"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

lunes, 29 de febrero de 2016

Cena con un idiota



Conozco el caso de chico conoce a chica; chica conoce a chico; chico y chica se hablan, se gustan, se quieren, se casan y mantienen casa, hijas, mesa y mantel desde hace ya más de veintitrés años.

Ese chico cumple años tal que hace tres días. De regalo, su chica se lo lleva a la gran ciudad a pasear por calles atestadas de gente.

Al llegar a la altura de un restaurante con nombre italiano, la chica insinúa tomar algo; el chico asiente algo extrañado por lo inusual del sitio para tomar simplemente “algo”.

Sospechas que fueron fundadas cuando una mesa tenía nombre que por “casualidad” estaba reservada a una chica que se llamaba exactamente igual a la de la historia.

Ambos toman asiento, cervezas y vinos acompañados de enormes platos pero con una lentitud de servicio exasperante, un calor más propio de avernos que de cielos y una cerveza que estando fresca, nunca fue fría.

Todo ello hizo mella en el ánimo, gaznate, estómago y hasta la cartera del protagonista masculino.

Ese hombre, nunca aprendió un disimulo; nunca supo ser infiel a un sentimiento y tampoco es ducho en el difícil arte de razonar sin razón.

Pero todo eso y mucho más, nunca debió ser excusa para no sonreír, para no acariciar, besar, o simplemente amenizar como de costumbre los encuentros que esos dos seres suelen tener.

Faltaron risas habituales, charlas profundas, recuerdos sacados a la luz aunque no fuera de velas y faltó mucha magia en el ambiente.

En definitiva, un desastre de cena sólo aliviado por dos carajillos, una rosa comprada a unos ojos achinados y una cucharilla extraviada que sirvieron para retomar lo que siempre fue y es entre los dos, todo ello claro está, a unos cuantos metros de ese local de infame recuerdo.

Hoy, humildemente, el chico de esa cena me encarga que pida excusas y perdones por lo que debió ser y no fue, con la promesa encubierta de futuros encuentros furtivos que restañen su comportamiento.

Con mucho amor y arrepentimiento…


Un idiota  


martes, 16 de febrero de 2016

Una silla vacía

Qué extraño me resulta ver esa silla vacía. 

Quien la ocupaba marchó para no volver a sentarse en ella. 

Atrás quedan años en su compañía, aferrándose a ella sin tener otra opción. Fiel compañera, fiel amiga, fiel castigo.

Hoy la contemplo y me embarga la tristeza, me rodean los recuerdos, me envuelven muchas vidas.

Aquella que la ocupó se fue. Lo hizo de puntillas como si de un guion perfectamente elaborado se tratara; por la noche, cuando todos los demás ancianos, compañeros y amigos, dormían.
 
Nunca le gustó hacer ruido, nunca quiso llamar la atención; ni un mal suspiro, ni una mala queja o dolor; con la serenidad de quien se abandona a lo que su mente dicta y su corazón aguanta.

Poco a poco se fue apagando para al final marcharse como debía ser; en silencio y rodeada de aquellos que más la quisieron, quieren y querrán. Con la mirada serena, como una niña que duerme, como una mujer que sueña.

Atrás quedaron nueve días de constantes montañas rusas de subidas y bajadas; de esperanzas y crueles realidades.

Han sido días duros, muy duros; no lo niego. Pero también han sido días que siendo nueve, no hubiera renegado de que fueran nueve veces nueve.

Quizás nueve días sean pocos para resumir una vida; pero sí que me han servido para darme cuenta para qué sirvió esta muerte que siendo anunciada, se alargó en el tiempo.

La señora muerte quizás pensó que extender su agonía, sería un triunfo del que vanagloriarse. Se equivocó.

Muchos serán los que piensen que eso ya no era vida; que no deberíamos llegar nunca a una situación así; pero estos últimos años, estos últimos días, nos han servido para llenarla aún más de besos y acariciar sus manos, sus mejillas y ese hermosísimo pelo de color tan blanco como el nácar. Sirvieron para reírnos con ella sin tener un motivo aparente; para pintar sus uñas, colgarle un collar o regalarle flores; para soplar velas o pasear bajo un sol primaveral. Para eso y mucho más sirvieron todos estos años ocupando esa infame silla.

Han sido muchos y maravillosos fotogramas que se me han quedado grabados en la retina y cincelados en el corazón durante estos pocos días.

Detalles que llegan al alma; papeles de regalo que envuelven y enmascaran el dolor por la pérdida.

Tendría sus defectos como todas las madres; también sus virtudes como algunas; pero era única porque era mi madre, joder; y siendo mía, no podía haber otra igual. 

Porque me dio la vida, porque me cuidó, porque me quiso, por ser…

Por ver llorar su muerte a una cocinera con gorrito en la cabeza.

A su amiga desde hace más de setenta años, lanzarle besos atada a otra de esas sillas que le impedía despedirse como sólo las buenas amigas saben hacer.

A una nieta, arrodillada al borde de una cama a las tres de la mañana simplemente para sujetar y acariciar entre sus manos, aquella otra llena de arrugas e historia.

He sido testigo de visitas sin compromiso, de deseos sinceros, de palabras reconfortantes, de ayudas desinteresadas; en definitiva, de cariño.

Me rodearon caldos, cafés, dulces y solidaridad de gentes que hasta ahora quizás no he sabido apreciar y a las que pido mil perdones y proclamo mil “gracias”.

Profundas charlas entre primas, ojos llorosos, nudos sin corbata en la garganta, desvelos, solidaridad y sobre todo, algo que no quiero que nunca falte. “UNIÓN”.

He recibido muestras de apoyo, de cariño, de comprensión y algo que valoro por encima de todo y que no es otra cosa que la amistad sin tapujos, la de verdad; esa dificilísima de conseguir que está en las malas y no te quiere soltar. Esa que te sorprende venida de tierras lejanas con olor a manzana en el lagar, simplemente para arroparme con un abrazo, una sonrisa y una compañía tan necesaria en momentos así.

Todo eso y mucho más ha conseguido una ancianita, mi chica de noventa y un años en estos nueve días y en toda una vida dedicada a los suyos.

Echaré de menos su arroz con leche que sólo hacía para los demás porque a ella no le gustaba; su tiznao, sus puches, sus pipirranas y los pocos pero riquísimos platos que sabía hacer aunque nunca quiso ser ni seguramente fuera una extraordinaria cocinera. Pero lo que hacía, lo hacía con cariño y esos platos como los buenos sentimientos, siempre alimentarán más almas que estómagos.

Echaré de menos sus ojos claros y sobre todo, esas manos que no me he cansado de acariciar y acurrucar entre las mías como ella hacía conmigo cuando yo no era nada más que un pequeño ser nacido del amor.

Regreso a casa con una flor en el salpicadero, pero con un maletero repleto de emociones, recuerdos, historia y el corazón lleno de orgullo de lo que fue, es y será.

Sé que la extrañaré y recordaré siempre, pero con la vista y pensamiento puestos en un futuro que aunque espero que sea muy lejano, nos lleve nuevamente a enlazar nuestras manos y pasear por largos y hermosos campos de lilas que tanto amó.

Con todo el orgullo, agradecimiento, cariño y amor que un hijo pueda dar, sólo quiero decir…

Gracias madre; hasta siempre.

Descansa en paz.









Dedicado a mi madre Dña. Ernestina Montoya Zarco, fallecida en Mota del Cuervo (Cuenca) el 11 de febrero de 2016.

Quiero agradecer y dedicar también estas letras primeramente a mi hija María por haber sido el bastón en el que apoyarme del primero al último día y no dejarme caer en la tristeza.

A mi mujer Mercedes por llegar a quererla como la quiere y mi Anita del alma, por sufrir como nadie en la distancia.

A mi hermana Mari Carmen por demostrar ser la mejor hija, hermana, esposa y madre en momentos tan difíciles para ella.

A mis cuñados, sobrinos y familia más cercana por ser una piña cuando más se necesitaba ser.

A Covadonga y Marcos (me faltan palabras, pero nunca abrazos).

Al personal de la Residencia de Ancianos Ntra. Sra. de Manjavacas de Mota del Cuervo, especialmente a Juani, María y Joanna (tres ángeles de la guarda cuya vocación les lleva más allá de ser excelentes profesionales).

A Petri por sus constantes muestras de cariño y esos cafés y dulces que hicieron más llevadera esta situación.

A todos los que en la distancia con sus mensajes, llamadas y oraciones transformaron estos días el dolor en esperanza, muy especialmente a quienes pensando que se excedían, han sido un gran consuelo para mí.

Y como no, dar gracias siempre a Dios por regalarme una madre, una familia y unos amigos y compañeros que seguramente no merezca.



lunes, 1 de febrero de 2016

El viejo del pasillo


Llegar al hogar lleva implícito un tintineo de llaves para abrir su puerta.
Suele ser santo y seña para atravesado su umbral, encontrarse con el viejo del pasillo.

Encontrarse con él, es darnos de bruces con unos ojos detrás de nubes blancas de cataratas sin cascada. Es toparse con un cuerpo de andar cansino siguiendo instintos más que direcciones. Siguiendo a nadie.

Apenas oye, pero escucha; apenas corre, pero no dudaría en lanzarse a encuentros.
Siempre en mi busca, siempre solícito al abrazo de quien sabe que le quiere e incluso diríase que en cada encuentro, cambiando por alegre su mirada inexpresiva.

Nunca sus pretensiones van más allá; cariño por cariño, compañía por compañía.
No le recuerdo un mal sentimiento, un gesto de enfado o furia sin motivo.

Tozudo, puede; noble, seguro; amigo, siempre y sin dudarlo.
Como no podía ser de otra forma, muy parco en palabras, pero derrochador de buenas acciones.

Juguete en juegos, comensal sin mesa esperando turno; huérfano de recuerdos familiares, en el hogar no es ni más ni menos que uno más.
Se le respeta, se le cuida, se le quiere.

Se le quiere por ser y más aún por estar. Por estar cerca en las risas, por estarlo aún más en las penas y en esos días en los que la enfermedad nos hace rendir batallas, optar por ser sanador de soledades y animador de desánimos.
Por mil cosas se le quiere, pero por encima de todas, por ser amigo.

De esos amigos de verdad; sin copas que beber, sin intereses con demora, sin pretextos, sin esperas; de los que siempre están ahí y siempre, aun estando, nos echan de menos.
Nadie que no haya tenido uno en casa podrá comprender tanta devoción hacia un viejo así, porque no es frecuente sentirse acompañado por una amistad igual.

Se habla de ellos como seres sin alma; pero eso ¿quién lo dice? ¿Quizás uno de esos otros seres catalogados de “humanos” cuyo adjetivo tantas y tantas veces deben llevar el prefijo -in-?
Los años no mienten; la vida, tampoco y no sé a ciencia cierta si esos encuentros se alargarán mucho en el tiempo o no, pero soy de los que piensan que es de ley y muy merecido extender alfombras rojas y homenajear cuando está bien vivo y coleando a ese amigo y queridísimo viejo del pasillo.





* Dedicado a mi (nuestro) amigo Ron, con todo el cariño y agradecimiento que un humano le puede dar.