"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

lunes, 15 de febrero de 2010

La pareja ideal

"Si creyera en la inmortalidad, creería que ciertos perros que conozco irán al cielo y muy, muy pocas personas". (James Thurber, escritor norteamericano)

Eran la pareja ideal. Dos compañeros, dos amigos, dos colegas, dos viajantes en el tiempo y la distancia. Para mí eran dos vecinos, dos conocidos, dos transeúntes y una simbiosis perfecta entre dos razas que se apoyan y necesitan mutuamente.

En definitiva, un ejemplo de mutuo acuerdo.

El más grande, un señor mayor al que la vida castigó con la soledad de la viudez, aunque la enfermedad mental de su compañera, hiciera que su viudez ya existiera en vida.
¿Familiares? Sí, un hijo alejado en la cercanía.
Salud resquebrajada por varias operaciones en un intento casi vano
de arreglar su maltrecha cadera.
De andar corto, lento y apoyado en su muleta.
De habla pausada como su andar, transmitiendo bondad y buenas intenciones.

El más pequeño, andante de cuatro patas.
De pelo blanco y suave como el algodón.
De caminar lento, al ritmo de su amo del que va tirando
sin estridencias.
Como si de un guía se tratara, este caniche de nombre Ron,
curiosamente como el mío, era feliz en sus paseos diarios en los que
cual enfermero rehabilitador, "sacaba a pasear a su compañero".
Aquel que un día le salvó de la ignominia del abandono.
Que de una fría perrera, lo trasladó a un hogar en el que siempre
ha sido alimentado con los mejores manjares que alguien le podía dar: cariño y comprensión.
Animal dócil y cariñoso; perfecto acariciador dejándose acariciar,
era el complemento perfecto para mitigar la soledad de quien nunca
quiso estar solo.

Cierto día, cruzándome en la calle con este señor y saludándole como de costumbre,comprobé que iba acompañado solamente de una muleta. La otra muletilla peluda no estaba,y se me ocurrió preguntarle por su ausencia.
Nunca olvidaré su cara. Los ojos empañados en lágrimas; la mirada perdida en la vergüenza ante el dolor que sentía por un simple perro. Aquel simple perro al que una mano desalmada borró de la faz de la tierra con un veneno traidor.
Aquel simple perro que en su corta existencia, quiso y supo llenar el vacío que la vida deja en algunas personas y que desgraciadamente, sólo es comprendido por los que tenemos o alguna vez hemos tenido por compañia al mejor amigo del hombre.

El tiempo restaña heridas, sí, pero el dolor desenfoca la visión de la vida en las personas.

Desde aquí y aunque seguramente esta historia la leerán cuatro gatos, mi homenaje a este perro y a tantos otros animales de los que los humanos deberíamos aprender.

2 comentarios:

Mery dijo...

Me ha encantado Papá...ese perrillo tan simpático era un encanto de animal... a veces creo que puedo confiar más en nuestro pequeño Roncete que en algunos "amigos" que tengo... Sigue escribiendo estas cosas tan bonitas ... ya sé de quien he sacado la sensibilidad a la hora de escribir =)

luismi dijo...

Gracias hija. Desgraciadamente, el único amigo que sé que nunca, nunca me fallará es nuestro perro. Disfruta de su compañía mientras esté con nosotros, porque el día que falte lo echaremos muchos de menos. Y los amigos... seguiremos creyendo que lo son y confiando en que no nos fallarán. Te aconsejo que tengas muy pocos y muy fieles en lo posible.
Un besote.