"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

miércoles, 26 de febrero de 2014

Fifty

Redondeo a redondeo, año a año, década a década, llegué a los fifty. Digo fifty y no cincuenta, porque eso de cincuenta me suena a mayor y no me gusta.

Alguien me podría decir que fifty es pura y dura pijotería modernista; pero si admitimos que la Pasarela Cibeles se denomina ahora “Madrid Mercedes-Benz Fashion Week”, estoy en mi pleno derecho a reclamar y que me admitan fifty como animal de compañía.

Desde aquellos primeros tiempos que recuerdo tomando un biberón escondido bajo una mesa y escuchando la música de cuatro melenudos de Liverpool hasta hoy, han pasado muchas cosas.

No todas buenas, pero tampoco malas. Pasamos de siglo, pasamos de régimen (del político y del otro), pasamos de tirarnos piedras y escalabrarnos, a jugar a ser el más rápido en enviar la mejor chorrada a través de WhatsApp.

En todo lo que abarca ese abanico de años, he conocido gentes; he conocido tierras, hecho amigos, perdido otros, he tenido y tengo mujer, hijas y suegra y mi perro sigue moviendo la cola y mirándome sin ver.

No dejé de escuchar músicas, de tocar guitarras sin guitarras ni baterías sin baquetas. Beethoven, AC/DC, El Fary o los Hermanos Calatrava; qué más da si el momento y el lugar fueron los mejores y la compañía realmente acompañó.

Momentos duros los hubo también. Pero creo que la inmadurez madura que ahora padezco, me ha convertido en todo un experto en arrancar a tirones lo positivo que los sufrimientos de la vida nos “regalan”.

Sí, hoy cumplo fifty y quiero compartir mi alegría con mi familia, mis amigos y todo aquel y más aquella, que vean en este fiftyentón a alguien que no les cae mal del todo.

Un recuerdo especial a los que se fueron y me verán soplar velas desde muy alto.

Muy especialmente también a ese amigo enfermo que me hace ver con su amistad que una sidra vale más que mil palabras.



A tod@s, gracias por formar parte de esos fifty años.













lunes, 17 de febrero de 2014

Sentado en un banco

Sentado en un banco, observo a una mujer. Una mujer rubia, atractiva, elegantemente vestida; de rasgos comunes, pero que refleja en su mirada cierto brillo que no acabo de descifrar.

Observo cómo observa. Cómo fija la mirada en un hombre a escasos metros de mí. Un hombre de larga melena, poblada barba y constitución aparentemente fuerte.

Esta mujer, apenas pestañea. No intuyo en ella ningún ademán que la delate con una mirada provocadora; simplemente, lo mira.

Lo mira fijamente; pareciera que escrutara un hermoso cuadro, una obra de arte. Refleja con su mirada, admiración, refleja cierta dosis de petición, de solicitud quién sabe de qué.

Fueron pocos minutos; quizás sólo fueran tres o cuatro. Pero cuatro minutos de mirada serena, de éxtasis contemplativo hacia ese hombre.

No sentí envidia, pero en cierto modo, sí sentí también complicidad fijándome con más atención en él.

Y sin terciar palabra, esa mujer se levantó, dejó un beso en el aire dirigido al hombre y pasando a mi lado, se marchó.

Ese hombre, ni tan siquiera alzó la vista, pero yo sé que en el fondo de su Corazón, abrazó a esa mujer; la besó con ternura y le acarició el alma.

















lunes, 10 de febrero de 2014

El sidrero


La madurez da una perspectiva a la vida muy diferente a aquella bendita locura juvenil que nos lleva de puerta en puerta, de bar en bar, de vivencia en vivencia hacia no se sabe qué o no se sabe cuál destino.

Los amigos se contaban normalmente por encuentros; los amigos se contaban por copas y borracheras, por risas, ligues o bailes desenfrenados.

Pero llega un punto de todo ser humano en el que todo aquello que pensábamos que era el nirvana de las relaciones, pasa a ser un poso que aún dando sabor al licor de nuestra existencia, deja paso a la verdadera esencia de la amistad bien entendida.

Pienso que esas amistades nos las regala la propia vida. Quizás muchas veces lo haga después de golpes dolorosos, de una decepción tras otra.

Pero son éstas, amistades que aún a cientos de kilómetros se sienten cercanas. Amistades que la casualidad, el destino, o la suerte quisieron que se dieran la mano.

Hace ya siete veranos, en una bendita tierra asturiana desconocida para mí, mi ignorancia me jugó una buenísima pasada, cuando resuelto y lleno de confianza en mí mismo, para impresionar a “mi chica” me acerqué a la barra de una pequeña sidrería y ni corto ni perezoso, a un señor de pelo olvidado en el camino, de mirada sincera y sonrisa pícara, le solté a bote pronto:

                               “ ¿Me da dos sidras, por favor? ”

Percatarme de que algo no cuadraba, fue instantáneo cuando el semblante casi serio del sidrero, dio paso a una sonrisa que sin ser burlona, me hizo comprender mejor que un libro abierto, que lo que yo pedía, era algo a todas luces, inusual.

Y mis sospechas, encontraron su fundamento, cuando este buen sidrero, en un tono amable, pero decidido, me respondió lapidariamente:

    “Será una después de otra, porque las sidras aquí, son de litro”

No hubiera hecho falta que la tierra se abriera para tragarme; me hubiera lanzado yo.

Han venido después, días, meses y años de risas, de charlas, de paisajes, de kilómetros y kilómetros de nuevos descubrimientos a los ojos de quien no conocía apenas algo más que una llanura.

Y lo que empezó siendo una anécdota graciosa, se ha convertido con los años en una de esas amistades para las que no hay tiempo, lugar ni circunstancias que puedan hacerme olvidar el verdadero valor y sentido de una gran amistad.

Hoy me apetecía homenajear con letras a aquel sidrero, que con el paso del tiempo, dejó de ser amigo, para sentirlo ahora como parte de mi familia.

A él y a toda esa familia asturiana que siempre nos han arropado y nos han hecho sentir como en casa, quiera Dios que algún día pueda devolver de alguna forma todo el bien que nos han regalado.







* Con el mayor de los agradecimientos y homenaje a la familia Pérez - Díaz.


¡ Que lo que la sidra unió, no lo separe el hombre !