"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

lunes, 27 de julio de 2015

Marco natural

Naturaleza, música y gente, mucha gente. Nada incompatibles unos con otros si la bondad de esos tres elementos además se alían con una maravillosa temperatura ambiente alejada del bochorno de la gran ciudad.

Todas esas coincidencias se dieron cita el pasado 25 de julio en Hoyos del Espino (Ávila) con motivo de la 10ª Edición de Músicos en la Naturaleza que de forma ininterrumpida se celebra en pleno corazón de la Sierra de Gredos.

Mi santa y yo teníamos allí una cita ineludible para hacer efectivo el regalo de cumpleaños que unos meses atrás tuvieron a bien hacerme.

Poco faltó para no haber podido acudir a esa cita por un como siempre inoportuno cólico que casi da al traste (no de guitarra) con mis ilusiones de un gran día de música.

Debo ser de esos hombres que tropiezan siempre con la misma piedra (de riñón).

Afortunadamente, no fue nada tan grave que un par de botellas por vena no pudieran solucionar.

Esta aventura lúdico-músico-ambiental, tuvo sus comienzos en la puerta 0 del inigualable Estadio Santiago Bernabéu, desde el que en dos autocares partimos rumbo a Gredos a eso de las 15:45h.

Viaje un poco largo quizás. Carreteras marcadas por GPS de un conductor que entre curva y curva y vaca a vaca, mareó el estómago de algún joven pasajero. Alguna cuesta demasiado inclinada que casi provoca el tener que bajar para empujar el autobús, pero sin incidentes reseñables.

Mereció la pena un trayecto tan sinuoso, para llegar a contemplar desde lo alto el objetivo final de nuestro viaje.

Una larga serpiente de vehículos hicieron de los dos últimos kilómetros un verdadero “quiero y no puedo” avanzar.

Pero al fin y al cabo, llegamos con tiempo de sobra incluso para comernos esos maravillosos bocatas que dentro no nos permitían comer, pero que fuera del recinto de conciertos, nada ni nadie nos podía impedir devorar.

Largas colas primero para conseguir la pulsera de acceso y luego para acceder al recinto, no sin antes obligarnos educadamente el personal de control a despedirnos de nuestras botellas de agua con o sin tapón.

Es decir; yo podía entrar con catorce móviles antiguos, sillas de montaña plegables o pilas de todos los tamaños y colores para arrojar a quien me viniera en gana y sin embargo, las botellas de agua estaban consideradas como armas letales. Increíble, pero cierto.

El caso es que, con o sin agua, aproximadamente a las 19:00h. el Luismi y señora, por fin podían contemplar en toda su extensión el recinto en el que hora y media después tendría lugar el comienzo de una maravillosa tarde-noche de buena música y espectáculo grandioso.

Tiempo hubo de visitar W.C. portátiles que para sorpresa sobre todo de las mujeres, eran unisex y prácticamente las obligaba a saltar para alcanzar el objetivo de volcar desperdicios sin dejar gota. Tarea, que luego se supo, era totalmente imposible.

También hubo tiempo de visitar la carpa de merchandising, en la que una simple camiseta te abría los ojos de sorpresa a golpe de 35€.

Un recuerdo es un recuerdo, pero 35€ no dejan de ser 35€. Así que me contenté con haber adquirido antes de entrar otro de esos recuerdos, a menos de la tercera parte de su coste.

Así minuto a minuto, sentada a sentada, el sol se fue ocultado poco a poco por detrás de un enorme escenario que a eso de las 20:30h. se comenzó a iluminar con las imágenes proyectadas en cuatro enormes pantallas verticales como inicio puntual del primer concierto de la noche.

Fito y Fitipaldis o lo que es lo mismo, el señor Cabrales y unos pedazo de músicos que le acompañan.

Debo decir que nunca he sido un gran seguidor de la carrera musical del bilbaíno, pero tampoco callaré que siempre lo que escuché de él, me gustó. Incluso, aunque sea algo en desuso, me pareció de ley comprar el disco original de su último trabajo “Huyendo conmigo de mí” con un DVD, explicativo de la filosofía de esta obra explicado por sus propios protagonistas.

Habrá mucha gente que dirá que Fito siempre suena igual y que escuchado un disco, escuchados todos. Quizás no les falte algo de razón, pero yo haría una simple pregunta aún en el caso de que fuera así:

¿Y?

Porque si un estilo musical te gusta; si unas composiciones y unas letras te hacen mover pies, gargantas y pensamientos, no seré yo quien busque perfecciones a modo de gran crítico que no soy.

Por eso, viendo, escuchando y degustando el espectáculo que me ofrecieron durante casi dos horas de concierto, sólo puedo decir una cosa:

¡Chapeau Sr. Cabrales! Como artista, guitarrista y vocalista, me pareció usted muy grande aunque su estatura no lo sea. 

Y como espectáculo audiovisual, creo y me siento muy orgulloso por ello, que ya quisieran muchos “grandes” internacionales por los que en este país mucha gente pierde el culo, ofrecer lo que su banda y Vd. ofrecen. Grandes músicos para grandes temas y un enorme espectáculo. Resumiendo, “disfruté como un enano”.

En cuanto a Mark Knopfler, tipo al que sigo y persigo desde hace ya unos treinta y siete años, poco que contar, que no supiera ya. Knopfler, es Knopfler y punto.

Incluso con el tiempo y esa edad que sigue avanzando, diría que se está haciendo entrañable, aún a pesar de ser una de las pocas leyendas vivas que extraen arte de unas cuerdas de guitarra.
Foto Internet

Un concierto de Knopfler es para paladearlo en toda su extensión. No busquemos nunca en él un gran espectáculo de luces y sonido. Knopfler es su guitarra y él, acompañado de una banda de virtuosos multiinstrumentistas. A partir de ahí, los nostálgicos de los Straits flipamos con Sultans, Telegraph Road, Romeo & Juliet o Going Home, mientras los más cercanos en el tiempo, lo hacen con Speedway at Nazareth, Privateering o Corned Beef City, para acabar todos diciendo de común acuerdo:

“Sigue siendo el Knopfler”. Y hasta ahí puedo leer, hasta ahí quiero escribir, porque llegamos a casa con las primeras luces del día, cansados, pero felices de haber vivido una experiencia inolvidable en un salvaje marco natural.











Foto Guy Fletcher



sábado, 18 de julio de 2015

En un hueco de escalera



En un oscuro hueco de escalera, allí, muy en el fondo, reposa una caja de madera envuelta en un papel de regalo, esperando ser abierta por la única persona que como Excalibur sólo merece abrirla.
Quizás no sea la más bonita de las cajas, ni su contenido merezca siquiera una aprobación experta, pero nadie le quitará el valor del motivo de su existencia.

Un único fin persigue lo que esconde. Que las manos que la sostengan, los ojos que la abran, continúen llenando de color una vida en común; una vida en familia, dibujando sonrisas, madrugadas o atardeceres que recuerden pasados deseosos de  maravillosos futuros.
Que veintitrés sólo sea un número a multiplicar por lo que Dios quiera y que año a año, vida a vida, lo nuestro siga siendo una hermosa obra inacabada.




* Dedicado a mi mujer en nuestro 23º Aniversario.


miércoles, 1 de julio de 2015

Cuando, cuando, cuando...



Cuando quema hasta la punta un lápiz.
Cuando cierta pereza, modorra o simplemente los efectos del hastío en estío se dejan sentir en mi cada vez más seco cerebro.
Cuando veo personas, pero no las miro.
Cuando los minutos son verdaderamente de sesenta segundos o incluso más.
Cuando me da igual ocho que ochenta.
Cuando no disfruto de una ráfaga de viento y la lluvia debe caer hacia arriba porque no la siento.
En definitiva, cuando esa impredecible señora de nombre inspiración, ha cogido las maletas y despidiéndose a la francesa me ha dejado con narices del tamaño de dos palmos, va siendo hora de tirar de candado, bajar persianas y echar cierres al local.

¿Hasta cuándo?

Pues seguramente hasta que me canse de cansarme. Conociéndome, más pronto que tarde; más cerca que lejos; más mañana que pasado.

Mientras tanto, a tod@s sin excepción, os deseo unos días tan cabronamente buenos como hayáis merecido.


¡FELIZ VERANO!