"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

lunes, 1 de diciembre de 2014

El experimento

 Nunca he sido de esas personas que suelan salir de lo habitual para crear algún tipo de tendencia, costumbre o innovación. Tampoco soy un creador de algo que vaya más allá de estas letras que ocurren y discurren por los rincones de mi cerebro y que no siempre van en el sentido lógico de las agujas del reloj.

Sin embargo, hoy empujado por algún tipo de impulso, me he decidido a realizar un pequeño experimento y que a la vista de los resultados inmediatos, quiero compartir con todas aquellas personas que como siempre y muy amablemente, dedican una parte de su tiempo a leerme.

Deseo que mis explicaciones, sean lo suficientemente claras para no inducir a error en su elaboración, con las consecuencias más o menos drásticas que una mala ejecución de este experimento pudieran provocar.

Amigo lector, hablemos primero de los materiales necesarios para su realización:

 1.- Una correcta iluminación de la estancia donde trabajaremos (habitualmente, el cuarto de baño)

 2.- Un espejo (a ser posible, de dimensiones grandes)

 3.- Jabón de manos

 4.- Una toalla

 5.- Cepillo de dientes con su correspondiente pasta dentífrica y elixir bucal (no  obligatorios, pero aconsejables)

 6.- Un peine o cepillo

 7.- Un vaso

 8.- Cualquier bebida refrescante, con o sin alcohol

 9.- Una puerta

10.-Una escalera

11.-Unos alfileres de la ropa


Iniciamos el proceso:

Una vez en la estancia bien iluminada, nos situaremos frente al espejo, procurando que tanto el rostro como el cuerpo que se refleja en él y que no debe ser otro que el de la propia persona que realiza el experimento, quede perfectamente encuadrado en el mismo. Si en este primer paso observáramos que el espejo no devuelve ninguna imagen parecida a la nuestra o se trata de una persona totalmente diferente, aconsejo correr como alma que lleva el diablo y suspender inmediatamente la prueba. Repito, ¡corred!.

Descartado ese supuesto caso, procederemos a un lavado de manos en profundidad. Frotar bien ambas manos. El jabón a utilizar, se aconseja que contenga un Ph neutro. No es aconsejable uno de glicerina, porque dejaría los dedos demasiado suaves y escurridizos para nuestro propósito.

Tras este lavado concienzudo, se requiere un exhaustivo secado de las manos con una toalla lo suficientemente grande para este cometido. Descartar esas toallas utilizadas para higiene íntima, sobre todo, por su reducido tamaño. Que no se me moleste nadie, porque a esas toallas las bautizara yo con el nombre de “lavachochos”; por favor, no os molestéis.

Bien, una vez pasado el trámite higiénico, sin perdernos de vista en el espejo, abriremos ligeramente la boca, comprobando la limpieza de nuestros dientes, sean o no naturales.

Si nos percatáramos de algún tipo de mancha o restos de suciedad, procederemos a un lavado buco-dental con nuestro cepillo, pasta y elixir bucal habitual. Si nuestra dentadura se encuentra en perfecto estado de revista, saltaremos este paso.

Ahora es cuando realmente, iniciamos la parte más compleja del proceso.

Situaremos ambas manos a la altura de los ojos procurando emparejar cada mano con el ojo de su lado correspondiente.

Aunque pueden existir variantes en cuanto a la posición de los dedos, seguidamente, situaremos los mismos, rozando ligeramente la sien del lado correspondiente, siempre y muy importante, dejando libres los dedos pulgares (también llamados “gordos”).

Sin forzar esa posición, relajadamente, acercaremos los pulgares a la comisura de los labios. Es decir, más o menos acariciando el punto de separación entre el labio superior e inferior.

Presionamos sin forzar con los pulgares y sin separar el resto de los dedos de las sienes, poco a poco iniciamos la maniobra de aproximación de todos los dedos. Pausadamente, comprobaremos que vamos dejando al descubierto nuestros dientes y al mismo tiempo, el rictus de nuestra cara comienza a mostrar una imagen mucho más cómica que la inicial.

No asustarse. Lo que estamos viendo ahora frente al espejo, seguimos siendo nosotros, pero con un añadido que en términos vulgares es conocido como “sonrisa”.

Ahora es cuando viene la parte más compleja de todo este experimento.

Separaremos muy despacio todos nuestros dedos de la cara y al mismo tiempo, forzaremos a nuestro cerebro con una orden clara para no perder esa sonrisa que como por arte de magia, ha aparecido en nuestro rostro.

Puede que las primeras veces que hagamos esto, la tendencia natural de nuestros músculos faciales, nos devuelvan esa imagen seria inicial que llevábamos de serie; pero practicado varias veces de modo natural, observaremos que los dedos dejan de ser protagonistas en toda esta historia y sólo con nuestra voluntad, conseguiremos vernos mucho mejor.

Quizás necesitemos un retoque capilar, para perfeccionar aún más si cabe esa nueva imagen.

Si es así, es la hora de utilizar ese hermoso peine o cepillo que previamente ya teníamos preparados.

Llegados a este punto y comprobado y requetecomprobado que somos unos verdaderos expertos en el difícil arte de sonreír naturalmente, tomemos ese vaso, vertamos en él esa maravillosa cerveza o refresco y brindemos por nosotros mismos con esa persona que nos mira fijamente desde el espejo y cuyo rostro es el que a partir de ahora nos debería resultar más familiar.

Y aquí es donde acaba realmente nuestro experimento.

Os preguntaréis entonces, qué pinta una puerta, una escalera y unos alfileres de la ropa en toda esta historia.

Muy sencillo. Obligatoriamente, para salir a la calle, no tenéis más remedio que abrir la puerta de vuestra casa y bajar por la escalera (ejercicio muy sano en lugar del ascensor) y regalar al mundo esa maravillosa sonrisa que en los tiempos que corren teníamos tan escondida.

¿Y los alfileres de la ropa? Sólo para aquellos casos extremos de personas que no sepan sonreir con un mínimo exigible de naturalidad.

Espero haber servido de alguna utilidad o al menos, provocarte una ligera sonrisa.


Besos y abrazos.






6 comentarios:

Sombra Gris dijo...

Una sonrisa, siendo sincera, es el mejor atavío para el corazón...Tu tienes arte para conseguirlas...Hoy te dedico a ti la mía...un abrazo bien fuerte

Misivo dijo...

Por un instante creí que estaba en un capítulo de Barrio Sésamo. Yo que tú les propondría hacerles guiones. Muy bueno, Luismi. Gracias por ofrecernos alegría.

luismi dijo...

Gracias por esas sonrisas amigo Alfonso.

Un fuerte abrazo maestro.

luismi dijo...

¿Barrio Sésamos? Me encantaría que volviera. Lástima que haya muchos niños que no sabrán nunca lo que era eso.

Me alegro que te gustara Álvaro.

Un abrazo.

Airblue dijo...

Increíble experimento el que nos muestras, pero útil, muy útil,te mereces un premio por ingenioso ja,ja, la intriga llega hasta el final y el remate de las pinzas me ha encantado. A más de un@ se las ponía yo!!!!

Tu entrada es un toque de optimismo y alegría.
Mil abrazos sonriendo.

luismi dijo...

jajaja. Muchas gracias amiga. De eso se trataba; de despertar una sonrisa que falta nos hace.

Otros mil abrazos y muchas gracias.