"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

martes, 29 de noviembre de 2016

Alegría

Un martes como otro cualquiera marchando al trabajo. Me acurruco en el habitual asiento trasero del autobús que me acerca a la gran ciudad.

Me acoplo auriculares y pulso el play del reproductor de mp3 para que su música me adormezca. No importa el estilo, ritmo o compás, porque soy capaz de dormir incluso al son de una autopista al infierno.

En esta ocasión, la música que suena es un blues del Sr. Cabrales que habla de alegría sin palabras, al ser sólo instrumental.

De repente, siento una perturbación en la fuerza. No es que algo en mi interior se removiera, no; es que todo mi cuerpo y casi el asiento, se desplazaron milímetros que pudieran parecer metros.

Medio despierto o medio dormido, que tanto monta monta tanto, alcancé a abrir los ojos y poder girar hacia la izquierda mi esterno cleidomastoideo y con él mi cuello, para apreciar que aquello que lo que había producido esta pequeña convulsión, no era otra cosa que una mujer sentada a mi lado.

Una mujer que me dejó sin aliento. Una de esas mujeres de 90-60-90, pero elevadas al cuadrado.

Me dejó sin aliento, porque era tal su tamaño, que mi índice de movimiento permitido, se reducía a mi cabeza, las manos y poco más.

No soy un tipo pequeño, pero a mí me sacaba más de un palmo de altura y dos cuerpos de armario.

Sus facciones y mirada estaban impertérritamente fijas al frente y aparentando cualquier cosa que no fuera enfado o seriedad.

Una persona de esas a las que yo bautizo como “adústera” (un adjetivo de mi invención con el que califico a todo practicante o practicanta que va más allá de ser simplemente adusta).

No miento si digo que hasta el más fornido de los All Blacks neozelandeses, se podría llegar a sentir amedrentado ante semejante “jaca”.

Acerté a ver que incluso calzaba zapatillas de esas con tres bandas paralelas y mi mente me acercó la idea de que se trataba de una lanzadora de martillo o halterista de un país del este que bien pudiera ser Polonia.

El caso es que al sentarse, esta mujer fue inmisericorde con el animalillo que llevaba en el asiento de al lado y provocó en él que en su trayecto sólo acertara a escribir en el cristal empañado de la ventanilla del autobús, la palabra “help” mientras seguía sonando una música que hablaba de alegría.

¿Alegría? Pues eso, alegría.





lunes, 21 de noviembre de 2016

Sabor a dulce

Siempre es aconsejable y altamente necesario poner nuestra vida en paréntesis a modo de una detención del tiempo. No creo que me equivoque si digo que quien más quien menos necesita un momento de receso para respirar hondo y continuar la marcha de esta travesía que nos toca vivir.

Lástima que la vorágine de estos tiempos no nos permita encerrar esos recesos en un paréntesis prolongado. Por ello, siempre procuro disfrutar de los buenos momentos aunque sean ráfagas a discreción perdidas en escasos segundos.

Un hipermercado no es para mí el sitio ideal para disfrutar de algo que no vaya más allá de una compra que en pocos casos se convierte en relajada. Desde los pasillos atestados de productos y transeúntes ocasionales, hasta esas cajeras que casi pierden la vida en una loca carrera por acabar de leer códigos de barras antes de que un servidor tenga tiempo siquiera de respirar, hacen de este lugar algo muy alejado de la tranquilidad que por naturaleza busca el ser humano o al menos, un ser humano como yo.

Procuro emplear en estos lugares el tiempo justo y necesario para volver a respirar un poco de aire menos viciado de prisas, marketing e impersonalidad y con esa intención abandonaba hace unos días uno de estos locales, cuando un señor viejecito, bastón en mano y andar dificultoso, al sacar una mano del bolsillo de su chaqueta, perdió por el camino uno de esos tesoros de colores que guardaba.

Un pequeño caramelo cayó al suelo envuelto en transparente papel.

Él lo miró, yo lo miré y acabamos mirándonos los dos.

Rápidamente me incliné, lo recogí del suelo y me dispuse a entregárselo cuando con una mirada serena y entrañable acompañando una voz dulce me sorprendió diciéndome:

“Muchas gracias, muy amable; se lo regalo; tengo más que me han dado en la farmacia”

Y extrajo varios caramelos multicolores que guardaba como un tesoro en el bolsillo derecho de su chaqueta.

Fue una conversación muy corta, pero que tras desearnos ambos una buena tarde acabó con un tipo como yo regresando a casa bajo una lluvia que me limpió el rostro y un sentimiento que me llenó el cuerpo y el alma de sabor a dulce.




miércoles, 16 de noviembre de 2016

Miopías

¡Ay de aquel cuya vista ve tan clara lucidez que ninguna sombra de duda le alberga! No sabe la fortuna que tiene de ceja a ceja.

Yo, por suerte o por desgracia, padezco de cortedad visual; a lomos de apéndices auditivos, cabalgan en mi desde el siglo pasado monturas y cristales varios con el único fin de corregir aquello que por natural, no deja de ser defecto.
No alcanzar distancias largas, es problema; pero aún mayor sería no ver más allá de un palmo de nariz. En ese caso, el desastre más que previsible, es seguro.

Y no sólo ocurre a la hora de ver con los ojos; porque también se puede ver sin mirar.
Intuir, es otra forma de percepción; sospechar que algo, alguien o una situación comienza a ser poco clara, diáfana o cristalina, puede dar lugar a una vista cansada, opaca en cataratas desbocadas, o si me apuran, salvajemente traslúcida a modo de ríos muy revueltos.

Cuando la sospecha se hace duda, la duda realidad y la realidad se conjuga en un indeseable presente, uno se da cuenta de que la corrección de lo que ven sus ojos o sienten sus entrañas, se hacía totalmente necesaria desde tiempos más lejanos que ayer.
En ese estado me debato; no sé exactamente si enfoqué bien la situación, si percibí con claridad lo que desde un pasado se vislumbraba como futuro o realmente no quise hacer caso a ese sentido sustitutivo del averiado que para mí es la intuición.

El caso es que ciertos afluentes del río principal andan revueltos y sin llegar a desviar el curso de los acontecimientos, sí podrían trastocar la plácida travesía que debería ser siempre la tranquilidad de una vida sin sobresaltos.
Ciertos amigos, familia, o conocidos, parecen aliarse en tiempo y casi en forma a la hora de hacerme sentir que más allá de una miopía reconocida de antaño, un incipiente astigmatismo está deformando la nitidez necesaria para caminar con pasos seguros por esta vida.

No seré yo quien me vende los ojos esperando tiempos futuros o mejores y por ello, debo acudir con urgencia a la consulta del doctor conciencia para que me oriente sobre el mejor método de corrección, porque como alguien dijo una vez, “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.


martes, 8 de noviembre de 2016

El reencuentro

Sólo han transcurrido unos pocos meses, pero el reencuentro con viejos amigos siempre es un motivo de alegría en toda persona que sepa apreciar la amistad.

No son mejores ni peores amigos que el resto de los que puedan conservar los millones y millones de gentes que pueblan nuestro planeta, pero sí que tienen algo que les diferencia; se adaptan perfectamente a lo que yo buscaba, la vida me permitía y realmente necesitaba.

Al vernos nuevamente, puede que ellos y yo nos preguntemos si no estamos algo más mayores, rotos por dentro o por fuera o si realmente nuestra relación ha hecho mella en alguno de nosotros durante estos meses de ausencias mutuas.

Yo los observo; aparentemente, los encuentro igual. No sé si alguno con una pequeña disminución de su colorida tez natural.

Mirándoles, comienzo a recordar los buenos tiempos compartidos en largas y frías jornadas de madrugón, cafés y trabajo.

Unos antes, otros después, en mayor o menor medida, siempre estuvieron ahí cuando los necesité; sin rechistar, sin preguntar.

Por eso, hoy, en un día de frío invernalmente otoñal, al abrir un armario, remover sus perchas y reencontrarme con esa camiseta interior de media manga, churro o manga entera, esa camisa de tacto suave y cálido o ese señor jersey algo descolorido pero pidiendo cuerpo que cubrir, me sentí bien, porque mi interior pide fríos que abrigar más que calores que sofocar.

Y ya superando todo lo anterior, esa cazadora arrinconada, para demostrarme que no me guarda ningún rencor, me regala de sus bolsillos unos caramelos de menta y miel que un tipo como yo un día olvidó.








sábado, 5 de noviembre de 2016

Tiempos de ceniza


Había una vez un grupo de muchas personas que se atrevieron a escribir lo que pensaban o lo que aún es más difícil, a pensar lo que escribieron.

De todos los continentes y con mayor o menor fortuna o acierto, arrancaban en el lector unos minutos de su tiempo con unas letras que comenzando por el propio escritor, escribiente o escribidor (palabreja que me gusta), servían de puente o nexo de comunicación entre diferentes pensamientos, ideas, actitud o aptitudes.

Eran tiempos en los que recíprocamente nos leíamos, nos comentábamos, opinábamos e incluso nos tirábamos de las orejas por aquello que dijimos, insinuamos o simplemente dejamos caer en la enorme red de ceros y unos que recorre nuestro planeta cibernético.

Tiempos en los que acompañamos con esos comentarios tristezas, alegrías, consejos, actualidades y todo aquello que leyéndolos con los ojos hacían trabajar otros sentidos o sentimientos del ser humano.

Hoy todo eso ha cambiado. Quizás la moda pasó, quizás las prisas son mayores, quizás, quizás, quizás…

Lo que antaño era una gran interconexión entre estos llamados o autodenominados blogueros y sus presuntos lectores, ha pasado a ser en la mayoría de los casos un simple emoticono disfrazado de “me gusta” “me enfada” o “me divierte” cuando no son sólo lecturas y silencios.

En este caso, sí que puedo decir sin riesgo a equivocarme, que tiempos pasados fueron mejores.

Se echan de menos aquellos días en los que un simple comentario inmortalizado en esa pequeña obra particular que supone escribir un texto, insertar un vídeo, una fotografía o una historia real o ficticia, nos animaba a continuar haciéndolo por el simple hecho del ego bien entendido de que al otro lado de la pantalla de un ordenador, existe alguien a quien tus palabras llegan de algún modo para bien, para mal o simplemente para informar o reflexionar.

No hay otro motivo ni razón para hacerlo. Si no fuera así, la intimidad de unas letras, deberían ser precisamente eso: íntimas e insondables del propio autor.

Yo mismo me acuso de ello y buscando mi propia absolución y amparándome en estos otoñales días grises retomaré o al menos intentaré retomar café en mano, viejas costumbres de visitar blogs conocidos y procurar dejar huella escrita en aquello que veo, escucho o simplemente leo y me mueve a hacerlo.

Limpiaré de recuerdos aquello que ya no me interese e indagaré en nuevas gentes con aficiones comunes o que puedan aportar algo a mi existencia.

Dejaré de compartir enlaces a lo que escribo en ese mensajero atroz en el que a mi entender se está convirtiendo alguna plataforma como Facebook porque al fin y al cabo quien te quiere leer, te buscará para hacerlo; quien quiera saber de ti, buscará la forma o medio para llegar a tu puerta y quien se considere amig@ sabrá abrazar con palabras  lo que el dibujo de una carita más o menos simpática no puede transmitir.

Este Café del Swing permanecerá abierto al público mientras haya una sola persona que demuestre interés en abrir su puerta y asomar la nariz y como de momento conozco un visitante seguro que soy yo mismo, no existe peligro de cierre.

Quiero agradecer a quien me visita y muy especialmente a quien deja su huella en forma de comentario en el mejor lugar para hacerlo que es aquí, “cara a cara” con el barman del local.

Porque un blog se alimenta de los comentarios de la gente y es su principal razón de ser. No es necesario comer mucho para estar bien alimentado al igual que no es necesario tener muchos seguidores para sentirse querido y yo de eso, sé un rato largo…

No estaremos de moda y el mundo bloguero puede que esté de capa caída, pero yo de esa capa hago un sayo y pienso que donde hubo fuego, siempre quedarán cenizas.

Gracias