"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

viernes, 21 de junio de 2013

Carta de ajuste

Es hora de hacer un alto. Cuando oficialmente ha comenzado el verano, se celebra el día internacional de la música y hasta se celebra San Luis, doy por inaugurada una parte de mis vacaciones antes de que también me las quiten. Necesito un descanso más mental que físico y con esa intención me planteo estos días.

Voy en busca de evasión, de buena música, de paisaje y sobre todo, de reunirme con gente de la que queda poca y a la que nunca podré agradecer como merecen lo que hacen por mi y los míos.

En definitiva, que necesito ajustar mis neuronas después de un año realmente difícil.

A toda mi querida familia, amigos y clientes, os deseo un verano tan bueno como el que espero encontrar yo.

¡ Hasta más ver !









lunes, 17 de junio de 2013

Uno de nosotros

Porque considero que un embrión humano es uno
de nosotros, apoyo esta iniciativa.



viernes, 14 de junio de 2013

Sin acritud

Sentado en un sillón, te acaricio por última vez. No fue mía la decisión aunque sí reconozco que quizás te tuve descuidada; pero tu reacción, sinceramente, no la esperaba. No creo que haya merecido estos últimos siete días tanto reproche, tanta molestia, tanto dolor.

Muchos, muchos años juntos en lo bueno y en lo malo; compartiendo risas, llantos, dulzuras o sinsabores, para acabar así.

Cuántas cervezas juntos; cuántos helados a la sombra de cualquier sombra; cuántas comidas entre amigos sin sospechar que en el fondo, sólo se mascaba la tragedia.

Dejarás en mí un gran vacío que no sé si algún día volveré a llenar y no guardaré rencor a aquel que me ha separado de ti.

Agradeciéndote los servicios prestados, me despido de ti deseándote que en el país de las muelas, tanta gloria te dé Dios, como descanso me dejas.


martes, 11 de junio de 2013

Galletitas

Hay situaciones curiosas en las que las personas reaccionamos de mil formas. Momentos en los que sin venir a cuento, algunos disfrutamos o padecemos de ciertos flashes momentáneos, que nos teletransportan a otros mundos, otras épocas o incluso otros personajes.

No sé si será por mi cerebro en constante ebullición, la influencia en este caso de algún antibiótico prescrito por un sacamuelas, o simplemente que mi imaginación vuela por encima de mis ansias de volar.

El caso es que en una de esas tardes en las que acudo a escuchar la palabra de mi amigo Dios (Pedazo de Amigo), en ese acto de desearnos la paz entre los asistentes y tras besar pudorosamente a mi santa esposa, me tiende la mano una viejecita que apoyándose en un bastón, me sonríe y me desea que la paz me acompañe.

No fue ese gesto habitual, ni sus palabras las que me conmovieron, no. Fue la expresión de su cara; esa dulzura de su mirada y esa vocecilla mitad niña, mitad anciana.

Y sin un porqué vino a mi mente una de esas cajas metálicas, de marcada redondez, repletas de galletitas dulces que siempre nos dicen que vienen de Dinamarca.

En ese momento, se me representó la misma viejecita, pero ataviada con un traje típico escandinavo, con su pañuelo en la cabeza y sus largos faldones ofreciéndome esas galletitas danesas recién hechas, mientras el fuego de una chimenea avivaba un dulce olor a mantequilla.

Fue un flash de segundos, pero comentándolo in situ con mi mujer, provocó en ambos una tremenda risa contenida que a punto estuvo de hacerse pública en un acto de tanta solemnidad o silencio como el que se requería en ese momento.

A la salida, esa ancianita desapareció, las risas contenidas se hicieron descontroladas y públicas, pero el sabor dulce de unas galletitas danesas me atormentaron tanto el paladar, que pensé en buscarlas.

Dicho y hecho.

lunes, 3 de junio de 2013

El chico de la gorrilla

Imagen Internet
Sábado en un hermoso Madrid lleno de sol. Día claro pero de frías sombras que invitan a cobijarse en una fina chaqueta.

Visitar el Parque del Retiro, siempre es un placer para mí. No soy un habitual de sus calles, de sus fuentes, su lago ni sus flores, pero quizás por mis tardías visitas, lo disfruto más.

Cualquier excusa es válida para respirar sus olores y degustar sus colores.

Para otros, no será así, pero para mí, el más hermoso de los parques.

Es el día perfecto para acudir a la Feria del Libro que todos los años hace las delicias de aquellos que de una u otra forma sienten algún interés por lo que alguien pensó y plasmó en unas hojas de papel.

Si además añadimos que muchos de esos “alguien” firman in situ sus obras, se entenderá el gentío que transita entre caseta y caseta.

No se requiere experiencia como escritor. Cualquier torero, cocinero o personaje conocido por aparecer en la caja tonta, puede provocar unas colas de impresión, detrás de las cuales (como en el chiste), no estará un servidor.

Cuando uno se ve inmerso en una vorágine de gente que viene y va, sin espacio casi ni para respirar, lo mejor es detenerse y dejar que pase la marea.

Pero detenerse, también significa que por tu lado pasen toda clase de personajes, porque toda persona siempre esconde un personaje.

Aquel chico de la Cruz Roja, que no consiguió venderme un boleto para un sorteo especial sino que al final, me vendió dos y si se lo hubiera propuesto, me hubiera vendido incluso a su madre, bajo las risas de mi santa mujer, que de santa en esos momentos, no tuvo ni un pelo.

Ese hombre que bajo una especie de sombrero de copa con lentes incorporadas, llevaba una larga melena canosa y que parecía un remake de Paco Umbral.

Ese otro con genuina imagen de intelectual, pero que abriendo la boca resultó salir de las cuevas de Altamira recién pintadas.

Ese poeta de verdad, ese amigo, que detrás de su obra en la caseta 294 disfrutaba leyendo lo que otros escribieron.

Esa Mari Carmen que era igual que en la tele con sus muñecos, pero esta vez sin ellos.

O ese otro tipo que furtivamente giró sus ojos y hasta las patillas de las gafas para contemplar a dos monumentos subidos en largos tacones y que más tarde jugó con su mujer a jóvenes enamorados sentados en cualquier banco a la sombra de un árbol (autobiográfico).

Y entre todos ellos, un personaje sacado como de otra época.

Un chaval de gorrilla, de largos calcetines y tirantes que con simpatía, desparpajo y cara de travieso regalaba entre gritos de atención, lo que no era más que una campaña publicitaria de un libro mediante un simulacro de periódico antiguo.

Ahí quizás se paró mi reloj y comencé a ver el parque en blanco y negro.

Con señoras de largas faldas protegiéndose con sombrillas del sol justiciero y acompañadas de largos bigotes con un señor detrás.

Fueron muy pocos segundos, pero me trasladé a otro Madrid; al Madrid de las corralas; al Madrid con aguas, azucarillos y hasta aguardientes; a un Madrid no sé si mejor, pero sí muy diferente; al Madrid del chico de la gorrilla.