"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

lunes, 26 de enero de 2015

Esa chica

Con los primeros rayos de sol de un frío pero hermoso sábado invernal, inicié viaje en solitario con el único propósito de encontrarme con una chica que seguramente jamás pensó en ser visitada precisamente ese día.

El viaje resultó plácido. Buena música, calor confortable y una parada en el bar y el mismo café sólo de siempre.

Llegué al lugar del encuentro con la incertidumbre habitual del estado en el que me encontraría a esta chica.
No me sorprendió encontrarla sentada; cabizbaja, no era apenas capaz de alzar la mirada.

La besé, le hablé, pero apenas reaccionó.
Quise buscar un lugar tranquilo, apartado del mundo, de voces, de trasiego de personas, visitas y televisiones altisonantes.

Al fin pudimos encontrar un rincón para nosotros. Sólo nos acompañaban unas sillas y mesas desnudas.
Cogí sus manos y dulcemente comencé a hablarle. Despacio, sin prisas, sin órdenes para que poco a poco pudiera salir de esa especie de letargo en el que estaba sumida.

No fue fácil, pero al fin alzó la mirada y esos hermosos ojos claros de siempre, se fijaron en mí.
No traslucía sorpresa, alegría o tristeza. Simplemente, esos ojos me miraron. Me miraron fijamente y lo que antes era silencio, dio paso a una puerta entreabierta en forma de sonrisa.

Sus manos, nunca se despegaron de las mías, ni las mías eran capaces de abandonar las suyas.
Manos suaves, delgadas, curtidas en el tiempo, pero unas manos que apretaban con cierta fuerza lo que no querían soltar.

Era la primera vez que cara a cara, mirada a mirada y balbuceo a balbuceo, hablábamos sin sentido, sin comprendernos, pero también sin tapujos ni pudores a la hora de mostrar al mundo que esa chica y yo, nos hemos querido siempre.
Sin darnos cuenta, pasaron los minutos; la sala se iba llenando y lo que antes eran silencios, dieron paso al bullicio; nada de eso pudo abstraernos de esa conversación sin sentido que hacía una vida que no habíamos tenido y que ahora resumíamos en casi dos horas de encuentro.

Era hora de marchar; ella a recibir su alimento diario y yo buscando el regreso al hogar.
Me fui por donde vine, pero quien atravesó una puerta  para ese encuentro, nunca será el mismo que lo hizo también para salir.

Porque marché de allí con una sonrisa. Por primera vez, marché feliz, con mi conciencia vestida de gala y una sensación de haber encontrado por fin a una dulce, dulcísima chica de noventa años que quizás no sepa nunca quién la visitó, pero seguramente sí sepa quién la quiso siempre.
A esa chica, a esa madre, a mi madre, con todo el cariño que quizás tardé noventa años en demostrarle, gracias por ser quien es.



martes, 20 de enero de 2015

La escalera

Sentado en un taburete, saboreando una regular cerveza, con tiempo para reflexionar mientras una olla a presión da sus últimas bocanadas de alimento cocido, siempre queda tiempo para imaginar futuros en base a presentes muy presentes.

He llegado a un punto en el que imagino la vida como una escalera. Una de esas de tipo tijera, tan usadas tanto profesional como particularmente.

Subir esa escalera, siempre cuesta. Alcanzar la cima es un logro y descender por ella después de un trabajo bien hecho, gratificante.

Digamos que actualmente, me encuentro sentado justamente en su intersección. Observando el panorama, sencillamente, “a verlas venir”.

Mientras subía, cargaba con las preocupaciones propias de la naturaleza humana y las impropias que muchas veces eché a mis espaldas sin necesidad. He tenido temporadas, momentos, arrebatos en los que he jugado quizás a ser juez, aunque nunca parte, en conflictos cercanos con el único fin de aunar en lo posible desencuentros que a la larga, han seguido siéndolos cuando no, agravados o intensificados.

No me arrepiento de lo intentado, hablado, escrito o insinuado y que al final no he conseguido. Al contrario; mi naturaleza me obligaba a no mirar de soslayo e intentar conseguir que unas aguas revueltas, volvieran a un cauce con la tranquilidad necesaria para ser navegado.

Quise también acompañar al amigo, llenar una parte de su soledad, sonreír donde no cabían sonrisas y ser el número par mayor que uno. Al final, quedé siendo el impar menor que dos.

Y así una serie de devenires que me han hecho replantearme en este año recién iniciado, el trabajo por el que subí esa escalera durante tanto tiempo.

Sentado en su mitad, observo, escucho, respiro el momento, pero sin la preocupación de antaño. Ahora es el momento de sacudir esa capa de caspa que se iba formando. Viviendo el presente, despreocupándome de problemas ajenos y  hablando de forma vulgar, llegando a la conclusión de que señoras y señores, me la sopla, me resbala, me la pela. Pero como no es ésta mi forma normal de referirme a las cosas cuando de escribir hablamos, diré simplemente que mi momento actual es de “situación contemplativa llevada al extremo”.

Alguien habrá que me pida bajar por los mismos peldaños por los que subí y retomar caminos, amistades, charlas y charletas, pero uno de mis mayores defectos, es que una vez que inicio la marcha, nunca busco un cambio de sentido para regresar al punto de partida.


martes, 13 de enero de 2015

Una sombra alargada

Una sombra alargada se proyecta sobre una gran explanada. Una sombra amiga desde siempre, cuyo significado trasciende el pensamiento.

Era un día soleado de enero que invitaba a acudir a la llamada de un acto de confraternización, de recuerdo, de homenaje a los que ya no están porque un día fueron arrebatados del calor de un hogar, del abrazo de un hijo o de las risas del amigo.

Mi conciencia, mis recuerdos, mis orígenes, me empujaron a acudir allí, aún a sabiendas del embargo emocional que sin duda se iba a ejecutar en mí.

Las gentes fueron llegando; los vehículos se contaban por centenas; las miradas eran firmes, sin rencor, pero firmes.

Gentes uniformadas en multitud de colores, símbolos y emblemas, se mezclaban entre sí persiguiendo un objetivo común; acompañar el recuerdo del amigo, el homenaje al compañero, la soledad del familiar.

Yo me uní a ese homenaje; sin uniforme, sin distinción, pero vestido con el traje del agradecimiento, del respeto y la admiración hacia aquellos que dieron su vida para que yo y miles y miles como yo, podamos dormir tranquilos soñando con un futuro mejor.

Sonó a lo lejos un himno, sonó un cántico que hablaba de una muerte que no es el final y elevando la mirada, contemplé orgulloso a aquel que con su sombra alargada, tiñó de honor, amor y lealtad a todo aquel que un día juró “servir hasta morir”.



* Dedicado a la memoria y familiares del Agente de la Policía Nacional D. Francisco Javier Ortega, fallecido el 2 de enero en el Metro de Embajadores de Madrid, y de los últimos fallecidos en acto de servicio. Acto de homenaje y misa celebrada en el Cerro de los Ángeles de Getafe el 11 de enero de 2015.


Sirva como homenaje también a todos los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado y un recuerdo muy especial que va más allá de lo que dicta mi memoria, para ese eterno Guardia Civil que fue mi padre y cuyo tricornio y capa llego a vislumbrar en esa sombra.

(Fotos Luismi y vídeo de youtube)















                      







domingo, 11 de enero de 2015

Cinco

Los Jackson eran Five, los lobitos eran cinco y cinco son las Copas de Europa que tendría el Atlético de Madrid si le faltaran cinco para igualar a mi Madrid.

Es un número que me gusta. Incluso mi edad comienza por cinco.

Cinco años, un lustro. Parece que fue anteayer y ya han pasado cinco años desde que abrí las puertas de este pequeño Café.

Comencé sin pretensiones, sin ideas, sin objetivos claros. Solamente acompañado de cerraduras mentales que no sabía muy bien si quería o no abrir al mundo. No esperaba tener demasiados clientes, pero sí que busqué, busco y seguiré buscando que al menos una persona se sienta a gusto tomando alguno de esos cafés que un día pueden ser más dulces, quizás otros demasiado amargos, pero siempre con la intención de provocar una risa, un sentimiento e incluso alguna lágrima a toda persona que me honró con su visita.

Cinco años, dan para muchas visitas. Algunos clientes, se han convertido en habituales. Algunos otros, dejaron de serlo; quizás se cansaron, quizás se vieron defraudados o simplemente, siguieron su camino. A todos los que ya no asoman su nariz por aquí, sólo puedo decirles de corazón, lo que en muchas servilletas pasará siempre inadvertido:

“Gracias por su visita”.

Pero es sobre todo a esos fieles, o infieles, que nunca se sabe, a quienes va el mayor de mis agradecimientos, por aguantar a un tipo al otro lado de la barra que unas veces discurre, otras incurre y en ocasiones recurre al buen corazón que me han demostrado tantas y tantas veces.

Este blog, como otros muchos, no tendría sentido sin vuestros comentarios. Y aunque hoy en día parece estar en desuso o ser un mal endémico que no comentemos lo leído o sentido, siendo yo el primero en no hacerlo con los ajenos, sí que me gustaría que al menos por esta vez y sin que sirva de precedente, dejarais vuestra huella en mi blog que es vuestro, para goce y recuerdo de éste vuestro escribiente, escribidor o simplemente prosopopéyico relator. ¡Por los viejos tiempos!

A los que lo hagáis, no os prometo fidelidad eterna, pero sí un café, copa, puro y abrazo sincero de vuestro seguro admirador.


¡Invita la casa!