"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

jueves, 24 de abril de 2014

El tablero



La vida muchas veces, nos enseña a jugar; porque la vida no es más que un juego, un sueño, una sucesión de noches con sus días o una pesadilla. Depende de cada uno la perspectiva que le queramos dar.
Yo la imagino como un tablero de ajedrez. Por ese tablero, se mueve el mundo, sus gentes, sus ideas, sus personalidades, sus amores, desamores, estrategias, amistades y anónimas y más o menos insípidas vidas.

Si me preguntaran con qué ficha de ese gran tablero me siento o me gustaría sentirme más identificado, diría sin miedo a equivocarme que quisiera ser un simple, humilde, pequeño y sencillo peón.
No es la ficha más atrayente del ajedrez, no. Pero sí que encuentro en ella la simplicidad que busco. Una ficha sin pretensiones; avanzando a pasos cortos, pero decididos y sólo desviándose del camino, forzado ante las circunstancias.

Lástima que a lo largo de esta gran partida de la vida, en ocasiones, me sienta realmente frustrado o desencantado con comportamientos que hacen de este juego la complejidad que nunca debería ser santo y seña de quien no es ni de lejos un gran profesional de la vida. Porque al fin y al cabo, creo que la amplia mayoría que conformamos este mundo, somos unos simples aficionados en todo.
He conocido, conozco e imagino que seguiré conociendo personas complejas por sus acciones y en ocasiones, por sus omisiones.

Personas como torres de muros infranqueables que desde una visión altanera y sin un resquicio por el que pudiéramos comprender sus actos, se muestran pétreas, pero a la vez simples y primitivas sin una verdadera personalidad definida.
Aquellas otras que como caballos, se saltan los más elementales principios de equidad y que galopando muchas veces contra el viento, siguen un rumbo no definido y sin importarles que con su galope descontrolado, puedan pisotear los deberes, derechos y bienestar de los demás.

Algún grupo de personas que no dejan de ser meros alfiles de ida y vuelta siguiendo un único carril de doble sentido y que nos provocan en ocasiones un sentimiento de duda a la hora de concretar si son de ida, o de vuelta.
Y para finalizar, esas otras personas que sin cuna, nacieron reyes y reinas que por su idiosincrasia, su ego elevado y sus conocimientos exacerbados, quizás sin pretenderlo, se convierten en el centro de atención de cualquier reunión independientemente de su formalidad o no. Personas que desde una humildad teórica de sobresaliente o cum laude, no dejan de ser simples ayudantes de becarios a la hora de realizar sus prácticas.

Por todo ello, no cejo en pretender ser un simple, llano y sencillo peón de ajedrez. Sé que mi futuro como tal, en cualquier partida, seguramente será corto; pero también sé que al ser eliminado, podré levantar la cabeza orgulloso por haber cumplido con la misión que se me encomendó y dejar al resto de las piezas luchando en una batalla muchas veces sin sentido en este enorme tablero de la vida.



lunes, 14 de abril de 2014

yin yang


Un día tiene veinticuatro horas. Noche y día; luz y oscuridad. Abrir y cerrar los ojos al inicio y al final de una jornada.

Así, también hay personas que irradian luz propia y otras que ensombrecen cualquier mirada.

Cuando las luces del alba aún están despertando, me dirijo todas las mañanas a la misma marquesina de autobús.

Allí plantada, una mujer; una mujer cuyos buenos días se convierten en anocheceres habituales y prematuros. Su mirada triste y su desgana en el habla, provocan cierto sentimiento de congoja en toda aquella persona que ose saludarla.
Razones, quizás no le falten. Quién sabe qué historia esconde tras esa coraza y esos ojos ausentes de color.

No hace mucho que mi ánimo se escondía detrás de cualquier árbol o bajo cualquier manta y esta mujer, era el antídoto perfecto a cualquier intento de alegrarme en algo la existencia.
Marchaba a trabajar con la sensación de botellas medio vacías. Con músicas tristes sonando en mis oídos y sin ningún don de gentes. En definitiva, sin humor.

Pero la vida tiene dos caras; las calles son de ida y vuelta; las personas son mil mundos.

Andar por la calle ya iniciada la misma noche de aquel día y ver dirigirse hacia mí una alegre sonrisa; una cara bonita y amable; unos ojos expresivos y una alegría sincera por el encuentro, abre otros mundos.

Una mujer, dos besos de amistad y una breve charla casual, bastan para convertir penumbras en deslumbrantes luces; humores negros en coloridos futuros; inciertas existencias en maravillosas realidades; medias sonrisas en carcajadas interiores.

Personas como ésta que tienen el don de contagiar positivismo; personas que con sus sonrisas, su educación y su cariño, nos hacen ver que la vida no pinta sólo en bastos. 

Una mujer que con su simpatía me retrotrae a una ciudad en blanco y negro con hombres andando bajo hermosos sombreros que sólo se retiran para saludar una cara amable, mientras de fondo suena una hermosa canción de Sinatra.

Seguramente, ambas mujeres tendrán sus razones para ocultar la otra cara de sus vidas. 

Sólo depende del lado del cristal que quieran mostrar.
 
 
 
* Dedicado a todas aquellas personas que tienen el gran don de alegrar a los demás simplemente con su forma de ser. A todas ellas van dedicadas estas letras y esta canción de fondo...
 
 
 
GRACIAS




lunes, 7 de abril de 2014

Entre amigos V

Hoy, siete de abril,  se cumple justamente un mes desde que a nuestro amigo José le comunicaron que era candidato oficial a ser premiado con una estancia y puesta a punto completa en el hospital.
 
Desde el día en el que por fin lo subieron a planta, José ha tenido que pasar y vivir muchas horas acompañado simplemente por una pequeña televisión, un transistor y un móvil tan antiguo y pequeño, que incluso a mí me cuesta trabajo manejar.
 
Alguna vez le subí un periódico; otras veces, un café capuccino de avellana o una botella de agua mineral y siempre unos minutos de charla con los que compartir su soledad. 
 
Charlas de fútbol, familia y amigos.
 
De fútbol de sus pericos (porque este hombre es del Español y anticulé), como debe ser, o de mi Madrid, también como debe ser.
De esa familia que escudándose en la lejanía de Cataluña, esconde los verdaderos motivos para no visitarle.
 
O esos amigos que le aportan en mayor o menor medida lo que toda persona busca en todo aquel que un día le regaló un beso o un apretón de manos.
 
No quiero profundizar en estos temas; me reservaré mi opinión, porque no quiero ni debo juzgar a nadie. Simplemente, diré que José para mí, no tiene pasado; para mí tiene un presente y espero que un futuro muy largo entre amigos.
 
Quizás, no sea el tipo más dulce en sus formas, pero es un tipo de los que miran sin tapujos a la cara; de los que van con su verdad por delante y al que no le duelen prendas a la hora de pedir perdón cuando reconoce que su verdad no era tal. Yo a eso, le llamo integridad y particularmente, prefiero rodearme sólo de unos pocos tipos como éste, a verme abrumado por mil interrogantes y decepciones.
 
Pero no quiero ponerme trascendental con todo esto.
 
Días de radio y fútbol, de retransmisiones y comentarios. Y es en uno de esos días en los que quizás por inspiración divina, se me ocurre trazar un plan un poco descabellado pero que sabía positivamente, alegraría en parte esa monótona vida hospitalaria de nuestro amigo.
 
Gran seguidor desde hace muchos años de esos monstruos de la radio deportiva Paco González, Pepe Domingo Castaño, Manolo Lama, etc, recordé que gracias a José y sus gestiones, yo he tenido la oportunidad de vivir varias tardes de fútbol, risas y amigos en los estudios de la Cadena Cope, resultando para mí y mis hijas, una experiencia maravillosa e inolvidable.
 
Y me dije: “Luismi, tienes que hacer algo para devolverle ese gran favor”.
 
Así que yo también realicé algunas gestiones para conseguir dibujar en mi amigo una sonrisa y llenarle los ojos de lágrimas agradecidas.
 
Recuerdo la mañana del domingo 16 de marzo en la que sentado él en el sillón de la habitación y yo recién llegado al Hospital para visitarle, fuimos interrumpidos en nuestra charla por un mensaje que recibió en su teléfono móvil. Recuerdo perfectamente que entre temblores de manos y con los ojos conteniendo lloros, me entregó su teléfono para que pudiera leer un maravilloso mensaje que decía:
 
“Toda esta panda de locos te desea una pronta recuperación. Abrazos de radio, amigo”. Pepe Domingo Castaño.
 
Recuerdo que me dijo entre divertido, agradecido y exultante:
“Tú eres un cabronazo”
 

Y aún más “cabrón”, cuando días más tarde pudo escuchar estos mensajes radiofónicos.

Qué complejo y a la vez fácil puede resultar hacer feliz a alguien. Creo que no existe receta mágica para ello. Simplemente, voluntad de hacerlo. Y si no se consigue, al menos, siempre nos quedará la satisfacción de haberlo intentado.

Así transcurrieron los días. No hablaré de temas médicos, de tratamientos, protocolos, curas, pruebas diagnósticas, etc. Simplemente, diré que aparte de días mejores, días peores, su evolución ha sido tan satisfactoria, que el pasado día 4 de abril, D. José Calderón Sánchez, manchego de nacimiento, catalán de larga estancia y actualmente getafense de adopción, fue dado de alta por un trasplante de riñón que le practicaron el día 7 de marzo en el Hospital 12 de Octubre de Madrid.
 
Ahora, se encuentra bien. Con el cansancio lógico de quien a sus años y su salud ha pasado por algo así. Con su soledad de siempre como fiel acompañante, pero también con un rictus de esperanza, con un sueño cumplido de un futuro mejor y con una gran historia que contar entre amigos.

 


* La lista de agradecimientos, es muy larga, pero principalmente creo que debemos dar las gracias y reconocimiento a la persona verdaderamente protagonista de esta historia y de la que nunca se habla. Esa no es otra que una mujer de 45 años que falleció a causa de un tumor cerebral y gracias a la cual José lleva camino de ser otro hombre. No sabemos su nombre, pero sí sabemos que debe estar en el mejor de los lugares. A ella y sus familiares, un millón de gracias.
 
Al equipo médico, sanitario y en general a todo el personal y equipo técnico sin los cuales la buena voluntad de los donantes no llegaría a buen puerto.
 
A mi mujer y a mis hijas, sin cuya paciencia, ánimos y ayuda, muchas de estas cosas que relato, nunca hubieran sido escritas.
 
Agradecer también a todos los amigos que han visitado, llamado, preguntado o rezado para que esta historia tuviera un final feliz, en especial, a una amiga nuestra que sin ir a verle, con sus mensajes y llamadas diarias estuvo siempre ahí y quiso y supo alegrarle estos días.
 
Mi agradecimiento personal para la coordinadora de la cadena COPE, Ana García Tomás, gracias a la cual, José tuvo sus segundos de gloria a través de las ondas.
A Paco González, Pepe Domingo Castaño y todos esos monstruos y locos de la radio, que con sus mensajes, su buen hacer, su humor y su cariño sincero, nos hacen a todos la vida un poco más llevadera.

Un recuerdo especial a Francisco, el otro hombre trasplantado, que ha tenido y tiene aún problemas de adaptación a ese otro riñón. Seguiremos su pista y deseamos algún día poder brindar con él y sus familiares por otro feliz desenlace.

Y en general a todos los que habéis tenido la paciencia de acercaros por este Café y leer lo que más o menos bien he intentado plasmar en esta historia entre amigos.

A tod@s, mil gracias.



jueves, 3 de abril de 2014

Entre amigos IV

Amanece un 9 de marzo con más sol que nubes, con más calor que frío invernal. Los horarios de visita son restringidos en estos casos. Sólo de 13 a 14 horas y de 15 a 17. Prefiero la hora del vermouth, entre otras cosas, porque yo no bebo vermouth.

Los trenes, vacíos; los metros, también y el mismo viejo hospital que me espera con sus puertas de par en par.
Rostros conocidos; ese perro negro azabache que aburrido y somnoliento bosteza acompañando y socorriendo a su cuponera particular de la O.N.C.E.; personal de seguridad que a desgana y amablemente invitan a la gente a retirarse lejos para fumar ese pitillo en las inmediaciones del recinto hospitalario y personas que como yo, un radiante domingo no tienen otra cosa mejor que hacer que visitar enfermos.

El camino, ya lo sé. Muchas fueron las horas previas para aprenderlo. El procedimiento de acceso, también; pero esta vez, la estrategia, será diferente.
Vestir, lo que se dice vestir, vestiré igual; pero ahora no daré gusto a las penurias que escasas horas antes padecí.

Los patucos, no tienen otra forma de ponerse y así lo hago.
Pero esa bata verde, se ata mil veces mejor por delante que por detrás. Y esa dichosa mascarilla, esta vez, sí me va a dejar vivir. ¡O ella, o yo!.

Coincido en la antesala con la esposa de Francisco, el otro señor trasplantado. Nos saludamos, nos preguntamos y nos felicitamos por el aparente éxito de ambas intervenciones.
Vestidos casi ya como cirujanos de pacotilla, accedemos por fin a la sala de cuidados intensivos de hemodiálisis. Allí me encuentro a José tumbado en la cama; lo que comúnmente se denomina “encamao”.

Estaba consciente, con buen color de pupilas y orientado; ya sólo me falta hablar de “lupus”, para parecerme al Dr. House…
Esta vez, sí que es capaz de alargar una mano para estrechar la mía. Su voz, quizás no tenga la fuerza que tenía; sus ojos, quizás, tampoco la chispa de antaño, pero su imagen no denota sufrimiento, dolor, ni pena. Todo lo contrario.

No conversamos demasiado. No era el momento ni el lugar para hacerlo. Simplemente, le hice un pequeño resumen de lo vivido el día anterior. No hizo falta exagerar la historia para provocarle alguna sonrisa.
Me miraba con ojos que si en un principio eran como platos de postre, poco a poco se iban agrandando para ser unos maravillosos platos repletos de entremeses.

No concebía que una serie de personas, ajenas a su familia, hubieran hecho guardia tantas horas por él.
“¿Qué he hecho yo para merecer que se preocupen tanto por mí?”, no paraba de preguntarle a Alguien mirando al techo de la sala.

Es una pregunta que en todos estos días ha repetido en muchas ocasiones.
Porque el día de su estreno como actor principal de toda esta historia, cuatro éramos los actores secundarios, pero detrás también había un equipo “técnico” que a varios kilómetros de distancia se encargaban con sus deseos, sus oraciones y sus mensajes de completar el reparto de esta gran obra basada en hechos reales.

¿Qué pasaría por la cabeza de este solitario hombre en las horas posteriores a esa intervención que podía cambiar su calidad de vida?
Eso es algo que yo no preguntaré, pero que estoy seguro que algún día me contará. Porque si de algo está necesitado José, es de hablar con la gente; sentir la cercanía de alguien; un mensaje, una llamada, una visita. No necesita nada más ni nada menos. Sentarse frente a un café o una cerveza sin alcohol y un amigo que le escuche, para sentirse bien.

Pero la vida de hoy en día, parece que no da tregua a momentos de charla, mantel y café. Las tecnologías y nuestra propia estupidez nos han llevado a charlar con el amigo más con los dedos que con la garganta.
José en esos momentos, no estaba solo. Rodeado de otros convecinos de recuperaciones y alguna que otra enfermera a la que echar el ojo él y yo, sabía que al menos durante un par de días no podría ser trasladado a otro “apartamento” con vistas.

No era descartable una nueva diálisis, como así fue y tampoco era descartable que tuviera que recibir alguna dosis de roja sangre para revitalizar ese cuerpo que horas antes fuera hurgado, abierto y remendado.
Todo en un proceso que a juicio de los que entienden, iba más o menos por los cauces normales.

Y digo más o menos, porque las pruebas realizadas, indicaban que alguna parte de ese tercer riñón, no estaba funcionando como debiera.
Normal lo que se dice normal, no es que fuera, pero entraba dentro de las posibilidades tras una intervención así. Me hablaron de eparinas y otras hierbas, cuando yo soy más de gelocatiles y bicarbonatos; pero aún así, me hicieron ver que todo iba como se esperaba.

Dos días de espera; dos días cruciales; dos días que pasaron a velocidad de vértigo.
Casi sin darme cuenta, la tarde del día 10 mis pies me llevaron de nuevo a la misma sala, a visitar al mismo enfermo.

Allí lo encuentro sentado. No es que tenga buen aspecto, no. Más bien diría que su aspecto es radiante. Pero me llamó la atención que en esa mirada, había cariño; había alegría y mucha, mucha sinceridad.
Pocas veces he visto esa mirada en alguien. Ese gesto de verdadera alegría por verme. Y debo reconocer, que me sentí muy agradecido. Sólo por eso, ya mereció la pena el esfuerzo.

Todo se resumió en un gran apretón de manos y en una frase que en cierto modo, a ambos nos sonaba a gloria.
“Me han dicho que esta tarde o esta noche, me suben a planta”

Debo aclarar ese “en cierto modo”. Supuestamente, eso significaba que lo peor había pasado y que se encontraba en condiciones de ser trasladado a a la planta de nefrología, para continuar con la evolución normal.
Pero a mí todo me parecía tan rápido, tan normal, tan simple, que no acababa yo de creerme tanta bonanza en un enfermo al que se le ha practicado un trasplante de riñón, con la edad y las circunstancias del mismo.

El tiempo pasó y tuve que marchar sin saber con exactitud si teníamos mudanza a la vista, o no.
Duda que esa misma noche me despejaron cuando una voz al otro lado del hilo telefónico, me comunicó:

 

“ Luismi, estoy en planta”