"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

domingo, 22 de febrero de 2015

¿Cuatro?

11:10 a.m. en la línea 6 del Metro de Madrid el sábado día 21 de febrero.

Cómodamente sentado esta vez sin nada que leer, sin nada que escuchar.

El vagón se encontraba semivacío y gente dispar.

Una pareja joven con un niño pequeño, un señor de avanzada edad, un chaval acoplado a unos cascos o viceversa, un tipo leyendo el periódico y una joven jugando con su móvil a un juego de esos en los que no paran de caer frutas de todos los colores. Es decir, que formábamos una fauna de lo más común en cualquier lugar.

En cierto momento, me llamó la atención algo que estaba caído en el suelo, en mitad del vagón. Al principio, pensé que mi deteriorada vista me estaba jugando una mala pasada; pero después pensé: “Luismi, acabas de estrenar gafas”.

Admito mi perplejidad al principio, mi curiosidad después y mi sonrisa final cuando abandoné ese vagón.

Creo que al igual que yo, todos se percataron de lo que allí estaba abandonado. Así que dentro de mi curiosidad y observancia habitual, sin malicia, mi mente comenzó a preguntarse y barruntar:

¿De quién sería aquello que permanecía inmóvil en el suelo?

¿Era normal y natural que nadie tuviera intención no ya de recogerlo, sino ni tan siquiera acercarse a verlo?

¿Esa joven había sonreído al fijarse o eran imaginaciones mías?

¿Cómo explicaría esa pareja al niño pequeño de qué se trataba si a éste se le ocurría ir a por él seguido por su curiosidad infantil?

¿El hombre de avanzada edad, podría recordar el nombre de aquello y su finalidad?

¿El chaval de los cascos estaría escuchando música de Enrique Iglesias para desviar la atención y pasar desapercibido?

Sólo sé, que después de todas estas conjeturas, cuando abandoné el vagón, una pregunta no dejaba de martillear mi cerebro, no sin cierta carcajada mental:










Foto Luismi

jueves, 19 de febrero de 2015

Maldita indiferencia

Eran veintiuno, igual que pudieron ser veintiuna veces veintiuno. Hubiera sido igual; no provocaría nada más allá de unas exclamaciones, unos golpes de pecho y unos comentarios subidos de horror.

Perplejidad, asombro, indignación, rabia… todo in crescendo, para acabar como siempre, descendiendo hacia el olvido.
Sólo eran hombres, sólo eran nombres; sin historia, sin nada especial que contar, sin fama, sin riquezas ni habilidades especiales.

Sencillamente, eran personas. Como tú y como yo.
Quizás con algo que en los tiempos actuales, parece un estigma marcado a fuego y que les ha servido como diana para todos aquellos que hacen del horror más absoluto una forma de vida.

Eran cristianos y esa fue su cruz.
Los hemos visto marchar uno a uno, con los brazos a la espalda, en una procesión en la que su única compañía era una muerte que vestía de negro.

Al lado, un hermoso mar. Un mar que se teñiría de rojo. De rojo sangre, de rojo vivo, de rojo mártir.
¡Qué pensar! ¡qué opinar! ¡qué decir ante algo así!

He sentido rabia, he sentido la mayor de las iras, la más grande indignación y odio hacía aquellos brazos ejecutores y también ante la pasividad de la que todos somos cómplices con nuestro silencio y falta de solidaridad.
¿Todos callamos ahora? ¿Nadie levantará una voz altisonante? ¿Ningún Gobierno dará un puñetazo en la mesa para acabar de una vez con ésta y otras muchas atrocidades?

Seguramente, no.
Sólo eran veintiún hombres sin fama. No eran ni futbolistas, ni artistas, ni tan siquiera “simples” periodistas.

El mundo después de lo sucedido, ha seguido girando, mientras esas olas que iban y venían limpiaban ese rojo mar y lo dejaban como si allí no hubiera ocurrido nada.
Sean uno, cien o cien mil, la cobardía del hombre, su ceguera, su sordera y lo que es más grave, su indiferencia, seguirán amordazando el entendimiento, la voluntad y la justicia que nuestra historia algún día nos reclamará.

Dejo aquí mi apoyo hacia aquellos que fueron silenciados y a los que hoy uno a uno, he intentado ayudar con lo único que se me ha ocurrido hacer:

REZAR POR ELLOS





miércoles, 4 de febrero de 2015

El chico que miraba atrás

Conozco a un chico, un hombre, un tipo peculiar. Una persona de esas que por su apariencia, ya sabemos que es especial.

La diferencia de considerar a esa persona positiva o negativamente como especial, reside en el prisma con el que cada uno lo miremos.

Se trata de una persona que sufre o padece una cierta disminución a mi entender, más psíquica que física si lo comparamos con la gran mayoría de los mortales.

Recuerdo haberle conocido en una celebración religiosa. Me encontraba yo sentado unos bancos más atrás cuando, de repente, observé como giraba la cabeza y sus ojos parecían posarse en los míos con una mirada a caballo entre el enfado de un “perdonavidas” y el entrecejo escrutador de un policía anónimo.

Ciertamente, me sobrecogió, por lo inesperado de esa mirada y su fijeza.

Con el paso del tiempo y coincidiendo en multitud de ocasiones en ese lugar que habitualmente visitamos, he podido comprobar que es un acto reflejo casi en él. Sin un motivo, sin una llamada, sin lógica alguna, siempre, siempre gira la cabeza buscando quién sabe qué.

También, con el paso del tiempo, he cruzado miradas, conversaciones e incluso algún apretón de manos y felicitaciones con este hombre.
Un hombre, que por su condición, suele verse en cierto modo abandonado a su suerte. Nunca será el centro de ninguna conversación, ni el protagonista de un cambio de pareceres. Se le sonreirá, se le hablará, pero raramente servirá de compañía en cualquier tertulia bajo una sombrilla que dé sombra a una bebida refrescante.

Opinará, pero su opinión seguramente, se perderá en el limbo del olvido.
Sonreirá, pero casi nadie captará esa alegría.

Llorará, pero poca gente se compadecerá de sus lágrimas.
Incluso pensará y se vestirá de razones, mientras los demás seguramente, le miraremos y oiremos llover aunque en lo alto alumbre un sol espléndido.

Quién sabe si incluso se enamorará. ¿A alguien le importa?
Hago estas reflexiones, porque no hace mucho, le observé con atención sentado en el mismo banco de siempre de nuestra querida y en ese momento, solitaria catedral.
Miraba al frente, con esa mirada perdida de todo aquel que habla con quien no ve. Un buen rato permaneció así.
¿Qué pasaría por su mente? ¿De qué hablaría con Aquel que sin verlo siempre está?

Cualquier cosa que yo pensara, sólo serían conjeturas.
Sin esperarlo, recuerdo que giró la cabeza, me miró y sonrió abiertamente.
Una sonrisa sencilla, muy natural e incluso llena de ternura.
Confieso que me conmovió.

Desde ese día, si alguna vez pude dudar, comprendí que el día que a ésta o a otra persona como ésta no trate con el respeto, educación y cierto cariño y comprensión que sin duda merecen, ese día, el chico que tendrá que mirar hacia atrás, seré yo.