"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

domingo, 25 de mayo de 2014

¿Cómo no te voy a querer?




Despierto pensando que mi cabeza no es la mía, sino la de alguien que ayer inundó su cuerpo con litros de alcohol. Ese pensamiento ha durado poco y me ha extrañado más al acordarme que ayer y aunque parezca mentira, un hipotético control de alcoholemia que me hicieran, mostraría un sorprendente, por la ocasión, 0,0.

Sin embargo, mi cerebro se mueve, mis sienes palpitan en un dolor lacerante y mi garganta es un infierno sin voz. Me encuentro verdaderamente hecho un guiñapo, pero con la alegría de un guiñol.

Ayer viví y aún hoy sigo viviendo, una de esas jornadas imborrables. Ayer, vestí de blanco, me vestí de triunfo y de un pedacito de gloria. Reí, grité, lloré, salté, abracé, me abrazaron, besaron y besé.

Todos los verbos conjugables que se pudieran aplicar a unos momentos de inmensa alegría.

Necesitaba algo así; un desahogo, un gritar como nunca al cielo y tierra; desterrar tantos agobios, tristezas y penas que este año quieren perseguirme aunque nunca consigan alcanzarme.

Grité, me abracé y casi lloré con los míos y también con otras ochenta mil almas unidas por un sentimiento y escudo, juntos en el mítico y más hermoso que nunca Estadio Santiago Bernabéu.

La gloria se escribe con letras de oro y ayer se forjaron a golpe de entrega, fe, sacrificio y lucha sin cuartel.

Esa copa, no la levantó este o aquel jugador. Esa copa, la levantamos todos aquellos que velamos sueños, los que apretamos dientes, no desfallecimos en la esperanza, no cejamos en nuestra fe y que viniendo fríos madrugadores, cansancios extremos y dolores sin cuartel, permanecimos al pie del cañón en las calles de Madrid o pegados a un televisor, con el único propósito de ver una nueva "orejona" que ya se hacía mucho de rogar.

También la levantaron aquellos de los que me acordé mirando al cielo y que hubieran disfrutado tanto o más que yo con un triunfo de nuestro Madrid.

Mereció la pena la espera y aunque mi voz se quedó en un asiento del estadio, no puedo dejar de acordarme de un estribillo de canción que anoche no paraba de sonar por las calles de la capital vestidas más que nunca de un hermoso blanco triunfal.



¿Cómo no te voy a querer?

¿Cómo no te voy a querer?

¡¡¡ SI ERES CAMPEÓN DE EUROPA POR

 DÉCIMA VEZ !!!



















P.D. Debo acordarme también, porque es de justicia, de un dignísimo rival que si ha llegado a una gran final como ésta, ha sido por su trabajo y coraje. Les deseo que alguna vez se rompa su maldición y consigan sentir lo que los madridistas hemos sentido con el triunfo en la más importante competición de clubes en Europa. Porque si como dice nuestro Himno, "cuando pierde da la mano", cuando ganamos, también sabemos dar un consuelo.






lunes, 19 de mayo de 2014

Maldito sensor




Es muy discutible que los avances tecnológicos sean necesarios o no en nuestra sociedad. Soy de los que opinan que todo lo que sea ayudar al ser humano a ser más feliz, bienvenido sea. Pero ser más feliz, no creo que se consiga necesariamente con esos avances de la tecnología y me explico.

No hace mucho que acudí obligado a uno de esos lugares públicos que sólo visitamos en determinadas circunstancias. Uno de esos lugares en los que ya sea de pie o sentados, expulsamos lo materialmente insano de nuestro cuerpo.
 
Pues bien; uno está acostumbrado primero a mirar si el habitáculo o estancia es la correctamente marcada para hombres, mujeres o niños.
 
Los carteles que lo anuncian, cada vez los hacen más complicados; señores con bigote, mujeres floreadas, imágenes picassianas o estrambóticos dibujos. No quiero pensar el lío que se puede organizar si quien los usa es el último ganador del Festival de Eurovisión (con todos mis respetos, porque además, creo que ganó con toda justicia y no es merecedor de las críticas que ha tenido).

Pero a lo que iba. Una vez localizado el correcto, lo siguiente es poder ver lo que hay al otro lado de la puerta y para ello, nada mejor y completo que pulsar un interruptor, pulsador o lo que muchas veces hemos llamado como la llave de la luz. Y ahí es donde mis nervios comienzan a florecer. No encuentro ese interruptor antes de entrar.
Entonces, mi inteligencia va más allá y piensa que debe encontrarse dentro y cercano al marco de la puerta; pero mi gozo en un pozo, porque tampoco. Sorpresa mayúscula cuando al atravesar completamente el quicio, se hace repentinamente la luz, evitando así sacarme del idem.
¿O sea, que esto funciona por sensores de movimiento? ¡Qué adelantados, pensé!
Nada que pulsar, nada que buscar. Como por arte de magia, tú te mueves y las estancias se iluminan. Lo que no haga el hombre…
 
Mi visita allí era para sentarme y no precisamente a pensar. Y en esas estaba, cuando repentinamente, esa luz que iluminaba mis esfuerzos, se apagó.

Conozco algo de esos sistemas y sé fehacientemente que al menor movimiento, el sensor lo detecta y la luz regresa.
Pero esta vez, no volvió. Mover los brazos, la cabeza, el tronco o las piernas, no fue solución para dejar de sentirme como Stevie Wonder. Y tampoco era el mejor momento para bailar en la oscuridad como Springsteen.
Así que yo que en algunas ocasiones me ahogo en cuarto y mitad de un vaso de agua, comencé a sentir más angustias que las propias del motivo que me hizo acudir allí.
Y para colmo, no uso mechero porque no fumo y tampoco tengo los años para llevarlo y ofrecérselo a alguna hermosa mujer con “sanas intenciones”.
Menos mal, que aún dentro de la más completa oscuridad, pude encontrar ese papel salvador en el que escribimos inmundicias y como buenamente pude, me recompuse del susto inicial y salí de ese infame cuartucho.
 
¡Qué alegría y a la vez frustración cuando en la antesala de ese habitáculo, se hizo automáticamente la luz!
Lo primero que me vino a la mente fue “¡Ahora! ¿no? Hijo de la gran…”
 
Pero como mis padres me enseñaron que no debía decir palabrotas, salí de allí con la mayor dignidad posible, pero con el desquiciante recuerdo de un maldito sensor que a punto estuvo de provocar que se me fundieran los plomos.
¡ FELIZ Y LUMINOSA SEMANA !



miércoles, 14 de mayo de 2014

¿Piña o piñata?


Cuando hablamos de piña, quizás la primera imagen que forma nuestro cerebro, sea la de un fruto tropical o aquella otra que vemos colgar de un pino. Pero siempre me ha gustado ese otro sentido que se le ha dado a esa palabra.
Hacer piña, en cualquier ámbito de la vida, me suena bien; me hace sentir bien; en definitiva, lo guardo en ese cajón desastre pero hermoso, en el que acumulamos experiencias positivas.

Existen muchos grupos, asociaciones, equipos o colectivos cuyos éxitos dependen muy mucho de cómo sus integrantes forman esa piña.
Sin un objetivo común, sin un afán colectivo de triunfo, sin un remar al unísono en el mismo sentido, es difícil por no decir imposible, que las hermosas pretensiones iniciales, acaben llegando a buen puerto.
Cuando existen elementos, pensamientos, estrategias disgregadoras, ese grupo o colectivo se va tarde o temprano, a ese lugar indefinido llamado carajo.
Es necesaria una unión sincera entre los miembros de cualquier equipo. Es necesario que las carencias de uno, se suplan con las habilidades o el concepto del otro. Se hace imprescindible que cuando uno cae, siempre exista la mano amiga que te ayuda a levantar vuelo sin otra pretensión que el bien común. Nada debería hacerse por cubrir expediente, sino que debería salir directamente de ese órgano que late acompasadamente. Porque si no es así, aquello creado como un equipo, como un grupo, acabará estallando en pequeños subconjuntos peleados entre sí.

No debería tener cabida en un equipo que quiere triunfar, el hermetismo, la crítica no constructiva, el entonar un mea culpa señalando a otro, el egoísmo, la falta de humildad, el agrandar nuestros problemas minimizando los de al lado; en definitiva, la falta total y absoluta de algún indicio de verdadera amistad o ni tan siquiera el mínimo compañerismo que todos nos deberíamos exigir.

Alguien escribió por ahí… “Quien esté libre de pecado, que levante la mano para darle yo unos pocos”. Me identifico, sonrío y apoyo totalmente ese pensamiento.
Quizás quien me lea y sobre todo quien me conozca, pueda pensar de mí que no existe en la faz de la tierra un pecador mayor que yo. No le faltará seguramente parte de razón en sus palabras o pensamientos.

Pero por otro lado y esta vez y sin que sirva de precedente, pecando de cierto orgullo, creo que jamás podrán decir hasta ahora que no tendí manos, ofrecí sonrisas, pedí perdones, abrí de par en par los oídos e incluso la puerta trasera de mi corazón, con el único objetivo de llegar a un apretón de manos, a un acuerdo de palabra, a un abrazo o un beso de amistad, siempre pensando en mi bienestar particular, pero a la vez en el común.
Precisamente por todo lo dicho o hecho, me duele sinceramente confesar que perdí gran parte de ilusión en algún proyecto o grupo en común, al que tenía entre admiraciones y que hoy desgraciadamente lo escribo y lo considero más entre interrogantes o paréntesis.

Sería muy, muy fácil culpar a alguien concreto desde mi punto de vista; pero ni quiero, ni debo herir sensibilidades. Son apreciaciones exclusivamente mías y quisiera que así se tomaran. Claro está que admito como he admitido siempre críticas, preguntas o reproches porque algo imprescindible en el ser humano y que parece en desuso día a día, es el diálogo sereno y constructivo.
Culpables, creo que somos todos. Unos quizás por mirar hacia otro lado; otros por no tener la personalidad suficiente de ver más allá del que tienen al lado; otros por cometer la equivocación de pensar como en el baloncesto, que siempre aquel que más bota la pelota es el mejor jugador; otros por su silencio; otros por endiosar a quien no es Dios, otros por implicarse demasiado; otros por no marcar ciertas directrices y en definitiva, todos por hacer justamente lo contrario de lo que por nuestra condición, deberíamos dar ejemplo y ser espejos en los que otros poder mirarse.

El caso es que da la impresión de que la ira, la falsedad, la envidia, el rencor y las críticas, se han asentado dentro de lo que debería ser siempre una piña compacta, alegre y armónica y que ahora se asemeja más a una piñata sobre la que se descargan los golpes de un enemigo implacable que acecha a toda sociedad de bien.
Mañana, no sé si cambiaré de opinión, pero hoy así lo pienso, así lo siento y así lo escribo.







jueves, 8 de mayo de 2014

Al pelo

No sé si debido a que abrí más el grifo de la caliente, del vapor generado, o simplemente que mi cerebro llegado a estos inicios primaverales comienza a desvariar como habitualmente me tiene acostumbrado desde hace tantos años.
El caso es que en plena ducha relajante y llegado el momento del lavado de cabeza preceptivo, esta vez, me fijo en la etiqueta del champú en cuestión que utilizaré.

No soy maniático de marcas, prospectos, opiniones ni presuntos milagros de estos champús.

En el pasado siglo, lavarse la cabeza, era más o menos como ver la televisión. Eran pocos los canales a sintonizar, así como eran pocas las variedades de champú a utilizar.
 
Para cabello normal, graso, con caspa y poco más.
Si utilizaba anti-caspa, puede que desapareciera, pero daba la bienvenida a la grasa. Era hora entonces de utilizar uno anti-grasa, para pasar al normal y volver al poco tiempo a tener caspa. En ese círculo vicioso me estuve moviendo durante muchos años.
 
Llegaron casamiento, hijas, perro, canarios y perico y por ese baño han pasado toda una clase teórica y práctica de estos remedios milagrosos que nos invitan a dejarnos unos pelos de cine o anuncio publicitario de melena al viento.
Ya no se busca la higiene en sí, sino que además estos champús de hoy en día, pueden llegar a cambiar tu forma de vida, tu idiosincrasia e incluso tu propia personalidad de una manera que me atrevería a adjetivar como de “drástica” y me explico:

¿Te sientes inseguro? Utiliza uno para cabello “Limpio y controlado
 
¿Tienes un día mimosín? Entonces el tuyo es el “Suave, sedoso e hidratante
 
¿Te miras al espejo y te das cuenta que los años no pasan en balde? Dos refriegas de “Antiedad”.
¿Siempre quisiste tener los pelos de Leif Garrett aunque los tuyos sean tan lisos como un encefalograma plano? No lo dudes y usa el maravilloso “Rizos perfectos”.
 
¿Problemas de barriga, extrema delgadez, o contrahecho? Nada mejor que uno “Para darle cuerpo”.
¿Piensas que no existe solución? Siempre un “Reparador”.
 
¿Frío, calor, quemazón? Uno con “Acondicionador”.
¿Te gustaría tenerlos como escarpias? El maravilloso “Diamante fuerza extrema”.

¿Pecador con cargo de conciencia? Un “Purificante”.
 
¿Si eres mujer y de perfil tu sombra es sólo una línea vertical? No lo dudes, “Liso seductor”.

¿Más bien chapuzas, pero buena persona en general? Siempre uno que “Repara y protege”.
 
¿Eres de esas personas que aún en invierno bajas las ventanillas del coche para atronar calles con tu música? Que no te quepa la menor duda, que el tuyo es “Volumen extra”.

¿Hoy más que nunca quieres dejar el pabellón bien alto? Corre a por un “Regenerador de puntas”.
 
Y así algunos otros que más allá de higienizar nuestros cabellos, hacen de nuestra vida un mundo casi perfecto.
Por eso, tras un día ciertamente difícil y estresante en el trabajo, sólo pude sonreír cuando pensé que por una vez y sin que sirviera de precedente, el champú que tenía entre mis manos, me venía al pelo cuando leí en doradas letras:

Encrespado