"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

martes, 27 de octubre de 2015

Incomprensible




Pudiera parecer poco creíble que una persona que arrastra una de esas enfermedades silenciosas, discapacitantes y poco comprendidas como la fibromialgia con todos los dolores y molestias que conlleva, de la noche a la mañana y de esa mañana a un nuevo día, soportara bailes, músicas, cervezas, abrazos, besos, risas, disparates, caminatas, autobuses y cansancios de madrugada.
 
Pero ya no debería parecer tan poco creíble si esa misma persona afronta la vida optando por el segundo de dos planteamientos posibles.
Por una lado, podría acomodarse en la confortabilidad de un sofá hogareño, viendo la misma aburrida televisión de siempre, pasando mochos, balletas y fregonas, o cocinando a fuego lento un menú diario que es lo que se espera de una verdadera ama de casa que actualmente “sólo tiene ese trabajo reconocido”.
 
O por otro lado, afrontar la vida con valentía aún a riesgo de disfrutar un día y sufrir diez, para añadir a todo lo anterior unos momentos de alegría, diversión, loca adolescencia cincuentona y pintar aunque sea algo forzada, una gran sonrisa en su rostro rodeada de la gente que verdaderamente le importa.
Una risa bien vale mil tristezas, dolores y esfuerzos.
Y aunque pueda resultar poco creíble y criticable a ojos vista de quien realmente no conoce a esa persona que hoy no pueda ni tan siquiera acercarse al bar de la esquina, o a esa tienda de ropa o a ese restaurante de buenos platos o acudir a un encuentro propuesto o programado, yo doy fe de valentía; doy fe de su esfuerzo; doy fe de su sufrimiento disimulado y doy sobre todo fe de que una familia, bien vale lo incomprensible.
Me siento orgulloso y quiero a esa persona entre otras cosas, por esto mismo aunque no sea hombre que se distinga precisamente por la efusividad de sus sentimientos.

 * Dedicado a mi mujer y a todas esas personas que tienen que luchar contra sí mismas y la enfermedad que les ha tocado vivir plantándole una sonrisa a la vida.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Risa tonta



Una pregunta, un comentario, desbordaron tu risa. Así, sin más, ante la perplejidad de una multitud que se contaba por dos.
Una risa espontánea, natural, estridente y sin adornos; de esas denominadas de muelle flojo, de sujetar vientres, esfínteres y entrepiernas.

Una risa casi de madrugada; cuando muchos duermen y otros no deben hacerlo velando sueños.
Así me despediste un día; a ritmo de carcajada imposible, sin venir a cuento de comer perdices.

Que nunca me falte esa risa; que siempre me sorprendan tus actos; que por más dolor que lacere tu cuerpo, siempre aflore un minuto de bendita locura desencajante de mandíbulas.
Que perplejidad y complicidad vayan siempre de la mano hacia nadie sabe dónde ni para qué.

Nunca reprimas carcajadas, ni disimules tu alegría; que el mundo de seriedad suele vestir y de desidia se engalana.
Más no te ahorres sentimientos y regálame siempre una risa, tonta.




P.D.: para mejor adecuación en la construcción de la última frase y siguiendo más que previsibles indicaciones de la protagonista de esta historia, las últimas dos palabras léanse sin “coma” que las separe.
Gracias



martes, 6 de octubre de 2015

Levanto la mano

Nunca fui bueno haciendo resúmenes. Pero la imagen de verte subir unas escaleras, tan guapa como siempre, para que un señor togado y birrete laureado te impusiera una banda de rojo color a sangre española, me hizo recordar en segundos parte de tu historia que también es la mía, la nuestra.

Como un suspiro prolongado han pasado estos años. Años de guardería aprendiendo a descubrir colores y formas; años de borras, lapiceros, escuadra y cartabón; años de mesas de mil colores, pupitres con cajonera, leotardos, uniformes, carpetas con pegatinas de tu número favorito el 46; profesores a quien matar, otros a quien adorar; horas de estudio, de incar codos, de nervios, de satisfacciones y alguna negra nube de frustración.
Son años irrepetibles que debes guardar en ese rincón especial de la memoria que todos debemos llevar dentro. Es hora de dar las gracias a las personas que con su trabajo y conocimientos, han sido piezas clave para hacer de ti lo que hoy eres: una gran mujer con unos valores y educación forjados a golpe de voluntad, esfuerzo y tenacidad.
Desde ese maravilloso profesor que con su destreza supo inculcarte un hábito de estudio que nunca abandonaste, pasando por ese otro que a ti y a mí nos suspendió con treinta años de diferencia y por el que brindamos con culines de sidra por ese primer y único suspenso que sólo consiguió despertar aún más tu amor propio, hasta llegar a los profesores de universidad, más lejanos, pero imprescindibles para alcanzar tus objetivos.
Todos en mayor o menor medida, han sido piezas claves en lo que hoy eres.
Tu madre, tu hermana y el que te escribe sólo somos testigos mudos, pero fieles, de tu trabajo.
Tú te lo has buscado, tú te lo has trabajado, tú lo has conseguido.
Esas largas horas de estudio, de devanarte los sesos, de noches sin dormir, de falta de fe en ti misma esperando raspar cincos y recibiendo sietes.
Todo eso acabó ayer en un hermoso acto de graduación que debe ser el punto de partida a ese otro período de tu vida cuyo futuro en los tiempos que corren, quizás sea más incierto que nunca.

Nadie puede predecir si podrás ejercer un trabajo acorde con lo que has querido y por lo que te has esforzado y si hay algo que lamento, es el no poder haberte ofrecido todo lo que tú realmente mereces para encontrarlo con mayor facilidad.
Pero sí que hay algo que te puedo asegurar sin ningún resquicio de duda y por lo que soy inmensamente feliz. Y es que si piden voluntarios para apuntarse al selecto club de quien no cabe en sí de orgullo por lo que has hecho y eres, yo, levanto la mano.


P.D. Dedicado a María, una de las mejores hijas que unos padres pueden tener, Graduada en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid.