"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

jueves, 28 de noviembre de 2013

Sangre, sudor y risas

Una niña, un calcetín manchado de sangre y una sonrisa, parece una combinación o cóctel inusual. Y realmente así lo creo.

Pero cuando esa niña al abrigo del hogar reclama mi atención sin reproches, con orgullo en la mirada y felicidad en el rostro, lo que en principio podía ser motivo de preocupación, se convierte en anécdota. Y lo que debería ser una herida como tantas otras, ahora es una herida de batalla, una herida por esfuerzo, un trofeo de guerra por el afán de superación.

Porque esa niña, minutos antes, con noche cerrada, salió a la calle y bajo un frío invernal y un aire gélido, pateó corriendo, paso a paso, pisada a pisada, las duras aceras de su oscura ciudad.

Llevaba puestas las zapatillas de su hermana. Corrió por los mismos sitios que aquella y su padre lo hacían no hace tanto tiempo.

El esfuerzo, era grande. Una mano de kilómetros nunca los sintieron sus piernas. Su aliento, en ocasiones, aceleraba más que su corazón. Su pensamiento por un lado le hablaba diciéndole: “Te quieres morir”; pero otra voz más potente, más grave y convincente, le gritaba con cariño: “Eres grande, tú puedes, nada te lo impide”.

Y su ánimo le dibujaba sonrisas en los labios, fuerza en la mirada y un rumbo fijo, una meta a alcanzar.

Yo fui testigo de esa entrega. Yo acompañé sus risas, sus silencios por el esfuerzo y su orgullo final por el objetivo cumplido.

Bien valen muchos sudores, algunas gotas de sangre perdidas y algún dolor en el cuerpo, porque querida niña, querida hija, un treinta y uno de diciembre, nos espera Vallecas con los brazos abiertos, miles de ánimos por las calles y una meta que aunque hoy aún parezca lejana, cuando la alcances, ya no podrás olvidar.



* Dedicado a mis hijas y a tantos y tantos locos de remate que no tienen otra cosa mejor que hacer que correr por las calles.











lunes, 18 de noviembre de 2013

Paredes blancas


Tras una esquina un niño observa con curiosidad y cierta astucia, como una pared desnuda se cubre poco a poco de un blanco impoluto, gracias a las hábiles manos de gentes que a golpe de brocha y guisopo impregnan el ambiente con olor a cal.

No necesita verlo, pues sus papilas olfativas nunca le engañan. Ese olor a fresco, mezclado con un dulzor en el paladar, provocan en él un estado de agitación más propio de un animal cuadrúpedo que de un proyecto de hombre en constante crecimiento.

Sabe a la perfección que esa pared quedará a su merced en algún momento, sin más defensa que los rayos del sol que secarán su cuarteado rostro.

Procurará siempre no ser visto ni oído y acercarse con el mayor de los sigilos a su presa para atacarla de frente y sin contemplaciones.

Cuando esas gentes abandonan la tarea y el sol cumple su función, nuestro niño sale de las sombras y en cuatro rápidos y certeros pasos, se sitúa frente a ella y en un imaginario abrazo, comienza a llenarla de besos y lametones cual novio enamorado.

Recorre su superficie con rapidez, dejando en ella las marcas de su osadía en forma de gráfica de cualquier alterado electrocardiograma, pues el temor a ser descubierto y ser encerrado a "cal y canto"  es mayor que su ansia por calmar adicciones.

Y marcha de allí con el ánimo subido, una blanca lengua y una pícara sonrisa, dejando atrás una pared con la firma o graffiti de un niño que hasta varias décadas después, no sabría nunca el motivo de su atracción por aquellas paredes blancas.

                                                                                                                   

“Dedicado a todas las personas que como ese “niño” que hoy os escribe, no sabían que lo que padecían no era una locura transitoria, sino una falta de calcio en su organismo que suplían como buenamente podían”.


Al mismo tiempo, ese niño, pide perdón a todas aquellas gentes que vieron frustrado su trabajo y el mayor de los agradecimientos y cariño a todas esas paredes blancas que le devolvieron sus besos. A todas, gracias por ayudarme a crecer.

     

lunes, 11 de noviembre de 2013

Mochileros

Muy temprano, entre la marabunta de los bajos de la gran ciudad, salimos de los trenes todo un grupo de mochileros buscando la salida con destino a la obligación diaria.

Más o menos somnolientos, alegres, callados o parlantes, pero todos con un rumbo fijo.

Mochilas y personas de todos los colores, alturas y anchuras. Variopinta muestra de gentes plebeyas que seguramente al menos hoy y en su mayoría, preferían haberse quedado algunas horas más bajo mantas y sábanas calientes.

Pero la obligación es la obligación y nos echa de la cama.

Escaleras mecánicas, pasillos, más escaleras y bifurcaciones.

Una última encrucijada antes de salir y todo el grupo menos yo, coinciden en marchar por el mismo lado. Parece que se hubieran puesto de acuerdo en abandonarme. 

No entiendo bien por qué, si entre ellos y yo, sólo existe una ligera diferencia de unos treinta y cinco años.