"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

viernes, 28 de marzo de 2014

Un hombre sin adiós

Yo conocí un hombre una vez. Un hombre de media sonrisa, de gesto serio y hablar callado. Un hombre de ojos expresivos, de movimientos tranquilos, de serenidad en sus actos.
Ese hombre era mi amigo. Ese hombre era un señor. Un señor en el mejor y más amplio de los sentidos.

Dios, el destino, o ambos, quisieron ser propicios conmigo asignándome su amistad. Ya hablé un día de cómo nuestros caminos se cruzaron; hoy tras su partida, es la hora de los recuerdos, de los reconocimientos, de ese homenaje sin calles, placas, banderas, músicas ni estandartes.
El homenaje que sale de dentro; de muy dentro. De ese sitio al que pocas veces acudimos a rescatar lo mejor de la vida y cuyas puertas no son fáciles de abrir. Porque hoy hablo con el alma.

No puedo hablar de otra forma de aquel que un día me abrió las puertas de su casa, su familia y su vida. De aquel que me hizo amar un paisaje, una gente, un momento, una mesa y un mantel.
Me enseñó a respirar un aire puro; a escuchar el agua de un río, a nadar sin mojarme en un mar de olas, a convertir el croar de cien mil ranas en una sinfonía inacabada y el majestuoso vuelo de un águila en una obra de arte a cielo abierto. Me enseñó en definitiva, a ser mejor.  

Muchas veces lo observaba con esa mirada dirección horizonte; mirada perdida, extasiada en un paisaje. Con su mar de fondo, con una majestuosa montaña. Así era él. Usando sus ojos como el mejor objetivo para inmortalizar lo más hermoso de este mundo.
Me contó mil historias, mil verdades y consejos. Y sus palabras siempre hablaron de futuro, de viajes en común, de nuevas aventuras en paisajes por descubrir. No pudo ser. Parece que siempre el mal, se ensaña con los mejores, cruel y fulminantemente.

A ese hombre, a ese amigo, sólo puedo darle las gracias y despedirlo con un “hasta siempre”, porque ese amigo, ese hombre, nunca quiso ni supo decir “adiós”.
 

 
 
* Quiero dedicar estas palabras a un gran hombre. Un hombre del que podía hablar mil cosas más y al que la familia Zarco-Bellón le debe mucho. A ti, Jaime con todo el cariño de un amigo que la próxima vez que te vea te volverá a pedir dos sidras.
 
 ¡Gracias, amigo!

sábado, 22 de marzo de 2014

Entre amigos III

Cuando uno se queda solo en una sala de hospital teniendo como única compañía una maravillosa y enorme bolsa de plástico transparente con la ropa y efectos personales de cualquier enfermo, surgen varios interrogantes:

¿Qué hago aquí?

¿Mi futuro más inmediato es esperar en una solitaria sala varias horas hasta que me devuelvan a la persona que tiene que rellenar ese pantalón, camisa, zapatos y slip?

¿Cómo ir ni tan siquiera a tomar un café a esa máquina expendedora que vigilante me dice ven, si tengo que arrastrar esa bolsa infernal hasta allí por miedo a que me la roben en menos tiempo que emplea Usain Bolt en recorrer 100 m. lisos?

¿Con quién charlaré?

¿Seremos campeones de la Champions este año?

¿Cuál es el sentido de la vida?

Así, que en un acto de divina inspiración, logro concatenar en mi mente varias palabras sin hacerme daño en el intento:

Organización – Propuesta – Resolución

Organización: dícese de la intención de que todo lo que contiene esa bolsa, fuera introducido en otra mucho más práctica, o en su defecto una mochila grande con la que poder moverme más libremente por el recinto hospitalario.

Propuesta: dícese de la acción de llamar a mi santa esposa exponiéndole este pequeño apuro y recabando su opinión al respecto.

Resolución: dícese del amor que me profesa esa mujer, que aunque dolorida y ciertamente en precario estado, como en la canción, llega a decirme… “Si tú me dices ven, lo dejo todo”.

No termino de resolver el primer “problema”, cuando el móvil vibra varias veces anunciando que sin demora abra ese inseparable e inconfundible invento fabricado a medias entre ángeles y demonios, llamado WhatsApp.

Un mensaje corto y escueto, pero de una trascendencia absoluta en toda esta historia. 

Un mensaje de cierto amigo peculiar, camionero para más señas, pero que en un alarde no sé si de amistad, psicología, premonición o simplemente naturalidad, pensó en mí y sin entrenar, escribía unas palabras que a mí me sonaron a gloria bendita:

Más o menos, el mensaje decía algo así:

“Zarko, tengo una tortilla de patatas con pimientos, que si kieres te la azerkamos al ospital”

Que no piense nadie que mi teclado se ha vuelto loco a la hora de escribir así, que la ortografía que me enseñaron en la escuela se me ha olvidado repentinamente o que el loco es ese hombre por escribir de aquella manera. Es que según descubrí más tarde en una alegre charla con él, le gusta escribir igual que pronuncia. Es lo que yo ahora defino como diccionario Maiden-Español / Español-Maiden.

Este amigo, también se llama José pero todo el mundo mundial lo conoce ya por “Maiden” y obviamente, junto a su pareja, como “Los Maiden”. Se debe todo a que suele vestir con camisetas muy “discretas” de su grupo favorito que no podía ser otro que Iron Maiden.

Si será así, que recuerdo cierta noche en la que apareció con camisa y encorbatado y tuve que decirle: “¡Sal de ese cuerpo, sea quién seas!”.

Pero que nadie piense que por ello es el típico heavy con greñas y tatuajes que parecen que siempre van subidos a una Harley. No. Maiden es un roquero que tan pronto te puede enviar el más duro de los vídeos musicales, como que cualquier día se arranca cantando por Manolo Escobar. Y no es broma, porque yo he sido testigo de eso.

Pero a lo que iba…

A mí este mensaje me abrió un mundo de sensaciones y sentimientos que no podía describir:

Agradecimiento, solidaridad, hambre, ansiedad, babeo constante… En definitiva un querer y todavía no poder y una sensación de estar ya oliendo esa maravillosa tortilla.
No podía negarme ni tan siquiera por educación. El hambre es el hambre y un amigo, es un amigo.

Exactamente, tampoco sé el tiempo transcurrido hasta que por la puerta de esa sala aparecieron como agua de mayo el señor y la señora Maiden.

Una señora que en otro alarde de solidaridad y amistad acudió al hospital a pesar de encontrarse en un estado tan deplorable por fiebres nocturnas, que daban ganas de llevarla a que la viera un médico. ¡Sería por médicos en un hospital…!

Saludos de rigor y despliegue militar. Y digo despliegue, porque lo que en un principio se me prometió como una tortilla con pimientos, como por arte de magia, se convirtió en tortilla, cerveza, pan, cubiertos, papel de cocina, yogurt, café y magdalenas.

¿Quedaba alguna duda de que Dios existe?

José y Loli Maiden o Loli y José Maiden, son así; buena gente. Complementados entre la extroversión de él y el aire más intimista y tranquilo de ella. Gente capaz de animar al más serio y a la vez emocionar al más duro.

A este ágape de comida, charla y mantel, se unió por fin la mujer que me aguanta desde hace tantos años ya. Renqueante, dolorida, cansada, pero fiel a la cita como siempre.

El poker de amigos estaba formado y ya sólo quedaba mantenernos a la espera de formar el repoker con aquel que a esas horas se estaba dejando manipular en una mesa de operaciones.

Maiden estaba inquieto, Maiden preguntó varias veces por dónde se podía ir a donar sangre y Maiden se marchó a entregarse a un acto tan altruista y solidario que en mí produjo admiración y a la vez una cierta envidia por no poder acompañarle desde que un día me dijeron que ya no podía seguir siendo donante por mi hipertensión arterial. 
  
El caso es que Maiden regresó desatado. Sujetándose ese apósito para no ir regando con más donación los suelos del hospital, comenzó a alegrarnos con sus ocurrencias, chistes y locuras naturales.

Las personas que contemplaban o escuchaban esas charlas tan alegres y distendidas, nos miraban con ojos entre perplejos, admirativos y alguno escrutador.

Los minutos, de esa manera, parece que corren cuesta abajo y sin frenos.
Y así, casi sin darnos cuenta, se nos anunció que el cirujano que había realizado la intervención quería hablar con los acompañantes de José.

En un pasillo largo, un doctor vestido completamente de verde, nos explicó con total amabilidad, que la intervención había transcurrido por los cauces normales en cualquier paciente de la edad y circunstancias de nuestro amigo José. Nos habló con claridad del procedimiento empleado y de que las siguientes cuarenta y ocho horas eran cruciales en todo proceso de recepción de un órgano.

Nos estrechó la mano y se marchó con el agradecimiento y la admiración de los cuatro que tras varias horas de espera, podíamos respirar tranquilos porque todo había salido bien.

Sería la descarga de adrenalina, la descarga de tensiones, o más bien la descarga de su sangre, la que hizo que el otro José (Maiden), se emocionara de tal manera, que no tuve más remedio que abrazarle, porque entre lágrimas, sólo acertaba a decir:

“¿Pero tú sabes quién me ha dado la mano?” ¡Una persona que es capaz de colocar un órgano de un cuerpo en otro!. ¡No me lo puedo creer!

Yo tampoco me podía creer que ante mí tenía a un tipo casi más ancho que alto, con una camiseta que asustaría a algún niño, emocionarse de aquella manera. Fue un momento imborrable para todos.

Contentos, felices, expectantes, algo cansados pero fortalecidos por tan buenas noticias, sólo nos quedaba esperar a la entrada de otra sala de espera para poder verle tras la reanimación.

Para acceder a esa sala, debíamos subirnos a uno de los cuatro ascensores ante los que había una pequeña multitud.

Ahí comenzó una actuación sorpresa de nuestro Maiden. Sin teloneros, sin micrófono y sin vergüenza (separado, aunque en ocasiones se podría escribir junto), comenzó a relatar las posiciones de subida y bajada de cada uno de los ascensores mientras todos los allí presentes lo mirábamos entre perplejos, admirados y asustados:

Pincha aquí si no te importa comprobar el estado de locura de este showman en potencia.

El caso, es que con locura o sin locura, pudimos llegar a la sala de reanimación. Está claro, que los primeros que nos teníamos que reanimar, éramos nosotros tras lo vivido en esos ascensores. 

En esa sala, ya no nos pudimos sentar. Todos los asientos (muchos ciertamente), estaban ocupados por una familia gitana. Mucha casualidad sería que en reanimación hubiera más de un enfermo de esa etnia. Y de todos es conocido que las mayores reuniones familiares de ellos se producen en hospitales o tanatorios. Allí ya sólo faltaban las guitarras, finos, jamón y queso. Alboroto sí, pero buen rollito, también; que no falte nunca.

Otra vez larga espera para que al final nos comuniquen que no lo podremos ver allí sino en el Servicio de Hemodiálisis inicial. ¡Otra vez a los bajos fondos!.

Una vez allí, nos informan que solamente una persona puede entrar para ver unos pocos minutos a nuestro José.

Las mujeres, en su estado, no podían. Y Maiden, en el suyo, tampoco…

Así que allí va decidido el Luismi. No podía ser tan fácil y una enfermera me indica que debo vestir con bata, patucos y mascarilla reglamentarias.

¡Qué calores! ¡Qué sudores! ¡Qué inútil soy para vestirme así!

Los patucos, bien; a la primera. La bata, difícil atársela uno por la espalda, pero al final se consigue.

Y la mascarilla…Dichosa mascarilla.

Yo no sé si me la até demasiado fuerte, demasiado pegada a la cara o sencillamente que yo no puedo ir por la vida con un artilugio así.

El caso es que con la mascarilla puesta, al respirar, se me empañaban las gafas. Y si me quitaba las gafas, escuchaba y veía borroso. Así que me arriesgué, y al llegar a la altura de la cama de José, me las quité.

Allí tumbado, “intuí” que mi amigo estaba con los ojos cerrados. Esperaba ver muchos aparatos a su alrededor, pero ciertamente tampoco había demasiados. Los normales que ya había visto otras veces.

Recuerdo que lo primero que le dije fue:

“¿Cómo te encuentras compañero?”

No acertó a pronunciar palabra. Sólo un pequeño gesto de asentimiento y poco más. Buen color de cara, media sonrisa forzada por esa borrachera de vodka de la marca “anestesia” y una calmada respiración.

Poco tiempo permanecí allí. Marché deseando un buen servicio al personal que a partir de entonces cuidarían de José y con la promesa de regresar al día siguiente, pude por fin abandonar ese verde traje con el que me malvestí para la ocasión.

Así que pasadas más de catorce horas desde que atravesé la puerta principal del recinto, los cuatro fantásticos, los cuatro amigos, pudimos regresar a casa con la satisfacción y el orgullo del deber cumplido y de dejar en manos del destino, la ciencia y Dios, que ese riñón quisiera vivir en otro cuerpo que no era el suyo. 







* Quiero dedicar esta entrada, a Loli y José "Maiden" y a mi mujer Mercedes que con su compañía y esfuerzo, convirtieron una larga jornada de hospital, en un hermoso día entre amigos. Gracias.


martes, 18 de marzo de 2014

Un alto en el camino

Queridos lectores y amigos de este Café del Swing; esa historia “Entre amigos”, que me mantiene ocupado estos últimos días, debe hacer un alto en el camino, aunque continuará felizmente hasta su conclusión en próximas fechas.


Ahora mismo, mi pensamiento, mis sentimientos, mi corazón y el de los míos, están con otro amigo, un gran amigo y una gran familia que viven momentos dramáticos.

Mi amigo Jaime, aquel sidrero que tantas veces nos ha escanciado y enseñado el verdadero sentido de la amistad, está a punto de embarcar rumbo a la travesía más larga.

Un cáncer traicionero como pocos, cobarde como el que más, fulmina cruelmente proyectos, ilusiones y futuros.

Es momento ahora de comprensión, de apoyo, de cercanía aún en la distancia con esa gran familia que aprecio y quiero como mía.

Algún día hablaré y homenajearé a este hombre como se merece.

Ahora, sólo puedo rezar por él y pedir a Dios conceda a esa familia la fuerza necesaria para afrontar tan duros momentos.


Gracias.

domingo, 16 de marzo de 2014

Entre amigos II


Pronto pasaron las horas desde esa despedida. Café, corto paseo perruno, un beso a la mujer y acompañar la salida del sol subido a un tren de cercanías rumbo a un hospital madrileño.

Poca gente en ese vagón. Horas tempranas para aquellos que un sábado trabajan y horas tardías para aquellos que aún no durmieron.

Hospital desconocido para mí. Era mi primera visita a pesar de que su nombre lo recuerdo desde siempre. Acceso rápido y llegada con media hora de antelación a la cita oficial de las 8:30. Siempre quise ser puntual y ese es uno de mis mayores “defectos”. No aprendí nunca a esperar.

Entrada principal, vestíbulo y a escasos metros, me encuentro a un hombre alto y con cierto semblante desmejorado, que rápidamente me tiende la mano.

 "No hacía falta que hubieras venido tan pronto, me dijo él".
     
     "Y tú vas y te lo crees, le contesté yo".

Ante mí estaba José, con cara de buenos amigos tras una noche de juerga y frenesí.
        
     "¿Has dormido mucho?", le pregunté.
   
     " No he pegado ni ojo, me contestó".

Eso aclaraba completamente su apariencia.

Y como donde hay dos siempre caben tres, se añadió a la escena Miguel, hombre éste compañero de fatigas de José en sus habituales jornadas de enganche a la máquina y que muy amable y sinceramente se ofreció a trasladar a nuestro protagonista desde su domicilio hasta el hospital.

De Miguel, se podría escribir largo y tendido, pero solamente diré que por este hombre han pasado muchas y expertas manos médicas para realizarle un trasplante hepático, además de retoques coronarios y si no recuerdo mal, unas veintisiete intervenciones quirúrgicas por un accidente.

Es decir, todo un experto en el dudoso arte de padecer contratiempos de salud y que además es otro candidato a ser trasplantado también de riñón.

Así que el trío, ya estaba formado. No sabría decir exactamente si éramos “El bueno, el feo y el malo”, “Rumba tres”, “El trío calaveras”, o “Los Mosqueperros”.  El caso es que tras consultar en el servicio de hemodiálisis en el que José había sido citado a tan temprana hora y por indicación de su personal, nos trasladamos al Servicio de Urgencias para gestionar el ingreso e impresión de las preceptivas pegatinas propias de todo historial médico que se precie. Y este fue el primer anuncio de una jornada atípica.

Llegar al servicio de urgencias, fue fácil. Esperas no hubo ninguna. Al otro lado del cristal, una solícita mujer pidió a José el impreso que le entregaron previamente y ahí en ese momento, se inició una rocambolesca sucesión de acontecimientos que causaron en mí una profunda “impresión”.

Al hojear el impreso, esta mujer frunció el ceño. Algo no estaba muy claro. Lo mejor en estos casos, era consultar a la compañera, que más veterana en esta lides, rápidamente comenzó a teclear números, códigos e instrucciones al ordenador que tenía frente a ella.

El teclado echaba chispas, pero el resultado era nulo. Cierto código a emplear, no estaba muy claro y requirió la presencia de una tercera mujer.

A estas tres, se unió una cuarta que pasaba por allí. La escena era una especie de camarote de los hermanos Marx, pero sin camarote. Cuatro mujeres, una pantalla, un impreso y ninguna resolución.

Por fin, ¡oh albricias!, dieron con el código correcto. Sólo faltaron los “hurras” y “vivas” cuando esa máquina por fin permitía la introducción de los datos de nuestro José que lo único que quería era que le dieran unas simples pegatinas.

Una de ellas preguntó:

- ¿Está preparada la impresora?

- Sí, contestó otra.

Pues imprimo.

La tecla “enter” fue pulsada correctamente, pero por esa impresora no asomaba ni la pata de un grillo.

Nuevamente, la experta administrativa, volvió a pulsar la tecla sin ningún resultado.

Las cuatro mujeres volvieron a conjuntarse y conjurarse y abriendo la impresora, colocando nuevamente las etiquetas y reiniciando la máquina, esperaban esa impresión como el maná. Pero tras el tercer intento, comenzaron a desesperarse.

Parece mentira, pero con la mala vista que Dios me ha dado, me percaté de que a unos tres o cuatro metros de esta impresora, había otra que “casualmente”, escupía un papel tras otro al mismo tiempo que estas mujeres pretendían imprimir. Así que sólo por ayudar, le comenté a una de ellas que miraran en aquella otra impresora, no fuera a ser la causante de tanta confusión.

Las mujeres juraron y perjuraron que “alguien” tuvo que cambiar la impresora o el programa se había desconfigurado.

Así que tras más de diez minutos de forcejeo con una impresora y etiquetas en mano, regresamos al servicio de hemodiálisis.

Una pequeña sala de espera con unos asientos de esos que te dejan marcado en donde alguien alguna vez nos habrá querido dar una patada, era nuestro lugar de reunión ante los acontecimientos venideros.

Se unió a nosotros un matrimonio que habían sido citados a la misma hora y por el mismo motivo. El marido, se asemejaba mucho a José. No físicamente, pero sí con sus mismos miedos, incertidumbres y cara de asombrado susto.

Dos hombres y un destino; ahora sí que se podía aplicar el título correcto a esta película basada en hechos reales.

Dos hombres para un trasplante. Dos hombres que lejos de mirarse inquisitivamente y deseándose que el otro no fuera agraciado con el premio gordo de la lotería, se deseaban suerte y que fuera quien fuera el agraciado, pudiera acabar esta historia con un éxito rotundo.

Una enfermera llegó y anunció que no era un riñón el donado, sino dos.

Un mundo de posibilidades se abría ahora para estos dos hombres.

Ahora llegaba el momento de las pruebas; los análisis, radiografías, etc. que certificaran que esos órganos y estos hombres estaban hechos los unos para los otros.

¿Qué pasaría por la cabeza de José en la incertidumbre de la espera?

¿Serían sólo el sueño y su cansancio los causantes de su postración en unos fríos y duros asientos de la sala?

Aún pasaron unas dos horas hasta que una nueva enfermera anunció a los reos de vida, que se prepararan porque iban a ser rasurados.

Al escuchar esa palabra, el chiste entre todos, era fácil. Ninguno pensábamos que les iban a afeitar alguna incipiente barba, o a practicarles las tan de moda “ingles brasileñas”.

Los cinco nos miramos y creo que a todos nos brilló un ojo color ilusión y el otro de esperanza.

Por una puerta desaparecieron y por esa misma puerta regresó tiempo más tarde una auxiliar que nos entregaba una bolsa de plástico transparente, con toda la ropa y efectos personales de cada uno de los candidatos a vivir mejor.

Aún pasó algún tiempo hasta que vi a José andando por un pasillo tapado sólo por un camisón tan sexy como la cara de un chino al chupar un limón.

Una imagen que aún hoy me persigue. Afortunadamente, yo corro más.

Charla posterior de la doctora coordinadora del trasplante que con simpatía y tacto, tranquilizó a nuestro amigo explicándole los pros y contras de una intervención así. 

Firma protocolaria de consentimientos y suerte echada.

Sólo faltaba ya el toque de clarines y timbales para anunciar que José sería el primero de la tarde en salir camino del quirófano por ser en teoría el paciente de más riesgo.

Y así, aproximadamente a las 14:30 horas de un soleado día 8 de marzo de 2014, José me estrechó la mano tumbado en una cama que con sus ruedas y empujado por un fortachón subalterno, le conducían sin remisión al centro mismo de un aséptico quirófano, entre olés y ovaciones de la afición.

Le dije, “suerte, maestro”. Nos vemos a la vuelta.

- Y él sólo atinó a contestarme: “Eso espero, gracias”

Si la salida fue a hombros y por la puerta grande, se conocerá en próximas entregas. Gracias a vosotros, afición, por vuestra fidelidad.







jueves, 13 de marzo de 2014

Entre amigos

Tengo un amigo de nombre José. José es un tipo alto y fornido venido a menos (no lo digo yo, lo dice él por los kilos que perdió en el camino).

De edades, no hablaremos porque coqueto él, también coquetea con lanzarme rayos catódicos y hasta católicos, cuando de antigüedades tratamos.

José es un tipo peculiar. De semblante adusto, en ocasiones incluso de perdonavidas, pero que también sabe desabrochar sonrisas de forma natural.

De voz grave, no puede ocultar ese deje catalán adquirido después de tantos años de estancia por aquellas tierras, aunque su DNI me sorprenda gratamente al saber que este catalán, al igual que yo, durmió en cuna manchega.

Un día decidió hacer parada y fonda entre getafenses y es aquí donde desde hace años se ganó acogimiento, respeto y amistad.

Podría contar mil historias, mil conversaciones y alguna confidencia, bañadas en rubias cervezas y humos de pitillo, pero no lo haré porque me traicionaría a mí mismo y lo que es peor, traicionaría su amistad.

Un tipo directo; de esos que como dice otro amigo mío, habla muy “clarico”. De esos que al hacerlo, concatenan palabras tal cual las procesa su cerebro, sin atender a nefastas consecuencias posteriores en su relación con los demás.

Pero de esos tipos, que también saben hablar sin abrir la boca. De los que saben reconocer errores; de los que también saben dar y pedir perdón.

De mirada sincera y de gestos inequívocos, puede, quiere y sabe practicar bondades. Quizás, en ocasiones, le pierdan las formas, pero el fondo de armario es bueno.

José vive solo. Practica la soledad aunque nunca fue su fiel consejera. Vive momentos complicados, porque una cosa es vivir en soledad y algo mucho más grave, el sentirse solo, además de enfermo.

Porque José vive también en crónica enfermedad. Una enfermedad que aminoró primero y detuvo después el funcionamiento normal de esos filtros, que limpian de impurezas los cuerpos y cuyo nombre conocemos todos por “riñones”.

Órganos estos que al dejar de funcionar, te obligan a buscarte amistades hospitalarias en largas, tediosas y desesperantes sesiones de hemodiálisis.

Una cruz que José lleva a cuestas desde hace casi un año y que provocan en él un desencanto añadido a su complicada situación.

No es de extrañar por ello, que entreabriera hace meses una puerta a la esperanza cuando fue incluido en la lista de espera de posibles receptores de un órgano que pudiera desconectarle de una máquina que nunca le dibujó un simple emoticón feliz.

El pasado día siete de marzo al anochecer, me encontré con él como tantas otras veces que hemos coincidido en nuestra querida Catedral. Pero esta vez, al ver su cara, sabía que algo había sucedido. Y mis sospechas fueron corroboradas cuando de sopetón, me dijo:

“Me han llamado para que mañana a las 8:30h. me presente en el Hospital, porque es posible que tengan un riñón para mí”.

Su cara denotaba más miedo que alegría; más preocupación que esperanza.

Nervios, incertidumbre, consejos... Todo se agolpaba en él y así se despidió de todos los que hicimos de maestros de ceremonias de una gran noticia con el deseo de que la suerte, plegarias y destino, quisieran unirse buscando su amistad.

Recuerdo que al despedirme de él, estreché su mano y sólo le dije:

“Mañana nos vemos. Intenta dormir”

Lo que sucedió a la mañana siguiente, en las horas transcurridas hasta tocar estas teclas del ordenador y lo que acontezca de hoy en adelante, como en una película o serie basada en hechos reales, llevará implícito el típico cartel:

 







martes, 11 de marzo de 2014

La tempestad


Hoy el tren de cercanías parece otro. Quizás su color sea el mismo de siempre. Sus asientos, sus paradas, su destino, e incluso sus gentes, sean las mismas. Pero hoy va más cargado; cargado de recuerdos. Exactamente, de 192 recuerdos.

Recuerdos de una mañana de hace diez años, en la que 192 vidas, ilusiones, ganas de vivir, de trabajar y alcanzar metas, se vieron truncadas por la cobardía, la barbarie y la sinrazón de aquellos que desprecian con sus actos, todo atisbo de cordura o razonamiento.

Hoy, como entonces, me siento frustrado, me siento dolido y hasta los más profundos cimientos que constituyen mi persona, se tambalean al recordar lo que un once de marzo de 2004, sucedió en Madrid.

No hay juez, político, policía o incluso amigo que aún hoy pueda hacerme cambiar de opinión. Porque después de diez años, aún sigo persiguiendo un sueño o quizás una quimera que en este país parece que se  sigue escondiendo tras las esquinas y cuyo nombre debería ser tan hermoso como rotundo:

“JUSTICIA”

Me llamarán como siempre, conspiranoico, fascista o algo peor; pero todos, incluso yo, tenemos derecho a pensar en libertad y así es como sigo pensando diez años después, porque hoy, como entonces, sigo sin saber o ni tan siquiera intuir verdaderamente, quién y por qué decidió destrozar salvajemente la vida de tantas personas y familias.

Me uno hoy al dolor de tantos afectados y deseo de corazón que aquella tempestad que un día me arrastró por el camino del odio, deje de sonar en mis oídos como cánticos de desprecio.






      * En memoria y solidaridad con todos los afectados por el atentado terrorista del 11 de Marzo de 2004 en Madrid.    




miércoles, 5 de marzo de 2014

Escalones


No hace mucho, acudí a la presentación de un DVD, resumen más o menos acertado de la vida profesional y personal de un músico y compositor de nombre consagrado desde hace más de treinta años, en el panorama musical español.

Quizás la poca publicidad que se dio al evento, el lugar, hora o trascendencia del mismo, no eran los mejores aliados para una masiva afluencia de público. Pocas personas nos congregamos allí, pero yo lo agradecí enormemente, porque me resultó así un acto más emotivo, personal y cercano con la presencia del propio artista.

Aún más si cabe, cuando por sorpresa me encuentro con otro artista, otro cantante al que admiro como compositor y poeta, y al que me une la amistad de unos pocos años.

Claro está, que una ocasión así y por no perder mis costumbres ancestrales, casi me empujaron y obligaron a acercarme al legendario artista para conseguir un autógrafo en aquel disco de grandes éxitos que adquirí y hacerme la fotografía de rigor.

Todo el mundo requería su presencia, todo el mundo quería inmortalizar ese breve encuentro y entre esas personas, también se encontraba mi amigo artista o artista amigo, que para el caso, es lo mismo.

Me llamó la atención, que al igual que yo hace años también me acercaba a mi amigo con cierta vergüenza, pudor e ilusión a la hora de pedirle un autógrafo o una instantánea juntos, era ahora él quién se mostraba de la misma forma ante ese otro artista consagrado desde hace tantos años ya.

Imaginé entonces, una gran escalera cuyos peldaños de subida nos acercan más y más a lo más grande, sin distinción de lo que somos o hemos sido. En este caso, opino que siempre será mejor ir subiendo escalón a escalón, sin prisas y con esa dosis de humildad necesaria que impida que al alcanzar su cumbre, esos escalones acaben convirtiéndose sólo en un peligroso y desastroso descenso hacia el olvido.