"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

miércoles, 30 de julio de 2014

Felicidad


Todos necesitamos un tiempo de desconexión mental, de carta de ajuste, de regulador de frecuencias.
Quizás este año, más que nunca, busco, necesito y quiero escapar.

Escapar, que no huir, incluso de mí mismo.

Desvestirme la piel, ideas, pensamientos e incluso algunos presuntos buenos sentimientos y como ropa sucia, abandonarlos temporalmente en un carrusel de centrifugados purificadores.
Necesito reciclarme, recargarme, insuflarme de positivismo, aparcando en el olvido lo que de un año a esta parte ha acontecido a mi alrededor.

Busco soledad en buena compañía o buena compañía en esa soledad necesaria en esos momentos en los que de uno u otro modo decimos “basta”.
Debo cambiar y lo sé. Me conviene cambiar y lo sé. Dejar a un lado preocupaciones ajenas para centrarme por una vez y esta vez sirviendo de precedente, en las propias, que al fin y al cabo deberían anteponerse en beneficio del que esto escribe, si quiero que esos beneficios se transmitan a los más cercanos.

No es nada fácil cambiar lo que medio siglo aún no ha podido hacer, pero no debe existir rendición sin pelea, premios sin participar, ni llegadas a meta sin correr.
Lo bueno de la vida, sabe esconderse muy bien y todos de una u otra forma, hemos contado hasta diez buscando fortuna, suerte o felicidad por todos los rincones pasados y presentes.

Es hora de abstraerse de lo malo y buscar con los que realmente me deben importar el bienestar y felicidad plenos que pretendo encontrar estos próximos días.
Si lo conseguiré o no, el tiempo será juez implacable que dará su veredicto.

De momento, me despido con unos versos de mi amigo y poeta José Manuel Díez extraídos de su obra “Baile de máscaras”.
Hasta más ver.



LA FELICIDAD

Jamás será feliz quien no ha llorado,
quien no ha perdido el mar o acaso un puerto,
quien no ha tocado un cuerpo despidiéndose,
quien no ha saboreado la derrota. 

Jamás será feliz quien no ha medido
la luz de su tristeza
en su esperanza.



viernes, 4 de julio de 2014

Faltó un punteo

Los fríos, truenos y relámpagos de este “verano” madrileño, creo que están causando estragos en el cerebelo o bulbo raquídeo de algunos de sus habitantes. No encuentro otra explicación posible a lo que mis ojos y antes mis gafas, han llegado a contemplar camino como siempre de mi bendito curro.

Ya hablé en su día de ese proyecto de músico por el que no pasan los años, y por desgracia, tampoco una apisonadora que acabara por fin con un sufrimiento colectivo de todos aquellos que amamos la buena música, o al menos, las buenas intenciones que tienen muchos por interpretarla.

La escena, es siempre la misma. Su vestuario, prácticamente idéntico si exceptuamos quizás algún nuevo sombrero emulando a Elton John o tal vez a Frank Sinatra y que forma parte de la parafernalia diaria de este anodino personaje.
Su música, no ha variado. Siguen siendo las mismas versiones de versiones disfrazadas de nuevos des-“arreglos” que siguen llenando de tristezas compungidas nuestros ánimos mañaneros.

Pero hoy, ha ocurrido algo en cierto modo sobrenatural e inaudito. Digno del mismísimo Iker Jiménez. Algo que ninguno de los avezados y veteranísimos transeúntes de esa estación de metro, podíamos llegar a imaginar.

Apoyado en la pared, frente a ese desecho de virtudes, se encontraba el primer espectador de su arte que jamás hayamos visto.
Un chico joven, aparentemente bien vestido. Con una pierna encogida, apoyando la planta del pie derecho en la pared y acompasando con su movimiento, lo que era imposible de acompasar.
Me fijo en su cara y contemplo un rostro extasiado, de mirada perdida en un infinito de unos tres metros y con una sonrisa divertida. De esas que no sabes exactamente si es debida a una situación graciosa o porque una mano invisible le está apretando los genitales con dudosas intenciones.

El caso, es que allí estaba. Y era feliz; completamente feliz.
Juro y perjuro, que si llega a coger una guitarra imaginaria acariciando sus cuerdas, yo le hubiera acompañado con la mía de doce mástiles.

Pero faltó un punteo.