"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

lunes, 31 de agosto de 2015

El boli

Cinco meses hicieron falta para deshacer lo hecho. Para que la injusticia tornara a justa. Para que lo negro, volviera a teñirse de color.

Nunca pensé que embarcarme en un velero llamado portabilidad, me pudiera traer una singladura con más oleaje que el Cabo de Hornos.

Decidir cambiar de compañía telefónica ante la falta de ofertas e incluso menosprecio o digamos falta de aprecio recibido por la que había sido mi elegida durante toda la vida y comenzar a llover contrariedades, fue todo un pack completo.

Instantes después de realizar oficialmente esa portabilidad de operador, recibo un mensaje muy “cariñoso” en el móvil, indicándome que la sanción por no cumplir un compromiso de permanencia que yo pensaba que estaba por meses sobradamente cumplido, era de 190€ que siempre muy amablemente iban a cargar en mi cuenta.

Dicho y hecho. Mis números, mi dinero, mis pelas, menguaron con dicha cantidad ante el asombro, perplejidad y ganas de matar a alguien que súbitamente provocó este hecho en mí y los míos.

Ante esto, había dos opciones. Pelear o con el rabo entre las piernas, decirme a mí mismo, “Eres un verdadero gilipollas por confiar donde nunca debiste tener confianza”.


Esta vez, decidí pelear, aún a riesgo de que me partieran el orgullo y la dignidad.

Han sido meses de escritos, copias de facturas, reclamaciones, visitas a Oficina del Consumidor y demás para acabar cara a cara ante una especie de Tribunal de una Comisión de Arbitraje de mi Comunidad Autónoma.

¿Y todo para qué?

Pues sencillamente, para una vez escuchada, leída y estudiada mi reclamación y mi parecer cara a cara ante ese tribunal, acabar restañando ese orgullo, esa dignidad y esa justicia que sinceramente, creí perdidas.

Y marché de allí, bajando escaleras de dos en dos sin perder un gramo de sonrisas e incluso tras pedir permiso, llevarme de recuerdo un sencillo boli, pero de gran valor simbólico para mí porque por una vez, me vestí de triunfo ante el gran gigante de las comunicaciones cuyo nombre no diré para no hacerle publicidad y del que únicamente indicaré que se enmascara de azul.




miércoles, 26 de agosto de 2015

Con sabor a miel

Uno nunca ha sido un tipo sorpresivo ni sorprendente; como tren por una vía, sigo el curso de mi vida sin acelerar demasiado por riesgo a cualquier seguramente poco probable descarrilamiento.

Hay gente que vive al límite o incluso lo supera; no soy yo. Quisiera, en ocasiones, pero no. Admiro a innovadores, truhanes sin maldad y echaos pa’lante con cabeza sobre los hombros o buscadores de sensaciones perdidas o por encontrar.

Por todo ello, ahora con la sensatez, la calma y la retrospectiva que un café entre las manos me puede dar, miro atrás en pocos días y con media sonrisa, me digo a mí mismo: “¿ves?", "hiciste bien”.

Le debía una a esa mujer que un día maleta en ristre mirando mi cara de sorpresa en una estación de tren me invitó a vivir una aventura de horas en esa ciudad famosa por su acueducto.

Y me dije: “este es el momento de devolvérsela”. Vacaciones, tienes; ganas, también; ¿dinero?, nunca; pero el suficiente. ¿Motivo? dos que yo valoro y valoraré siempre, que no son otros que la cultura y amistad.

Así que viendo pros, contras, o quizás, concerté hotel sin estrellas pero con huevos estrellaos y con depósito lleno de gasolina e ilusiones, pusimos rumbo hacia tierras extremeñas con la entrañable certeza de volver a escuchar sones y voces amigas.

Igual que el vaivén de muchos kilómetros de sus curvas entre montes y llanuras, nos acompañaron en ese viaje recuerdos a noches de rumbas, cervezas y abrazos que parecían muy lejanos y con los que llegamos a nuestro destino.

Nuestra ahora un poco maltrecha salud, podía coartar pero nunca impedir las ganas e ilusiones de otros tiempos con noches de luna y candil.

Todas las conjeturas, todas las dudas, todo aquello que podía hacernos pensar si el objetivo era loable o no, se convirtieron en una maravillosa afirmación cuando en un lateral de escenario, mientras unos músicos probaban sonidos y acordes, nos plantamos y esperamos casi agazapados en la noche.

Allí, en todo lo alto, una mujer conocida; una guapa mujer con brazos en jarras y cuya voz cautiva, miraba al frente atenta a indicaciones de técnicos y compañeros.

De repente, miró a su izquierda y a voz en grito como el vigía de Fort Apache, gritó por micro: “la familia Zarco”.

Sólo por eso y sintiendo la alegría de ese grito, ya supe que ese viaje había merecido la pena.

Después, vendrían abrazos de esos que sólo los hombres o los amigos se saben dar, cuando hace mucho tiempo que no se ven.

Charlas, cervezas, más charlas y más cervezas, no hicieron sino aumentar y afianzar lo que siempre ha existido desde hace ya más de siete años; una dulce relación de admiración, arte, respeto y deseos de futuros encuentros.

No hablaré esta vez del espectáculo sobre las tablas; tiempo habrá más adelante para realizar una crónica de lo que mis oídos siempre agradecen.

Y así habiendo disfrutado sólo un amanecer por esas tierras, regresamos al hogar con una sonrisa y un pequeño tarrito lleno de recuerdos con sabor a miel.











P.D. Dedicado especialmente a unos grandes artistas y mejores personas. A Jorge, Paquillo, Lupe, Antonio, Fermín, Miguel y Carlos . Diván du Don, gracias por una de esas noches que tanto echábamos de menos.








martes, 18 de agosto de 2015

Espejos

¿Quién no se ha mirado alguna vez en un espejo? ¿Quién no se ha sorprendido en ocasiones, escrutado en otras y asustado en algunas al sentirse observado por aquella imagen curiosamente muy parecida a nosotros mismos que a escasos centímetros nos mira?

Nada tiene de especial mirar un espejo. Actos tan cotidianos como afeitarse, maquillarse, peinarse, untarse de cremas varias, tocar ojos a lentillazos, pintarse de “chori” los labios, o simplemente mirarse y decirle a ese tipo o tipa “alégrame el día”, es algo que forma parte intrínseca de nuestra vida.

El problema reside en ese otro tipo de personas que al mirarse en uno de esos objetos, le habla diciéndole “mírame bien porque no existe otra cosa igual o mejor que yo”.

Personas que dejan a ese espejo mudo. Personas perfectas que se ven así y así quieren ser vistas.

Personas con mil trajes pero ninguno cosido con hilo de humildad.

Personas que no necesitan ningún dios, porque ya lo son.

Esas personas que conjugan pronombres como yo, me, mí, conmigo menospreciando al tú, te, ti y costándoles mucho compartir “contigo”.

Centros de cualquier reunión, grupo o mundo de este mundo que nunca piensan que también un florero suele ser el centro de cualquier mesa, para al final no dejar de ser un simple florero al que sus hojas acabarán abandonando por marchitas.

Dicen que no hay más ciego que el que no quiere ver. Yo diría que no hay más ciego que el que no ve más alla de sí mismo.

Puede que este tipo de personas alcancen el éxito, el reconocimiento a su labor, el aplauso desmedido, la palmada en la espalda e incluso miles y miles de amigos virtuales de redes sociales; pero en mi modesta opinión, esa actitud, esa egolatría, esa sinrazón, sólo les llevará más tarde o más temprano a verse completamente rodeados de espacios en soledad en el que únicamente les quedará el consuelo de un espejo al que mirarse.


viernes, 14 de agosto de 2015

El chiscón


Hoy, una mujer abrirá y cerrará por última vez la puerta de una pequeña y estrecha habitación que ha servido durante años de ayuda y sustento a una familia de seis.

Atrás quedarán días de trabajo; de cansancios, preocupaciones, sinsabores y alguna que otra alegría que borrara todo lo anterior.

Días de lectura en letras de cualquier buen libro que llevarse a la vista.
Se acaban hoy días de estrecheces en unos pequeños metros cuadrados que han albergado la niñez y juventudes de cuatro hijos y la invalidez de un marido que ya quizás olvidó lo que era pasear sin ruedas.
Si el mundo es justo, esa mujer recibirá el reconocimiento de los vecinos, familiares y amigos que sepan apreciar el esfuerzo que ha costado llegar hasta este día.

El mejor de los reconocimientos, no obstante, debe ser siempre el de esa medalla al trabajo que ella misma debería colgarse en su interior. Una medalla que no llevará el color de ningún oro ni plata, pero que se tiñe del color del deber cumplido. El de esposa, madre y trabajadora que ha luchado y sigue luchando por hacer de su vida algo mejor para los demás.
Es hora de cambiar el póster de la existencia. Colgar ahora hermosos paisajes de nietos que no paran de crecer, de paseos sin prisas, de escaparates, cines y palomitas.
Es hora de degustar lo bueno que esta vida nos deja de vez en cuando descubrir.
Desde este humilde rincón, hoy brindo con todo el orgullo del mundo por esa mujer, sus hijos, sus nietos y todas aquellas personas que sabemos y queremos agradecer que detrás de un botón con un pequeño cartel que decía “PORTERÍA”, te recibiera siempre una sonrisa.


·      Dedicado a María del Carmen Zarco Montoya, en el día de su jubilación. Te quiero hermana.

viernes, 7 de agosto de 2015

Cenizas

Los años pasan. Para algunos, muy lentamente; para otros como yo, al ritmo de lo que dura un pitillo.

Como fumador que sigo siendo aunque no fume, pensando como pienso que los que han sido fumadores habituales nunca dejan de serlo realmente, intento tomarme la vida como un buen cigarro si es que existe realmente alguno.

Ese buen cigarro, el de después de un placer de estómagos hambrientos o de aquellos otros placeres que se comen con los ojos y se acarician con la piel, acabará como todos hecho una simple colilla.
Pero ese cigarro, traerá recuerdos, pensamientos e historias que contar aunque el interlocutor sea uno mismo.

Entre calada y calada recordaré personas, hechos y circunstancias que me pudieran haber marcado a caballo de humos y brasas.

Familia, amigos, conocidos o no tanto, irán formando una sucesión de personas por las que podré pensar “fue un placer conocerte” o por el contrario preguntarme ¿valió la pena?.

Se quemarán etapas. Lo que no debería permitir nunca es dejar que éstas se consuman por abandono.

Y así, ese pitillo acabará algún día; pero estoy seguro que lo bueno, lo realmente importante, aquello que de verdad merece o mereció la pena, renacerá de sus cenizas aunque sea en forma de un nuevo pitillo que encender.