"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

jueves, 3 de abril de 2014

Entre amigos IV

Amanece un 9 de marzo con más sol que nubes, con más calor que frío invernal. Los horarios de visita son restringidos en estos casos. Sólo de 13 a 14 horas y de 15 a 17. Prefiero la hora del vermouth, entre otras cosas, porque yo no bebo vermouth.

Los trenes, vacíos; los metros, también y el mismo viejo hospital que me espera con sus puertas de par en par.
Rostros conocidos; ese perro negro azabache que aburrido y somnoliento bosteza acompañando y socorriendo a su cuponera particular de la O.N.C.E.; personal de seguridad que a desgana y amablemente invitan a la gente a retirarse lejos para fumar ese pitillo en las inmediaciones del recinto hospitalario y personas que como yo, un radiante domingo no tienen otra cosa mejor que hacer que visitar enfermos.

El camino, ya lo sé. Muchas fueron las horas previas para aprenderlo. El procedimiento de acceso, también; pero esta vez, la estrategia, será diferente.
Vestir, lo que se dice vestir, vestiré igual; pero ahora no daré gusto a las penurias que escasas horas antes padecí.

Los patucos, no tienen otra forma de ponerse y así lo hago.
Pero esa bata verde, se ata mil veces mejor por delante que por detrás. Y esa dichosa mascarilla, esta vez, sí me va a dejar vivir. ¡O ella, o yo!.

Coincido en la antesala con la esposa de Francisco, el otro señor trasplantado. Nos saludamos, nos preguntamos y nos felicitamos por el aparente éxito de ambas intervenciones.
Vestidos casi ya como cirujanos de pacotilla, accedemos por fin a la sala de cuidados intensivos de hemodiálisis. Allí me encuentro a José tumbado en la cama; lo que comúnmente se denomina “encamao”.

Estaba consciente, con buen color de pupilas y orientado; ya sólo me falta hablar de “lupus”, para parecerme al Dr. House…
Esta vez, sí que es capaz de alargar una mano para estrechar la mía. Su voz, quizás no tenga la fuerza que tenía; sus ojos, quizás, tampoco la chispa de antaño, pero su imagen no denota sufrimiento, dolor, ni pena. Todo lo contrario.

No conversamos demasiado. No era el momento ni el lugar para hacerlo. Simplemente, le hice un pequeño resumen de lo vivido el día anterior. No hizo falta exagerar la historia para provocarle alguna sonrisa.
Me miraba con ojos que si en un principio eran como platos de postre, poco a poco se iban agrandando para ser unos maravillosos platos repletos de entremeses.

No concebía que una serie de personas, ajenas a su familia, hubieran hecho guardia tantas horas por él.
“¿Qué he hecho yo para merecer que se preocupen tanto por mí?”, no paraba de preguntarle a Alguien mirando al techo de la sala.

Es una pregunta que en todos estos días ha repetido en muchas ocasiones.
Porque el día de su estreno como actor principal de toda esta historia, cuatro éramos los actores secundarios, pero detrás también había un equipo “técnico” que a varios kilómetros de distancia se encargaban con sus deseos, sus oraciones y sus mensajes de completar el reparto de esta gran obra basada en hechos reales.

¿Qué pasaría por la cabeza de este solitario hombre en las horas posteriores a esa intervención que podía cambiar su calidad de vida?
Eso es algo que yo no preguntaré, pero que estoy seguro que algún día me contará. Porque si de algo está necesitado José, es de hablar con la gente; sentir la cercanía de alguien; un mensaje, una llamada, una visita. No necesita nada más ni nada menos. Sentarse frente a un café o una cerveza sin alcohol y un amigo que le escuche, para sentirse bien.

Pero la vida de hoy en día, parece que no da tregua a momentos de charla, mantel y café. Las tecnologías y nuestra propia estupidez nos han llevado a charlar con el amigo más con los dedos que con la garganta.
José en esos momentos, no estaba solo. Rodeado de otros convecinos de recuperaciones y alguna que otra enfermera a la que echar el ojo él y yo, sabía que al menos durante un par de días no podría ser trasladado a otro “apartamento” con vistas.

No era descartable una nueva diálisis, como así fue y tampoco era descartable que tuviera que recibir alguna dosis de roja sangre para revitalizar ese cuerpo que horas antes fuera hurgado, abierto y remendado.
Todo en un proceso que a juicio de los que entienden, iba más o menos por los cauces normales.

Y digo más o menos, porque las pruebas realizadas, indicaban que alguna parte de ese tercer riñón, no estaba funcionando como debiera.
Normal lo que se dice normal, no es que fuera, pero entraba dentro de las posibilidades tras una intervención así. Me hablaron de eparinas y otras hierbas, cuando yo soy más de gelocatiles y bicarbonatos; pero aún así, me hicieron ver que todo iba como se esperaba.

Dos días de espera; dos días cruciales; dos días que pasaron a velocidad de vértigo.
Casi sin darme cuenta, la tarde del día 10 mis pies me llevaron de nuevo a la misma sala, a visitar al mismo enfermo.

Allí lo encuentro sentado. No es que tenga buen aspecto, no. Más bien diría que su aspecto es radiante. Pero me llamó la atención que en esa mirada, había cariño; había alegría y mucha, mucha sinceridad.
Pocas veces he visto esa mirada en alguien. Ese gesto de verdadera alegría por verme. Y debo reconocer, que me sentí muy agradecido. Sólo por eso, ya mereció la pena el esfuerzo.

Todo se resumió en un gran apretón de manos y en una frase que en cierto modo, a ambos nos sonaba a gloria.
“Me han dicho que esta tarde o esta noche, me suben a planta”

Debo aclarar ese “en cierto modo”. Supuestamente, eso significaba que lo peor había pasado y que se encontraba en condiciones de ser trasladado a a la planta de nefrología, para continuar con la evolución normal.
Pero a mí todo me parecía tan rápido, tan normal, tan simple, que no acababa yo de creerme tanta bonanza en un enfermo al que se le ha practicado un trasplante de riñón, con la edad y las circunstancias del mismo.

El tiempo pasó y tuve que marchar sin saber con exactitud si teníamos mudanza a la vista, o no.
Duda que esa misma noche me despejaron cuando una voz al otro lado del hilo telefónico, me comunicó:

 

“ Luismi, estoy en planta”








2 comentarios:

Airblue dijo...

Buena experiencia por la que estás pasando. No sé la edad de tu amigo pero por lo rápido que va el proceso, se recuperará pronto y ojalá no tenga la posibilidad de un rechazo. Han cambiado mucho las cosas, mis primeras guardias las hice en la unidad de Diálisis que entonces añadían la palabra Peritoneal, no se me ha olvidado el número que allí se montaba de tubos, monitores y demás trastos necesarios que te daban una sensación de angustia tremenda. El equipo de la Unidad de Diálisis era muy bueno y la verdad es que aprendí un montón, entre otras cosas la maravilla de conocer como filtra y depura la sangre un riñón artificial. Luego vinieron los trasplantes y ha sido un avance increíble para estos pacientes.
Permíteme un consejo, sigue con el Gelocatil y procura evitar tomar antiinflamatorios, minan el riñón porque se eliminan por él. Es algo que el personal lego no sabe y abusa del ibuprofeno y derivados de una manera exagerada.
Un saludo Luismi y me alegro que tu amigo esté ya en planta.

Luismi dijo...

Muchas gracias amiga. Sí que está siendo una gran experiencia que espero acabe muy bien. En ello estamos. Un abrazo.