"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

martes, 28 de abril de 2015

Baquetas

Nací músico sin serlo y actualmente, música y vida, vida y música transcurren conmigo en un mundo totalmente paralelo aunque no siempre convergente.

No me concibo a mí mismo sin sentir al menos curiosidad por un sonido acompasado.
Quizás algún día mi cerebro pueda olvidar una melodía,  el nombre de un artista o lo que sería más grave, perder atracción por la música. Pero mientras tanto, mi afición vence a mi edad y no al revés.
Siempre he sido muy aficionado a la percusión. De hecho, sin haber practicado nunca, he llegado a ser batería de los Dire Straits, AC / DC , Eagles e incluso de Springsteen sin que ellos lo supieran.

Usar manos y pies y perderme entre cajones, platillos, pedales, cascos y aros, me hace sentirme bien, vivo, útil.
Es increíble lo que pueden llegar a hacer dos simples palotes acabados en punta redondeada aunque éstos sean imaginarios.

En esos dos simples palotes, podría incluso asemejar una existencia humana con sus correspondientes estados de ánimo. Días o momentos en los que acariciaría esa batería con ternura, casi sin querer, utilizando en ese caso incluso escobillas que hicieran vibrar bordones  en tiempo y modo de balada o jazz entre amigos. Días relajados, de remanso, de pereza, de querer y no poder, o de poder y no querer.
Otros días con expectativas en los que un redoble continuado sería el protagonista de mi pieza musical particular con expectativas de acabar en un sonoro y potente golpeo de platillos.

Días de fuerza de ánimo, de alegría, de positivismos en los que los pies y manos se perderían en notas potentes, graves; de esas que parece que por su contundencia provocarán que tu estómago abandone su ubicación natural.

Incluso días en los que no tocarías esa batería utilizando los pedales, sino que directamente darías puntapiés a todo instrumento u objeto "animado o no", que osara cruzarse en tu camino.
Esos días en los que las hermosas baquetas se convertirían en otras usadas normalmente para el mantenimiento y limpieza de cualquier arma de fuego.

Sea como fuere, o fuera como quiera, el día que pierda el interés por usarlas, ese día, podrán decir de mí que estoy muerto.


viernes, 17 de abril de 2015

Vamos a contar mentiras

No decir la verdad no siempre es mentir, pero sí que siempre es engañar.

Las relaciones humanas, siempre son complejas. De la persona más simple entre las simples, siempre se pueden exprimir ideas, conocimientos y en ocasiones, desconocimientos. Si además hablamos de personas en cierto modo complejas, el galimatías o popurrí de opiniones, puede ser casi infinito.

De todo se aprende, de nada habríamos de arrepentirnos, pero el genoma humano es un sello único e intransferible en cada uno de nosotros que con el paso del tiempo se hace más y más impenetrable y difícil de cambiar.
Disfraces hay miles, máscaras quizás millones; lo difícil es llegar a desenmascarar o descubrir realmente a la persona que se oculta detrás de cada disfraz.

La palabra decepción siempre la he tenido muy presente en mi vocabulario habitual. A su vez, la palabra preocupación parecía aferrarse siempre a ella como un cordel atado a un globo. Los años no me han hecho perder decepciones, pero sí me están ayudando a poder aparcar preocupaciones y a soltar ese cordel que me une o me unía a personas que creí entender, conocer e incluso apreciar.
No voy a dedicar ya más tiempo del justo y necesario en hacer laberínticas conjeturas sobre ésta o aquella persona, conocida o por descubrir, que me haga pensar más allá de lo que por activa o por pasiva merezca y procuraré hacer caso a esa fiel consejera llamada conciencia que en un dictado sin faltas, me ayudará a aprobar esa difícil asignatura casi de ciencias ocultas en la que se han convertido las relaciones humanas.

No obstante, reconozco que soy fácil de engañar; ser de esos niños que aún hoy alargan la mano hacia el caramelo que le ofrecen y quizás muchas veces me he creído que por el mar corren las liebres y por el monte las sardinas, pero al final,  para bien o para mal nunca canto el “tralará”.


miércoles, 8 de abril de 2015

De perros y hombres

Érase una vez un hombre que cierto día, como todos los días, al abrir la puerta de su domicilio tras su jornada laboral, fue recibido con la alegría acostumbrada por un animal que aún sin ver y sin alcanzar el medio metro, se lanzaría gustosamente a besar al que llaman su dueño.

El sentimiento era y sigue siendo mutuo entre perro y hombre. La camaradería, compañerismo y sintonía de ambos, es perfecta desde hace ya casi catorce años.

Comparten juegos, salidas obligatorias tres veces al día haga frío, viento, o diluvie, e incluso duermen pegados.
Pero a lo que íbamos; ese día por circunstancias que no vienen al caso, habían transcurrido ya más de doce horas desde la primera salida obligatoria a la calle para desahogo del animal.

Su dueño simplemente preguntó a las tres mujeres que comparten hogar y en ese momento sofá, si por casualidad, habían tenido a bien hacer el papel de dueño y casi sin que sirviera de precedente, sustituirlo en sus funciones.
Las tres mujeres se miraron en silencio y transcurrieron unos segundos hasta que la señora y dueña oficial del can, soltó sin previo aviso:

“No lo hemos sacado, porque está extraño. No ha querido ni comer; te está buscando todo el rato”.
Ese hombre, sorprendido por la respuesta a todas luces la más original y estrambótica que había recibido en esos casi catorce años, no pudo replicar nada. Sonrió y pensó para sus adentros que lo normal en ese caso hubiera sido encontrarse al perro en la puerta de casa, con las patas traseras cruzadas para aguantar aquello que pedía a gritos salir.

Así que sin rechistar, le colocó arnés y cadena y casi a la carrera salieron a la calle.
No sé si es perceptible el cambio en los rasgos de un animal, pero mirándole a la cara, ese hombre intuyó y juraría que sin hablar, ese perro le decía:

“GRACIAS”





miércoles, 1 de abril de 2015

Obligación o devoción

Inmerso en plena Semana Santa. Una más, una menos. ¿Siempre igual?

No.
Todos los medios de comunicación social en mayor o menor medida hablan de procesiones; las religiosas y esas otras que se forman en todas las grandes vías de circulación por las que escapan millones de personas en busca de un descanso o un encuentro con la familia o los amigos en la distancia.

Yo no marcho a ningún lado. Tiempo habrá de visitar familia sin el agobio de multitudes que se desplazan al unísono.
Son varios años ya los que aprovecho estos días para adentrarme en territorios que seguramente el resto del año son ciertamente mucho menos explorados.

Esos territorios tan inaccesibles muchas veces, se me abren ahora en forma de puertas que en mi caso, no dejan resquicio a ninguna duda.
Atravieso con decisión ese pórtico de mí mismo que descuidado muchas veces me llama ahora con voz tranquila reclamándome sosiego y unos minutos, unas horas, un instante de meditación profunda; de diálogo sin palabras, de mirar sin ver, de convencimiento personal, de interiorización a esas profundidades donde no suelo aventurarme asiduamente.

Pensar si estos días debo conjugar antes obligación o devoción, en mi caso, no resulta difícil. Pocas dudas me acuden porque en ambas, me encuentro a gusto.
¿Qué pedir en días así?. Simplemente, respeto, cordura, paciencia, comprensión y si es posible un poco de complicidad y cordialidad entre todos.

Con ese ánimo, con esas intenciones, desde aquí mi deseo de que tod@s pasemos los días de Semana Santa que realmente buscamos y merecemos.

Abrazos mil.