"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

martes, 20 de septiembre de 2016

El ciclista



Con los pies en el suelo, el ciclista titubea antes de subir a la bicicleta. El camino es largo y los obstáculos serán duros antes de llegar a la meta; pero diríase que nació para eso; sin pretensiones de destacar. Su rol nunca fue el de un líder; sus condiciones, su idiosincrasia, le hicieron ser un gregario más.

Compañero de compañeros, fiel amigo de sus amigos y cumplidor de funciones encomendadas, no rehúye el trabajo en equipo aunque ello signifique renunciar a sus criterios, cualidades o amor propio disfrazado de orgullo.

Mirada al frente y comienza la carrera; buen ambiente inicial, risas por doquier, charlas animadas e incluso relajación disfrutando de paisajes. Como niños jugando a ritmo de pedalada sin ruedines.

Poco dura esa falsa tranquilidad, porque basta una mirada, una palabra o un gesto para que las hostilidades se batan en desiguales duelos que nunca buscó.

Comienzan los abanicos, los vaivenes a velocidad de vértigo. Un descuido y perderá de vista objetivo y misión.

Deberá estar muy atento para no ser absorbido por la voracidad del pelotón.

De repente, falsa calma momentánea que no es sino el prólogo de la verdadera batalla que se avecina en largos y tortuosos kilómetros de desnivel apuntando al cielo.

Armarse de valor, paciencia y fuerza, son tres de las cualidades necesarias para coronar el puerto. Se inicia la escalada y el ciclista comienza a notar los efectos de un asfalto inmisericorde que no perdona piernas, corazón ni cabeza.

Empieza a faltar el aire, el sudor empapa su cuerpo y su mente envía órdenes que a duras penas pueden ser cumplidas por unos músculos agarrotados.

El gentío le rodea; los gritos le acompañan, pero él se siente sólo. Busca con la mirada al amigo, al compañero y sólo encuentra el abandono y la indiferencia.

Es en esos momentos en los que bastaba una mirada o una palabra para recargar la batería de su cuerpo, cuando se siente tan desesperado como otros que corrieron su misma suerte.

Uno a uno, sus sufrimientos van moldeando aquello que nunca imaginó padecer.
Aquellas buenas palabras del amigo, del compañero, del colega, se tornaron en olvidos cuando más se necesitaba su cercanía y apoyo.

En ese instante de ofuscación y perplejidad, se abrió su mente y comprendió que en los momentos buenos, cualquiera puede pedalear a su lado o ir a rueda, pero en los malos, quizás sólo quien menos imagine, se le acercará ofreciendo su ayuda, rescate o simple compañía.

Desde ese día, desde esa y sucesivas carreras, el ciclista desconfía de parabienes, buenos deseos y falsas promesas y pretextos aunque deba disfrazar su cara y ánimo de lo que ya está comenzando a no sentir.

Hoy ese ciclista a fuerza de etapas como esa, comienza a vislumbrar un poco tarde quizás, que en la vida, como en la carretera, lo verdaderamente importante, es no dejar nunca de pedalear aunque para ello deba llegar a plantearse cambiar de equipo.



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