"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

lunes, 30 de septiembre de 2013

Pompa de jabón

"Quien siembra dudas, cosecha olvidos..." (Luismi)

De gente, el mundo está lleno. Anónimos, conocidos, allegados, familiares, vecinos, compañeros de viaje o de trabajo.

Pero como las pepitas de oro y si usáramos una batea, cuando intentamos encontrar un verdadero amigo, son muchas, muchísimas horas de extrema paciencia, comprensión y decepciones las que debemos emplear en ese río de aguas turbulentas que es el discurrir de nuestra vida, para encontrar un solo amigo.

Con qué facilidad se usa la palabra amigo sin pararnos a pensar si es cierto el sentimiento o una más de esas palabras o frases hechas que vienen de serie con las relaciones humanas.

¿Nos hemos parado a pensar realmente quién es mi amigo?

¿Quién estaría dispuesto a reír mis risas y a llorar mis sufrimientos sin tapujos ni disimulos?

¿Quién realmente me echa de menos aún en la cercanía?

¿Quién preferiría una larga charla entre cafés a unas juergas entre alcohol?

¿Quién haría como suyos mis triunfos y como propias mis desdichas?

Pocos ¿verdad? Quizás nadie.

Porque son muchos los amigos que como una pompa de jabón, se van formando, se hacen mayores, incluso percibes en ellos un arcoíris de colores, para acabar explotando y dejando sólo el recuerdo de algo hermoso, pero efímero.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Café para dos



El Café está solitario; la puerta entreabierta y por donde no hace mucho se colaban unos cegadores rayos de sol, se asoman ahora unas tenues sombras difuminadas en un inminente anochecer.

Me gustan estos momentos. Momentos tranquilos en los que mi único acompañante suele ser una taza de aromático café mientras de fondo suena una vieja canción del viejo disco de un viejo artista.

Esta vez, sirvo dos tazas porque sé con seguridad que un entrañable amigo asomará como siempre por esa puerta con su media sonrisa y su pelo despeinado.

Hoy parece que se retrasa, pero sin acabar mi segundo sorbo, una suave brisa asoma por la puerta acompañada de un señor de aspecto adusto, mirada profunda y ropajes de color melancolía.

Nunca supe definir el porqué de nuestra amistad. Quizás por nuestra afinidad de carácter, nuestras soledades compartidas, horas de lecturas, juegos, televisión y risas de amigos pisando charcos.

Siempre con el respeto, cariño y admiración que un señor de cierta edad me merece. Comprendiendo sus ataques de ira, sus malos vientos, su gruñona existencia, pero también compartiendo y admirando muchos ratos de serena belleza, de silencio en las calles, de fina lluvia y calor de hogar.

Nunca hemos necesitado muchas palabras entre nosotros. Simplemente nos miramos, levantamos nuestras tazas y nos despedimos con un último sorbo de café. Su camino es largo y no puede hacer parada y fonda.

Antes de salir por la puerta por la que entró, me mira, le miro y sólo acierto como siempre a decirle como amigo:



“Abríguese Sr. Otoño, no vaya a refrescar…”



viernes, 20 de septiembre de 2013

Mala memoria

Uno de los primeros síntomas de que esa memoria no va bien, podría ser éste...








¡ FELIZ FIN DE SEMANA A TOD@S !

lunes, 16 de septiembre de 2013

¿Y usted?


En un patio de un antiguo edificio, charlaban distendidamente unos hombres y mujeres bien vestidos. Relajados en amigable charla, reían y hacían gestos ostensibles de encontrarse al margen de preocupaciones, agobios e insatisfacciones propias de los tiempos actuales.

No parecían hacer mella en ellos la tan cacareada crisis económica que azota salvajemente los bolsillos de millones de personas en todo el mundo, ni la desesperanza y pesimismo generalizado en la sociedad actual.

Incluso se jactaban de un control total de la situación. Su esfuerzo, su sapiencia, sus derechos y fundamentos, constituían una base sólida y casi infranqueable como salvaguarda ante posibles desastres personales o en su entorno más cercano.

Casi no se percataron de la presencia de una hermosa mujer solitaria que deambulaba entre los corrillos formados por tan insignes contertulios.

Alguien, por fin, fijó la vista en ella pues sus ropajes y apariencia general, denotaban un cierto aire de simplicidad para nada acordes con un mínimo alto status social exigible entre los allí reunidos. Incluso padecía cierta humildad impropia del lugar y momento.

Con aire de autosuficiencia, paso firme y falsa sonrisa, se acercó y encarándose a la mujer le preguntó:

- ¿Nos conocemos?

- Difícilmente, contestó ella con voz firme y a la vez melodiosa.

- Nunca la había visto por aquí, pero el caso es que su cara me suena.

- Quizás sea porque mi cara, en el fondo, resulta bastante vulgar.

- No sé, no sé. ¿Algún familiar o amigo muy cercano que la haya invitado a esta reunión?

- No exactamente. Vine a visitarles animada por mis dos hermanas. Ambas me comentaron que era muy necesaria mi visita para enseñarles todo lo que yo he aprendido durante tantos años y que parece que ustedes tienen muy olvidado.

- Pues no sé, quizás si me dice ¿quiénes son sus hermanas?

- Mis hermanas son Esperanza, que no para de viajar y Justicia, a la que hace mucho tiempo que no veo.

- Pues no, no me suenan. ¿Y tú cómo te llamas?

- Yo me llamo Honradez ¿y usted?



P.D. Dedicado a esa infame parte de la clase política, sindical y social que escondidos bajo una capa de iniquidad y corrupción, campan a sus anchas por este país que aún a pesar de todo, se sigue llamando España. Que cada cual, continúe esta pequeña historia y ponga nombre a ese interlocutor. Yo de momento, como nombre de pila, le llamaré “Sinvergüenza”. Ponedle los demás los apellidos que queráis.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Bajo una gorrilla

Es un día de fiesta; fiesta grande en el pueblo. Día de Patrona, de tradiciones, de puestas de largo, de misas y procesiones. Vamos preparando trajes; ese nudo de corbata, ese ajuste de zapatos, esos pelos traviesos… Idas y venidas de gentes que pasan por delante de un retrato.

Un retrato de un señor mayor, de piel curtida por muchos años y soles. De mirada serena, grave y dulce a la vez.

Antes de salir a la calle, me he parado frente a ese retrato y he revivido recuerdos de muchos años en los que ese señor y yo, en un día tan especial, siempre encontrábamos un momento para tomar quizás un vino blanco, una fría cerveza y algún que otro mejillón o langostino colorao.

Nada del otro mundo, pero momentos que se hacen recuerdos cuando alguien ya no está.

Ya son dos años sin brindis, sin charlas y sin ese vino, pero mirando la fotografía, percibo que bajo esa gorrilla, allá donde esté, sigue sonriendo y disfrutando de la fiesta, de su fiesta y de su Virgen del Carmen.

A ese señor, con todo el respeto y cariño que siempre le tuve y tendré.


martes, 3 de septiembre de 2013

A ciegas

Hay esfuerzos que merecen recompensa. Esfuerzos que van más allá de lo ordenado, obligado o justificado.

Son esos esfuerzos que yo en particular valoro o intento valorar en su justa medida y que me llenan de alegría, orgullo y reconocimiento por el motivo de su realización.

Me sucedió en vacaciones, mientras ayudaba o más bien, estorbaba a mi mujer ordenando, limpiando o colocando enseres, libros y recuerdos en una vieja casa manchega.

Recuerdo que hacía calor, mucho calor.

Los mayores rigores de las 13:00 horas de un sol justiciero, se hacían sentir en toda su plenitud sobre la planta superior de la casa compuesta en gran parte por lo que unos podrían llamar buhardillas, otros desvanes y nosotros, comúnmente, como cámaras.

Nos encontrábamos casi exhaustos por ese ambiente bochornoso, cuando percibí a mis espaldas una compañía y sonido tan conocido como sorprendente en ese momento y lugar.

Me giré creyendo más en mi equivocación por lo escuchado, que en la realidad más inesperada.

Ante mí, se encontraba jadeante y con claros síntomas de un enorme esfuerzo, un viejo amigo que me acompaña desde hace ya más de trece años.

Un amigo de mirada oscura y opaca por su ceguera casi total, que tuvo que superar una empinada escalera guiado casi exclusivamente por su instinto, su olfato y su oído sólo con el propósito de encontrarse conmigo.

Porque ese amigo casi ciego, no es otro que aquel perro que un día rescatamos del abandono y que hoy después de tantos años, afortunadamente, sigue formando parte de nuestras vidas.

Verlo así, me provocó primero un sentimiento enorme de incredulidad por lo inesperado, para pasar a un estado de enorme alegría e infinita ternura reconociendo el gran esfuerzo que tuvo que realizar para conseguir su propósito.

Tendría muchas dificultades para medir quién de los dos se alegró más al encontrarnos cara a cara, porque sus saltos y mis abrazos y risas, podrían dar a entender que hacía mucho tiempo que no nos veíamos.

Hay quien opina que mi perro y yo somos como sombras complementarias y no les falta razón, porque aún viviendo en penumbras, siempre buscamos la luz de nuestra verdadera y desinteresada amistad.