"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

martes, 27 de septiembre de 2016

Dos seres

Dos seres frente a frente; dos seres hermosos coincidiendo en mitad de un espacio con olor a vida.

No se conocen de nada y nada les une; ningún vínculo cercano; ni tan siquiera una mínima afinidad en gustos o costumbres.

Pudiera resultar incluso paradójico o pasar inadvertido en quien no ve más allá de sus ojos. Pero el encuentro de esos dos seres, habla a borbotones dentro de un silencio sólo roto por unas hojas mecidas por un viento otoñal.

Dos seres que se miran, que se estudian fijamente, sin pestañear; uno asombrado, el otro, expectante. Quietud en sus cuerpos, miradas encontradas y un impasse de espera que midiendo segundos, construyeron eternidad.

No se escucharon palabras; no se necesitaron.

El tiempo se detuvo y con él los tiempos en los que vivimos. Sólo con un gesto, se esfumaron como por arte de magia todas las maldades del hombre; su pétreo corazón sólo impulsado por su afán de posesión sin límites; su obsesión de sentirse rey sin reino y su falta de valores en un mundo descabezado de sentimientos.

Esta vez, habló el respeto, la admiración, el cariño y la sensación de libertad sin nada ni nadie que pudiera hacer tambalear quizás lo más grande que toda sociedad debiera tener: la educación.

Estos dos seres, me han dado una lección de vida dejándome impresa en retina y alma algo que creí perdido…


…La inocencia












* Dedicado a toda persona que quiera y sepa practicar algo tan hermoso como el respeto y el amor por los animales y la naturaleza que tenemos la gran fortuna de disfrutar en este planeta llamado Tierra.

Y como no, también a mi hija María que está aprendiendo por sí misma a ver más allá de unos ojos silenciosos o un mudo paisaje. En definitiva, porque está aprendiendo a vivir.









martes, 20 de septiembre de 2016

El ciclista



Con los pies en el suelo, el ciclista titubea antes de subir a la bicicleta. El camino es largo y los obstáculos serán duros antes de llegar a la meta; pero diríase que nació para eso; sin pretensiones de destacar. Su rol nunca fue el de un líder; sus condiciones, su idiosincrasia, le hicieron ser un gregario más.

Compañero de compañeros, fiel amigo de sus amigos y cumplidor de funciones encomendadas, no rehúye el trabajo en equipo aunque ello signifique renunciar a sus criterios, cualidades o amor propio disfrazado de orgullo.

Mirada al frente y comienza la carrera; buen ambiente inicial, risas por doquier, charlas animadas e incluso relajación disfrutando de paisajes. Como niños jugando a ritmo de pedalada sin ruedines.

Poco dura esa falsa tranquilidad, porque basta una mirada, una palabra o un gesto para que las hostilidades se batan en desiguales duelos que nunca buscó.

Comienzan los abanicos, los vaivenes a velocidad de vértigo. Un descuido y perderá de vista objetivo y misión.

Deberá estar muy atento para no ser absorbido por la voracidad del pelotón.

De repente, falsa calma momentánea que no es sino el prólogo de la verdadera batalla que se avecina en largos y tortuosos kilómetros de desnivel apuntando al cielo.

Armarse de valor, paciencia y fuerza, son tres de las cualidades necesarias para coronar el puerto. Se inicia la escalada y el ciclista comienza a notar los efectos de un asfalto inmisericorde que no perdona piernas, corazón ni cabeza.

Empieza a faltar el aire, el sudor empapa su cuerpo y su mente envía órdenes que a duras penas pueden ser cumplidas por unos músculos agarrotados.

El gentío le rodea; los gritos le acompañan, pero él se siente sólo. Busca con la mirada al amigo, al compañero y sólo encuentra el abandono y la indiferencia.

Es en esos momentos en los que bastaba una mirada o una palabra para recargar la batería de su cuerpo, cuando se siente tan desesperado como otros que corrieron su misma suerte.

Uno a uno, sus sufrimientos van moldeando aquello que nunca imaginó padecer.
Aquellas buenas palabras del amigo, del compañero, del colega, se tornaron en olvidos cuando más se necesitaba su cercanía y apoyo.

En ese instante de ofuscación y perplejidad, se abrió su mente y comprendió que en los momentos buenos, cualquiera puede pedalear a su lado o ir a rueda, pero en los malos, quizás sólo quien menos imagine, se le acercará ofreciendo su ayuda, rescate o simple compañía.

Desde ese día, desde esa y sucesivas carreras, el ciclista desconfía de parabienes, buenos deseos y falsas promesas y pretextos aunque deba disfrazar su cara y ánimo de lo que ya está comenzando a no sentir.

Hoy ese ciclista a fuerza de etapas como esa, comienza a vislumbrar un poco tarde quizás, que en la vida, como en la carretera, lo verdaderamente importante, es no dejar nunca de pedalear aunque para ello deba llegar a plantearse cambiar de equipo.



lunes, 12 de septiembre de 2016

Letras del pasado

Por los libros al igual que las personas, también pasan los años. Su imagen exterior, se va deteriorando con el inexorable transcurrir del tiempo; pero su esencia, el mensaje que contienen, pervive más allá de lo imaginable.

Algunos de estos pequeños pedacitos de historia, han llegado a mis manos.

Destartaladas hojas que no sin esfuerzo se mantienen en cierto orden y disciplina para ser devorados por la curiosidad y perplejidad de quien ahora los sostiene.

Libros que pertenecieron a una niña; una niña como tantas otras que siguió una senda marcada por adultos de esos años. Una niña que quizás sin entender muy bien el significado de tantas y tantas frases, pensamientos o mandatos, no abandonó hasta el fin de sus días ese ideal, esa esperanza e ilusión.

Hoy, esas esperanzas, las hago mías con un cierto sentimiento de melancolía, pero también con una mezcla de orgullo, recuerdos y vaivenes de alma inquieta, porque hoy, recojo su testigo con la fuerte convicción de quien pasará sus páginas con la delicadeza que más de ochenta años de sus tintas escritas merecen.

Esa niña que fue, es y será mi madre, me acompañará en sus lecturas y hará con su compañía que esas letras del pasado, nos unan aún más en un eterno futuro.