del niño interior como segunda personalidad, para dejar paso como protagonista absoluto al adulto taciturno de sonrisa forzada en el que también en ocasiones se convierte el reparto de la obra de teatro que yo mismo estreno en alguna temporada en mi cabeza.

No era el mejor momento; no quería que así fuera, pero la conjunción de cansancios, enfermedad incomprendida, desencuentros, tonos altisonantes, pollos sin cabeza en pocos metros cuadrados, se unieron con un objetivo común que no era otro que el de arruinar en cierto modo lo que debía haber sido y no fue.

Siete días que pasaron rápido y que sólo me dejaron sabor dulce de café con nata en un local de nombre Violín, que a última hora rescató con melodías de charla, una mañana que no debió existir nunca y una semana de esas que debió ser todo lo hermosa que no supimos crear.

Prometer, es fácil; cumplir, no tanto y que todo salga bien, casi imposible.

Mal momento elegí para ponerme el traje del pesimismo sin corbata porque al final, quien paga casi siempre es la misma pata de las cuatro que conforman nuestra mesa haciendo tambalear el equilibrio que por otra parte siempre hemos querido que fuera santo y seña de nuestra convivencia familiar.

Pero soy tan imperfecto como perfecto quisiera ser. Y donde antes existía un trazo firme y alegre, ha quedado un esbozo de mí mismo.

Me queda el consuelo de saber que este esbozo llevará aparejado su borrón y cuenta nueva porque quien de bien se rodea, su sonrisa rescatará.


P.D. Quiero dedicarlo a la gente de mi hogar. A esas tres personas que más cerca o más alejadas tienen que lidiar con un personaje como yo. 



viernes, 7 de abril de 2017

Dignidad y orgullo



Regreso a casa con el mismo chucuchú del cercanías de siempre. Viaje apestado de gente, vagón central y “tren con destino Aranjuez”, escuchándose por la megafonía.

Trayecto sentado, pero incómodo. Poco espacio para maniobrar y pies juntos.

No era ni mucho menos una posición ideal. El cuerpo me pedía un relax, que de ningún modo pude darle.

Subidas, bajadas, puertas que se abren, luces rojas, pitidos… todo lo típico de un típico viaje con destino a comida y hogar.

Llegada a la estación de El Casar y disposición a salir. Aglomeración de gente en la puerta y comienzo a bajar los peldaños que me separan del andén.

Con sumo cuidado bajé esos dos escalones que me parecían dos plantas sin ascensor.

Pies en cemento y comienzo a caminar muy despacio.

Por la izquierda me adelantan jóvenes estudiantes, un operario de limpieza, dos corredores fosforitos (por las camisetas que llevaban), una señora entrada en más kilos que años o viceversa y otras personas que no sé si eran fu o fa o ninguna de las dos.

Por la derecha, un hombre en silla de ruedas, una madre de bebé colgado en pecho e incluso un viejecillo de bastón carcomido.

En poco espacio de tiempo y lugar, me percaté que detrás de mí ya no quedaba más que el silencio imaginario de un grillo observador.

Continué despacio; algo así como deleitándome con el maravilloso paisaje inexistente y degustando un mediodía soleado.

Despacio, sí; pero con dignidad y orgullo, porque ni siquiera una pertinaz lumbalgia impedirá que un tipo como yo, deje de ser lo que es.



P.D. Siempre me quedará el consuelo de que al menos no me adelantara el McLaren de Fernando Alonso. (Con todo mi cariño y admiración hacia mi piloto favorito).



miércoles, 29 de marzo de 2017

Pollito

La mente, de vez en cuando, me juega malas pasadas. No sé si estoy equivocado realmente y ni tan siquiera estoy seguro de si lo que voy a decir es irreverente o no, pero no es esa mi intención ni mucho menos.

Me llega de lejos y por oídas, un comentario de una mujer aparentemente seria que me hace reflexionar y dibujar media sonrisa complaciente.

Últimamente, parece que la enfermedad se ha cebado en nuestra parroquia con excesiva virulencia por ese mal de nuestros días de nombre cáncer y apellido traidor.

Quien corona este blog con su frase, nos dejó hace un año con la hiel en los labios de una enfermedad tan letal como rápida en su caso.

Por otro lado, un hombre con líos en forma de dudas existenciales y magnum imaginario, nos sigue alegrando el alma mientras se debate entre radios sin antena y quemazón en la garganta.

Y por último, la sonrisa hecha mujer, la dulzura y el positivismo de un corazón grande en un cuerpo pequeñito, se ven envueltos en papel de realidad cruda y durísimo futuro por un adversario que nos ha tocado a todos la fibra sensible por su presumible mala uva en quien merece vivir aquí y ahora los mejores momentos de una reciente maternidad.

Hechos todos estos que para una persona no creyente pudieran parecer malas suertes, desesperantes casualidades, cabronadas mil… y que sin embargo, en esta comunidad de conocidos, amigos, orantes, coristas (por cantar en coro), o simples creyentes de a pie, ha servido y sirve con más fuerza si cabe como nexo de unión y nunca mejor dicho, comunión entre las personas.

Unión en la fatalidad, unión en el sufrimiento de estos enfermos y sus familias.

Comprensión, solidaridad, preocupación, esperanzas compartidas y fe, fe y más fe.

¿Estamos locos? Quizás.

¿Somos diferentes al resto? No, pero tenemos la gran fortuna además de creer en Dios y de venirnos más arriba, si cabe, cuando los caminos se hacen cuesta arriba y el futuro se cubre de negros nubarrones.

Así que si todo esto es la voluntad de Dios, en cierto modo, me lo imagino y nos lo imaginamos agarrándose ese triángulo que le corona y diciéndose asimismo lo que un día una niña de dos años le dijo a un tierno animal:

“La que has liao Pollito”



 P.D. Dedicado especialmente a Pedro (allá en el sitio privilegiado en el que se encuentra), Ricardo (amigo de todos, amigo mío) y Laura (que acaba de iniciar esa carrera de resistencia que vamos a ganar entre todos).

También, como no, a mis amigos de siempre y para siempre (Jaime y Coral) y a todas esas personas que se enfrentaron o se enfrentan a un enemigo que les puede derrotar, pero nunca vencer.

viernes, 24 de marzo de 2017

El abrazo


Una impresora escupe dos folios de vivos colores.

Dos pases, dos billetes, dos vuelos previstos de una ida y su regreso.

Mucha publicidad y un asiento marcado. El destino es claro, los horarios previsibles y no se esperan contratiempos de vientos, mareas, o huelgas.

Ese asiento será ocupado por una cara asustada de mujer.

Su ilusión, vencerá su miedo; su destino, borrará sus dudas.

Volará alto, con estrellas por sombrero y mar por alfombra; el tiempo pasará tan rápido como rápido es el vuelo de su pájaro de acero.

Una maleta pequeña, quizás una mochila al hombro. Poco equipaje para un gran viaje.

Un viaje en busca de verdes tierras, tréboles de suertes y espumas blancas de negras cervezas.

Pero sobre todo, es un viaje de reencuentro a los bailes, juegos y charlas entre amigas. A las canciones infantiles, las pelis de dibus y las conversaciones de amores que llegaron.

Un reencuentro en tierra que siendo extraña, es hogar sentido aunque lejano.

Imagino escenas. Una travesía con la luna por compañera; charlas intrascendentes y ajenas; azafatas incomprensibles y el tiempo que pasa deprisa.

Cuando quiera darse cuenta esa mujer, arrastrará su persona y su maleta por un pasillo acabado en puerta y al otro lado…

… al otro lado le recibirá una sonrisa; mucha historia, mucha amistad, mucho amor.

Si pudiera estar presente, captaría la escena de un abrazo en el que seguro, no cabría una hoja de papel porque será tan inmenso como el que sólo dos mujeres, dos amigas, dos hermanas que se adoran, sabrán darse.

Quedaremos en tierra, en otra tierra, en la de siempre. Pero que no les quepa duda a esas dos mujeres que allá donde vayan, vean, hagan, beban o simplemente hablen, les acompañará también el amor de unos padres orgullosos por su felicidad que siempre será la nuestra.



sábado, 18 de marzo de 2017

Brindis al cielo




Cuando hoy mis pies apunten en dirección a esa Catedral que por asidua no deja de ser querida, tengo intención de dibujar sonrisas donde los recuerdos se vistan de negro.

Se cumple un año de ausencia, de prematura ausencia, de inesperada ausencia de un tipo de cara bonachona y cuerpo rechoncho seguramente por contener un corazón enorme.
Padre de familia, excelente persona y gran amigo del Amigo.

Me honro siempre de haberlo sido también suyo. No por tiempo, porque no fue mucho, pero sí en miradas; sí en brindis de palabras, conversaciones, enseñanzas, brisas de bar en la calle y cerveza con sabor amable.

Debería por ello quizás echar de menos a un tipo así y vestir de tristeza su recuerdo, pero no lo voy a hacer.
No lo haré porque allá donde sin duda está, no imagino en él otra cosa que un esbozo de sonrisa permanente.

No lo haré tampoco, porque este hombre hace ya tiempo que pasó a formar parte para mí de ese reducido grupo de personas que guardo en la memoria de tiempos futuros en un rincón escondido en lo mejor y más profundo de mí.
Un rincón lleno de padre, madre, hermano, familiares, amigos y una niña que pasaron por este mundo construyendo carreteras de vida eterna con asfalto de bondad y que por ello sin estar cerca, siempre permanecen y espero volver a ver cuándo me asignen ese billete de ida sin retorno que todos algún día llevaremos en nuestra cartera.

No brindaré con él como antaño, pero sí que lo haré en cada atardecer con soles color cerveza, nubes blancas por espuma y un ramillete de oraciones por aperitivo.


*En memoria de D. Pedro Rivera al cumplirse un año de su fallecimiento. Con todo mi cariño a los suyos y a todos aquellos que de una u otra forma tuvieron como yo la gran suerte de su amistad.

lunes, 6 de marzo de 2017

Cuatro segundos

Cuatro segundos es poco más que un suspiro prolongado o dos parpadeos. Pero, en ocasiones, qué largo e interminable se hace un espacio tan corto de tiempo.

Andaba yo en uno de mis quehaceres habituales de compra carro en mano en uno de esos supermercados de nombre que obviaré por mucho que su publicidad indique que es donde se ahorra más.

Ese día, cosa poco habitual, acudí a ese lugar muy tranquilo y con la intención de sin prisa, pero sin pausa y sin alterarme, recorrer sus pasillos y mirar sus estanterías que ayer no estaban colocadas así como suele ser común por ese marketing cabrón que a todos nos hace el pene un lío, por utilizar una expresión algo más culta de lo habitual.

Local con tres cuartos de entrada y carro medio lleno, o medio vacío, según se mire.

Lista de la compra con todos los elementos tachados con tinta azul y me encamino a una de las cajas en las que te recibe una de esas cajeras habituales que por su expresión, carente de toda cordialidad, ya sabes a ciencia cierta que les debes algo antes de acercarte.

Deposito toda mi compra en la cinta transportadora y me sitúo a la altura de la dependienta con el pelo a dos, tres o cuarenta colores (porque cada día lleva uno). Y ahí, se detuvo el tiempo.

Sus ojos faltos de parpadeo, se fijaron en los míos y su expresión alcanzó la pétrea mirada de un cadáver.

Yo no sé si respiraba, pero a mí me dejó sin respiración durante esos cuatro segundos.

No movía un músculo; solo me miraba provocando que mi mente me jugara la pasada de atormentarme a preguntas sin respuesta inmediata:

¿le habrá dado un aire?

¿asoma por mi nariz lo que no debería asomar?

¿me abandonó o se divorció de mí el desodorante?

¿se me habrá torcido la boca?

O lo que es infinitamente peor e incomprensible…

¿se habrá enamorao?

El caso es que transcurridos esos interminables cuatro segundos, no acabó aquí este affaire eróticocleidomastoideo, porque al desviar su mirada de la mía, cerró de golpe la tapa de su caja de monedas, atrapando con su acto parte de la camisa de su impecable uniforme y sin poder soltarse hasta que me cobrara a mí.

Ella no sabía si llorar y yo no sabía si correr.

Me cobró, le pagué y marché de allí como un fiambre andante con silueta de tiza alrededor del cuerpo de cualquier asesinato de serie barata.

No quería ni tocarme un solo pelo de la cabeza hasta que una opinión experta supiera decirme qué había distinto en mí para que esa cajera de siempre en el lugar de siempre, se obnubilara conmigo pero sin mí ni mi intención.

No quise ni mirarme al espejo del ascensor.

Abrí la puerta de casa y sin pisar cocina, busqué a mi chica y le pregunté a su perpleja mirada:

¿Ves algo diferente en mí? “La ropa, la cara, el pelo…; fíjate bien.”

Y me respondió lo que más me temía:

“NO”

Desde entonces, tengo miedo a pasar cuatro segundos con esa mujer.