"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Copiar y pegar



Hoy no es Nochebuena, ni mañana Navidad; pasaron como un soplo. Parecía que no llegaban y ya marcharon.

La cena, fue lo de menos. Nada faltó, nada sobró, nada que objetar a una puesta en escena de reunión corta en comensales.

Alejada de la fastuosidad de otros tiempos, se hizo más íntima.

A la mesa, los cuatro de siempre; la familia que hace diecinueve años acabó de formarse.

Unos padres, dos hijas, unas copas, viandas y descorche de vinos a enfriar.

No se hizo necesario vestir galas.

Viví esa cena en un silencio quizás mayor del habitual en mí a pesar de no ser nunca un gran conversador mientras el cuerpo se alimenta e hidrata.

No miré sillas vacías; no quise pensar en ausencias ni pretendí mortificarme con malos recuerdos pasados, presentes y quizás futuros.

Preferí recordar la sorpresa del reencuentro adelantado con aquella que marchó a tierras del norte; la alegría de esas lágrimas de hermana y madre que bañaron los abrazos de bienvenida; la complicidad de cuatro que parecían cuarenta y el aire puro con olor a concordia y cariño de verdadera unión familiar.

No necesitaba más. Lo que uno realmente quiere, estaba allí; lo que uno echa de menos, estaba presente.

¿Se puede pedir más? Quizás

¿Se puede pretender algo mejor? Lo dudo

Sólo un momento de cierto temor que pasó como una ráfaga, pero que fue rápidamente enmascarado por el devenir natural de la vida al que me quiero aferrar.

Pensar que no siempre será así. Pensar que puede llegar el momento en el que las reuniones sean aún más cortas por distancias, compromisos o simplemente porque sí.

Quizás acabemos sólo dos con canas por sombrero y brasero por calor; pero mientras eso llega si es que tiene que llegar, bailar no bailaremos, pero que nos quiten lo bailao de cuatro sentados a una mesa que brindan, que ríen risas y quieren no dejar de quererse.

Ahora vendrán uvas, confetis y serpentinas mientras un reloj haga sonar doce campanadas y lloverán regalos traídos de la imaginación de un Oriente muy cercano.

No pediré mucho; simplemente un deseo. Imaginar y que se cumpla que transcurrido un año, esto que escribo, lo pueda copiar y pegar en cualquier lugar, porque será señal nuevamente de vida hermosa y plena.


miércoles, 21 de diciembre de 2016

Dos figuras

Es muy tarde y la ciudad duerme a pesar de unos adornos especiales en sus calles.

A esas horas, por compañeros, los habituales. Mis pensamientos y el Amigo fiel que siempre en tiempos de sueños me permite acompañarle.

Podría ser un día más; un día de reflexión, preguntas calladas y certezas encontradas en el silencio de un pequeño rincón solitario; pero no, sin querer o quizás queriendo sin saberlo, dos figuras ante mí hacen mella en un sentimiento que año a año me persigue para encontrarme sin apenas resistencia.

Esas dos figuras inmóviles, miran al vacío, a lo invisible, a lo esperado. Una espera que se repite desde hace siglos; una espera, que siendo pasada, está cargada de futuro y alegre esperanza.

Y yo ahora, aquí, en este momento, me quiero unir también a esa espera silenciosa.

Me mueve la nostalgia del recuerdo sin pesar de la madre que marchó a esperarme en mejor sitio.

Me mueven los abrazos y los besos que un día despidieron con tristeza a una hija para ser transformados ahora en la alegría suprema del retorno desde tierras lejanas.

Me mueven los míos; los que día a día hacen que merezca la pena vivir ésta y muchas vidas.

Aquellos otros que en poco tiempo han sabido, querido y demostrado ser parte también de mi historia familiar.

Los amigos que ya no están pero seguirán por siempre ahí.

Los que siguen ahí, pero no siento cercanos y aquellos otros que acertaron a serlo cuando más necesité una mano tendida y llena de consuelo.

Me mueven y me conmueven las lágrimas del amigo enfermo de rostro duro y corazón enorme con el que en breve espero brindar con una gran jarra de nuestra querida bebida de espuma blanca.

Me mueve una esperanza, una ilusión de un futuro mejor. Un futuro vacío de odios y lleno de comprensiones. Un futuro de reconciliación entre hermanos y brindis de perdones.

Un futuro de juegos sin jugar; de cantos sin cantar y de abrazos sin abrazar.

Todo eso y aún más me mueve ese espíritu que fiel a su cita me mostraron en la soledad de la noche y en su quietud dos simples pero significativas figuras a través de las cuales quiero desear a todos mis clientes, compañeros, amigos, familiares e incluso enemigos una


¡¡¡ FELIZ NAVIDAD !!!





miércoles, 14 de diciembre de 2016

No seré yo



No, no seré yo quien me esconda; no seré aquel que por ser lo que es, pensar lo que piensa o creer en lo que cree deba disimular por no ofender, por no molestar o no incomodar al familiar, al amigo, al conocido o al mismo mundo.

No; no seré yo quien se avergüence de una pandereta, de un buey, una mula o de un pastorcillo camino de Belén en un belén.

Si me quieren tachar de loco, que lo hagan; incluso si me quieren tachar de sus listas de conocidos o amigos, también, pero si tiene que haber peces bebiendo en un río o campanas sobre campanas, los habrá aunque para ello deba remendarme en cualquier noche de paz con mi viejo tambor ropo pom pom.

Me resulta en muchas ocasiones curioso y en algunas verdaderamente frustrante que en estos tiempos de persecución de creencias (normalmente de la misma), se abogue además en muchos casos por borrar del calendario, calles y lugares públicos todo sentimiento o muestra  de Navidad por si alguien se sintiera ofendido. ¿Ofensa?

Esconderse o liarse mantas en la cabeza esperando que pase el temporal de la nostalgia, de la esperanza, de los reencuentros, de las loterías con sones de cántico infantil o de cabalgatas de sueños muchas veces imposibles, buscando calendarios a los que borrar días, es sinónimo a mi entender y que quien esto lea me perdone si se siente ofendido, de una cierta cobardía e insolidaridad.

Porque intentar acallar, emborronar, criticar o simplemente no respetar la alegría, la esperanza o la celebración de millones y millones de personas que no olvidamos de dónde venimos y hacia Quien queremos ir desde tiempos inmemoriales, es actuar en contra de muchas de esas ideas que hoy en día se pregonan bajo el nombre pomposo de la comprensión y la solidaridad entre los hombres.

No, no seré yo quien se vista de tristeza o melancolía estos días por esa madre que marchó para no volver, el amigo que demostró o demuestra no serlo, o toda persona que se empeñe en tirar petardos de enemistad.

Sería muy fácil culpar a ese Niño que conmemoramos en estas fechas de todo lo malo que la vida y el mundo nos trae. Pero si así lo hiciéramos, lo que mi corta inteligencia me insinúa, es que también deberíamos dejar en el otro lado de la balanza todo lo bueno que la misma vida, ese mismo mundo o ese Niño nos han dado también. ¿No?

Voy a intentar reírme más de lo habitual, empezando por mí mismo y continuando por quien me quiera acompañar en esa locura de nombre esperanza que debería ser cómplice de cualquier celebración en estas fechas.

Dinero no habrá; grandes comilonas, salidas nocturnas o copas a precio de diamante, tampoco; pero lo que no va a faltar es una hogaza de pan, una copa de vino, un buen puchero a compartir en familia y amigos o un fuerte abrazo a quien quiera y se deje abrazar.

Sí, ya sé que todo el año debería ser así; pero la Navidad, para bien o para mal, es ahora y todos los años por estas fechas.

¿Un deseo para estos días? No; uno no. Son muchos…

Que una estrella, una flecha, o un camino nos dirijan hacia unos días cargados de comprensión, respeto, paciencia, brillo en los ojos, miradas al cielo, reconciliación, apretón de manos, un café caliente, una cerveza fría, una siesta a la de tres, una partida de cartas, un humilde regalo con papel de celofán, una oración, una canción, un pensamiento, una mano tendida… vivir en paz.

Sólo eso.







martes, 6 de diciembre de 2016

Una conciencia de carne y hueso

Todos hemos oído aquello de “lo que te dicte tu conciencia”. Ésta es una frase que en mi caso no es sólo una teoría a estudiar. Se trata de una práctica habitual en mi intención de pasar por esta vida.

Cuando las dudas me acorralan, los caminos se bifurcan o cuando la elección se hace compleja, siempre procuro acudir a ese foro interno en el que la gran mayoría de sus jueces hacen prevalecer aquello que seguramente deba ajustarse a mi persona.

Pero también en ocasiones, esa conciencia pudiera estar equivocada dentro de sus razonamientos. Y es entonces cuando situándonos al borde de un precipicio, un agente externo, una situación o lo que es mejor, una persona cercana, nos hace ver detalles que ese juez quizás omitió, olvidó o pasó por alto.

Ahí es cuando uno se da cuenta de que lo que férreamente y al pie de la letra era un “no” rotundo, se convierte en un ¿y si tal vez?

Para llevar a la práctica ese “no”, siempre habrá tiempo; pero peor, mucho peor, sería no intentarlo, para al final arrepentirme quizás de no haberlo hecho.

Y esa conciencia de carne y hueso, acertó; sin ella, me hubiera faltado la compañía de la amistad, de la buena gente, de unas horas de silencio y meditación; de risas compartidas, ojos claros y lluvia reparadora.

Mi camino es uno muy claro que en ciertos tramos se puede cubrir de niebla;

De mí depende disiparla y si no lo consigo, siempre agradeceré como ahora, esa voz amiga que me hizo ver lo que olvidé y me ayuda a continuar correctamente la marcha.

A esa persona, a esa conciencia, sólo una palabra:

G R A C I A S









martes, 29 de noviembre de 2016

Alegría

Un martes como otro cualquiera marchando al trabajo. Me acurruco en el habitual asiento trasero del autobús que me acerca a la gran ciudad.

Me acoplo auriculares y pulso el play del reproductor de mp3 para que su música me adormezca. No importa el estilo, ritmo o compás, porque soy capaz de dormir incluso al son de una autopista al infierno.

En esta ocasión, la música que suena es un blues del Sr. Cabrales que habla de alegría sin palabras, al ser sólo instrumental.

De repente, siento una perturbación en la fuerza. No es que algo en mi interior se removiera, no; es que todo mi cuerpo y casi el asiento, se desplazaron milímetros que pudieran parecer metros.

Medio despierto o medio dormido, que tanto monta monta tanto, alcancé a abrir los ojos y poder girar hacia la izquierda mi esterno cleidomastoideo y con él mi cuello, para apreciar que aquello que lo que había producido esta pequeña convulsión, no era otra cosa que una mujer sentada a mi lado.

Una mujer que me dejó sin aliento. Una de esas mujeres de 90-60-90, pero elevadas al cuadrado.

Me dejó sin aliento, porque era tal su tamaño, que mi índice de movimiento permitido, se reducía a mi cabeza, las manos y poco más.

No soy un tipo pequeño, pero a mí me sacaba más de un palmo de altura y dos cuerpos de armario.

Sus facciones y mirada estaban impertérritamente fijas al frente y aparentando cualquier cosa que no fuera enfado o seriedad.

Una persona de esas a las que yo bautizo como “adústera” (un adjetivo de mi invención con el que califico a todo practicante o practicanta que va más allá de ser simplemente adusta).

No miento si digo que hasta el más fornido de los All Blacks neozelandeses, se podría llegar a sentir amedrentado ante semejante “jaca”.

Acerté a ver que incluso calzaba zapatillas de esas con tres bandas paralelas y mi mente me acercó la idea de que se trataba de una lanzadora de martillo o halterista de un país del este que bien pudiera ser Polonia.

El caso es que al sentarse, esta mujer fue inmisericorde con el animalillo que llevaba en el asiento de al lado y provocó en él que en su trayecto sólo acertara a escribir en el cristal empañado de la ventanilla del autobús, la palabra “help” mientras seguía sonando una música que hablaba de alegría.

¿Alegría? Pues eso, alegría.





lunes, 21 de noviembre de 2016

Sabor a dulce

Siempre es aconsejable y altamente necesario poner nuestra vida en paréntesis a modo de una detención del tiempo. No creo que me equivoque si digo que quien más quien menos necesita un momento de receso para respirar hondo y continuar la marcha de esta travesía que nos toca vivir.

Lástima que la vorágine de estos tiempos no nos permita encerrar esos recesos en un paréntesis prolongado. Por ello, siempre procuro disfrutar de los buenos momentos aunque sean ráfagas a discreción perdidas en escasos segundos.

Un hipermercado no es para mí el sitio ideal para disfrutar de algo que no vaya más allá de una compra que en pocos casos se convierte en relajada. Desde los pasillos atestados de productos y transeúntes ocasionales, hasta esas cajeras que casi pierden la vida en una loca carrera por acabar de leer códigos de barras antes de que un servidor tenga tiempo siquiera de respirar, hacen de este lugar algo muy alejado de la tranquilidad que por naturaleza busca el ser humano o al menos, un ser humano como yo.

Procuro emplear en estos lugares el tiempo justo y necesario para volver a respirar un poco de aire menos viciado de prisas, marketing e impersonalidad y con esa intención abandonaba hace unos días uno de estos locales, cuando un señor viejecito, bastón en mano y andar dificultoso, al sacar una mano del bolsillo de su chaqueta, perdió por el camino uno de esos tesoros de colores que guardaba.

Un pequeño caramelo cayó al suelo envuelto en transparente papel.

Él lo miró, yo lo miré y acabamos mirándonos los dos.

Rápidamente me incliné, lo recogí del suelo y me dispuse a entregárselo cuando con una mirada serena y entrañable acompañando una voz dulce me sorprendió diciéndome:

“Muchas gracias, muy amable; se lo regalo; tengo más que me han dado en la farmacia”

Y extrajo varios caramelos multicolores que guardaba como un tesoro en el bolsillo derecho de su chaqueta.

Fue una conversación muy corta, pero que tras desearnos ambos una buena tarde acabó con un tipo como yo regresando a casa bajo una lluvia que me limpió el rostro y un sentimiento que me llenó el cuerpo y el alma de sabor a dulce.




miércoles, 16 de noviembre de 2016

Miopías

¡Ay de aquel cuya vista ve tan clara lucidez que ninguna sombra de duda le alberga! No sabe la fortuna que tiene de ceja a ceja.

Yo, por suerte o por desgracia, padezco de cortedad visual; a lomos de apéndices auditivos, cabalgan en mi desde el siglo pasado monturas y cristales varios con el único fin de corregir aquello que por natural, no deja de ser defecto.
No alcanzar distancias largas, es problema; pero aún mayor sería no ver más allá de un palmo de nariz. En ese caso, el desastre más que previsible, es seguro.

Y no sólo ocurre a la hora de ver con los ojos; porque también se puede ver sin mirar.
Intuir, es otra forma de percepción; sospechar que algo, alguien o una situación comienza a ser poco clara, diáfana o cristalina, puede dar lugar a una vista cansada, opaca en cataratas desbocadas, o si me apuran, salvajemente traslúcida a modo de ríos muy revueltos.

Cuando la sospecha se hace duda, la duda realidad y la realidad se conjuga en un indeseable presente, uno se da cuenta de que la corrección de lo que ven sus ojos o sienten sus entrañas, se hacía totalmente necesaria desde tiempos más lejanos que ayer.
En ese estado me debato; no sé exactamente si enfoqué bien la situación, si percibí con claridad lo que desde un pasado se vislumbraba como futuro o realmente no quise hacer caso a ese sentido sustitutivo del averiado que para mí es la intuición.

El caso es que ciertos afluentes del río principal andan revueltos y sin llegar a desviar el curso de los acontecimientos, sí podrían trastocar la plácida travesía que debería ser siempre la tranquilidad de una vida sin sobresaltos.
Ciertos amigos, familia, o conocidos, parecen aliarse en tiempo y casi en forma a la hora de hacerme sentir que más allá de una miopía reconocida de antaño, un incipiente astigmatismo está deformando la nitidez necesaria para caminar con pasos seguros por esta vida.

No seré yo quien me vende los ojos esperando tiempos futuros o mejores y por ello, debo acudir con urgencia a la consulta del doctor conciencia para que me oriente sobre el mejor método de corrección, porque como alguien dijo una vez, “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.


martes, 8 de noviembre de 2016

El reencuentro

Sólo han transcurrido unos pocos meses, pero el reencuentro con viejos amigos siempre es un motivo de alegría en toda persona que sepa apreciar la amistad.

No son mejores ni peores amigos que el resto de los que puedan conservar los millones y millones de gentes que pueblan nuestro planeta, pero sí que tienen algo que les diferencia; se adaptan perfectamente a lo que yo buscaba, la vida me permitía y realmente necesitaba.

Al vernos nuevamente, puede que ellos y yo nos preguntemos si no estamos algo más mayores, rotos por dentro o por fuera o si realmente nuestra relación ha hecho mella en alguno de nosotros durante estos meses de ausencias mutuas.

Yo los observo; aparentemente, los encuentro igual. No sé si alguno con una pequeña disminución de su colorida tez natural.

Mirándoles, comienzo a recordar los buenos tiempos compartidos en largas y frías jornadas de madrugón, cafés y trabajo.

Unos antes, otros después, en mayor o menor medida, siempre estuvieron ahí cuando los necesité; sin rechistar, sin preguntar.

Por eso, hoy, en un día de frío invernalmente otoñal, al abrir un armario, remover sus perchas y reencontrarme con esa camiseta interior de media manga, churro o manga entera, esa camisa de tacto suave y cálido o ese señor jersey algo descolorido pero pidiendo cuerpo que cubrir, me sentí bien, porque mi interior pide fríos que abrigar más que calores que sofocar.

Y ya superando todo lo anterior, esa cazadora arrinconada, para demostrarme que no me guarda ningún rencor, me regala de sus bolsillos unos caramelos de menta y miel que un tipo como yo un día olvidó.








sábado, 5 de noviembre de 2016

Tiempos de ceniza


Había una vez un grupo de muchas personas que se atrevieron a escribir lo que pensaban o lo que aún es más difícil, a pensar lo que escribieron.

De todos los continentes y con mayor o menor fortuna o acierto, arrancaban en el lector unos minutos de su tiempo con unas letras que comenzando por el propio escritor, escribiente o escribidor (palabreja que me gusta), servían de puente o nexo de comunicación entre diferentes pensamientos, ideas, actitud o aptitudes.

Eran tiempos en los que recíprocamente nos leíamos, nos comentábamos, opinábamos e incluso nos tirábamos de las orejas por aquello que dijimos, insinuamos o simplemente dejamos caer en la enorme red de ceros y unos que recorre nuestro planeta cibernético.

Tiempos en los que acompañamos con esos comentarios tristezas, alegrías, consejos, actualidades y todo aquello que leyéndolos con los ojos hacían trabajar otros sentidos o sentimientos del ser humano.

Hoy todo eso ha cambiado. Quizás la moda pasó, quizás las prisas son mayores, quizás, quizás, quizás…

Lo que antaño era una gran interconexión entre estos llamados o autodenominados blogueros y sus presuntos lectores, ha pasado a ser en la mayoría de los casos un simple emoticono disfrazado de “me gusta” “me enfada” o “me divierte” cuando no son sólo lecturas y silencios.

En este caso, sí que puedo decir sin riesgo a equivocarme, que tiempos pasados fueron mejores.

Se echan de menos aquellos días en los que un simple comentario inmortalizado en esa pequeña obra particular que supone escribir un texto, insertar un vídeo, una fotografía o una historia real o ficticia, nos animaba a continuar haciéndolo por el simple hecho del ego bien entendido de que al otro lado de la pantalla de un ordenador, existe alguien a quien tus palabras llegan de algún modo para bien, para mal o simplemente para informar o reflexionar.

No hay otro motivo ni razón para hacerlo. Si no fuera así, la intimidad de unas letras, deberían ser precisamente eso: íntimas e insondables del propio autor.

Yo mismo me acuso de ello y buscando mi propia absolución y amparándome en estos otoñales días grises retomaré o al menos intentaré retomar café en mano, viejas costumbres de visitar blogs conocidos y procurar dejar huella escrita en aquello que veo, escucho o simplemente leo y me mueve a hacerlo.

Limpiaré de recuerdos aquello que ya no me interese e indagaré en nuevas gentes con aficiones comunes o que puedan aportar algo a mi existencia.

Dejaré de compartir enlaces a lo que escribo en ese mensajero atroz en el que a mi entender se está convirtiendo alguna plataforma como Facebook porque al fin y al cabo quien te quiere leer, te buscará para hacerlo; quien quiera saber de ti, buscará la forma o medio para llegar a tu puerta y quien se considere amig@ sabrá abrazar con palabras  lo que el dibujo de una carita más o menos simpática no puede transmitir.

Este Café del Swing permanecerá abierto al público mientras haya una sola persona que demuestre interés en abrir su puerta y asomar la nariz y como de momento conozco un visitante seguro que soy yo mismo, no existe peligro de cierre.

Quiero agradecer a quien me visita y muy especialmente a quien deja su huella en forma de comentario en el mejor lugar para hacerlo que es aquí, “cara a cara” con el barman del local.

Porque un blog se alimenta de los comentarios de la gente y es su principal razón de ser. No es necesario comer mucho para estar bien alimentado al igual que no es necesario tener muchos seguidores para sentirse querido y yo de eso, sé un rato largo…

No estaremos de moda y el mundo bloguero puede que esté de capa caída, pero yo de esa capa hago un sayo y pienso que donde hubo fuego, siempre quedarán cenizas.

Gracias







 








jueves, 27 de octubre de 2016

Taza y cuchara

Un café negro, muy negro; una taza blanca, muy blanca y una cucharilla moviéndose en el sentido de las agujas del reloj diluyendo azúcar y endulzando el paladar.

El sonido inconfundible del metal sobre la loza, se mezcla con el humo que desprende.

Ante mí, un hombre y una mujer entrados en canas y arrugas que el paso de los años cincela en sus rostros.

Ambos, de mirada tranquila y sosiego en el habla.

Son tantas las preguntas que deseo hacerles mientras compartimos mesa, que mi boca se mantiene cerrada por miedo a provocar una estampida de interrogantes.

Quisiera preguntarles cómo les trató la vida; si han sido felices; qué opinión les merecen sus hijos; si tenían virtudes escondidas o secretos inconfesables; qué esperaban del futuro y cómo ven a la sociedad actual comparándola con su pasado; qué consejos me darían; les preguntaría si realmente me quieren o si soy uno más de esos cuadros que cuelgan adornando sus vidas.

Quisiera tenderles la mano, abrazarlos, acariciar sus caras y hablarles como a verdaderos amigos especiales.

Todo eso y más quisiera hacer, pero abro los ojos y entre vapores de café humeante, sólo llego a distinguir dos sillas vacías.









*Uno de esos momentos que en silenciosa soledad y con un café entre las manos me hacen reflexionar. 

Dedicado a mis padres y a tantos y tantos seres a los que no pudimos, quisimos o supimos tratar en vida con el cariño, el recuerdo y ese echar de menos que sentimos cuando los hemos perdido.

Ojalá sirvieran estas pocas letras para concienciarnos en vivir con intensidad lo que tenemos; en no escatimar abrazos, charlas y sentimientos con las personas que queremos; en no dejar para luego un beso, una caricia o una mirada reconfortante. En definitiva, vivir una vida plena sin remordimientos futuros ni vista atrás.



miércoles, 19 de octubre de 2016

Tres nombres y un camino

Diez minutos me bastaron para descubrir que aquello que fui a buscar en tierras lejanas, sin saberlo, ya lo llevaba conmigo.

Tres simples nombres grabados en frío mármol, me hablaron de un pasado en tierras de labranza; de encinas, olivos y bellotas. Tres nombres que escribirían una historia marcada en la memoria y en los corazones de millones de gentes de todo el mundo de un pasado glorioso, un presente convulso y un futuro impredecible.

Jamás pude imaginar que unas simples letras cincelaran en mí un sentimiento de arraigo con unas creencias, de confirmación de unas sospechas y de una plenitud de acompañamiento como jamás había tenido.

Porque llegué allí como una mesa a la que le faltara una pata; como una media naranja que no encontrara su otra mitad o como quien mira y no ve con claridad más allá de lo que ve.

En ese instante, no me acompañaban cánticos hermosos, muchedumbre por millares, pañuelos al viento, ni rosas blancas. No hicieron falta.

Simplemente, era yo con mi silencio; era yo con mi reflexión; era yo y tres niños que sin hablar, me susurraron al oído. Me hablaron de hermosura, de amor, de paz, de un futuro en armonía con el mundo empezando por mi revuelto interior.

Un hombre me dijo que desde ese mismo instante, ya no caminaría solito. Y cuánta razón tenía, porque desde ese día me siento como un niño que levanta los brazos y al que sus padres no soltarán de la mano jamás.

Quisiera poder transmitir todo lo que viví, sentí o gocé, pero quizás no sería comprensible a ojos de esa cerrazón humana que ni ve, ni quiere ver, oír o escuchar algo que mire a las alturas.

Seguiré pensando que soy un tipo afortunado al que la vida le está marcando un camino de blancas baldosas, que pudiendo resultar a veces incoherente, a veces incomprensible, o difícil, sabe ahora más que nunca que su meta no puede llevarle a otro sitio mejor que al destino para el que fue creado.  

A tres niños les debo abrir los ojos y a una Madre, le debo el corazón.














miércoles, 12 de octubre de 2016

A corazón abierto

Amanece un día gris, lluvioso, hermosamente otoñal. Un día de fiesta, de patrona, de café caliente; un día de preparativos, de prisas de última hora y de despedidas cortas con certezas de un regreso muy cercano.

Cuando la noche bostece su primer sueño, un cuaderno, una pluma y una mochila, acompañarán a un hombre que iniciará un largo viaje atravesando pueblos y tierras dejando atrás innumerables traviesas de tren.

Con él, del brazo, caminará su chica  y mil intenciones y recuerdos.

También viajarán sin billete ni asiento, una niña buscadora de futuros en tierras lejanas y otra buscadora de presentes en cercanos lugares. Aquel que sueña con volar a velocidad de crucero y el que a lomos de motor buscará el honor de una divisa.

Viajará la familia; la de ayer, la de hoy y la que siendo futura ya siento como mía.

Mi fiel amigo siempre acurrucado y a mi lado en silencio; también quien perjuró serlo o quien sin buscarlo me encontró y aquel que más que amigo ya es familia.

Aquel que sufre la enfermedad; la física y la de la incomprensión y toda persona a la que el destino le cubrió de prematuro e incomprensible dolor o quien busque como yo un fin en un principio.

Todos tendrán cabida en ese tren y no deben tener miedo a ser descubiertos por el revisor porque lo harán en el vagón de los profundos pensamientos donde sólo la intimidad del viajero, podrá acceder.

Ese hombre marchará con la intención quizás de encontrar esa pieza sin la cual el puzzle de su vida podría resultar hermoso, pero incompleto.

Fijará sus ojos en otros más hermosos, buscando una respuesta, una certeza, una ilusión, una esperanza.

Hablará en profundo silencio y suplicará favores ajenos y propios; intentará soltar el lastre de las angustias, las preocupaciones, desazones e inquietudes.

Prometerá lo que intentará cumplir y jugará a predecir futuros mejores; futuros en paz consigo mismo y su entorno.

Pedirá perdonar lo imperdonable y alcanzar lo que no quepa en razón humana pero sí divina.


Ese hombre no inicia un viaje más, porque ese hombre viajará con un billete de ida y vuelta cuyo precio es sólo el de un corazón abierto.







P.D. Toda persona que quiera unirse a mí en ese viaje que inicio al encuentro con la gran Señora de Portugal y del mundo, puede hacerlo pidiéndome privadamente aquello que quiera que le traslade, porque en mi mochila siempre habrá sitio al fondo.

viernes, 7 de octubre de 2016

El niño de la camiseta

No siempre la vida me ofrece la oportunidad de fundir en uno los tres estados existenciales de las personas. Pocas veces puedo aunar pasado, presente y futuro en una situación, imagen o hecho acaecido. 

Ayer, hoy y quién sabe si tal vez mañana, un niño ha sido el artífice de algo tan raro por inusual.

No camina solo; le acompaña la que imagino es su mejor amiga.

Cruzar mi camino con el suyo me provoca una mezcla de media sonrisa, cierta nostalgia y mucha, mucha ternura.

Definiendo ese momento y capturando para retocar esa imagen, quizás a él sólo podría añadirle una pelota y a ella unas coletitas; pero lo que nunca podría añadirles a la escena, es la serenidad que transmiten a quien como yo se detiene por un momento para poder sentir ráfagas de lejana niñez, de amigos, de juegos y rabiosa inocencia.

Sus pasos son cortos; sus movimientos, algo torpes y lentos, muy lentos. Puede que lo mejor entre lo bueno, deba hacerse despacio, sin prisas.

No se les escucha una voz, frase o pensamiento. Les acompaña el silencio y un común destino de mirada al frente.

Si miraran atrás, se percatarían que observándoles se detiene un hombre con el deseo de alcanzar un futuro en el que también su amiga de siempre le acompañe asida de su brazo y luciendo orgulloso una hermosa camiseta con el número seis.