"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

miércoles, 29 de junio de 2016

Sin pestañear

Cuatro de la mañana; calles de un verano extrañamente solitario; sólo se escuchan los pasos de alguien que casualmente, soy yo. Me dirijo a casa, como de costumbre, buscando una almohada en la que reparar parte del sueño perdido.

Sólo me acompañan mis pensamientos y una mochila roja llena de letras.

A lo lejos, comienzo a vislumbrarla, que no verla. Mi cansada y defectuosa visión hacen de las imágenes reales una quimera en mí.

Podría elegir otros caminos de regreso; podría esquivar su presencia e incluso como opción sería conveniente distraer la mirada y seguir camino.

Pero mi curiosidad, costumbre o quizás lo intempestivo de la hora me provocan siempre fijarme en ella.

Una cara joven, que no bella, con cuerpo de mujer; de estilizada figura, largas piernas, labios rojos y en escasas ocasiones, buen vestir.

Diría que no es exactamente mi tipo ideal de mujer, entre otras cosas, por su delgadez aparente, pero a esas horas y con las persianas de los ojos camino de cerrarse, cualquier persona, animal o cosa podría captar mi atención.

Si afirmo que alguna vez se me insinuó, mentiría al igual que si dijera que llegó a terciar palabra conmigo.

De hecho, si alguna vez alcanzara a hablarme, pestañear o simplemente girar un grado su cabeza de larga cabellera, las piernas de quien esto escribe, alcanzarían su domicilio antes que el resto del cuerpo.


Palabrita del Niño Jesús.









lunes, 20 de junio de 2016

Padre nuestro



Hay detalles que no puedo ni quiero pasar por alto. Son esos detalles que me rozan la fibra sensible y me abocan siempre a tirar de riendas para contener lágrimas que quisieran desbocarse.

No es necesario que exista un vínculo estrecho con algo o con alguien para provocar en mí un sentimiento de completa ternura y reconocimiento.

En este caso, hablaré de una escena, de un hecho, de un acontecimiento que siendo considerado como algo en cierto modo habitual, un acto social más o si se quiere una tradición con visos de perpetuidad, captó en mí la atención más allá del hecho en sí.

Hubo un día en el que una pareja como tantas otras, decidió que era el momento de decirse que se querían ante Dios y ante los hombres, prometiéndose mil cosas, deseándose compartir lo bueno que la vida les ofreciera y soportar lo malo que toda adversidad acompañara.

Y hace escasos días, veinticinco años después de esa promesa, sentado en un banco de un hermoso templo, fui testigo de la renovación de ese compromiso. La misma pareja, joven de aspecto, espíritu, e ilusiones, quizás con alguna cana añadida, decidió conmemorar algo que en los tiempos actuales, no es tan fácil de conseguir.

Sin el miedo de los primerizos; sin los nervios de quien se aventura a lo desconocido; con la experiencia que marcan los años y tantas y tantas vivencias, aventuras y desventuras, volvieron a dar ese paso corto en el tiempo, pero inmenso en trascendencia, que marca la vida de cualquier pareja de novios.

Lo de menos fue el arroz que nuevamente volara a sus cabezas; lo de menos fue la alegre fiesta que acompañó la celebración, los bailes, las risas, los cánticos y las exquisitas viandas y bebidas que no faltaron a la cita.

Lo que me conmovió y provocó mi absoluta admiración es contemplar cómo veinticinco años después, una pareja ante el altar, sin ensayo ni premeditación, une sus manos con los dos frutos de su amor para rezar y dar gracias a la vida con una hermosa oración que habla de ese Padre nuestro que está en los cielos en el que muchos tenemos la inmensa suerte de creer.




*Dedicado especialmente a los protagonistas de esta historia, Raquel y Pablo, con el deseo de que quien esto escribe, pueda volver a ser testigo dentro de otros veinticinco años de un acto tan hermoso como el que nos brindaron.

Mi agradecimiento también a toda su familia por hacernos sentir a mí y a los míos como en casa. Desde la patata, G R A C I A S.


jueves, 16 de junio de 2016

La colmena



Mi barrio era tranquilo; mi barrio no era un lugar hermoso, pero sí acogedor.

Sus gentes, eran gentes conocidas y en cierto modo, entrañables; el charcutero de siempre, el peluquero habitual, el bar típico con sus típicas raciones, un pequeño kiosko de chuches y prensa… En fin, todo aquello que ha conformado un barrio de gentes conocidas y amigables aún dentro del anonimato de la gran ciudad.

Pero mi barrio, ha cambiado; su fisonomía se ha trastocado y sin una explicación factible y completa, mi barrio ha dejado de ser tranquilo, para convertirse en otra cosa que nunca deseé.

Frente a mi portal, un pequeño parque ha servido siempre como lugar de encuentro de niños, mayores, ancianos y alguna que otra pareja de enamorados que con la excusa de un tobogán, un periódico o un simple “tomar el fresco” en las tórridas noches madrileñas ocupaban sus bancos, haciendo de este parque un lugar ameno y francamente entrañable.

Pero los tiempos han cambiado y desgraciadamente, se hace más real que nunca aquello de “tiempos pasados fueron mejores”.

Existe un grupo de jóvenes al que yo he apodado “la colmena”, que han convertido este pequeño reducto en su territorio particular en el que dar rienda suelta a su modo de entender la vida.

Jóvenes de todos los colores y de diferentes nacionalidades, incluida la española, que en lugar de enriquecer o aportar a nuestra cultura o modo de vida, lo positivo o bueno de sus países o procedencias de origen, son claro ejemplo de lo que aún a riesgo de que nos tachen de xenófobos o incluso racistas, no deseo que exista en mi barrio, mi ciudad, ni mi país.

Yo les llamo “la colmena”, con todo el respeto y aprecio que tengo por esos insectos tan necesarios en nuestro ecosistema, porque ese grupo representa un conjunto de zánganos y alguna reina (aunque más bien me parecen reinonas), que se dedican a un único oficio que se les conozca, consistente en ocupar una serie de bancos del parque para comer, beber y conversar a cualquier hora del día o de la noche, sin importarles y mucho menos respetar, a quién puedan molestar.

Hasta ahí todo podría parecer incluso normal, si no fuera porque además estos zánganos y reinonas, no tienen el menor respeto o educación a la hora de conservar, al menos, su entorno limpio y cuidado.

Les cuesta un horroroso trabajo acercarse a los contenedores de basura que a escasos tres metros y de todos los colores, tienen a su alcance. Es mucho más cómodo tirar todo al césped del parque; botes, botellas rotas, bolsas de patatas, pipas, caramelos, chicles, colillas y un largo etc. conformando un paisaje apocalíptico más propio de un terreno en el que se realizan pruebas de misiles que de un parque público.  Quizás lo hagan para que nunca falte trabajo al personal de limpieza del Ayuntamiento, pero sinceramente, lo dudo como igualmente pongo en duda que las peleas que tienen se deban a que partiéndose los morros y dientes den trabajo a dentistas y cirujanos plásticos.

No contentos con eso, las botellas, bolsas o desperdicios, también los riegan para mantenerlos frescos con lo que sus vejigas urinarias ya no pueden aguantar; les importa un carajo lo que opinen los demás; las palabras higiene o educación, no tienen sentido para ellos; y todo ello, refugiándose en el miedo atroz que existe en esta aletargada sociedad española de llamarles la atención ante el miedo de recibir como respuesta el típico “eres un puto xenófobo y racista” o aquel “soy menor y no me puedes hacer nada”.

Pues si eso es ser un puto xenófobo o racista, debo decir que yo me considero uno porque no me gusta ver como mi barrio se convierte en un estercolero, en el que las visitas policiales se suceden casi a diario; en el que la droga pasa de mano en mano y de boca en boca y en el que parece que estos “delincuentes educacionales” tuvieran más derechos que las personas de bien que siempre hemos vivido y queremos seguir viviendo en paz.

Y que no me hablen de multiculturalidad, de comprensiones, de ayuda al refugiado, de ciudadanos del mundo, de derechos sin deberes y de ayudas para que encima se rían en nuestra cara por la caraja mental y consentida que tenemos en este país en el que se desprecia la honradez para consentir convivencia. Porque todos somos muy valientes y muy solidarios, hasta que nos toca padecerlos.

Esta gentuza, no puede ser nunca representativa de nada; que no se culpe a la crisis económica, al gobierno de uno u otro color, o de aquello tan consabido de que “la sociedad lo hizo así”

Bienvenida toda persona (de las que me enorgullezco conocer unas cuantas), cuyo único afán sea el de encontrar un lugar mejor que el que dejaron atrás y colaboren en hacer de este país algo de lo que sentirnos todos orgullosos.

Pero esta gente, esta gentuza, mucho me temo que aunque se les denomine de igual manera que a los insectos de la colmena, jamás endulzarán con su trabajo o actitud, la vida de nadie.


miércoles, 8 de junio de 2016

Tía



Es una vieja costumbre la que tengo de realizar el trayecto de regreso a casa después del trabajo, escuchando en mis auriculares la música que ese día me apetezca en la misma línea y tren de cercanías de siempre. Lo hago por dos motivos fundamentales: primero, porque me gusta la música y el día que deje de gustarme me convertiré en otra cosa que no soy yo y segundo, porque me ayuda en cierto modo a aislarme un poco de mi entorno con sus particularidades.
Pero no hace mucho, ese reproductor que utilizo habitualmente, en un descuido de varios días, no fue recargado debidamente y su batería dijo con los sonidos del silencio, que por más que me empeñara, no emitiría sonido alguno. Así que me senté en uno de los duros asientos del tren, viéndome rodeado rápidamente por dos mujeres jóvenes y un señor no tanto, que me servirían de compañía en el trayecto.

Mi entorno familiar me comenta y da fe que tengo una cierta habilidad para desconectar mis pabellones auditivos cuando realmente no es de mi agrado lo que escucho o no necesito prestar atención alguna a lo dicho por el otro u otros interlocutores.
No sé si es una suerte o una desgracia, pero así es.

Sin embargo, en esta ocasión me resultó imposible y mi cabeza desvarió en cálculos, filosofías y conjeturas.
Las dos mujeres jóvenes, se sentaron frente a mí. No las describiré porque no viene al caso. Ni más o menos guapas, rubias, morenas, altas o menudas.

Pero sí que me llamó mucho la atención el desparpajo y el modus operandi a la hora de entablar una conversación que duró todo el trayecto que a diario recorro para alcanzar mi meta hogareña.
Por más que intenté que no fuera así, no tuve más remedio que escuchar sin querer su elevado tono de conversación; ni tan siquiera un vano intento de cierre ocular y simulacro de sueño, consiguieron desviar esta conversación en mi cerebro o cerebelo.

La conversación en alguno de sus fragmentos se basó en algo parecido a esto:

" Tía, ayer llevé a Marta al pediatra y ¿sabes lo que me dijo, tía? Que estaba bien de peso, pero yo, tía, creo que no es así y que está más delgada de lo normal, tía"
" Pues qué quieres que te diga tía, pero yo pienso igual que tu pediatra; ¡pero si Marta está para comérsela, tía! Ni gorda, ni flaca, tía. Para mí que está bien, tía"
" Joder, tía; me dices lo mismo que Alberto, tía. Él me dice que está bien, que come normal, pero yo creo que no es así, tía"
" No te comas el coco, tía y haz caso al pediatra, tía. A no ser que veas que pierde mucho peso, tía, o que no está tan activa como siempre, tía"

Y así, un viaje que en distancia y tiempo fueron similares a otras ocasiones, pero que a mí se me hizo eterno, porque como decía, mi cerebro comenzó por calcular los intervalos en segundos y las ocasiones en las que se pudo escuchar esa palabra de tres letras y acento en la "í", que me canso ya hasta de escribir.
Para rematar, una estocada sin puntilla, cuando por la conversación, descubro que de "tías", nada de nada. ¡Eran hermanas...!



miércoles, 1 de junio de 2016

Libertad sin cargos

Cuando la ciudad duerme su primer sueño, un hombre sentado conversa en completo silencio con ese Amigo que fielmente le espera una vez por semana en un trocito, un pedacito de capilla para dar rienda suelta a la fe que sin haberla buscado, un día le sorprendió con todo su poder de convocatoria.

Como compañeros, el silencio, sus pensamientos, sus plegarias y Dios. 

Una conversación íntima consigo mismo reconociendo y en cierto modo arrepintiéndose por cierta desidia, que no desinterés por una visita más, que últimamente podría tener colgado el cartel de rutinaria.

Quizás la costumbre o la obligación, superan en ocasiones la devoción de aquellos que se consideran o pretenden llegar a ser buenos creyentes.

Ensimismado en sus pensamientos,  de repente, escuchó como alguien llamaba suavemente a la puerta de esa capilla. Extrañado por lo intempestivo de la hora, esperó en silencio y en cierto modo, muy extrañado por lo inhabitual de esa llamada.

La llamada se volvió a repetir una segunda vez dejando al descubierto la certeza de que era real que alguien al otro lado de la puerta esperaba ser atendido.

La lógica prudencia se impuso y antes de abrir puertas, abrió ventanillo para ver y hablar con aquel que rompió el silencio de la noche.

Al otro lado, dos hombres de mediana edad; uno de ellos, conocido por pedir limosna habitualmente en el mayor templo de la ciudad. El otro, un completo desconocido.

El conocido, callaba; quizás su estado dejaba entrever que no todo lo rojo que corría por sus venas, era sangre.

El otro, con acento de tierras del Este, pero en un correctísimo castellano, comenzó a hablar en un tono totalmente sereno y educado haciéndole ver que ambos se encontraban sin rumbo fijo, sin lugar donde pasar la noche y pidiendo permiso para poder descansar al menos unas horas sin vagar por las solitarias calles de la ciudad.

La razón, el conocimiento y la lógica a emplear en una situación así, dio paso a lo dictado por ese órgano que no piensa, pero siente como ninguno y les abrió la puerta.

No tardaron en tomar asiento en el último banco de madera de la estancia, no sin antes dar mil gracias, pedir perdones y mostrar una mansedumbre poco habitual en el mundo de hoy en día.

Poco tiempo transcurrió cuando los sonidos del silencio se transformaron en fuertes respiraciones como señal inequívoca de quien duerme profundamente. Con madera por almohada y dureza por colchón, esos hombres dejaron de existir en el mundo real para hacerse presentes en el mundo de los sueños.

Quien la puerta les abrió sólo pudo hacer tres cosas: mirar con serenidad a Aquel sin cuya presencia nada de esto hubiera sucedido, respirar en profundidad y mentalmente, gritar un sonoro “G R A C I A S”.

Un agradecimiento sincero y profundo, porque después de mucho tiempo, ese espíritu de ayuda a quien la necesita pasó de ser una teoría marcada en libros, a una práctica real y avivó como sólo un fuelle puede hacer, unas ascuas que comenzaban a apagarse en esa chimenea que calienta la existencia de quien cree y quiere creer.

La razón, las normas y el sentido común, dirían y dicen que en ese lugar sólo se debe permitir aquello para lo que fue creado: el culto y la oración. Que no debe ser un lugar habitual para descabezar sueños y mucho menos si estos están bañados en alcohol, porque donde hoy eran dos y en ese estado, mañana pueden ser veinte.

Eso es lo que dicen las normas, pero a ese hombre, en ese momento, poco le importaban unos sonidos estridentes a ritmo de ronquidos; poco le importaba lo inusual de la situación; nada le importaba lo que el mundo legislara, pensara o hiciera, porque ese juez del tribunal supremo de nombre “conciencia” le dictó como sentencia irrevocable, una hermosa y maravillosa libertad sin cargos.