"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

martes, 30 de diciembre de 2014

Esperanza


Típico y tópico es que llegadas estas fechas hagamos balance del año. Quisiera poder decir que ha sido un año bueno, quisiera poder decir que se cumplieron todas mis expectativas o que ha sido mejor que el anterior. Pero sinceramente, no puedo hacerlo. Es otro año más que me abandona con un sabor más agri que dulce.
Un año que me deja grabadas ausencias amigas, físicas y morales; decepciones profundas; dolores ajenos que me rozan en cercanía y un sentimiento de vivir en un mundo convulso, totalmente ajeno a aquel por el que muchas veces miro al cielo.

Un año en el que he podido sentir lejanías muy cercanas y por el contrario, sentirme arropado, querido y respetado a kilómetros de distancia.
Borraría de este año sentimientos que percibo, constato y aborrezco. El tedio, costumbrismo, hipocresía, traición, críticas sin fundamento, ejemplos sin mirarse al espejo, cátedras de humildad y bondades sin aprobado práctico y tantos y tantos hechos, personas o circunstancias que me han llevado a pensar que la botella siempre está más allá de medio vacía, además de sucia y viciada.

Pero dentro de todo negativismo, debo extraer enseñanzas positivas.
Haber perdido buenos amigos por enfermedad, me produce tristeza pero a la vez una tranquilidad, fortaleza y seguridad de que allá donde están sonríen pícaramente pensando algo así como “no sabes lo que te estás perdiendo”.

Es mucho peor haber perdido amigos que siempre escribía entre admiraciones para acabar siendo escritos entre interrogantes.
¿Amigos?

Ahora, quizás tenga menos, pero mejores.
Vivir enfermedades cercanas, achaques propios, economías que flotan con salvavidas, altibajos emocionales...; todo eso forma y formará parte de la vida que más o menos nos ha tocado vivir y que salvo un gran golpe afortunado del destino, difícil será cambiarlo.

Es hora también de pedir perdón. Perdón a toda aquella persona que se haya podido sentir  decepcionada o herida por mis letras, actos, silencios o pensamientos. Entre mis muchos defectos, está el de tender más allá de la mano, pero también el de atármela fuerte cuando decido retirarla.  
Acabo con un único deseo a las puertas de otro año.

Sólo pido que al menos en mi mundo y en todos los mundos de quienes me honráis con vuestras visitas y amistad, se dibuje una hermosa cara de esperanza.

¡FELIZ AÑO!

·       Muchas son las canciones que me vienen a la mente a la hora de despedir el 2014. Elegiré una de un grupo que ya no es, pero siempre está y que nos habla de que ante todo, debe soplar el aire de la esperanza.










domingo, 21 de diciembre de 2014

Lápices de colores



Un grupo de niños marcha a lo lejos; en perfecta formación, nadie les ve, nadie les oye. Pueden ser cien, mil o millones y pasar desapercibidos para la gran mayoría de seres que poblamos este mundo llamado Tierra.

Los imagino felices, alegres, risueños, traviesos, cascarrabias e incluso, malotes. Pero los imagino también con muchas cosas en común y que también les diferencia de la mayoría de los que no marchamos con ellos.

Puedo imaginar sus caras maquilladas de esperanza, de chocolate, de barro, de pinturas de guerra, o de nariz de payaso.

Y puedo imaginarles a todos con una enorme y maravillosa caja de lápices de colores entre las manos para pintar con ellos las sonrisas, las caricias, los juegos, los juguetes, las meriendas, las riñas, las palomitas en el cine, peleas y abrazos entre amigos…, que la mano del inhumano hombre les borró con su indiferencia, su intransigencia, fanatismo, ansia de poder, corrupción y tantas y tantas cosas que deberían de avergonzarnos a todos en ese examen por el que todos deberíamos de pasar llamado conciencia, si verdaderamente queremos aprobar en cualquier curso de humanidad.

Esos niños que hoy no están; esos más de cien niños asesinados recientemente por el gatillo del fanatismo, por la sinrazón del terror por el terror, también llevan en sus manos esos maravillosos lapiceros de colores junto con los otros millones que dejaron este mundo sin un alimento que llevarse a la boca o bebiendo sólo las lágrimas derramadas por sus madres.

Su camino es largo, muy largo; pero estoy seguro que en aquel lugar al que van, aquel lugar que sin duda merecieron, les espera otro Niño con una sonrisa en los labios y un hermoso y eterno lienzo en el que pintar con sus lápices de colores un mundo mejor.

---



No es este post el que hubiera querido escribir para felicitaros a tod@s las Navidades, pero quien me conoce, sabe que quien manda en mí, no suele ser el cerebro, sino la patata.

Quisiera dedicar estas letras muy especialmente a las familias de esos niños asesinados recientemente en Pakistán y a tantos miles o millones de personas que han sufrido la pérdida de un hijo por la inhumanidad del hombre.

Dedicarlas también a todas aquellas personas que con su labor humanitaria, aún a riesgo de su propia vida, intentan ayudar y más en estas fechas, a quien no tiene nada más que un deseo de una vida mejor.

A tod@s los que penséis como yo que aún estamos a tiempo de crear un mundo algo mejor que la “mierda” en la que estamos convirtiendo éste, os deseo como siempre una



¡ FELIZ NAVIDAD !






martes, 16 de diciembre de 2014

Un alambre de esperanza

Nunca antes habían coincidido. Poco o nada saben el uno del otro. Su proximidad, su afinidad, su apariencia, e incluso su procedencia común, no les hacen ni tan siquiera imaginar que un día ya muy cercano acabarán juntos, pasarán a la historia y serán recordados con división de opiniones. Por algunos, como héroes; por la mayoría con indiferencia y por otros pocos, incluso con odio.

El caso es que los protagonistas de esta historia, siempre han sido, son y serán forjadores de sueños; máscaras de alegría donde antes quizás sólo existía un rictus de seriedad; tabla de salvación de desesperados o por el contrario, avivadores del fuego que consume a ególatras y egoístas consumados o consumidos por su propia idiosincrasia.

Falta ya muy poco para que su destino les lleve a correr alegres por estrechos pasillos para acabar en manos de lo mejor que hoy en día le queda al hombre y que no es otra cosa que la inocencia del niño que tantas veces olvidamos.
Sonarán voces, cánticos, algarabías; carreras, flashes, nervios…

Todo para que por fin se unan en fraternal encuentro, se muestren al mundo y desencadenen ríos de abrazos, risas y parabienes desmedidos entre los que pudieron pescar con redes de fortuna.
Ellos no lo saben aún y duermen agazapados entre otros muchos, sin sospechar que el destino les unirá en un hermoso encuentro que les permitirá al menos por unas horas, días o vidas, despertar ilusiones perdidas y llevar felicidad a muchos rincones que ojalá sean rincones verdaderamente necesitados de un alambre de esperanza.









lunes, 1 de diciembre de 2014

El experimento

 Nunca he sido de esas personas que suelan salir de lo habitual para crear algún tipo de tendencia, costumbre o innovación. Tampoco soy un creador de algo que vaya más allá de estas letras que ocurren y discurren por los rincones de mi cerebro y que no siempre van en el sentido lógico de las agujas del reloj.

Sin embargo, hoy empujado por algún tipo de impulso, me he decidido a realizar un pequeño experimento y que a la vista de los resultados inmediatos, quiero compartir con todas aquellas personas que como siempre y muy amablemente, dedican una parte de su tiempo a leerme.

Deseo que mis explicaciones, sean lo suficientemente claras para no inducir a error en su elaboración, con las consecuencias más o menos drásticas que una mala ejecución de este experimento pudieran provocar.

Amigo lector, hablemos primero de los materiales necesarios para su realización:

 1.- Una correcta iluminación de la estancia donde trabajaremos (habitualmente, el cuarto de baño)

 2.- Un espejo (a ser posible, de dimensiones grandes)

 3.- Jabón de manos

 4.- Una toalla

 5.- Cepillo de dientes con su correspondiente pasta dentífrica y elixir bucal (no  obligatorios, pero aconsejables)

 6.- Un peine o cepillo

 7.- Un vaso

 8.- Cualquier bebida refrescante, con o sin alcohol

 9.- Una puerta

10.-Una escalera

11.-Unos alfileres de la ropa


Iniciamos el proceso:

Una vez en la estancia bien iluminada, nos situaremos frente al espejo, procurando que tanto el rostro como el cuerpo que se refleja en él y que no debe ser otro que el de la propia persona que realiza el experimento, quede perfectamente encuadrado en el mismo. Si en este primer paso observáramos que el espejo no devuelve ninguna imagen parecida a la nuestra o se trata de una persona totalmente diferente, aconsejo correr como alma que lleva el diablo y suspender inmediatamente la prueba. Repito, ¡corred!.

Descartado ese supuesto caso, procederemos a un lavado de manos en profundidad. Frotar bien ambas manos. El jabón a utilizar, se aconseja que contenga un Ph neutro. No es aconsejable uno de glicerina, porque dejaría los dedos demasiado suaves y escurridizos para nuestro propósito.

Tras este lavado concienzudo, se requiere un exhaustivo secado de las manos con una toalla lo suficientemente grande para este cometido. Descartar esas toallas utilizadas para higiene íntima, sobre todo, por su reducido tamaño. Que no se me moleste nadie, porque a esas toallas las bautizara yo con el nombre de “lavachochos”; por favor, no os molestéis.

Bien, una vez pasado el trámite higiénico, sin perdernos de vista en el espejo, abriremos ligeramente la boca, comprobando la limpieza de nuestros dientes, sean o no naturales.

Si nos percatáramos de algún tipo de mancha o restos de suciedad, procederemos a un lavado buco-dental con nuestro cepillo, pasta y elixir bucal habitual. Si nuestra dentadura se encuentra en perfecto estado de revista, saltaremos este paso.

Ahora es cuando realmente, iniciamos la parte más compleja del proceso.

Situaremos ambas manos a la altura de los ojos procurando emparejar cada mano con el ojo de su lado correspondiente.

Aunque pueden existir variantes en cuanto a la posición de los dedos, seguidamente, situaremos los mismos, rozando ligeramente la sien del lado correspondiente, siempre y muy importante, dejando libres los dedos pulgares (también llamados “gordos”).

Sin forzar esa posición, relajadamente, acercaremos los pulgares a la comisura de los labios. Es decir, más o menos acariciando el punto de separación entre el labio superior e inferior.

Presionamos sin forzar con los pulgares y sin separar el resto de los dedos de las sienes, poco a poco iniciamos la maniobra de aproximación de todos los dedos. Pausadamente, comprobaremos que vamos dejando al descubierto nuestros dientes y al mismo tiempo, el rictus de nuestra cara comienza a mostrar una imagen mucho más cómica que la inicial.

No asustarse. Lo que estamos viendo ahora frente al espejo, seguimos siendo nosotros, pero con un añadido que en términos vulgares es conocido como “sonrisa”.

Ahora es cuando viene la parte más compleja de todo este experimento.

Separaremos muy despacio todos nuestros dedos de la cara y al mismo tiempo, forzaremos a nuestro cerebro con una orden clara para no perder esa sonrisa que como por arte de magia, ha aparecido en nuestro rostro.

Puede que las primeras veces que hagamos esto, la tendencia natural de nuestros músculos faciales, nos devuelvan esa imagen seria inicial que llevábamos de serie; pero practicado varias veces de modo natural, observaremos que los dedos dejan de ser protagonistas en toda esta historia y sólo con nuestra voluntad, conseguiremos vernos mucho mejor.

Quizás necesitemos un retoque capilar, para perfeccionar aún más si cabe esa nueva imagen.

Si es así, es la hora de utilizar ese hermoso peine o cepillo que previamente ya teníamos preparados.

Llegados a este punto y comprobado y requetecomprobado que somos unos verdaderos expertos en el difícil arte de sonreír naturalmente, tomemos ese vaso, vertamos en él esa maravillosa cerveza o refresco y brindemos por nosotros mismos con esa persona que nos mira fijamente desde el espejo y cuyo rostro es el que a partir de ahora nos debería resultar más familiar.

Y aquí es donde acaba realmente nuestro experimento.

Os preguntaréis entonces, qué pinta una puerta, una escalera y unos alfileres de la ropa en toda esta historia.

Muy sencillo. Obligatoriamente, para salir a la calle, no tenéis más remedio que abrir la puerta de vuestra casa y bajar por la escalera (ejercicio muy sano en lugar del ascensor) y regalar al mundo esa maravillosa sonrisa que en los tiempos que corren teníamos tan escondida.

¿Y los alfileres de la ropa? Sólo para aquellos casos extremos de personas que no sepan sonreir con un mínimo exigible de naturalidad.

Espero haber servido de alguna utilidad o al menos, provocarte una ligera sonrisa.


Besos y abrazos.