"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

martes, 29 de enero de 2013

Sudor frío

Era una fría noche del mes de enero. Caminaba solo por las viejas calles de un solitario pueblo. Una ráfaga de viento helado golpeó mi cara, mientras ascendía por la empinada Calle Mayor.

No recuerdo mi destino exacto; sólo recuerdo que a ese helado viento, se unió una sensación de inquietud extrema.

Esa percepción extrasensorial de que alguien o algo me acechaban.

Quizás una sombra, un movimiento furtivo, un sonido a destiempo. Todo unido, activaron mis alarmas.

Mi maltrecha vista, no distinguió con claridad aquello que se refugiaba a la vuelta de una esquina.

Pero un sexto sentido me decía que alguien allí me esperaba con siniestras intenciones.

La adrenalina se disparó; un sudor frío comenzó su peregrinación y mi cerebro encendió todas las alarmas.

No dar un paso más, retroceder, era la consigna y el único y verdadero instinto de supervivencia que mis neuronas se afanaban por gritarme.

Y acertaron de lleno cuando de repente esa sombra furtiva dejó de ser sombra para convertirse en una terrible realidad que en la distancia me gritó:

¡¡¡Voy a matarte!!!

Ese grito fue tan fuerte, convincente y tan lleno de odio, que los pelos se me erizaron como jamás lo habían hecho antes.

No conseguí articular palabra. Mis pies me abandonaban mientras mi cuerpo pesaba toneladas de un miedo atroz.

Sólo pude echar a correr. Correr hacia ningún sitio. Buscando únicamente la oportunidad de salvarme.

Pero el horror me seguía. Ese hombre, me seguía. Casi podía sentir su aliento mientras mi imaginación me hacía ver un cuchillo entre sus manos.

Me estaba alcanzando; no podía gritar; nadie escuchaba mi miedo y nadie acudiría en mi auxilio.

A lo lejos vi una oportunidad de salvación. No podía ser. A esas horas, no era posible que la gran y pesada puerta de la vieja iglesia, estuviera abierta.

Corrí hacia ella e intenté cerrarla. Todo en vano, porque mi asesino, lo impidió con su cuerpo. Y vi sus ojos. Ojos de muerte, de infierno, de ira, de negra maldición.

Me precipité hacia el interior de la oscura iglesia. Tropecé con un banco y a punto estuve de dar con mis huesos en el frío mármol.

El ruido en el silencio de la noche, se hizo ensordecedor entre sus frías, desnudas y centenarias paredes.

A duras penas, palpé una puerta sin saber hacia dónde me conduciría.

Conseguí abrirla, no sin esfuerzo y como un niño en sus primeros pasos comencé a subir a gatas, los interminables peldaños de una escalera de caracol.

Mi respiración se convirtió en un jadeo atroz. Más por el miedo, que por el esfuerzo.

Los peldaños acabaron y di con mis huesos en una estrecha y mísera habitación con una pequeña ventana por la que sólo entraban los ecos de una hermosa luna llena, como único testigo de aquello que estaba ascendiendo hacia mí.

Se oyó la misma voz que decía:

“Ya no tienes dónde ir; vas a morir como un cerdo”

Un sudor frío resbaló por mis mejillas cuando asomó por el hueco de esa escalera una gran mano ensangrentada que agarraba un enorme cuchillo de caza.

Y no pude más. Grité y abrí los ojos dando gracias a Dios de que sólo fuera una horrible pesadilla.

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Este no es un relato cualquiera que haya salido de mi mente calenturienta. Es una pesadilla que hace años me aterrorizó varias veces y hasta hoy no he sabido nunca descifrar.

Porque ese siniestro ser que me perseguía era un amigo mío que hace muchos, muchos años, se suicidó. Y lo más curioso es que nunca me he llevado mal con él, aunque todos sabíamos de sus graves problemas psiquiátricos.

Espero que allá donde esté, haya encontrado la paz que nunca tuvo.

lunes, 21 de enero de 2013

Esa voz

Noches de insomnio, tardes de coche, transistor bajo una almohada y una voz en las ondas.

Una voz inconfundible; una voz de ayer, de hoy, de siempre.

Entrañable como pocas, con sabor añejo; una voz amable, una voz amiga.

Fiel compañera de mil victorias y de alguna amarga derrota.

Parece que fue ayer y ya pasó un milenio. Pero esa voz no desfallece; su potencia inunda el ambiente, enmudece al que la escucha y despierta al más dormido.

Apenas me separan dos metros de esa voz, pero me transporta a miles y miles de kilómetros y a cien mil sueños de adolescente.

Y conmigo, también la escuchan aquellos que ya no están y vivieron con intensidad lo que este tipo de gafas sempiternas, de pelo coloreado en canas y recuerdos, de mirada profunda y sincera, sabe relatar como nadie.

A este tipo, que sin dejar de ser Don José siempre ha sido, es y será nuestro Pepe, gracias simplemente por ser esa voz.







En agradecimiento a Pepe Domingo Castaño y a todos los componentes del programa de radio "Tiempo de juego" de la cadena COPE por hacernos vivir una tarde inolvidable de radio, deportes y risas. A todos...


GRACIAS


martes, 15 de enero de 2013

Navegando


Seguir un rumbo correcto, debería ser la premisa de todo buen navegante.

Nunca desplegué una vela, ni sujeté un remo, ni tracé jamás una carta de navegación.

Pero hoy en día, ¿no somos todos en mayor o menor medida navegantes?. Navegamos por internet, navegamos en un mar de dudas, navegamos entre inquietudes, envidias, delirios de grandeza y también de bajezas.

Esa navegación, viene acompañada de sus marejadas, grandes marejadas e incluso puede llegar a alcanzar el nivel de maremoto destructor. Grandes son las olas de incomprensiones, engaños, frustraciones, palabras huecas y un sinfín de corrientes marinas que pueden hacernos zozobrar.

Ante esto, un chaleco salvavidas se hace obligatorio e indispensable.

Muchos eran los modelos a elegir y me decanté por uno fabricado con revestimientos extraídos de unos valores que siempre mis padres me inculcaron.

Capas y capas de honradez, humildad, sinceridad, esfuerzo, paciencia, cultura, humor, ilusión y fe, hacen de este chaleco, mi chaleco, la mejor arma con la que intento luchar ante un mar convulso y excesivamente embravecido.

Quizás, esa protección no me salve de caer algún día por la borda, pero sueño, rezo y confío en sentir siempre  esa mano amiga que me ayude a salir a flote.



miércoles, 9 de enero de 2013

Fado

Otro año, historias nuevas, viejos recuerdos y sentimientos perennes. Eso es lo que sigue siendo este Café con un fondo tenue. Unas lentes, unas notas musicales y una melodía sonando.

Así me gusta decorarlo hoy, mañana, quizás otro año.
Letras y música; música y letras. No concibo este local sin ambas.

Escribir a mi memoria, mientras aún echo de menos el humo de un pitillo, una copa de fino whisky y la charla de un amigo brindando por el mundo.

Puede que hoy lo vista de tristezas, de nostalgias, de recuerdos. Quién sabe si también con la transparencia de una lágrima.

Si con ello rozo el corazón de alguien, este pequeño rincón seguirá teniendo sentido y servirá de refugio a ese niño que nunca dejaré de la mano.

Un año más, abro la puerta y dejo pasar un aire fresco, una fina lluvia y como siempre, a toda la buena gente que me brinde una palabra, mientras de fondo se escucha un hermoso fado.

sábado, 5 de enero de 2013

Cabalgata




Hay personas, o en este caso personitas, que siempre nos provocan una sonrisa por su inocencia y dulzura.

De regreso del aeropuerto en el que los Reyes Magos tuvieron a bien regalarme el regreso de mi añorada hija, reímos con una niña de no más de seis años, que con acento claramente de otro país, le preguntaba a su mamá:

                        Mami, mañana iremos a ver la calbagata?”

       "Se dice cabalgata”, le contestó su madre

                    “¿Cagalbata?”

                No, “cabalgata”

                  “ ¿Calgabata?”

        No, no, no, “cabalgata”

Y así, por cada acierto en su pronunciación, se equivocaba diez veces, con toda la combinación posible entre las sílabas de esa palabra.

Todo el vagón de ese tren de cercanías, estábamos pendientes de sus ocurrencias, hasta que en la parada de Las Margaritas y antes de abandonar el tren, acabó diciendo:

“ Mami, debo aprender a hablar mejor el español, porque no sé decir CABALGATA”

Esto, aunque suene a chiste, fue tan real que provocó la carcajada general entre los que allí continuábamos nuestro viaje.

Pues esa alegría y esa inocencia es la que deseo para todos aquellos que como yo se sientan igual que esa niña en una noche tan mágica como la de hoy.

Como hombre, no esperaré ningún regalo. Pero como niño, quiero seguir pensando que alguno de esos Reyes Magos se apiadará de mí y me provocará una sonrisa igual a la que una niña me regaló, ilusionada en una CALBAGATA.