"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Otro año más



Otro año más que cae como la bola de Times Square. Otro año más de descorche de botellas, besos, parabienes, buenos deseos y expectativas.

Hoy es uno de esos días típicos de hacer balance de lo sucedido; de lo bueno, lo menos bueno y lo que hubiéramos querido olvidar y nos persigue.

Particularmente, diría que ha sido un año bueno. Al menos, se cumplió aquello de “madrecita, madrecita, que me quede como estoy”.

Año de achaques, sí; pero achaques que me han hecho ver aunque fuera a costa de tropezar con las mismas piedras más de una vez, que como en casa, en ningún sitio; como los míos, nadie más; como la familia, pocos y con los amigos, interrogaciones más que interjecciones de admiración.

Quizás otro año más de no aprender a ser amigo de mí mismo. Pero a estas alturas ¿puedo pedirle peras a mi olmo? Difícil.

Otro año más que se va como llegó. Otro año más que añade canas al mismo ritmo que experiencias, pero otro año en el que comparando días, las risas ganaron por tres cuerpos de ventaja a los disgustos; las músicas sonaron más que los silencios; las letras me regalaron alegrías y los arrepentimientos fueron menos que los logros.

Hubiera querido más salud en quien siempre me acompaña; hubiera deseado cambiar ciertas rutinas; sentirme de una vez por todas, amigo de verdaderos amigos y algo más cercano de quien quizás no lo merezca o no quiera cercanías.

No lo he conseguido, pero aún así, pongo la etiqueta de bueno a este año y sin mirar de soslayo, brindo con todo aquel que quiera levantar copas conmigo.

Brindo por la siempre olvidada salud, por los éxitos, por los fracasos con final feliz, por hacer el bien y no morir en el intento, por convertir en gris lo que sea negro azabache, por mis gentes, por las vuestras, por todos.

En definitiva, brindo porque este año que viene empujando, nazca sin problemas y nos traiga en lo positivo, la convicción de que no es un año más.


¡ FELIZ 2016 !






miércoles, 16 de diciembre de 2015

De par en par

En un mundo que no es mundo. Ese en el que el hombre en su cara oculta atesora lo mejor de él escondiendo los valores que hoy parecen avergonzar a las modas autoimpuestas, me paro a pensar; me detengo serenamente a reflexionar si debo hacerme partícipe de esa corriente que hoy corre pareja a una sociedad que olvidó  mirar en su interior y yo mismo me devuelvo un rotundo “no”.

Es tiempo de NAVIDAD, sí. Y lo escribo con mayúsculas porque no debo esconder ni minimizar lo que desde hace cincuenta y un años que abarca mi existencia, significan estas fechas.

En una sociedad que pretende esconder belenes, mitigar bolas de colores, acallar panderetas y tapar oídos con sones a villancicos marcándonos con el olvido del proscrito, me resisto a negar estas fechas.

Corren ríos de tinta hablando de hipocresía navideña. Puede que en ciertos casos, no falte razón, pero yo soy de los que quieren seguir viendo cómo beben unos peces en el río mientras a Belén se dirigen unos pastores al son de un tamborilero alegres y cantando ¡arre borriquito que llegamos tarde! en una Navidad que no es obligatorio que sea blanca.

Porque la ilusión del niño de metro ochenta, la esperanza en un futuro mejor, ese Scalextric  que aún sigo esperando que me traigan tres tipos a camello, no me la va a quitar nadie, me tilden de lo que me tilden.

Y que no me vengan con solsticios o con reproches de falsa humanidad quien con una mano atacaría y con la otra mataría por un caramelo de cabalgata si su hijo se lo pidiera.

Que no se culpe a ese otro Niño, que nace cada año, de todos nuestros males, ausencias, desgracias, o malas suertes. Porque en su justa medida creo que también debería ser “culpado” de todo lo bueno que cada año también nos trae.

Puede que ese espíritu navideño tarde más o menos en llegar; incluso es posible que ni aparezca este año  y ello me empuje a hablar así, pero si hace dos mil años a un Niño a punto de nacer se le cerraron muchas puertas, hoy, en mi casa, en los míos y en mí mismo, ese Niño puede entrar sin llamar, porque las encontrará siempre de par en par.


¡ UN AÑO MÁS, FELIZ NAVIDAD !



sábado, 5 de diciembre de 2015

Los cinco

Decir orgullo, pudiera sonar a vanidad. Decir honor podría parecer arcaico. Pero cuando ambos sentimientos se funden en uno, la persona que lo hace, se siente dichosa; pocas ocasiones tiene uno en la vida de verse reconfortado con la conciencia de que la historia que día a día se escribe con nuestra propia existencia, son un cúmulo de situaciones en su mayoría intrascendentes, pero que de vez en cuando, se ven envueltas en hermosos papeles de regalo.

Cuando hace ya casi seis años, decidí comenzar a plasmar en letras lo que algunas voces decían en mi interior, no me marqué un objetivo concreto. Simplemente, se trataba de escribir por el gusto de escribir. De recordar por el gusto también de hacerlo. De usar esta herramienta de la red como un diario virtual que de vez en cuando nos gustara volver a hojear a los que como yo tenemos memoria de pez con piernas.

El hecho de que algunas personas, conocidas o no, amigos o no tanto, llegaran a comentarme que les he provocado una risa, una lágrima o una reflexión, me ha animado siempre a continuar en esta aventura de letras a las que procuro dar cierto sentido.

Cuando hace unos meses, casi por casualidad llegó a mí la información sobre el II Concurso de Relato Corto que organizaba la Revista de la Guardia Civil con el lema “La Guardia Civil: en el cuartel como en casa”, algo en mi interior abrió la boca para decirme: “tienes un pasado que contar”.

Y así fue. Pinté una parte muy importante de mi vida en un texto de título CASA CUARTEL DE LA GUARDIA CIVIL, que quizás sólo las gentes que hayan vivido algo parecido puedan sentir como yo.

Pasaron los días y una fría mañana de noviembre en mi puesto de trabajo, recibí una llamada de un Capitán de la Guardia Civil que en tono muy amable y cordial me comunicó que era el ganador del concurso.

Recuerdo que mientras le escuchaba, miré a lo alto y no vi un techo iluminado por fríos fluorescentes. Ante mí comenzó a abrirse un hermoso cielo verde. Un verde de uniforme. Un verde engalanado de emblemas y divisas de un pasado que llevo en la piel marcado de nacimiento desde que hace cincuenta y un años Dios me otorgó el privilegio de nacer en uno de esos viejos cuarteles de la Benemérita.

Buena parte de lo vivido en esos años de infancia e incipiente pubertad, queda plasmado en ese relato que ha servido para que fuera invitado como uno de los protagonistas a un acto de entrega de premios que a la postre ha sido una maravillosa experiencia que va más allá del simple hecho de recibir un regalo o galardón.

Me vi rodeado de autoridades civiles y militares de gran rango. De insignes periodistas de prensa o radio y de caras conocidas que difícilmente coincidirán con la mía en otro acto.

Recuerdo que mientras permanecía sentado aguardando el comienzo del acto acompañado sólo por mis propios pensamientos, me cobijé en mí mismo pensando que yo no era nadie al lado de gentes de uniforme que se han jugado la vida por ayudar al prójimo yendo más allá de lo que su responsabilidad o trabajo les exigía.

Estar rodeado de verdaderos héroes que se han dejado literalmente el pellejo por ayudar en catástrofes como el terrible terremoto de Nepal, o permanecer colgados de una pared 26 horas sin dormir para rescatar a muchos kilómetros de aquí dos cuerpos sin vida de unos compatriotas, me hizo sentirme pequeñito.

Que estos héroes además fueran los primeros en felicitarme sinceramente por mi premio, me hizo retrotraerme a aquellos días de cuartel en los que jugaba a la pelota mientras mi padre cumplía aquello que en letras grandes decía “TODO POR LA PATRIA”.

Y llegó ese punto en el que de repente, regresé a sentirme nuevamente como miembro de esa familia que forman los hombres y mujeres que vistiendo o no ese uniforme, forman una piña difícilmente de igualar por mucho que cambien los tiempos.

Por eso, al escuchar mi nombre por unos altavoces que me invitaban a subir a un estrado, me levanté con orgullo; lo hice con honor y con el mayor de los respetos y agradecimientos de quien se siente honrado por esa distinción.

Lo que no sabe ninguno de los presentes, es que conmigo subió también un señor de verde que sin estar, siempre me acompaña; también subió una ancianita que a kilómetros de allí ya no recuerda apenas quien fue; también subió mi hermana que debe cuidar de un marido enfermo; y como no, también lo hizo mi niño del siete de oros.

Los cinco de una familia que habitó cuarteles por esos mundos de Dios, por unos instantes, se volvieron a reunir.








Foto: Luz Ortiz






VER VÍDEO



Foto: Web Guardia Civil

Foto: Web Guardia Civil


Foto: Web Guardia Civil

Foto: Luz Ortiz

Foto: María Zarco


P.D. Quiero agradecer desde aquí al Capitán Padilla su amabilidad conmigo y los míos desde aquel bendito día que me comunicó el premio; las palabras que me dedicó particularmente en el acto el Sr. Ministro del Interior D. Jorge Fernández Díaz; la simpatía de un "monstruo" de la radio como es D. Carlos Herrera Crusset y muy especialmente también a ese insigne General de la Guardia Civil que con su cariño, palabras y abrazo, emocionaron a mi hija y ahijada por su parecido con el verdadero protagonista de esta historia que desde el Cielo estoy seguro que ante este militar, primero se cuadraría y saludaría con marcialidad para después abrazarle como compañero y amigo.

Y claro está, ni puedo ni quiero olvidar a esas cuatro mujeres que desde la última fila de asientos de un salón abarrotado, merecen mis aplausos y todo mi cariño y amor por su asistencia y que representaban a la familia y amigos que en la distancia se alegran de mis alegrías y saben acompañar también mis momentos menos alegres.

A tod@s, GRACIAS y a modo de despedida quiero gritar alto y claro cuatro palabras que desde muy pequeño me enseñaron a pronunciar:


¡VIVA LA GUARDIA CIVIL!



miércoles, 25 de noviembre de 2015

Con "r" de reflexión




Mes de noviembre con vaivenes constantes; al estilo de la más sofisticada de las montañas rusas, vivo sus días a golpe de sobresaltos, noticias, cápsulas, pastillas prescritas y contrastes continuos de humor; días de más humor y días de menos, pero siempre intentando llevar a la práctica tan corta y significativa palabra.

Días convulsos, de miedos quizás infundados y de armas tristemente desenfundadas. De películas de terror hechas realidad en cualquier programa informativo de mil televisiones, radios y prensa.

Días en los que todos a excepción seguramente de la inocencia infantil, nos hemos convertido en máquinas de sapiencia infinita en temas tan complejos y dispares como la política internacional, el terrorismo de estado o el estado continuo de terrorismo. Todos ahora sabemos de operaciones militares, de paz ante el odio más salvaje, de manos unidas pero mirando de soslayo, de solidaridad pero con deseos de que la inicie el de al lado. Todos conocemos en profundidad las religiones y sus consecuencias. En resumen, personas que nos vestimos de verdad en la creencia de que conocemos todas las mentiras.

Estos días me han servido para reflexionar en la quietud de un descanso obligado. Me han servido para darme verdadera cuenta de que no soy para nada dueño de mi destino. Que la muerte, la vida, la suerte o la maldición, pueden esperarme sin hora concertada a la vuelta de cualquier esquina.

Puede que mi actitud ante todo esto que sucede, pudiera parecer en cierto modo cobarde, pero he llegado a la conclusión de que lo más inteligente para mi persona y lo que pueda transmitir a los que decidieron rodearme de cariño, comprensión o amistad, sea la de mantenerme en la medida de lo posible, al margen. Involucrarme lo justo y necesario en la actualidad de lo que suceda o esté por suceder.

Bastante complicado es ya el mundo, bastante enrevesada es la vida como para seguir rompiéndome cabezas en soluciones que nunca estarán en mis manos.

Continuaré buscando paz, pero antes, dejaré que ella me busque a mí. Porque quien busca el bien, aunque camine más lento por una imaginaria línea recta, alcanzará su meta antes que aquel que por mucho atajar, pierda rumbos y nortes.

Intentaré vestir con colores de respeto, aunque las modas actuales de vestir la vida sean totalmente contrarias a mis gustos.

Beberé y brindaré siempre con quien me quiera acompañar, pero también, aún sin dar espaldas, me inscribiré en esa academia en la que enseñan a desconfiar de quien no transmite o no quiere demostrar confianza.

Me mantendré o intentaré mantenerme alejado de disputas, desavenencias o cruces de opiniones que con malicia o sin ella, no conducen nunca a nada que no sea un enfado, rabia o malestar general.

Un mes suele tener treinta días. De mí dependerá que esos días transcurran a velocidad moderada, viviendo al límite o con el peso de una losa cada vez más difícil de llevar.

Seguiré siendo amigo del verdadero idem e indiferente, que no contrario, de quien con acciones u omisiones, no lo quiera merecer.

Conservaré estima, orgullo, educación y espíritu colaborador de todo aquello, aquel o quien a mi entender, me aporte un ingrediente necesario en la cocción del buen guiso del día a día que me ha tocado y quiero vivir.

Faltan pocos días para acabar noviembre; vendrán otros días y meses que espero y deseo mejoren lo dejado atrás; trabajaré por ello, pediré por ello y buscaré la compañía necesaria aunque sólo sumemos dos para convertir lo venidero en una sonrisa de lado a lado del mundo que me he querido crear aunque seguramente, no merezca.


miércoles, 18 de noviembre de 2015

Batalla desigual



No te pude ayudar; atado de pies, sujeto por manos, quise defenderte, pero no pude; mis piernas no respondían, el frío me atería y mis miedos pudieron más que tus súplicas.

A ti, al que debo tu amistad, estar siempre a mi lado y que tantas y tantas veces me has sacado de las situaciones más apretadas, hoy no te pude ayudar ni socorrer entre tanto extraño.

Me dejé llevar por los acontecimientos; tú y yo sabíamos de antemano que la lucha era desigual. El enemigo era muy poderoso; sus armas, insuperables.

Hoy te escribo a ti querido amigo; agradeciéndote que aún en los peores momentos, cuando nos han llovido flechas por todos lados, aún sin poderte ayudar, sigas muy cerquita de mí.

Que esta mala racha nos sirva a los dos para hacernos más fuertes. Para gritar al mundo que a quien esto escribe y a su inseparable amigó, podrán tocarles los huevos, pero nunca la dignidad y el orgullo de haber sido y ser como son aunque tropezaran con la misma piedra mil veces más.

A ti, mi querido amigo, mi querido miembro, con todo mi respeto, cariño y oculta admiración, hoy rindo pleitesía.



P.D. Desvaríos mentales de quien recientemente fue intervenido mediante ureteroscopia para extraerle lo que era más un meteorito que una piedra de riñón.

Aprovecho también para agradecer a todo el personal del Hospital de Getafe que con sus manos y sus cuidados hicieron de esta batalla algo que contar y que a ninguno de los dos nos dejó cicatriz. Desde la patata, gracias.

martes, 27 de octubre de 2015

Incomprensible




Pudiera parecer poco creíble que una persona que arrastra una de esas enfermedades silenciosas, discapacitantes y poco comprendidas como la fibromialgia con todos los dolores y molestias que conlleva, de la noche a la mañana y de esa mañana a un nuevo día, soportara bailes, músicas, cervezas, abrazos, besos, risas, disparates, caminatas, autobuses y cansancios de madrugada.
 
Pero ya no debería parecer tan poco creíble si esa misma persona afronta la vida optando por el segundo de dos planteamientos posibles.
Por una lado, podría acomodarse en la confortabilidad de un sofá hogareño, viendo la misma aburrida televisión de siempre, pasando mochos, balletas y fregonas, o cocinando a fuego lento un menú diario que es lo que se espera de una verdadera ama de casa que actualmente “sólo tiene ese trabajo reconocido”.
 
O por otro lado, afrontar la vida con valentía aún a riesgo de disfrutar un día y sufrir diez, para añadir a todo lo anterior unos momentos de alegría, diversión, loca adolescencia cincuentona y pintar aunque sea algo forzada, una gran sonrisa en su rostro rodeada de la gente que verdaderamente le importa.
Una risa bien vale mil tristezas, dolores y esfuerzos.
Y aunque pueda resultar poco creíble y criticable a ojos vista de quien realmente no conoce a esa persona que hoy no pueda ni tan siquiera acercarse al bar de la esquina, o a esa tienda de ropa o a ese restaurante de buenos platos o acudir a un encuentro propuesto o programado, yo doy fe de valentía; doy fe de su esfuerzo; doy fe de su sufrimiento disimulado y doy sobre todo fe de que una familia, bien vale lo incomprensible.
Me siento orgulloso y quiero a esa persona entre otras cosas, por esto mismo aunque no sea hombre que se distinga precisamente por la efusividad de sus sentimientos.

 * Dedicado a mi mujer y a todas esas personas que tienen que luchar contra sí mismas y la enfermedad que les ha tocado vivir plantándole una sonrisa a la vida.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Risa tonta



Una pregunta, un comentario, desbordaron tu risa. Así, sin más, ante la perplejidad de una multitud que se contaba por dos.
Una risa espontánea, natural, estridente y sin adornos; de esas denominadas de muelle flojo, de sujetar vientres, esfínteres y entrepiernas.

Una risa casi de madrugada; cuando muchos duermen y otros no deben hacerlo velando sueños.
Así me despediste un día; a ritmo de carcajada imposible, sin venir a cuento de comer perdices.

Que nunca me falte esa risa; que siempre me sorprendan tus actos; que por más dolor que lacere tu cuerpo, siempre aflore un minuto de bendita locura desencajante de mandíbulas.
Que perplejidad y complicidad vayan siempre de la mano hacia nadie sabe dónde ni para qué.

Nunca reprimas carcajadas, ni disimules tu alegría; que el mundo de seriedad suele vestir y de desidia se engalana.
Más no te ahorres sentimientos y regálame siempre una risa, tonta.




P.D.: para mejor adecuación en la construcción de la última frase y siguiendo más que previsibles indicaciones de la protagonista de esta historia, las últimas dos palabras léanse sin “coma” que las separe.
Gracias



martes, 6 de octubre de 2015

Levanto la mano

Nunca fui bueno haciendo resúmenes. Pero la imagen de verte subir unas escaleras, tan guapa como siempre, para que un señor togado y birrete laureado te impusiera una banda de rojo color a sangre española, me hizo recordar en segundos parte de tu historia que también es la mía, la nuestra.

Como un suspiro prolongado han pasado estos años. Años de guardería aprendiendo a descubrir colores y formas; años de borras, lapiceros, escuadra y cartabón; años de mesas de mil colores, pupitres con cajonera, leotardos, uniformes, carpetas con pegatinas de tu número favorito el 46; profesores a quien matar, otros a quien adorar; horas de estudio, de incar codos, de nervios, de satisfacciones y alguna negra nube de frustración.
Son años irrepetibles que debes guardar en ese rincón especial de la memoria que todos debemos llevar dentro. Es hora de dar las gracias a las personas que con su trabajo y conocimientos, han sido piezas clave para hacer de ti lo que hoy eres: una gran mujer con unos valores y educación forjados a golpe de voluntad, esfuerzo y tenacidad.
Desde ese maravilloso profesor que con su destreza supo inculcarte un hábito de estudio que nunca abandonaste, pasando por ese otro que a ti y a mí nos suspendió con treinta años de diferencia y por el que brindamos con culines de sidra por ese primer y único suspenso que sólo consiguió despertar aún más tu amor propio, hasta llegar a los profesores de universidad, más lejanos, pero imprescindibles para alcanzar tus objetivos.
Todos en mayor o menor medida, han sido piezas claves en lo que hoy eres.
Tu madre, tu hermana y el que te escribe sólo somos testigos mudos, pero fieles, de tu trabajo.
Tú te lo has buscado, tú te lo has trabajado, tú lo has conseguido.
Esas largas horas de estudio, de devanarte los sesos, de noches sin dormir, de falta de fe en ti misma esperando raspar cincos y recibiendo sietes.
Todo eso acabó ayer en un hermoso acto de graduación que debe ser el punto de partida a ese otro período de tu vida cuyo futuro en los tiempos que corren, quizás sea más incierto que nunca.

Nadie puede predecir si podrás ejercer un trabajo acorde con lo que has querido y por lo que te has esforzado y si hay algo que lamento, es el no poder haberte ofrecido todo lo que tú realmente mereces para encontrarlo con mayor facilidad.
Pero sí que hay algo que te puedo asegurar sin ningún resquicio de duda y por lo que soy inmensamente feliz. Y es que si piden voluntarios para apuntarse al selecto club de quien no cabe en sí de orgullo por lo que has hecho y eres, yo, levanto la mano.


P.D. Dedicado a María, una de las mejores hijas que unos padres pueden tener, Graduada en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid.




miércoles, 30 de septiembre de 2015

Un hombre

Un hombre solitario; encerrado en su mundo, sus pensamientos, sus cavilaciones. Un hombre que sin tener a quien hablar, no para de hacerlo con los ojos y sin articular palabra; un hombre que sin necesitar, no para de pedir; quizás un hombre que sin tener, lo tiene todo.

Ese hombre sólo escucha su silencio por respuesta; sólo el roce de una pluma cincelando letras en un papel cuadriculado.
Fluyen las palabras, los deseos, las promesas y sobre todo, fluyen propósitos de mejorar un mundo desde ese grano de arena que ese hombre simplemente es.

Hablando a su interior, a su yo más profundo, se formula mil preguntas modelando mil respuestas.
Ese hombre de párpados obligados a no desfallecer por altas horas en vela.

De férrea voluntad por la tarea autoimpuesta; de fiel guardián de sueños ajenos y anónimos; de despertador de madrugadas de nombre miércoles; ese hombre pensando en ti; sí, sí en ti que ahora esto lees; también en aquel que miró para otro lado, en el de más allá que dejó de ser amigo; incluso en el enemigo más atroz.
Ese hombre regresa a casa cuando la ciudad aún duerme y al mirarse en el espejo se da cuenta de algo que llevaba tiempo sin percatarse…

Ese hombre, necesita despejar mente y cuerpo y retornar a la corriente de la vida que eligió vivir, porque ese hombre, sigo siendo yo.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Lo que yo vi


Se reunieron personas de toda clase y condición como testigos de la unión de un hombre y una mujer que decidieron dar ese paso que va más allá en una relación.

Acudieron al evento gentes venidas de lejos para acabar sintiéndose cercanos. Elegantes ellos, hermosísimas ellas, conformaron durante una larga jornada acabada en madrugada, un mosaico de colores teñidos de familia, amistad y compañerismo.

Toda boda, toda unión tiene un nexo común llamado alegría o si se quiere, algo que va más allá y que no es otra cosa que una hermosa palabra de nombre “felicidad”.

Se puede ensayar una ceremonia; se puede ensayar un canto; incluso se pueden ensayar unas palabras; pero la felicidad no se ensaya. La felicidad brota natural y  transpira por los ojos; acelera corazones, enternece corazas y derrumba fortalezas; llena vacíos, aplaca histerias y desnuda buenos sentimientos.

He sido testigo directo de todo eso primero desde un lugar privilegiado en el que la novia me hizo el honor de situar en un momento de la ceremonia más importante de su joven vida.
Ese lugar, el altar de una hermosísima iglesia; mi misión, pronunciar unas palabras que leídas en público quise que fueran fiel reflejo de lo que sentía y deseaba para ellos.

El principal escollo, mi miedo escénico y mi timidez nacida de serie. Pero ambos, se aplacaron rápida y enormemente quizás por el rostro de ella, la emoción de él o el orujo de hierbas que antes de la ceremonia acompañé a mi estado de nervios a punto de desbocar. 
El caso es que desde allí, letra a letra, palabra a palabra, pude sentir, admirar y disfrutar más intensamente la emoción de un momento que para toda pareja que se quiere, siempre es y debiera ser un recuerdo imborrable en sus vidas.
No vi unos novios; ni siquiera unos elegantes padrinos ni expectantes decenas de invitados. Vi algo que iba  más allá de un hermoso vestido blanco o un traje de hombre con flor en la solapa. Porque desde ese privilegiado lugar y contemplando sus cómplices miradas, sus lágrimas desbordadas y sus manos temblorosas, lo que yo vi era “sencillamente” amor.



Y vi después unión de hermanos, orgullo de padres, bailes, risas, abrazos, cánticos, servilletas al viento, bebidas y comidas de mil colores. Vi todo aquello que nunca debe perderse; aquello por lo que siempre merece la pena vivir.

Detalles que hacen de esta vida algo hermoso, como ver sonreír a una mujer muy joven a la que la enfermedad del siglo cincela a sufrimiento un afán de superación y lucha admirables.
Vi también a un hombre, padre y padrino de mirada y quizás conciencia ausente, que sentado entre dos ruedas de esa silla que ya siempre le acompaña, de forma natural, lloró al escuchar sones de Escobar que hablaban de una madrecita María del Carmen. Esos sones me transportaron a mí también a aquellos lejanos tiempos en los que con idéntica música encerrada en una vieja cinta de cassette, compartíamos los dos kilómetros a ritmo de Renault 12 por esas carreteras de Dios.
No quiero que todo eso se pierda. Quiero que permanezca en la memoria de todos día a día y que sirva de recuerdo de lo que siempre debe permanecer.

Todo eso y más en un hermoso día de septiembre es lo que yo vi.





* Dedicado a Luz, Cristian y muy especialmente a una viejecita que nunca sabremos si lloraba o reía y sin cuya existencia nada de todo esto hubiera podido yo contar.









lunes, 31 de agosto de 2015

El boli

Cinco meses hicieron falta para deshacer lo hecho. Para que la injusticia tornara a justa. Para que lo negro, volviera a teñirse de color.

Nunca pensé que embarcarme en un velero llamado portabilidad, me pudiera traer una singladura con más oleaje que el Cabo de Hornos.

Decidir cambiar de compañía telefónica ante la falta de ofertas e incluso menosprecio o digamos falta de aprecio recibido por la que había sido mi elegida durante toda la vida y comenzar a llover contrariedades, fue todo un pack completo.

Instantes después de realizar oficialmente esa portabilidad de operador, recibo un mensaje muy “cariñoso” en el móvil, indicándome que la sanción por no cumplir un compromiso de permanencia que yo pensaba que estaba por meses sobradamente cumplido, era de 190€ que siempre muy amablemente iban a cargar en mi cuenta.

Dicho y hecho. Mis números, mi dinero, mis pelas, menguaron con dicha cantidad ante el asombro, perplejidad y ganas de matar a alguien que súbitamente provocó este hecho en mí y los míos.

Ante esto, había dos opciones. Pelear o con el rabo entre las piernas, decirme a mí mismo, “Eres un verdadero gilipollas por confiar donde nunca debiste tener confianza”.


Esta vez, decidí pelear, aún a riesgo de que me partieran el orgullo y la dignidad.

Han sido meses de escritos, copias de facturas, reclamaciones, visitas a Oficina del Consumidor y demás para acabar cara a cara ante una especie de Tribunal de una Comisión de Arbitraje de mi Comunidad Autónoma.

¿Y todo para qué?

Pues sencillamente, para una vez escuchada, leída y estudiada mi reclamación y mi parecer cara a cara ante ese tribunal, acabar restañando ese orgullo, esa dignidad y esa justicia que sinceramente, creí perdidas.

Y marché de allí, bajando escaleras de dos en dos sin perder un gramo de sonrisas e incluso tras pedir permiso, llevarme de recuerdo un sencillo boli, pero de gran valor simbólico para mí porque por una vez, me vestí de triunfo ante el gran gigante de las comunicaciones cuyo nombre no diré para no hacerle publicidad y del que únicamente indicaré que se enmascara de azul.




miércoles, 26 de agosto de 2015

Con sabor a miel

Uno nunca ha sido un tipo sorpresivo ni sorprendente; como tren por una vía, sigo el curso de mi vida sin acelerar demasiado por riesgo a cualquier seguramente poco probable descarrilamiento.

Hay gente que vive al límite o incluso lo supera; no soy yo. Quisiera, en ocasiones, pero no. Admiro a innovadores, truhanes sin maldad y echaos pa’lante con cabeza sobre los hombros o buscadores de sensaciones perdidas o por encontrar.

Por todo ello, ahora con la sensatez, la calma y la retrospectiva que un café entre las manos me puede dar, miro atrás en pocos días y con media sonrisa, me digo a mí mismo: “¿ves?", "hiciste bien”.

Le debía una a esa mujer que un día maleta en ristre mirando mi cara de sorpresa en una estación de tren me invitó a vivir una aventura de horas en esa ciudad famosa por su acueducto.

Y me dije: “este es el momento de devolvérsela”. Vacaciones, tienes; ganas, también; ¿dinero?, nunca; pero el suficiente. ¿Motivo? dos que yo valoro y valoraré siempre, que no son otros que la cultura y amistad.

Así que viendo pros, contras, o quizás, concerté hotel sin estrellas pero con huevos estrellaos y con depósito lleno de gasolina e ilusiones, pusimos rumbo hacia tierras extremeñas con la entrañable certeza de volver a escuchar sones y voces amigas.

Igual que el vaivén de muchos kilómetros de sus curvas entre montes y llanuras, nos acompañaron en ese viaje recuerdos a noches de rumbas, cervezas y abrazos que parecían muy lejanos y con los que llegamos a nuestro destino.

Nuestra ahora un poco maltrecha salud, podía coartar pero nunca impedir las ganas e ilusiones de otros tiempos con noches de luna y candil.

Todas las conjeturas, todas las dudas, todo aquello que podía hacernos pensar si el objetivo era loable o no, se convirtieron en una maravillosa afirmación cuando en un lateral de escenario, mientras unos músicos probaban sonidos y acordes, nos plantamos y esperamos casi agazapados en la noche.

Allí, en todo lo alto, una mujer conocida; una guapa mujer con brazos en jarras y cuya voz cautiva, miraba al frente atenta a indicaciones de técnicos y compañeros.

De repente, miró a su izquierda y a voz en grito como el vigía de Fort Apache, gritó por micro: “la familia Zarco”.

Sólo por eso y sintiendo la alegría de ese grito, ya supe que ese viaje había merecido la pena.

Después, vendrían abrazos de esos que sólo los hombres o los amigos se saben dar, cuando hace mucho tiempo que no se ven.

Charlas, cervezas, más charlas y más cervezas, no hicieron sino aumentar y afianzar lo que siempre ha existido desde hace ya más de siete años; una dulce relación de admiración, arte, respeto y deseos de futuros encuentros.

No hablaré esta vez del espectáculo sobre las tablas; tiempo habrá más adelante para realizar una crónica de lo que mis oídos siempre agradecen.

Y así habiendo disfrutado sólo un amanecer por esas tierras, regresamos al hogar con una sonrisa y un pequeño tarrito lleno de recuerdos con sabor a miel.











P.D. Dedicado especialmente a unos grandes artistas y mejores personas. A Jorge, Paquillo, Lupe, Antonio, Fermín, Miguel y Carlos . Diván du Don, gracias por una de esas noches que tanto echábamos de menos.