"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Otro año más



Otro año más que cae como la bola de Times Square. Otro año más de descorche de botellas, besos, parabienes, buenos deseos y expectativas.

Hoy es uno de esos días típicos de hacer balance de lo sucedido; de lo bueno, lo menos bueno y lo que hubiéramos querido olvidar y nos persigue.

Particularmente, diría que ha sido un año bueno. Al menos, se cumplió aquello de “madrecita, madrecita, que me quede como estoy”.

Año de achaques, sí; pero achaques que me han hecho ver aunque fuera a costa de tropezar con las mismas piedras más de una vez, que como en casa, en ningún sitio; como los míos, nadie más; como la familia, pocos y con los amigos, interrogaciones más que interjecciones de admiración.

Quizás otro año más de no aprender a ser amigo de mí mismo. Pero a estas alturas ¿puedo pedirle peras a mi olmo? Difícil.

Otro año más que se va como llegó. Otro año más que añade canas al mismo ritmo que experiencias, pero otro año en el que comparando días, las risas ganaron por tres cuerpos de ventaja a los disgustos; las músicas sonaron más que los silencios; las letras me regalaron alegrías y los arrepentimientos fueron menos que los logros.

Hubiera querido más salud en quien siempre me acompaña; hubiera deseado cambiar ciertas rutinas; sentirme de una vez por todas, amigo de verdaderos amigos y algo más cercano de quien quizás no lo merezca o no quiera cercanías.

No lo he conseguido, pero aún así, pongo la etiqueta de bueno a este año y sin mirar de soslayo, brindo con todo aquel que quiera levantar copas conmigo.

Brindo por la siempre olvidada salud, por los éxitos, por los fracasos con final feliz, por hacer el bien y no morir en el intento, por convertir en gris lo que sea negro azabache, por mis gentes, por las vuestras, por todos.

En definitiva, brindo porque este año que viene empujando, nazca sin problemas y nos traiga en lo positivo, la convicción de que no es un año más.


¡ FELIZ 2016 !






miércoles, 16 de diciembre de 2015

De par en par

En un mundo que no es mundo. Ese en el que el hombre en su cara oculta atesora lo mejor de él escondiendo los valores que hoy parecen avergonzar a las modas autoimpuestas, me paro a pensar; me detengo serenamente a reflexionar si debo hacerme partícipe de esa corriente que hoy corre pareja a una sociedad que olvidó  mirar en su interior y yo mismo me devuelvo un rotundo “no”.

Es tiempo de NAVIDAD, sí. Y lo escribo con mayúsculas porque no debo esconder ni minimizar lo que desde hace cincuenta y un años que abarca mi existencia, significan estas fechas.

En una sociedad que pretende esconder belenes, mitigar bolas de colores, acallar panderetas y tapar oídos con sones a villancicos marcándonos con el olvido del proscrito, me resisto a negar estas fechas.

Corren ríos de tinta hablando de hipocresía navideña. Puede que en ciertos casos, no falte razón, pero yo soy de los que quieren seguir viendo cómo beben unos peces en el río mientras a Belén se dirigen unos pastores al son de un tamborilero alegres y cantando ¡arre borriquito que llegamos tarde! en una Navidad que no es obligatorio que sea blanca.

Porque la ilusión del niño de metro ochenta, la esperanza en un futuro mejor, ese Scalextric  que aún sigo esperando que me traigan tres tipos a camello, no me la va a quitar nadie, me tilden de lo que me tilden.

Y que no me vengan con solsticios o con reproches de falsa humanidad quien con una mano atacaría y con la otra mataría por un caramelo de cabalgata si su hijo se lo pidiera.

Que no se culpe a ese otro Niño, que nace cada año, de todos nuestros males, ausencias, desgracias, o malas suertes. Porque en su justa medida creo que también debería ser “culpado” de todo lo bueno que cada año también nos trae.

Puede que ese espíritu navideño tarde más o menos en llegar; incluso es posible que ni aparezca este año  y ello me empuje a hablar así, pero si hace dos mil años a un Niño a punto de nacer se le cerraron muchas puertas, hoy, en mi casa, en los míos y en mí mismo, ese Niño puede entrar sin llamar, porque las encontrará siempre de par en par.


¡ UN AÑO MÁS, FELIZ NAVIDAD !



sábado, 5 de diciembre de 2015

Los cinco

Decir orgullo, pudiera sonar a vanidad. Decir honor podría parecer arcaico. Pero cuando ambos sentimientos se funden en uno, la persona que lo hace, se siente dichosa; pocas ocasiones tiene uno en la vida de verse reconfortado con la conciencia de que la historia que día a día se escribe con nuestra propia existencia, son un cúmulo de situaciones en su mayoría intrascendentes, pero que de vez en cuando, se ven envueltas en hermosos papeles de regalo.

Cuando hace ya casi seis años, decidí comenzar a plasmar en letras lo que algunas voces decían en mi interior, no me marqué un objetivo concreto. Simplemente, se trataba de escribir por el gusto de escribir. De recordar por el gusto también de hacerlo. De usar esta herramienta de la red como un diario virtual que de vez en cuando nos gustara volver a hojear a los que como yo tenemos memoria de pez con piernas.

El hecho de que algunas personas, conocidas o no, amigos o no tanto, llegaran a comentarme que les he provocado una risa, una lágrima o una reflexión, me ha animado siempre a continuar en esta aventura de letras a las que procuro dar cierto sentido.

Cuando hace unos meses, casi por casualidad llegó a mí la información sobre el II Concurso de Relato Corto que organizaba la Revista de la Guardia Civil con el lema “La Guardia Civil: en el cuartel como en casa”, algo en mi interior abrió la boca para decirme: “tienes un pasado que contar”.

Y así fue. Pinté una parte muy importante de mi vida en un texto de título CASA CUARTEL DE LA GUARDIA CIVIL, que quizás sólo las gentes que hayan vivido algo parecido puedan sentir como yo.

Pasaron los días y una fría mañana de noviembre en mi puesto de trabajo, recibí una llamada de un Capitán de la Guardia Civil que en tono muy amable y cordial me comunicó que era el ganador del concurso.

Recuerdo que mientras le escuchaba, miré a lo alto y no vi un techo iluminado por fríos fluorescentes. Ante mí comenzó a abrirse un hermoso cielo verde. Un verde de uniforme. Un verde engalanado de emblemas y divisas de un pasado que llevo en la piel marcado de nacimiento desde que hace cincuenta y un años Dios me otorgó el privilegio de nacer en uno de esos viejos cuarteles de la Benemérita.

Buena parte de lo vivido en esos años de infancia e incipiente pubertad, queda plasmado en ese relato que ha servido para que fuera invitado como uno de los protagonistas a un acto de entrega de premios que a la postre ha sido una maravillosa experiencia que va más allá del simple hecho de recibir un regalo o galardón.

Me vi rodeado de autoridades civiles y militares de gran rango. De insignes periodistas de prensa o radio y de caras conocidas que difícilmente coincidirán con la mía en otro acto.

Recuerdo que mientras permanecía sentado aguardando el comienzo del acto acompañado sólo por mis propios pensamientos, me cobijé en mí mismo pensando que yo no era nadie al lado de gentes de uniforme que se han jugado la vida por ayudar al prójimo yendo más allá de lo que su responsabilidad o trabajo les exigía.

Estar rodeado de verdaderos héroes que se han dejado literalmente el pellejo por ayudar en catástrofes como el terrible terremoto de Nepal, o permanecer colgados de una pared 26 horas sin dormir para rescatar a muchos kilómetros de aquí dos cuerpos sin vida de unos compatriotas, me hizo sentirme pequeñito.

Que estos héroes además fueran los primeros en felicitarme sinceramente por mi premio, me hizo retrotraerme a aquellos días de cuartel en los que jugaba a la pelota mientras mi padre cumplía aquello que en letras grandes decía “TODO POR LA PATRIA”.

Y llegó ese punto en el que de repente, regresé a sentirme nuevamente como miembro de esa familia que forman los hombres y mujeres que vistiendo o no ese uniforme, forman una piña difícilmente de igualar por mucho que cambien los tiempos.

Por eso, al escuchar mi nombre por unos altavoces que me invitaban a subir a un estrado, me levanté con orgullo; lo hice con honor y con el mayor de los respetos y agradecimientos de quien se siente honrado por esa distinción.

Lo que no sabe ninguno de los presentes, es que conmigo subió también un señor de verde que sin estar, siempre me acompaña; también subió una ancianita que a kilómetros de allí ya no recuerda apenas quien fue; también subió mi hermana que debe cuidar de un marido enfermo; y como no, también lo hizo mi niño del siete de oros.

Los cinco de una familia que habitó cuarteles por esos mundos de Dios, por unos instantes, se volvieron a reunir.








Foto: Luz Ortiz






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Foto: Web Guardia Civil

Foto: Web Guardia Civil


Foto: Web Guardia Civil

Foto: Luz Ortiz

Foto: María Zarco


P.D. Quiero agradecer desde aquí al Capitán Padilla su amabilidad conmigo y los míos desde aquel bendito día que me comunicó el premio; las palabras que me dedicó particularmente en el acto el Sr. Ministro del Interior D. Jorge Fernández Díaz; la simpatía de un "monstruo" de la radio como es D. Carlos Herrera Crusset y muy especialmente también a ese insigne General de la Guardia Civil que con su cariño, palabras y abrazo, emocionaron a mi hija y ahijada por su parecido con el verdadero protagonista de esta historia que desde el Cielo estoy seguro que ante este militar, primero se cuadraría y saludaría con marcialidad para después abrazarle como compañero y amigo.

Y claro está, ni puedo ni quiero olvidar a esas cuatro mujeres que desde la última fila de asientos de un salón abarrotado, merecen mis aplausos y todo mi cariño y amor por su asistencia y que representaban a la familia y amigos que en la distancia se alegran de mis alegrías y saben acompañar también mis momentos menos alegres.

A tod@s, GRACIAS y a modo de despedida quiero gritar alto y claro cuatro palabras que desde muy pequeño me enseñaron a pronunciar:


¡VIVA LA GUARDIA CIVIL!