"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

miércoles, 25 de mayo de 2016

Lágrimas en clave de sol


Se puede llorar por un dolor intenso, físico o sentimental. Se puede llorar de risa e incluso, se puede llorar por llorar con muchas tablas de teatro o sin pisar un escenario.
Verter lágrimas no puede dejar indiferente a nadie siendo protagonista de ellas o no.

Existen personas, entre las que me incluyo, de lágrima fácil. Signo de poca hombría, dirán algunos; signo de sentimientos a flor de latidos deberían decir los más.
Me llama poderosamente la atención ver llorar a alguien. Me mueve un sentimiento que me impulsa a abrazar a quien en ese momento anda en la cuerda floja de esa reacción tan natural en el ser humano.

Aún más si cabe, cuando se trata de un niño y las circunstancias que deben rodear a quien por edad no tacharemos nunca de veterano a la hora de afrontar las vicisitudes o las situaciones de la vida.

Fui testigo hace pocos días, de la ternura, la pureza, la alegría envuelta en gotas de sentido llanto y la sencillez de un niño que no pudo reprimir un sentimiento.
Fui testigo junto a miles de personas que se conmovieron como yo ante un acto tan natural y a la vez tan profundamente marcado por el momento, el lugar y los protagonistas de una hermosa historia.

Seguramente, todos sin excepción, quisimos en ese momento ser ese niño desbocado en lágrimas; sentir lo que él sintió; perdernos en la emoción del instante y el grandioso lugar.
Dos únicos protagonistas de esta historia; un hombre y un niño. Fundidos ambos en un abrazo, ambos expresaron en unos pocos segundos lo que no debería perder jamás el ser humano; la perspectiva de que no hay edades para entenderse, no hay trabas de idioma, cultura, situación o pensamiento.

Simple y sencillamente, se vive la emoción del momento; sin premeditación ni ensayo.
El grande y el chico, dos desconocidos que conectaron como nadie y compartieron unas hermosísimas lágrimas en clave de sol.













miércoles, 18 de mayo de 2016

Luces vacías




Las calles se llenan de fiesta, de carteles, de bombillas multicolores que nos recuerdan ese acontecimiento de unas fiestas patronales que año a año, lustro a lustro, me hacen ser de la opinión de aquellos que piensan que más que una tradición, se han convertido en una continuación de rutinas separadas por un año de reloj.
Como si de la película “Atrapado en el tiempo” se tratara, sólo que aquí sin existir día de la marmota, ni marmota, echo la vista atrás hasta donde mi maltrecha memoria recuerda y me doy perfecta cuenta de que lo que digo, no se basa en conjeturas y sí en hechos muy reales.

Como todos los años, su historia comienza con la traída, bajada o recibimiento de la Patrona de la ciudad que durante algo más de dos semanas permanecerá como guía, santa y seña de devotos y no tanto, que quieran acercarse a contemplarla en esa Iglesia Catedral, refugio de tantas penas y esperanzas.

Por allí pasarán cientos o quizás miles de almas; unas de par en par recibiendo y transmitiendo la alegría de verse acompañadas por esa madre que va más allá de la que les insufló la vida; otras, las más, autómatas teledirigidas, cámara o móvil en mano, para adueñarse del mejor sitio o perspectiva desde el que activar flashes buscando la mejor imagen de la imagen, sin pararse un solo segundo a pensar dónde y sobre todo cómo deberían actuar y comportarse en un lugar que siendo de culto, a muchas personas, las desnuda dejándolas simplemente con la piel de su propia incultura o falta de valores y educación mínimamente exigibles en un lugar así.

Muchas veces he pensado durante estos años, si fuera de toda lógica o razón, los ojos de esa imagen a modo de objetivo captaran en fotografías las almas de los centenares de personas que allí podemos llegar a congregarnos, qué revelarían.

De qué color se mostrarían nuestras hipocresías, falsedades, egoísmos, apariencias, afanes de protagonismo y tantas y tantas cosas que en pocos días no dejan de entrar y salir, salir y entrar.

Porque seamos, sinceros; en breve, cuando esa imagen retorne a su lugar habitual, en ese templo se volverá a colgar un cártel imaginario que dirá en letras grandes “SI TE HE VISTO, NO ME ACUERDO”.

Y muchos golpes de pecho, genuflexiones, persignaciones a dos manos y playback de oraciones sin sentimiento, volverán a ser pasto del olvido para ser desempolvadas a un año vista.

Pero independientemente de estas celebraciones de carácter religioso, están esas otras lúdico-festivas que año a año intentan enmascarar con sones, músicas y atracciones, lo que a mi modo de ver, no deja de ser una ciudad triste, sucia, anodina y con escasas perspectivas de un futuro auge cultural o tradicional.

¿Dónde quedaron sus puestos ambulantes que llenaban arterias principales? ¿Dónde se escondieron caricaturistas, orfebres y trabajadores que hacían de sus manualidades un arte?

¿Alguien ha visto, oído u olido pinchos morunos emparejados con botellines de rubia cerveza degustados en tambaleantes taburetes apostados en barras de frío metal callejero?

Pollos dorados a ritmo de fuego en un carrusel de vueltas que desprendían olores de hambre nocturna y que eran devorados en coloridos manteles de cuadros.

Porras y churros bañados en espeso chocolate negro y que calmaban madrugadas de ojos somnolientos.

Todo eso y más, hace años que dejaron de ser vistos por doquier y a lo sumo, fueron concentrados en un gueto de nombre “Recinto ferial”, cercano a unos pocos y alejado de la gran mayoría de los que componemos este gran enjambre humano, que a mi modo de ver, despersonaliza lo que debiera ser una fiesta de todos, para todos.

Son días estos que no vivo especialmente; muy al contrario. Puede que sea la edad, no lo niego; puede que sea el costumbrismo, la escasez de alicientes o simplemente que mi época de marcha juvenil, madrugadas concatenadas y cervezas rubias o cubatas imposibles, pasaron a mejor vida.

El caso es que me encuentro en ese estado en el que echar de menos, es sólo una expresión más.

Cual Rambo nostálgico, opto por vivir “día a día”; dejándome sorprender por lo que surja, si surge.

Y si no se diera el caso, no tirarme de pelos ni barba actual. Ya llegarán encuentros salvajemente reposados brindando entre amigos, conocidos o soledades, sin la obligación, costumbre o tradición de verme abocado a unos días de luces vacías en calles solitarias.









lunes, 9 de mayo de 2016

De fichas y coches








Toda feria que se precie debe tener al menos entre sus atracciones dos elementos tradicionales: una noria y unos coches de choque.

La primera girando y girando en las alturas y los segundos, moviéndose sin rumbo fijo bajo bocinas y músicas atronadoras.

Siempre me gustaron esos coches. De colores diversos, fáciles de conducir, de dirección poco asistida y velocidad más que dudosa.

Subirse en ellos, era abrir mundos de chulería, de habilidades innatas de conducción y de ciertos ataques de compulsivo deseo de sacar de pista a todo lo que de uno u otro modo se nos puso entre ceja y ceja.

Ese pavo que se contoneaba mostrando habilidades de pilotaje ante la chica de tus sueños, no debía esperar a navidad para ser comido. ¡Había que ir a por él!.
¡Que se tragara el volante, la barra de su espalda y si me apuran, hasta la ficha que introdujo para hacer funcionar su bólido!

Esos momentos en los que el instinto asesino que todos llevamos dentro, salía a borbotones mientras de fondo se escuchaban ritmos a todo trapo de las canciones de moda.

La vida, muchas veces, me la tomo también como una pista de coches de choque.

La estridencia de sus músicas, es lo de menos. Se puede hacer oídos sordos a sones que no nos gusten.

Participantes en esas locas carreras de bólidos sin rumbo, los hay de todas las clases y condiciones.

Aquellos que plácida y pacíficamente giran y giran sorteando obstáculos, problemas y dificultades sin más intención que la de pasar en cierto modo desapercibidos.

Otros cuyo afán de protagonismo, se concatena con el egocentrismo que preside sus vidas y no ven más allá de la línea que ellos mismos se han marcado aún a riesgo de herir sensibilidades ajenas.

Esos otros que cometiendo errores, saben rectificar; dar marcha atrás en caminos equivocados y retomar actitudes con los demás que nunca debieron perder.

Y también esos otros que con sus idas, venidas, ausencias, pasividades o indiferencias acabarán siendo pasto del mayor de los olvidos.

Si ahora mismo tuviera que catalogarme en uno de esos grupos de participantes en sesiones de coches de choque, diría que de un tiempo a esta parte no tengo intención de comprar ninguna ficha y endulzarme la vida con nubes de algodón de azúcar.






  


lunes, 2 de mayo de 2016

El león del Metro




Dentro de la fauna y en ocasiones flora que habitamos a diario las instalaciones y servicios del Metro de Madrid, me encontré recientemente con el más salvaje entre los salvajes de los animales que pueblan sus vagones.
En teoría, este animal, es bípedo, pero por sus actos juraría que debiera estar emparentado con el llamado rey de la selva.

De complexión fuerte, pero no precisamente de gimnasio, (a no ser que en ese gimnasio se hidrate con cerveza), desaliñado, con ojos vidriosos y vestido de tal manera que no sabes si es que va o es que viene, ahí estaba sentado a escasos dos metros frente a mí.
No me hubiera llamado la atención si no fuera porque de repente, abrió la boca; pero lo suyo no fue abrir la boca de una manera comedida o disimuladamente, no. Si nos fijáramos en las manecillas de un reloj, diría que comenzó a abrirla a eso de las ocho menos veinte, para acabar sobres las dos y diez, en un bostezo como jamás vi ni escuché.

Su boca, sin tapujos, no era una boca, era algo más. Por su cuerpo y tamaño de abertura, me pareció más una tinaja o tinajón de los que antaño almacenaban vino o incluso por cómo la movía, la abertura de cualquier hormigonera de tronío.
Tan grande era su circunferencia, que aún a pesar de mi mala agudeza visual, intuí en su fondo más que la campanilla, un verdadero badajo de campana catedralicia.

¡Señor, qué bostezo! Sólo le faltaban los rótulos en letras grandes de la Metro Goldwyn Mayer.
Y lo peor o más curioso no fue eso, sino que varios de los demás componentes de la “manada”, en un acto reflejo que nunca entenderé, también nos vimos forzados a bostezar.

Ver para creer.



*Agradecería a quien esto lea, me comente si haciéndolo ha sentido deseos de bostezar, porque a mí me ha ocurrido. ¿Cosas mías?