"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

domingo, 30 de diciembre de 2012

Un comienzo


Hablar de comienzo cuando un año acaba puede resultar paradójico, No en mi caso y no en este año que está a punto de decirnos adiós.

Un año difícil en muchos aspectos. Con una crisis que en mayor o menor medida, a todos nos está afectando económica y lo que es peor, moralmente.

No puedo decir que haya sido para mí un año que recordaré por lo positivo que hubo. Ni mucho menos. Pero tampoco seré yo quien reniegue de él, más aún teniendo en cuenta lo afortunado que soy si me comparo con miles y miles de personas en situación de verdadera precariedad en este país.

Quizás entre tanta desgracia, lo bueno se saborea más. Los detalles positivos se magnifican y lo negativo tiene su parte de enseñanza.

Y ayer mismo recibí una inyección de moral cuando una joven cajera me obsequió una gran sonrisa en una mezcla de sorpresa, extrañeza, y alegría, al decirle tras pagarle:

¡QUE TENGAS UN FELIZ AÑO!

Pues hoy, a todos aquellos que quieran compartir conmigo esa sonrisa, les deseo que el nuevo año, sea el comienzo al menos de una esperanza, de una ilusión o de la alegría que quizás haya faltado en éste.



jueves, 27 de diciembre de 2012

Showgirl

Muchas son las personas que han escrito, cantado, hablado o simplemente pensado en el roce de una piel.

Cuántos poetas, cantantes, pensadores, filósofos o simples enamorados, se refirieron a ese momento íntimo, sensible y lleno de sensaciones placenteras que una piel con otra puede llegar a producir.

Algunos hablan de nirvana, otros hablan de cabellos erizados, otros muchos de cierto escalofrío corporal.

Pero esa imagen idílica, esos ojos tiernos, esas miradas lascivas y esas dulces palabras al oído, se disiparon ayer en mí, cuando abrazado a una fría y delgada barra metálica vertical, siento la respiración cercana de un tipo maloliente que además me aprisiona el costillar izquierdo, mientras un bolso de imitación deja casi marcadas en mi pierna derecha las palabras D&G.

Goterones de sudor recorren mi cuerpo. Mis extremidades, comienzan a notar un cierto hormigueo sin hormigas que las recorran y mi mente comienza a jugarme malas pasadas, cuando en un alarde de imaginación, positivismo o sencillamente cierto grado de locura, me veo a mí mismo en un local nocturno, bebiendo un whisky mientras una hermosa mujer semidesnuda se contonea en otra de esas barras metálicas al ritmo de una sensual música de fondo.

Todo idílico hasta que empujado por la marabunta, atravieso unas puertas que se abren y leo en un enorme cartel lleno de hipocresía:



METRO de MADRID, les desea FELIZ NAVIDAD




jueves, 20 de diciembre de 2012

Opciones


Teóricamente estoy a las puertas de integrarme en ese grupo que por cálculos de unos que se llaman como una famosa abeja, van a desaparecer de la faz de la Tierra y la idem con ellos.


Y tengo tres opciones:



a) Llorar como una plañidera por los rincones, despidiéndome de familiares, amigos y conocidos.



b) Recibir esta hecatombe como realmente se merece. Bebiendo, cantando, riendo o cualquier otra palabra que acabe en “ando” o en “endo”.



c) Hacer la vista gorda, pensar con razonamiento, esperar con ilusión el Sorteo de Navidad y las uvas de fin de año y desear para todos, al menos salud y trabajo en el cercano 2013.



Que conste que ahora mismo, me atrae más la opción “b” y puede que durante algunas horas la ponga en práctica.



Pero mi lado bueno, mi lado razonable y en ocasiones hasta medianamente inteligente, hace que me incline por la opción “c” y como todos los años y muy especialmente éste, os desee de corazón que cada uno encuentre esa Navidad que interiormente busca y que el año 2013 nos llene de todo lo bueno que dejamos atrás y aleje los malos vientos.




¡ F E L I Z  N A V I D A D !



lunes, 17 de diciembre de 2012

No hay distancias


Qué difícil resulta la partida de alguien especial. Aunque sepamos que el retorno no es lejano, su marcha siempre entristece. Más aún si esa ausencia se produce en estos días de familias, de turrones, de músicas celestiales, de fríos y nevadas imaginarias mientras en nuestra mente suenan cascabeles con olor a fuego de chimenea.

Nunca es fácil decir hasta pronto a quien se quiere. Cuesta abrazar lo que se va, pero sólo tus ojos cargados de ilusión, esa mirada feliz y ese alguien que a muchos kilómetros te dará ese abrazo y ese amor que ahora dejas aquí, suavizan y endulzan ese vacío que durante unos días nos harás sentir.

Vuela tranquila, vuela alegre, vuela feliz. Porque aquí quedamos unos pocos que te adoran, unos pocos que siempre te llevan en el pensamiento y siempre querrán lo mejor para ti.

Te echaré de menos, hija. Y cuando brindemos por la felicidad del mundo y veamos una silla vacía, quizás lloremos tu ausencia; pero sé que muy lejos de nosotros, tú harás lo mismo, porque no hay distancia que separe el amor de los que de verdad se quieren y saben que hoy, mañana y siempre, será Navidad.

¡ F E L I Z  N A V I D A D !

sábado, 15 de diciembre de 2012

Dos caras y una Navidad


Afortunadamente, siempre acaba encontrándome. Hace años que procuro no esconderme de ese espíritu navideño que como una brisa de aire fresco me despeja la cara y el pensamiento confuso.

Caminando de regreso a casa después de un día de trabajo como tantos otros, me encuentro a un hombre, a un amigo, que con paso resuelto anda por el camino que yo voy dejando atrás.

Algo en él, en su forma de mirarme, en su apretón de manos, me hace despertar un sentimiento de sincera alegría, porque intuyo claramente lo que ya sabía.

Este hombre, este amigo, se dirige ilusionado, algo nervioso, pero feliz, a una primera entrevista de trabajo de lo que espero, deseo y estoy completamente seguro, será el fin de una larga sequía de dos años de ofuscación y tristeza por una vida de trabajo que en cuatro frías letras de un finiquito, se fue, al igual que a tantos y tantos españoles.

Y esa felicidad, esa sonrisa y ese brillo en sus ojos, se convirtieron en segundos en el verdadero espíritu que deseo encontrar en estas fechas, porque me contagia, me llena de esperanza y me dibuja un futuro con luces entre tantos nubarrón.

Pero también y en pocos días, he sentido, percibido, no sé si ciertamente intuido, otros ojos que me han mirado de una manera extraña. Ojos de mujer, de conocida aunque no diría amiga, en los que he visto recelo, falsa alegría por el encuentro e incluso y esto es lo que realmente me entristecería, envidia.

¿Envidia por mí? No tengo nada que dar. No me sobra nada. Quizás sólo soy rico en buenas intenciones y en la buena gente que Dios va poniendo en mi camino.

Por ello, al ver esos ojos y esa actitud que los acompaña, reflexiono y llego a la conclusión de que también una Navidad, esta Navidad, es fiel reflejo de las dos caras del ser humano.



lunes, 10 de diciembre de 2012

Esos ojos que me miran


Soy un habitual cliente de un supermercado cercano. No por afición y mucho menos por devoción; digamos más bien que por obligación dentro del reparto de tareas que hacemos en el hogar conyugal.

Siendo sincero, diré que odio ir de compras. Por eso, inseparable a mí, siempre llevo una nota o lista con los productos que debo comprar. Con ello, consigo ahorrarme tiempo, tentaciones y dinero.

Pero desde hace unos meses, esa paciencia, esa aparente tranquilidad y ese automatismo innato en mí, se desbordan cuando recorriendo los intrincados pasillos de este establecimiento y sorteando a clientes y productos para reponer, me encuentro deambulando como aquel que después de muchas vueltas, ojos tapados y palo en mano, busca cómo destrozar una piñata.

Donde ayer había jamón de york, hoy a las 18:00h. hay queso para untar. Donde ayer se alineaban unos mejillones, hoy se tornaron en lonchas de salmón. Donde ayer había papel higiénico, hoy su lugar lo ocupa un desatascador (esto podría tener su lógica). Y así con decenas y decenas de productos que en un alarde de juegos de magia, han cambiado de ubicación y lo siguen haciendo casi a diario.

Así que cansado ya de hacer más kilómetros de los justos y necesarios, le pregunto a un encargado el motivo para tanto cambio. Y él, orgulloso de su preparación, su maestría en el trato con el cliente y su exquisita educación, me responde:

“Son técnicas de marketing”

Mi cara de perplejidad, no la pude disimular; mi cara de gilipollas, tampoco; pero sí guardé un respetuoso silencio mientras asentía y mi mente no paraba de repetirme:

“Son técnicas para tocarnos las bolas de Navidad”, por no decir algo que rimara con “jamones”

Y así entre pasos y pasos, vueltas y vueltas, llegué a contar hasta en cuatro ocasiones, esa mirada de unos ojos negros que no apartaban su vista de mí.

Cansado ya, herido en mi orgullo y con el genio algo desbocado, busqué la caja que me costara menos tiempo para salir del local.

Eso debió pensar también la cajera que la ocupaba, cuando en un alarde de velocidad que ya la quisiera Fernando Alonso con su Ferrari, no me daba casi tiempo a entregarle el producto, cuando ya lo había marcado con su lector de código de barras.

Y ahí me encontraba yo, sin poder casi llenar mis bolsas, cuando ya me achuchaba esta empleada pidiéndome el dinero de la compra, en lugar de ayudar a un pobre hombre solitario y ofuscado.

Pero no, la cosa no podía parar ahí y en ese preciso instante, tenía que sonar el móvil.

Fue cuando me dije:

“Luismi, es hora de respirar hondo y pedirle a Dios que te dé paciencia y no fuerza”

La respuesta fue inmediata, porque en mi cabeza, comenzó a sonar una vieja canción navideña.

Y así salí de ese estresante supermercado, tarareando una canción y con el recuerdo de los enormes ojos negros de aquella merluza que tantas veces se fijó en mí.



martes, 4 de diciembre de 2012

Tiempos duros


He necesitado caminar por las calles de mi ciudad para percatarme por fin que Diciembre ya llegó.

Operarios subidos a unas grúas se afanan en instalar esas pequeñas luces que anuncian una Navidad más.

Escaparates adornados de nieve sin nevar y de toda esa parafernalia propia de estas fechas.

Pero también me he percatado del contraste entre la luminosidad de las calles y el brillo apagado de sus gentes.

No sé con seguridad si es una impresión subjetiva, pero pienso que no se palpa la alegría de otros años y no se escuchan las sonrisas de antaño.
Pesan más las miradas bajas y los rostros de escepticismo, que unos ojos tiernos o unas amables palabras.

El ambiente es frío y sus gentes, también. Ni siquiera ese puesto de castañas nos rescata como ayer.

Son momentos duros, son tiempos muy difíciles. Hogares destrozados por esa peste de nuestros días llamada paro. Padres y madres de familia que miran tristes un horizonte y un futuro plagado de nubarrones negros.

Un pesimismo y una desconfianza que se han hecho dueños y señores de una existencia que hemos forjado quizás a golpe de inconsciencia.
Buscar culpables de esta situación sería muy fácil, pero hoy no me siento con ánimo de revancha ni animadversión hacia nadie. Ni tan siquiera hacia el político cobarde o el empresario y banquero miserable.

No puedo dejarme avasallar por ese ataque frontal al positivismo que cualquier persona tiene derecho a practicar aún más si cabe en estas fechas.

Por ello, mi propósito será el de vestirme con mis mejores galas para estas cercanas fiestas. Pero lo haré internamente. Con unas pocas guirnaldas de amabilidad, abalorios de sonrisas y regalos de paciencia con perdones. Y como toque final, intentaré esbozar y provocar una sonrisa a toda persona que la quiera recibir.

Porque por muy dura que sea tu situación, la mía o la nuestra, sólo deseo que no nos falte una risa, no nos sobre una ilusión y no nos venza la tristeza.