"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

sábado, 22 de marzo de 2014

Entre amigos III

Cuando uno se queda solo en una sala de hospital teniendo como única compañía una maravillosa y enorme bolsa de plástico transparente con la ropa y efectos personales de cualquier enfermo, surgen varios interrogantes:

¿Qué hago aquí?

¿Mi futuro más inmediato es esperar en una solitaria sala varias horas hasta que me devuelvan a la persona que tiene que rellenar ese pantalón, camisa, zapatos y slip?

¿Cómo ir ni tan siquiera a tomar un café a esa máquina expendedora que vigilante me dice ven, si tengo que arrastrar esa bolsa infernal hasta allí por miedo a que me la roben en menos tiempo que emplea Usain Bolt en recorrer 100 m. lisos?

¿Con quién charlaré?

¿Seremos campeones de la Champions este año?

¿Cuál es el sentido de la vida?

Así, que en un acto de divina inspiración, logro concatenar en mi mente varias palabras sin hacerme daño en el intento:

Organización – Propuesta – Resolución

Organización: dícese de la intención de que todo lo que contiene esa bolsa, fuera introducido en otra mucho más práctica, o en su defecto una mochila grande con la que poder moverme más libremente por el recinto hospitalario.

Propuesta: dícese de la acción de llamar a mi santa esposa exponiéndole este pequeño apuro y recabando su opinión al respecto.

Resolución: dícese del amor que me profesa esa mujer, que aunque dolorida y ciertamente en precario estado, como en la canción, llega a decirme… “Si tú me dices ven, lo dejo todo”.

No termino de resolver el primer “problema”, cuando el móvil vibra varias veces anunciando que sin demora abra ese inseparable e inconfundible invento fabricado a medias entre ángeles y demonios, llamado WhatsApp.

Un mensaje corto y escueto, pero de una trascendencia absoluta en toda esta historia. 

Un mensaje de cierto amigo peculiar, camionero para más señas, pero que en un alarde no sé si de amistad, psicología, premonición o simplemente naturalidad, pensó en mí y sin entrenar, escribía unas palabras que a mí me sonaron a gloria bendita:

Más o menos, el mensaje decía algo así:

“Zarko, tengo una tortilla de patatas con pimientos, que si kieres te la azerkamos al ospital”

Que no piense nadie que mi teclado se ha vuelto loco a la hora de escribir así, que la ortografía que me enseñaron en la escuela se me ha olvidado repentinamente o que el loco es ese hombre por escribir de aquella manera. Es que según descubrí más tarde en una alegre charla con él, le gusta escribir igual que pronuncia. Es lo que yo ahora defino como diccionario Maiden-Español / Español-Maiden.

Este amigo, también se llama José pero todo el mundo mundial lo conoce ya por “Maiden” y obviamente, junto a su pareja, como “Los Maiden”. Se debe todo a que suele vestir con camisetas muy “discretas” de su grupo favorito que no podía ser otro que Iron Maiden.

Si será así, que recuerdo cierta noche en la que apareció con camisa y encorbatado y tuve que decirle: “¡Sal de ese cuerpo, sea quién seas!”.

Pero que nadie piense que por ello es el típico heavy con greñas y tatuajes que parecen que siempre van subidos a una Harley. No. Maiden es un roquero que tan pronto te puede enviar el más duro de los vídeos musicales, como que cualquier día se arranca cantando por Manolo Escobar. Y no es broma, porque yo he sido testigo de eso.

Pero a lo que iba…

A mí este mensaje me abrió un mundo de sensaciones y sentimientos que no podía describir:

Agradecimiento, solidaridad, hambre, ansiedad, babeo constante… En definitiva un querer y todavía no poder y una sensación de estar ya oliendo esa maravillosa tortilla.
No podía negarme ni tan siquiera por educación. El hambre es el hambre y un amigo, es un amigo.

Exactamente, tampoco sé el tiempo transcurrido hasta que por la puerta de esa sala aparecieron como agua de mayo el señor y la señora Maiden.

Una señora que en otro alarde de solidaridad y amistad acudió al hospital a pesar de encontrarse en un estado tan deplorable por fiebres nocturnas, que daban ganas de llevarla a que la viera un médico. ¡Sería por médicos en un hospital…!

Saludos de rigor y despliegue militar. Y digo despliegue, porque lo que en un principio se me prometió como una tortilla con pimientos, como por arte de magia, se convirtió en tortilla, cerveza, pan, cubiertos, papel de cocina, yogurt, café y magdalenas.

¿Quedaba alguna duda de que Dios existe?

José y Loli Maiden o Loli y José Maiden, son así; buena gente. Complementados entre la extroversión de él y el aire más intimista y tranquilo de ella. Gente capaz de animar al más serio y a la vez emocionar al más duro.

A este ágape de comida, charla y mantel, se unió por fin la mujer que me aguanta desde hace tantos años ya. Renqueante, dolorida, cansada, pero fiel a la cita como siempre.

El poker de amigos estaba formado y ya sólo quedaba mantenernos a la espera de formar el repoker con aquel que a esas horas se estaba dejando manipular en una mesa de operaciones.

Maiden estaba inquieto, Maiden preguntó varias veces por dónde se podía ir a donar sangre y Maiden se marchó a entregarse a un acto tan altruista y solidario que en mí produjo admiración y a la vez una cierta envidia por no poder acompañarle desde que un día me dijeron que ya no podía seguir siendo donante por mi hipertensión arterial. 
  
El caso es que Maiden regresó desatado. Sujetándose ese apósito para no ir regando con más donación los suelos del hospital, comenzó a alegrarnos con sus ocurrencias, chistes y locuras naturales.

Las personas que contemplaban o escuchaban esas charlas tan alegres y distendidas, nos miraban con ojos entre perplejos, admirativos y alguno escrutador.

Los minutos, de esa manera, parece que corren cuesta abajo y sin frenos.
Y así, casi sin darnos cuenta, se nos anunció que el cirujano que había realizado la intervención quería hablar con los acompañantes de José.

En un pasillo largo, un doctor vestido completamente de verde, nos explicó con total amabilidad, que la intervención había transcurrido por los cauces normales en cualquier paciente de la edad y circunstancias de nuestro amigo José. Nos habló con claridad del procedimiento empleado y de que las siguientes cuarenta y ocho horas eran cruciales en todo proceso de recepción de un órgano.

Nos estrechó la mano y se marchó con el agradecimiento y la admiración de los cuatro que tras varias horas de espera, podíamos respirar tranquilos porque todo había salido bien.

Sería la descarga de adrenalina, la descarga de tensiones, o más bien la descarga de su sangre, la que hizo que el otro José (Maiden), se emocionara de tal manera, que no tuve más remedio que abrazarle, porque entre lágrimas, sólo acertaba a decir:

“¿Pero tú sabes quién me ha dado la mano?” ¡Una persona que es capaz de colocar un órgano de un cuerpo en otro!. ¡No me lo puedo creer!

Yo tampoco me podía creer que ante mí tenía a un tipo casi más ancho que alto, con una camiseta que asustaría a algún niño, emocionarse de aquella manera. Fue un momento imborrable para todos.

Contentos, felices, expectantes, algo cansados pero fortalecidos por tan buenas noticias, sólo nos quedaba esperar a la entrada de otra sala de espera para poder verle tras la reanimación.

Para acceder a esa sala, debíamos subirnos a uno de los cuatro ascensores ante los que había una pequeña multitud.

Ahí comenzó una actuación sorpresa de nuestro Maiden. Sin teloneros, sin micrófono y sin vergüenza (separado, aunque en ocasiones se podría escribir junto), comenzó a relatar las posiciones de subida y bajada de cada uno de los ascensores mientras todos los allí presentes lo mirábamos entre perplejos, admirados y asustados:

Pincha aquí si no te importa comprobar el estado de locura de este showman en potencia.

El caso, es que con locura o sin locura, pudimos llegar a la sala de reanimación. Está claro, que los primeros que nos teníamos que reanimar, éramos nosotros tras lo vivido en esos ascensores. 

En esa sala, ya no nos pudimos sentar. Todos los asientos (muchos ciertamente), estaban ocupados por una familia gitana. Mucha casualidad sería que en reanimación hubiera más de un enfermo de esa etnia. Y de todos es conocido que las mayores reuniones familiares de ellos se producen en hospitales o tanatorios. Allí ya sólo faltaban las guitarras, finos, jamón y queso. Alboroto sí, pero buen rollito, también; que no falte nunca.

Otra vez larga espera para que al final nos comuniquen que no lo podremos ver allí sino en el Servicio de Hemodiálisis inicial. ¡Otra vez a los bajos fondos!.

Una vez allí, nos informan que solamente una persona puede entrar para ver unos pocos minutos a nuestro José.

Las mujeres, en su estado, no podían. Y Maiden, en el suyo, tampoco…

Así que allí va decidido el Luismi. No podía ser tan fácil y una enfermera me indica que debo vestir con bata, patucos y mascarilla reglamentarias.

¡Qué calores! ¡Qué sudores! ¡Qué inútil soy para vestirme así!

Los patucos, bien; a la primera. La bata, difícil atársela uno por la espalda, pero al final se consigue.

Y la mascarilla…Dichosa mascarilla.

Yo no sé si me la até demasiado fuerte, demasiado pegada a la cara o sencillamente que yo no puedo ir por la vida con un artilugio así.

El caso es que con la mascarilla puesta, al respirar, se me empañaban las gafas. Y si me quitaba las gafas, escuchaba y veía borroso. Así que me arriesgué, y al llegar a la altura de la cama de José, me las quité.

Allí tumbado, “intuí” que mi amigo estaba con los ojos cerrados. Esperaba ver muchos aparatos a su alrededor, pero ciertamente tampoco había demasiados. Los normales que ya había visto otras veces.

Recuerdo que lo primero que le dije fue:

“¿Cómo te encuentras compañero?”

No acertó a pronunciar palabra. Sólo un pequeño gesto de asentimiento y poco más. Buen color de cara, media sonrisa forzada por esa borrachera de vodka de la marca “anestesia” y una calmada respiración.

Poco tiempo permanecí allí. Marché deseando un buen servicio al personal que a partir de entonces cuidarían de José y con la promesa de regresar al día siguiente, pude por fin abandonar ese verde traje con el que me malvestí para la ocasión.

Así que pasadas más de catorce horas desde que atravesé la puerta principal del recinto, los cuatro fantásticos, los cuatro amigos, pudimos regresar a casa con la satisfacción y el orgullo del deber cumplido y de dejar en manos del destino, la ciencia y Dios, que ese riñón quisiera vivir en otro cuerpo que no era el suyo. 







* Quiero dedicar esta entrada, a Loli y José "Maiden" y a mi mujer Mercedes que con su compañía y esfuerzo, convirtieron una larga jornada de hospital, en un hermoso día entre amigos. Gracias.


4 comentarios:

Airblue dijo...

Solo tú, luismi Zarco, eres capaz de convertir algo tan importante y complicado como es un trasplante renal, en una charla amistosa con final feliz. Una espera que llega a agotar al más incansable de los mortales, que intranquiliza hasta agobiar y que no suele ser nada agradable, consigues suavizarlo con tu peculiar humor. Y es que la amistad es un valioso tesoro.
Deseo que tu amigo tenga una rápida recuperación y que todo salga bien.
Sois una buena peña.

luismi dijo...

Muchas gracias amiga. Siempre, hasta en los momentos más duros pienso que no se debe perder una sonrisa. De todo se puede sacar su parte positiva.

Un fuerte abrazo.

ohma dijo...

En los momentos duros una sonrisa y compañía ayudan mucho. Sin eso las horas son interminables y se suelen pensar cosas negativas.
Que tu amigo se vaya recuperando.
Un abrazo.

luismi dijo...

Muchas gracias. Esperemos que todo vaya por el camino que esperamos todos.

Un abrazo.