"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

jueves, 27 de octubre de 2016

Taza y cuchara

Un café negro, muy negro; una taza blanca, muy blanca y una cucharilla moviéndose en el sentido de las agujas del reloj diluyendo azúcar y endulzando el paladar.

El sonido inconfundible del metal sobre la loza, se mezcla con el humo que desprende.

Ante mí, un hombre y una mujer entrados en canas y arrugas que el paso de los años cincela en sus rostros.

Ambos, de mirada tranquila y sosiego en el habla.

Son tantas las preguntas que deseo hacerles mientras compartimos mesa, que mi boca se mantiene cerrada por miedo a provocar una estampida de interrogantes.

Quisiera preguntarles cómo les trató la vida; si han sido felices; qué opinión les merecen sus hijos; si tenían virtudes escondidas o secretos inconfesables; qué esperaban del futuro y cómo ven a la sociedad actual comparándola con su pasado; qué consejos me darían; les preguntaría si realmente me quieren o si soy uno más de esos cuadros que cuelgan adornando sus vidas.

Quisiera tenderles la mano, abrazarlos, acariciar sus caras y hablarles como a verdaderos amigos especiales.

Todo eso y más quisiera hacer, pero abro los ojos y entre vapores de café humeante, sólo llego a distinguir dos sillas vacías.









*Uno de esos momentos que en silenciosa soledad y con un café entre las manos me hacen reflexionar. 

Dedicado a mis padres y a tantos y tantos seres a los que no pudimos, quisimos o supimos tratar en vida con el cariño, el recuerdo y ese echar de menos que sentimos cuando los hemos perdido.

Ojalá sirvieran estas pocas letras para concienciarnos en vivir con intensidad lo que tenemos; en no escatimar abrazos, charlas y sentimientos con las personas que queremos; en no dejar para luego un beso, una caricia o una mirada reconfortante. En definitiva, vivir una vida plena sin remordimientos futuros ni vista atrás.



miércoles, 19 de octubre de 2016

Tres nombres y un camino

Diez minutos me bastaron para descubrir que aquello que fui a buscar en tierras lejanas, sin saberlo, ya lo llevaba conmigo.

Tres simples nombres grabados en frío mármol, me hablaron de un pasado en tierras de labranza; de encinas, olivos y bellotas. Tres nombres que escribirían una historia marcada en la memoria y en los corazones de millones de gentes de todo el mundo de un pasado glorioso, un presente convulso y un futuro impredecible.

Jamás pude imaginar que unas simples letras cincelaran en mí un sentimiento de arraigo con unas creencias, de confirmación de unas sospechas y de una plenitud de acompañamiento como jamás había tenido.

Porque llegué allí como una mesa a la que le faltara una pata; como una media naranja que no encontrara su otra mitad o como quien mira y no ve con claridad más allá de lo que ve.

En ese instante, no me acompañaban cánticos hermosos, muchedumbre por millares, pañuelos al viento, ni rosas blancas. No hicieron falta.

Simplemente, era yo con mi silencio; era yo con mi reflexión; era yo y tres niños que sin hablar, me susurraron al oído. Me hablaron de hermosura, de amor, de paz, de un futuro en armonía con el mundo empezando por mi revuelto interior.

Un hombre me dijo que desde ese mismo instante, ya no caminaría solito. Y cuánta razón tenía, porque desde ese día me siento como un niño que levanta los brazos y al que sus padres no soltarán de la mano jamás.

Quisiera poder transmitir todo lo que viví, sentí o gocé, pero quizás no sería comprensible a ojos de esa cerrazón humana que ni ve, ni quiere ver, oír o escuchar algo que mire a las alturas.

Seguiré pensando que soy un tipo afortunado al que la vida le está marcando un camino de blancas baldosas, que pudiendo resultar a veces incoherente, a veces incomprensible, o difícil, sabe ahora más que nunca que su meta no puede llevarle a otro sitio mejor que al destino para el que fue creado.  

A tres niños les debo abrir los ojos y a una Madre, le debo el corazón.














miércoles, 12 de octubre de 2016

A corazón abierto

Amanece un día gris, lluvioso, hermosamente otoñal. Un día de fiesta, de patrona, de café caliente; un día de preparativos, de prisas de última hora y de despedidas cortas con certezas de un regreso muy cercano.

Cuando la noche bostece su primer sueño, un cuaderno, una pluma y una mochila, acompañarán a un hombre que iniciará un largo viaje atravesando pueblos y tierras dejando atrás innumerables traviesas de tren.

Con él, del brazo, caminará su chica  y mil intenciones y recuerdos.

También viajarán sin billete ni asiento, una niña buscadora de futuros en tierras lejanas y otra buscadora de presentes en cercanos lugares. Aquel que sueña con volar a velocidad de crucero y el que a lomos de motor buscará el honor de una divisa.

Viajará la familia; la de ayer, la de hoy y la que siendo futura ya siento como mía.

Mi fiel amigo siempre acurrucado y a mi lado en silencio; también quien perjuró serlo o quien sin buscarlo me encontró y aquel que más que amigo ya es familia.

Aquel que sufre la enfermedad; la física y la de la incomprensión y toda persona a la que el destino le cubrió de prematuro e incomprensible dolor o quien busque como yo un fin en un principio.

Todos tendrán cabida en ese tren y no deben tener miedo a ser descubiertos por el revisor porque lo harán en el vagón de los profundos pensamientos donde sólo la intimidad del viajero, podrá acceder.

Ese hombre marchará con la intención quizás de encontrar esa pieza sin la cual el puzzle de su vida podría resultar hermoso, pero incompleto.

Fijará sus ojos en otros más hermosos, buscando una respuesta, una certeza, una ilusión, una esperanza.

Hablará en profundo silencio y suplicará favores ajenos y propios; intentará soltar el lastre de las angustias, las preocupaciones, desazones e inquietudes.

Prometerá lo que intentará cumplir y jugará a predecir futuros mejores; futuros en paz consigo mismo y su entorno.

Pedirá perdonar lo imperdonable y alcanzar lo que no quepa en razón humana pero sí divina.


Ese hombre no inicia un viaje más, porque ese hombre viajará con un billete de ida y vuelta cuyo precio es sólo el de un corazón abierto.







P.D. Toda persona que quiera unirse a mí en ese viaje que inicio al encuentro con la gran Señora de Portugal y del mundo, puede hacerlo pidiéndome privadamente aquello que quiera que le traslade, porque en mi mochila siempre habrá sitio al fondo.

viernes, 7 de octubre de 2016

El niño de la camiseta

No siempre la vida me ofrece la oportunidad de fundir en uno los tres estados existenciales de las personas. Pocas veces puedo aunar pasado, presente y futuro en una situación, imagen o hecho acaecido. 

Ayer, hoy y quién sabe si tal vez mañana, un niño ha sido el artífice de algo tan raro por inusual.

No camina solo; le acompaña la que imagino es su mejor amiga.

Cruzar mi camino con el suyo me provoca una mezcla de media sonrisa, cierta nostalgia y mucha, mucha ternura.

Definiendo ese momento y capturando para retocar esa imagen, quizás a él sólo podría añadirle una pelota y a ella unas coletitas; pero lo que nunca podría añadirles a la escena, es la serenidad que transmiten a quien como yo se detiene por un momento para poder sentir ráfagas de lejana niñez, de amigos, de juegos y rabiosa inocencia.

Sus pasos son cortos; sus movimientos, algo torpes y lentos, muy lentos. Puede que lo mejor entre lo bueno, deba hacerse despacio, sin prisas.

No se les escucha una voz, frase o pensamiento. Les acompaña el silencio y un común destino de mirada al frente.

Si miraran atrás, se percatarían que observándoles se detiene un hombre con el deseo de alcanzar un futuro en el que también su amiga de siempre le acompañe asida de su brazo y luciendo orgulloso una hermosa camiseta con el número seis.