"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

jueves, 21 de mayo de 2015

Regreso al futuro

El pasado 16 de mayo se cumplieron siete años desde que amplié mis horizontes musicales. El heavy, el rockero, el coleccionista de baladas que siempre he sido, ese “antipatriota” musicalmente hablando, ese día dejó de hacer oídos sordos a soniquetes con ecos rumberos gracias a unas gentes venidas desde tierras extremeñas, como un sol que saliera por el oeste y que desde entonces nos ha iluminado a los que poblamos mis dominios.

Diría que han sido cientos y cientos las ocasiones que esos soniquetes se han repetido en duchas, viajes, trabajo, lavar y marcar el coche y copas entre amigos.

No me cansaré de repetir que esas canciones forman parte de nuestra banda sonora particular. Las hemos tenido cerca en los buenos momentos y aún más cerquita y mejor, en los malos. 
En la actualidad, las partituras han cambiado. El encabezamiento ya no imprime como autor un grupo de nombre Desván del Duende. Todos sus componentes menos uno, o si se quiere uno menos todos, han tomado o han querido tomar caminos diferentes.

Ese grupo hoy, se denomina Diván du Don. Sólo cambia una pieza, quizás la más llamativa en cualquier formación musical. Su voz principal, es ahora la de un granaino “descarao”, cuya voz tiene por timbre alegría.
No lo conozco personalmente; tiempo habrá; pero me basta ese dicho popular de “dime con quién andas…” para darle la bienvenida a esa pequeña colección que tengo de gente a la que aprecio.
Ahora ojeo ese primer disco que por fin puedo tocar y después de escucharlo una y cien veces y fiel a mis costumbres de frustrado crítico musical, esta vez debo opinar y opino sólo una cosa:

Aquellos que un día hace siete años consiguieron que un rockero y heavy servidor palmeara una valla de separación de escenario al ritmo de sus músicas, han conseguido con este trabajo que añada a esos palmeos, un movimiento de pies que sin llegar a ser baile, siga compases de guitarras, cajones y platillos. Y hasta ahí puedo leer.
Los que me conocen, que son pocos pero buenos, saben de lo que hablo. 

Diría que es una especie de regreso al futuro en forma de un disco que lo único que puede y debe dejar frío, son las cervezas, refrescos o copas que ya apetecen con estos calores que nos comienzan a abochornar.
No me voy a extender más, de momento, porque esta historia seguro que tendrá muchos capítulos. Únicamente diré que con esta gente, regresa el genio, la alegría, el buen rollito y ese arte que tienen algunas personas, algunos artistas, de inyectar por vena un positivismo cuya adicción debería ser la única aconsejable y permitida.

Mis mejores deseos a Diván du Don, porque si ellos tienen las cosas claras, yo también.









lunes, 18 de mayo de 2015

Renovarse o...

Asomándome a la barandilla de un intercambiador de transporte en la gran ciudad, veo simplemente hormigas. Unas van, otras vienen; algunas suben, otras bajan. Multitud de colores, formas y esculturales cuerpos que van desde la perfección de Miguel Ángel a las enormidades de Botero.

Como denominador común en todas ellas, la sempiterna prisa o celeridad en sus movimientos. Todas llegan tarde; esa cita, ese trabajo, ese autobús, ese amigo… no esperan. Incluso ese violinista toca “accelerato ma non tropo”.
¡Qué mundo más estresado y estresante! Y a la vez, qué mundo tan extraño e incomprensible que viviendo siempre con el pie del acelerador a fondo, es capaz de aguantar, soportar y padecer interminables colas de centenares de metros e incluso largos días por ser de los primeros en adquirir ese último modelo de móvil, esa tablet de futura generación, esa entrada para ver a Dios disfrazado de artista, deportista o embaucador o de clavar esa bandera en forma de sombrilla que colonice el mísero espacio posible de cualquier arena de cualquier Benidorm que se precie.

Y contrapuesto a todo esto, en pocas, pero agradecidas ocasiones se encuentra un servidor, que apoyado en esa barandilla, recuerda como si fuera anteayer que paseando con mi chica por las calles de mi ciudad, se fijó en un niño de pantalón corto, zapatos desgastados y pelo cortado “a tazón” que simplemente pedaleaba subido a una pequeña y descolorida bici.
Ese niño, crecerá y seguramente será otra hormiga que navegará por el torrente de los tiempos que le ha tocado vivir.

Mi deseo para ése y tantos y tantos niños como él, es que llegado el momento pueda saber elegir entre


         Renovarse o VIVIR







jueves, 7 de mayo de 2015

Un mosquito en mi ascensor

Vivo en un segundo piso, con ascensor. Mis viajes en él, se limitan mayormente a las idas y venidas con mi amigo, cieguito, viejecillo, pero alegre perro Ron o aquellos otros viajes en los que la carga transportada aconsejan no provocar y despertar acechantes lumbalgias.

No hace muchas noches, como tantas otras, Ron y yo accedimos a ese ascensor con la sana intención de salir a la calle; él para levantar pata, agachar trasero y soltar lastre y yo para recogerlo y depositarlo en los contenedores correspondientes como todo buen ciudadano debe hacer.
Nada más entrar en él, me percaté aún con mi deteriorada vista, que en ese viaje de sólo un par de plantas, no viajaríamos dos seres vivos sino tres.

Porque allí, espatarrado, pero vivo y sujetándose al vertical espejo que cubre el fondo de ese ascensor como sólo un insecto sabe hacer, un mosquito se miraba como si fuera la primera vez que lo hacía. No se movía, pero yo notaba su deleite al contemplarse y mi mente comenzó a barruntar y preguntarse:
¡Vaya sitio más aburrido de apalancarse con lo poquito que estos insectos llegan a vivir que según me he informado tienen una vida media dependiendo de su sexo de una semana en los machos y de hasta un mes en las hembras!

¡Anda que no hay mundo que ver, ni gente a la que picar, para que éste o ésta acabe sus días en un pequeño y poco ventilado habitáculo de ciudad!
Todo eso pensé en el viaje de ida, pero en el de vuelta, otras preguntas me surgieron al contemplar que no se había movido de su posición inicial.

Yo pensaba eso de ese mosquito, pero ¿qué pensaría él de mí?
Seguramente, pensaría también que vaya humano que no tiene otra cosa que hacer que encerrarse con él en un lugar hermético sabiendo que en cualquier momento podía saltarme a la yugular y darse un sangrante atracón.

Y luego está Ron. ¿Qué pensaría él?
Yo estoy casi seguro que pensaría lo habitual. ¡He cenao, he meao, he cagao, así que a dormir!

Han pasado algunos días y nada más supe de nuestro viajero acompañante al que sólo deseo que en esos viajes ascensoriles no coincidiera con mi vecino del tercero y osara picarle, porque estoy seguro que ahí acabaron sus días.

¡Envenenado!