"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

jueves, 25 de agosto de 2016

Un muñeco, una maleta

Un muñeco, una maleta; veintitrés años les separan y el destino o quizás una férrea voluntad han querido que ahora se unan buscando futuros en los que cobijarse.

Ambos volarán alto hacia nuevas tierras; tierras de verdes praderas y tréboles con olor a suerte; tierras de mares, castillos y lengua extraña.

Abandonan el hogar dejando promesas de regreso. La distancia, será larga; el tiempo se hará lento; pero donde hay amor, no hay distancias, ni tiempos, ni dificultades que impidan que lo que dejan atrás siempre les espere con corazones de par en par.

Les echaré mucho de menos; no habrá día ni ocasión que no me acerque su recuerdo; pero no hablaré de tristezas por su marcha; no hablaré de preocupación por su partida, ni alcanzaré a borrar un ápice del orgullo, la comprensión y la admiración por la decisión que han tomado.

Ese muñeco almacena noches guardando sueños de un bebé que Dios puso en mis manos como el mayor regalo que a un hombre, padre y amigo le pudo dar. Guarda las más hermosas historias; noches de juegos y risas, de llantos y miedos, de músicas en brazos, de hermanas en perfecta comunión y de padres con semblante disfrazado de perplejidad por tan extraordinarias creaciones que recibieron quizás sin merecer.

Hoy, como entonces, será fiel guardián de ese bebé convertido en una gran mujer. Una mujer con inquietudes, con afán de superación, con deseos de labrar un futuro (su futuro) con esfuerzo y espíritu de aventura.

La empresa, no será fácil; la vida, tampoco lo es; pero quien busca, halla, quien se esfuerza recibe compensación y quien se marca un destino, tarde o temprano lo encuentra.

Hoy me embarga una rara sensación; si tuviera que definirla, imagino que sería algo parecido a lo que pienso sentirían tantos y tantos padres cuando en un tiempo no tan lejano tenían que despedir a un hijo que marchaba lejos a cumplir con la patria.

Preocupación, tristeza, nervios, instinto de protección, no lo sé. Un poco de todo y otro poco de nada.

Porque dentro de todo eso, revive con más fuerza que nunca un sentimiento de admiración sin signos de puntuación que se necesiten para adornalo.

A esa mujer que empujará esa maleta; a esa niña que acurrucará su muñeco de siempre, hoy más que nunca sólo puedo mirarla a los ojos, pensarla y decirle que la quiero.









miércoles, 10 de agosto de 2016

Juegos Olímpicos

Las pantallas echan humo; los píxeles se saturan de horas y horas de retransmisiones deportivas ocupando gran parte de la parrilla televisiva.

Muchas son las disciplinas y deportistas que se nos ofrecen como reclamo para captar toda nuestra atención. Nadadores como peces en el agua; gimnastas contorsionándose como gomas elásticas; baloncestistas más largos que un día sin pan; boxeadores o judocas a mamporro limpio; tiradores de platos sin mesa ni mantel; esgrimistas sin argumentos; pingponeros; saltadores de trampolín a la fama; peloteros peloteando sus pelotas (deportivas) en arenas, parqueses, greenes o pistas rápidas; lanzadores de cuchillos sólo con las miradas; dormilones de camas elásticas; velocistas, fondistas, jinetes, amazonas y cientos y cientos de deportistas que matarían porque alguien les colgara una medalla al cuello.
Y luego, estoy yo; el de este lado de la pantalla.
Ese tipo más fondón que fondista; nadador de duchas; jinete sin caballo; levantador de pesos que no pesan; velocista sólo de cara; pertiguista de barra asidera de vagón; contorsionista de bochornos nocturnos en cama poco elástica y maratoniano de pelis, palomitas y juegos de tronos.
Ese que mide los éxitos por sonrisas ajenas; el que como equipo busca afines; el que cambia preseas por brindis, triunfos por esperanzas y egos por humildades.
El que entrenaría horas de charla entre amigos, rubias cervezas y arreglos de país para acabar dejándolo igual.
Las medallas las dejo para esos profesionales que representan a su país; yo quizás me colgaría simplemente un cartel que dijera:

“Busco equipo”













martes, 2 de agosto de 2016

Vía muerta

El tren, el viejo tren disfrazado ahora de modernas máquinas de estilizadas formas y  velocidades de vértigo. Vagones que podrían contar mil historias de encuentros, despedidas y viajes en familia.

Historias de niños que a ritmo de chucuchú soñaron ser grandes maquinistas en minúsculas vías circulares de un juguete poco mayor que la caja que lo contenía.

Pero existieron unos trenes, unos vagones y una única vía que guardaron también caras de asombro, de incomprensión, de perplejidad disfrazada de temor. Hombres, mujeres y niños que sin importar edad fueron estigmatizados con un más que incierto futuro.

Su pecado, su procedencia;
su destino, la crueldad.
Por una vía, en unos vagones de ganado llegaron miles y cientos y cientos de miles de rostros marcados por el más vil de los sentimientos humanos; el del odio más absoluto.

Fueron despojados de todo lo que poseían; sus gafas, sus zapatos, sus vestimentas y lo peor de todo, su dignidad.

La muerte no tenía precio; sus vidas, aún menos.

“El trabajo os hará libres” se leía irónicamente en unas letras marcadas a hierro y fuego no muy lejos de aquel infierno.

Hoy, esa vía de tren, aparece muerta y callada. Ya no se escucha el transitar de una máquina; no se escuchan gritos, ni órdenes, ni trasiego de gentes; sólo se escucha el terrible sonido de la vergüenza y la brisa de un deseo.
La vergüenza de una vía y tantas y tantas vías como esa, que visten el recuerdo más negro del ser humano y la brisa de un deseo para que esta historia jamás se vuelva a repetir.

Foto Ana Zarco




Foto Ana Zarco



Foto Ana Zarco


* Dedicado a la memoria de todos los hombres, mujeres y niños exterminados en los campos de concentración de Auschwitz y Birkenau y a todos los que aún hoy siguen siendo también exterminados por la crueldad de aquellos que siendo de raza humana nunca ejercerán como tal.