"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

lunes, 21 de marzo de 2016

Chulerías


Cuando uno, en este caso yo, se levanta a diario para cumplir con la obligación y suerte de poder ir a trabajar, lo que busca es un buen café, un tranquilo viaje sin demoras, una buena música que llevarse a los oídos o unas buenas letras que devorar con los ojos, antes de llegar a ese puesto de trabajo que me espera desde hace ya muchos años.

Días de la marmota, he tenido y sigo teniendo muchos. Días que parecen calcados al anterior. Pero de vez en cuando, surgen situaciones y personas que hacen diferente el comienzo de una jornada.

No hace mucho, a escasos metros de mi destino laboral a una hora temprana como no podía ser de otra forma, andaba yo pertrechado de abrigo, auriculares y mi mochila de siempre, cuando al llegar a la altura de un garaje particular anexo a una guardería de cierto postín, tuve que realizar una frenada en seco si no quería ser atropellado por un vehículo de estos cuya marca se distingue por cuatro aros entrelazados y que no son de cebolla precisamente. Un vehículo que podría ser uno de esos 4x4, pero que a mí visto así tan cerca de mis papilas olfativas, me pareció más bien un 8x8 sesenta y cuatro.

Faltó muy poco para tener que abrazarme a su carrocería.

Al susto inicial, siguió mi lógica reacción de mirar en su interior para conocer a la persona, animal o cosa que se atrevió a salir de un lugar así sin la lógica precaución de hacerlo despacio porque es muy común que por una  acera transiten hombres, mujeres e incluso niños.

Debo reconocer que lo que vi, me gustó. Mentiría si dijera lo contrario, porque detrás del volante de ese vehículo, estaba sentada una hermosa mujer.

Mediana edad, castaña, vestida o no bajo pieles de animal, que yo no sabría ni quiero distinguir.

Esa mujer, me miró; yo la miré. No intercambiamos palabra alguna, pero al menos yo, me percaté enseguida de una de sus características.

No hubo una disculpa, una media sonrisa, una mano extendida excusándose, no; todo lo contrario.

Lo que hubo fue una altanería, un mirar por encima de muchos hombros, un “para mí no eres nadie”; en definitiva, una chulería de esas de quien por mucho que la entrene,  jamás la podrá ya perfeccionar.

No me puse nervioso; no me alteré; no quise decirle nada.

Pero ese Luismi que normalmente gusta de ceder el paso por una cierta galantería y educación quizás trasnochada que no quiere ni cree que deba perder hacia el animal más hermoso de la creación al que Dios puso por nombre mujer, decidió que hasta ahí podíamos llegar.

Así que ni corto ni perezoso, fui yo el que tomé la iniciativa y usé mi derecho de preferencia y pasando por delante de ese enorme capó del vehículo y con una parsimonia mucho mayor de la que habitualmente intento hacer gala, la miré directamente a los ojos sin decir palabra dejándola atrás a ella y su chulería, porque en este caso y aunque no haya nacido en Madrid, para chulo, yo. 






martes, 15 de marzo de 2016

Puerta entreabierta




Hay una niña en el mundo; una niña chica muy chica. Cuatro años hace que la vieron nacer.
Nunca le di la mano, nunca escuché su risa y hasta hace muy poco, nunca contemplé su rostro.

Hoy, esa niña ocupa mis pensamientos. Pensamientos de tristeza, pensamientos sin respuesta, pensamientos de amargura, pero también pensamientos positivos y aleccionadores.
El mal se cebó con ella; el mal se instaló en su pequeño cerebro desde hace más de dos años, casi sin tiempo de reacción, casi sin avisar.

Muchas manos la trataron, muchas mentes y corazones la rezaron; pero el final “sólo” dejó una puerta entreabierta.

A este lado de esa puerta, el llanto, la incomprensión, la lucha, corazones rasgados por el dolor más grande que unos padres pueden sentir; el dolor extremo cuando lo más hermoso que jamás creó un amor, parte hacia ese viaje sin retorno.
Son momentos sin consuelo, sin razonamiento, sin comprensión, en definitiva, sin sentido al que dar en esta vida.

Pero también, son momentos de esperanza, de fe; de pensar que esa lucha feroz que esta niña ha mantenido con el enemigo imbatible, ha servido para algo.

Momentos de unión, de esfuerzo, de desvelo, de interiorizarse consigo mismo, de ejemplo a seguir. De pensar que esta lucha no fue en balde.
Porque esa puerta, por la que hoy pasa esa niña, le abrirá el mundo que sin lugar a dudas mereció.

Un mundo sin sufrimientos, un mundo sin ira, sin hambre, enfermedades, guerras, envidias, maltratos ni odios.

Un mundo que la cubrirá de risas, de juegos, de zapatitos de colores, de dulces y canciones; de felicidad eterna.
Hoy, esa niña marchó; pero nunca dejará de existir en los corazones que siempre se asomen a esa puerta entreabierta.  





Dedicado a Elena, esa niña a la que quiero pedirle que sea ella la que a partir de ahora rece por mí y por todos los que quedamos aquí. Esa niña que se fue, para convertirse en otro ángel de la guarda que velará muy especialmente por esos padres y familiares a los que deseo que Dios les dé la fuerza necesaria para afrontar estos terribles momentos.

Descansa en paz querida niña, hasta siempre pequeño ángel.