"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

jueves, 21 de abril de 2016

La gota



No sé exactamente si mil o no, pero este abril, aún sin acabar, hace real el refrán de sus aguas.

Mucho y bien ha llovido y sigue haciéndolo.

Me gusta la lluvia, lo admito. Más allá de la incomodidad de un paraguas, un charco traidor o un coche que no tiene culpa de ser conducido por personas sin escrúpulos de arruinar días, me gusta.

Sin embargo, toda la admiración que siento por ella, tiene su cara b en esa ínfima parte que como ayer, me traicionó con premeditación, alevosía, pero sin nocturnidad.

Andaba yo como siempre mochila al hombro con rumbo y vista puestos en los escasos doscientos metros finales de regreso al hogar en una hora de cielos despejados, tímido sol y calles inusualmente vacías a esas horas, cuando a la altura de una esquina, una gota me sorprendió.

Esperó su momento, afinó puntería, calculó ángulo, trayectoria, velocidad de caída y resistencia al viento, como si de un misil aire-tierra se tratara y sin ningún tipo de remordimiento, timidez, escrúpulo  o duda, se lanzó de lleno hacía mí a sabiendas de que estaba completamente a su merced por mi estado totalmente desprevenido.

El impacto fue brutal, acertando a darme justamente en la conjunción del párpado con las pestañas, para provocar a su vez un efecto rebote y salir despedida hacia la lente derecha de las gafas que van siempre conmigo y sin las cuales, esa esquina no aparecería nítida ante mí.

Bendita casualidad, bendita puntería y bendito cabreo que me provocó, porque ya hay que tener mala leche.

¿Pero yo que le hice?

¿Tenía que ser yo? ¿Tenía que ser entonces? ¿Tenía que ser justamente ahí?

Anda, que no había tiempo, lugar, espacio y objetos donde caer y suicidarse…


Así que al menos, no le di el gustazo de tener que quitarme las gafas en plena calle, con el riesgo añadido de no ver y pisar algo que nadie jamás quiere y continué camino con la máxima dignidad posible, alcanzando mi meta, abriendo portal, ascensor y domicilio, para acto seguido y a resguardo de miradas indiscretas, hacer pasar a mejor vida esa gota traicionera.


lunes, 11 de abril de 2016

Corte de mangas

Sé de un lugar ciertamente curioso. Un lugar muy transitado. Hombres, mujeres, niños y viceversas pasan alguna vez por él y salvo raras excepciones, todos actuamos de la misma manera cuando lo abandonamos.

Si dijera que en ese lugar alguna vez me han tratado mal, mentiría. De hecho, mi última experiencia, hace escasos días, sin llegar a ser del todo agradable, fue en cierto modo hermosa y de connotaciones primaverales por lo que a la alteración de la sangre y lo que no es la sangre se refiere, pero que me dejaron un buen sabor de boca y una mente un poco alterada.

Yo entré como siempre; sin miedos, sin prisas y con la educación debida.

La persona que me recibió, afortunadamente para mí, era mujer; aún más afortunado cuando se trataba de una mujer joven, de pelo color dorado, con facciones y trato agradables, una sonrisa de pendiente a pendiente y dos poderosísimas razones que aún sin pretenderlo, obligaron a mi subconsciente ordenar a mis ojos totalmente conscientes mirar de soslayo y disimuladamente hacia allí.

Lo siento, pero es un instinto que nació conmigo y espero Dios me conserve hasta el fin de mis días. Lo cortés no quita lo valiente, me gusta la belleza y mi naturaleza sigue asentándose en valores tradicionales que mi condición de hombre me otorga.

Tomé asiento, contesté lo mejor que pude a sus preguntas de rigor y cumplí a rajatabla todas sus indicaciones. Me acerqué todo lo que pude a ella, sólo separados por una pequeña mesa y justo cuando después de los preámbulos necesarios comenzó a actuar con la extraordinaria habilidad que el continuado ejercicio de su profesión sin duda le ha otorgado, se me abrió un mundo de sensaciones al mismo tiempo que la abertura del generoso escote de su bata al incorporarse y acercarse a mí.

Los años puede que me hayan dado experiencia, pero sigo siendo un tímido inconfesable por mucho que ahora lo escriba y confiese. Así que en lugar de dirigir miradas y contemplar hermosos paisajes que involuntariamente se me ofrecían, mis gafas con sus cristales y sus patillas, permanecieron por el lado bueno y aconsejable en una situación así, mientras mi mente y mis ojos, por educación, que no por intención, desviaron la mirada hacia una insípida pared de blanco color.

El caso, es que al igual que la inmensa mayoría de los que por allí transitan, abandoné esa sala de extracción de sangre con un clarísimo y desabrochado corte de mangas que al menos quien a mí me atendió, para nada merecía.


Mis sinceras disculpas.













lunes, 4 de abril de 2016

Ebrio




Hay encuentros no premeditados que en ocasiones me dejan pensativo y ciertamente un poco descolocado por lo inhabitual.
Cierta noche como tantas otras, a la hora tardía de siempre, me pertreché de abrigo y salí a la calle como hago habitualmente, con una bolsa de desperdicios en una mano y una larga correa acabada en mi viejo amigo de cuatro patas.
El mismo trayecto de siempre, para hacer lo mismo de siempre; que este amigo realizara un equilibrio a tres patas y perdiera líquidos inservibles para todo cuerpo que se precie, sea humano o no.
Calles solitarias bajo un frío invernalmente primaveral.
A lo lejos, un hombre con pasos algo inseguros se dirige hacia nosotros.
En una situación así y a horas intempestivas y solitarias, nunca sabes a ciencia cierta lo que ocurrirá después. El caso es que este hombre al llegar a nuestra altura, frenó y mirando primero a mi amigo y después a mí, me habló diciendo:
“Disculpe, estoy un poco ebrio, pero le quería preguntar si ese perro lo compró o es adoptado”
“Lo rescaté de una perrera, hace ya casi quince años” le respondí yo.
“Entonces, que Dios se lo pague por salvarlo”
Y sin mediar más palabras, siguió su camino.
¿Ebrio?, pregunté a mis adentros. ¡Cuántos sobrios deberían existir como ese señor!