"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

jueves, 10 de agosto de 2017

Quebrantos

Largas noches de sillón traicionero; largos días de largas horas incontables.

El tiempo detenido entre cuatro paredes y dos camas de hospital, siendo actores secundarios como acompañantes de sangre directa de una mujer con palabras de silencios en la mirada que nos habla sin hablar.

Nunca ha sido precisamente una derrochadora de palabras y la enfermedad le ha llevado quizás a ser como un pozo sin eco y vacío de sonrisas naturales.

A su lado, varias fueron sus vecinas que hicieron parada, fonda y arreglo de chapa y pintura de pocas jornadas.

Mujeres diferentes, de diferentes formas de ser y actuar.

Una, que debiera ser Marquesa de Alta Alcurnia por su despotismo en el trato hacia quienes desde el cariño y la profesionalidad intentan cumplir bien con su trabajo.

Otra, de fácil palabra, graciosas charlas, deje granaino e hipocondríacas reacciones medicamentosas. Picores y molestias imaginarias que unidas a sus costumbres de espacios abiertos, puertas sin cerrar y luces acompañantes, convertían en verdadera imaginaria militar las noches de quienes velábamos sueños de anciana.

Y una última que no por serlo deja de ser especial, sino todo lo contrario. Mujer cercana a los cuarenta con ojos claros, rostro agradable y cuerpo rayano a una delgadez exagerada. De sonrisa fácil, alegre charla, vivaracha, amable y aficionada a la lectura. Pero una mujer que vive en carne y alma el maltrato físico y psicológico de quien por ley debe mantenerse alejado y por humanidad, no debiera ni existir.

Un ruido, una puerta que se abre, una enfermera que entrara y el resorte de la supervivencia explotaba en ella, cual cuchillo a punto de ensartarse en historias de terror.

El miedo, infunde respeto; el miedo se contagia y la incertidumbre de un futuro asediado, no dejan a la vida vivir. 

Me despedí de ella con un apretón de manos y dos besos deseándole que la vida algún día le sonría a carcajadas a lo cual me contestó:


“Con un poquito que me sonría, ya será mejor que hoy”

Y aquí podría acabar esta historia de casi tres semanas de batas blancas y zapatillas multicolores, pero no. 

Sería injusto no hablar de otra habitación con un hombre anciano y desorientado que sin compañía no paraba de reclamar socorros.

De esa otra habitación ahogada en lágrimas de una mujer recién diplomada en una viudez prematura.

O de aquella habitación aislada con el temor interno de una mujer de veintiún años que no comprende bien cómo un cáncer de tiroides se ceba con ella, para desdicha de una madre que contándolo debe disfrazar su cara de entereza.

Por último, quiero y debo hablar de otra mujer que desde su enfermedad perpetua de dolor constante ha soportado estoicamente estos días más allá del lazo familiar de unión a su anciana y enferma madre.

Supo poner sonrisas y cariños en miradas vacías de contenidos tiernos y supo distraer y distraerse en tantas y tantas horas de cansancio físico y moral.

Y aunque no le faltó el apoyo de los más cercanos, mirándole a los ojos juraría que de todos los actores que intervinieron en esta obra de tres semanas, ha sido una de las personas que más cercanía necesitaba y puede que más sola se sintiera.

Cuando hablo de apoyo, lo hago en términos muy personales de lo que yo entiendo que debiera ser en circunstancias anormales como la vivida y por ello no quiero que nadie pueda sentirse ofendido. Quien bien me conoce o aprecia sabrá entender que nada más lejos de mi intención que criticar u ofender.

La cercanía de familiares o amigos, a mi modo de entender, nunca debiera leerse en caracteres de frías pantallas táctiles. Una palabra de ánimo, un abrazo sincero, o una mirada de comprensión, nunca debieran encerrase entre cuatro esquinas de ningún dispositivo electrónico.

Es la era y la hora de las comunicaciones. Esas que a mi entender acercan a la gente alejándolas aún más.

Tendría que acostumbrarme, pero qué le voy a hacer si yo nací con ganas de miradas frente a frente, de tintineos de cucharillas de café, o de escuchar con los oídos de cabeza y corazón a las personas, sin teclas de pausa ni play.

¡Qué justas y necesarias se hacen en ocasiones unas palabras de consuelo, de ánimo, de risas, de meditación para quien vive momentos sombríos y qué bonito sería coleccionar esas palabras a escasos metros de dos bocas que se hablan!

Mejor sería esta vida y mejor nos podríamos defender unos y otros de tantos y tantos quebrantos pasados, presentes y futuros.

Así lo viví, así lo siento y así lo cuento.








martes, 18 de julio de 2017

Señora mía

Son muchos los días dejados atrás desde que bajo unas luces de neón, con músicas de altavoz y resquicios de Navidad, una chica ocupó minutos y preocupaciones de su tiempo para interesarse por el ánimo decrecido de un tipo taciturno como yo.

Vinieron después días y años de manos en la cintura, besos a escondidas y sueños futuros de dos novios que separados en el espacio, no lo estaban en el tiempo.

Esos novios acabaron subidos a una tarta un día como hoy de mil novecientos noventa y dos.

Ha llovido mucho desde entonces y de las fotos de ese día, muchos fueron los que marcharon para hacerse ese otro retrato del eterno Fotógrafo.

A ese Señor, sólo pido que si a bien lo tiene, aún a riesgo de manos temblorosas, pasos inseguros y pensamientos poco lúcidos, nos permita un día como hoy dentro de veinticinco años, hablar de lo que fue, es y siempre deseamos que exista.

Le pediré que lo que no guarde la memoria de un cerebro, lo recuerde la memoria de un latido.

Le pediré que lo que un día nos juramos, nunca dejemos de cumplirlo y le pediré que los días que nos queden, sigan siendo como ahora un futuro de esperanza; un futuro de dos abierto al mundo.

Quizás el destino nos sea esquivo; la enfermedad, la riqueza disfrazada de ausencia, o un camino pedregoso, podrían minar moral, fuerza e intenciones.

Pero no hay mejor remedio que un querer, ni mejor vitamina que una risa.

Y de eso, querida mía, tú y yo ya tenemos experiencia y los bolsillos llenos de caramelos con sabor a miel.

Bailar pegados, quizás no bailemos como antaño, pero que nos quiten lo bailao.

Podría hacer un resumen extenso de estos veinticinco años, pero lo voy a hacer simplemente con dos palabras que definen lo vivido y aún más lo que nos queda por vivir. Esas dos palabras, son las razones de una vida, son el orgullo por bandera y el eslabón de unión de corazones que se quieren.

Esas palabras, esos nombres, esas niñas que siendo las de nuestros ojos son grandes mujeres ya, son el perfecto resumen de la fortuna que nos ha rodeado a lo largo de estos años.

María y Ana son eso y más que me callo muy adentro y quisiera gritar a sus oídos.

A ellas van dedicados estos años de matrimonio porque son la verdadera razón de que hoy su madre y yo podamos decir con orgullo que gran parte del camino está hecho.

El mañana nos traerá distancias, abandonos de nido y llamadas intermitentes; es ley de vida.

Puede que sólo nos acompañen cuarenta naipes, un boli y un brasero, pero ¿quién necesita más si dos son felices compartiendo soledades?

Sólo le pediré una cosa señora mía; que por mucho que un futuro se pinte de negro, siempre busque en mí más que una rosa, una risa que poder regalarle.

Con todo mi afecto, con todo mi cariño, con todo mi amor, le diría que hoy como entonces, también me quiero casar con usted.














lunes, 10 de julio de 2017

Era un día como hoy

Un día como hoy hace exactamente veinte años, un joven de nombre Miguel Ángel, perdió su libertad y su futuro fue marcado con una fecha de caducidad de cuarenta y ocho horas.

La sinrazón se vistió de pasamontañas, capuchón y cobardía.
No importaba el nombre, ni el hombre, ni familia, amigos o conocidos.
El punto de mira le señaló en el centro de la diana de unos asesinos cuyo pensamiento no iba más allá del salvaje e inmisericorde afán de venganza hacia un mundo que pedía a gritos paz.
Fueron horas de incertidumbre, desasosiegos, rezos y conjuras.
Horas de manos blancas, velas encendidas y noches de párpados sin cerrar.
También horas de incredulidad, de esperanza, de temor irracional, de intenciones de milagros postreros.
Todo fue en vano.
No existió mayor cobarde, mayor ser despreciable, ni mayor alimaña que aquel que disparó dos balas cercenando futuros de quien sólo buscaba algo tan sencillo como vivir una vida.
Porque hace más de dos mil años sí existió un cobarde parecido que utilizó la pistola de la traición para entregar un Bien en vida y una Vida de bien; pero ese despreciable ser, tuvo al final un segundo de arrepentimiento para colgar sus vergüenzas y traiciones de la rama de un árbol.
Sin embargo, quien disparó dos veces a la cabeza de Miguel Ángel, aún hoy, no conjuga verbos que hablen de conciencia. Y con él aunque no separados del mundo, todas esas personas que miran hacia otro lado, o piden comprensión, acercamientos y libertades para quienes siempre deberían estar castigados, al menos, de cara a la pared.
Siento vergüenza por quien defienda a estos malnacidos; siento vergüenza por quien es incapaz ni tan siquiera de homenajear al hombre que con su muerte despertó en la calle a millones de personas en este país pidiendo justicia, pidiendo simplemente paz.
Y siento vergüenza en ocasiones de un país que permite que incluso quienes comparten muchas ideas de estos asesinos, se sienten en las Instituciones u Organismos democráticos por los que Miguel Ángel, pagó el mayor precio con su vida.
Hace veinte años, recuerdo a un hombre que circulaba por un pueblo manchego a lomos de un Renault 11 blanco escuchando por radio una de esas noticias que nunca quiso escuchar:
“Interrumpimos la programación para informarles que se confirma el asesinato de Miguel Ángel Blanco”
Ese hombre detuvo el coche, paró el motor y con las manos en el rostro, lloró.


miércoles, 5 de julio de 2017

Desencuentro




Todos sin excepción querríamos vivir en un continuo estado de nirvana emocional que nos permitiera vestir a diario con la cara de la felicidad por rostro.

Desgraciadamente, esto no es así y de vez en cuando surgen desencuentros, disputas y espaldas que se miran de frente.

No se trata de un combate en el que medir fuerzas de quién o qué estaba acertado, llevaba la razón o simplemente era mejor.

Se trata más bien de circunstancias, momentos puntuales, casualidades que hacen que sin pretenderlo se desborden espumas que no bañan brindis.

Decir que se gusta más a la gente, que a mí me miran más, que soy mejor compañía y amiga de lo que tú jamás llegarás a ser, sólo sirve para agrandar nimiedades, disputarse supremacías egoístas y satisfacer demonios para conseguir como premio quizás la soledad del olvido o la búsqueda de nuevos cobijos.

¿De qué sirve lanzarse botellas a la cabeza gritando pensamientos no pensados?

¿De que sirven miradas ausentes o enfocadas en direcciones opuestas?

Sólo un tercio de un todo de comprensión, bastaría para retomar cauces de sensatez, camaradería y por qué no, quien sabe si reconciliaciones con futuros de cupidos.

Si dos que nacieron para respetarse, comprenderse y dar alegrías llegaran a entender que lo importante no es el color con el que se viste la hermosura de sus cuerpos o los amigos virtuales que tienen, sino el bien que llevan dentro, este mundo sería mejor.

Por un próximo final del desencuentro y porque me duele mucho ver así a dos amigas mías, brindo con una Voll-Damm hasta que se pongan de acuerdo.








Foto Luismi






lunes, 26 de junio de 2017

Nana, nanita, nana


Raro ver en un final de junio un vagón de metro semivacío a primeras horas de la mañana cuando los bostezos son mayores que las charlas.

Andaba yo sentado en uno de sus asientos cuando se abrieron las puertas como si de un telón de teatro se tratara y apareció en escena un armario de tres cuerpos.

Digo armario, porque si quitamos la cabeza y sus pies, el resto lo era.

Un hombre enorme, casi más ancho que alto y de riguroso luto por el color que lo envolvía.

De abajo hacia arriba con pantalón, camiseta y coronando su cima, una especie de braga de cuello que se subió hasta el cogote.

Color negro intenso de la ropa, sólo atravesada vertical y horizontalmente por tres bandas de puro blanco que dispuestas paralelamente, deduje rápidamente que publicitaban una marca que empieza por A y acaba en didas.

Mi “perspicacia natural”, así me lo hizo ver.

A lo que iba; este hombre se sentó frente a mí ocupando asiento y medio libres.

De facciones rudas, me recordó por su aspecto a uno de esos maoríes enormes que vistiendo esos colores se dedican a dar patadas a un balón achatado por los polos representando a un país tan alejado como Nueva Zelanda.

Cuando ese hombre habla para sus adentros, estoy seguro que le responde el eco de su propia voz y si en ese momento le hubiera dado por representar una haka, a mí me tienen que despegar del asiento en mi parada.

Esa percepción duró lo que dura el trayecto entre una estación y otra, porque esa mole, esa fuerza de la naturaleza, empezó a bajar sus telones parpadeantes, al mismo tiempo que el blanco de sus ojos ascendía a los cielos, en un baile que acabó por cerrar su vista a la vista de los demás.

En otras palabras, que se durmió cual bebé que escuchando dulces melodías que hablaban de nanas, nanitas, nanas, desaparece de este mundo para viajar al de los sueños mientras deja un rastro de dulzura y media sonrisa por el camino.

Si el oso que llevaba dentro llegó a roncar o rugir, lo ignoro, porque por unos altavoces se me indicó el final del camino con una voz metálica que decía:

“Próxima estación, República Argentina”.





miércoles, 21 de junio de 2017

Humo y pregunta

En momentos o días duros, taciturnos, complejos, de tristezas; cuando el color tiende a oscuridad y los presagios llevan carga negativa, es cuando cada detalle por mínimo que sea, cuenta; cada acto insignificante en apariencia, engrandece a quien lo realiza y consuela enormemente a quien padece de horas a ras de suelo.
 
Un compañero amigo o amigo compañero, quiso y supo dar en la diana de lo que va más allá en alguien que como yo arrastraba un mal día.

Unas cervezas, una charla, un “te noto mal”  y una sentencia:

“Sé lo que necesitas en momentos así”

Y marchó para regresar con un paquete entre las manos; un paquete lleno de humos sin encender y que abrió para que ambos siendo fumadores pasados, que no presentes, quemáramos malos rollos entre bocanada y bocanada que por una vez y sin que sirvieran de precedente, elevaron ánimo y espíritu de quien esto escribe.

Por otro lado, una mujer, una amiga que en la distancia intuyendo por silencios que la normalidad no es tal, sabe colocar entre interrogantes un adjetivo de interés sincero en cinco letras:

“¿Mejor?”

Dos detalles que pudieran parecer insignificantes, pero que consiguen llenar huecos en las personas que en momentos puntuales quizás necesitan en la espalda una palmada sin palma.

Y así, entre humo y pregunta la oscuridad aclara, los polos dejan de oponerse entre sí y las ideas dejan de ser obtusas para seguir por la senda marcada.
 
 

miércoles, 14 de junio de 2017

Un café, un asombro

Noche de urgencia médica; mujer mayor con azúcar en niveles menores; visita a domicilio de doctora y ayudante.

Auscultación, historiales leídos, comprendidos, comentados y acciones a seguir.

Mientras la doctora escribe, pienso y al pensar se me ocurre una típica frase venida a cuento de unas horas tan tardías. La pregunta formulaba lo siguiente:

“¿Quieren ustedes tomar un café o alguna otra cosa?”

La perplejidad, el asombro y cierto “no me lo puedo creer”, se reflejaron en el rostro de la mujer que mirando a su ayudante comentó:

“Es la segunda vez en un mismo día que nos ofrecen algo. Increíble”

¿Tan raro es? Pregunté yo.

Rarísimo, me contestó ella.

Ahora la perplejidad y el asombro me poseyeron a mí.

¿Tan extraño puede resultar que se ofrezca un café a altas horas a quien de guardia se mantiene en guardia por nuestra salud?

¿Tan fuera de lo común resulta ofrecer un refresco o un vaso de agua a quien a las cuatro de la tarde de un tórrido día acude a una llamada de auxilio médico?

Pues me juran y perjuran que sí; que así es.

Y ahora me pregunto yo:

¿Dónde quedó la humanidad?

¿Dónde quedó la generosidad?

Y sobre todo…

¿Dónde quedó la educación?

Me pierdo elucubrando y buscando respuestas porque al hacerlo no hago sino acongojarme y pensar que esta sociedad, que estos tiempos que vivimos, son del hombre sin el hombre, de los valores infravalorados y de la educación y cortesías pasadas de moda.

Y eso… asusta.





jueves, 1 de junio de 2017

Huida




Un hombre me invita a pasar; un hombre joven, de cabeza escasa en pelo y sonrisa no forzada.

Me insta a sentarme y con aire circunspecto de su boca sale el consabido 

“Usted, dirá”.

Y yo le dije.

Aún recuerdo ese día; ese bendito día.

Su cara se transformó; ese rictus de cierta amabilidad dio paso a un gesto ciertamente adusto.

Sería por la falta de luz; sería por necesidad o simplemente por seguir un protocolo. El caso es que un foco iluminó mi cara y oscureció sin yo saberlo ni esperarlo, mi futuro.

Pocas fueron las palabras; su cara a dos palmos; sus manos retorciendo, girando, sujetando, estrangulando.

Ausentes las bofetadas, diríase que el interrogatorio tuvo éxito, porque el pronombre de la primera persona del singular, o sea, yo, me vi aferrado, casi maniatado, en absoluta tensión muscular en una maldita silla que se cerró a mis espaldas adaptándose a mi cuerpo como si hubiera sido siempre parte de mí.

Fueron minutos de lucha, de angustia, de fiereza desatada en ese hombre que como premio a mi quietud y buen comportamiento, me otorgó más puntos que los logrados por el último representante español en Eurovisión.

Desorientado y dolorido pasaron minutos, horas y días en un cóctel de molestias, fármacos y malos sentimientos que no restañaron mis intenciones iniciales.

Uno no se percata de lo bien que está hasta que deja de estarlo.

Necesitaba una segunda opinión y acudí por ello a un observador (en este caso, observadora), que al verme y sin mediar palabra, me dijo sólo con su mirada, lo que yo ya sabía:

“Elegiste mal, muchacho” …

… porque un hombre me extrajo el único juicio que me quedaba ya y con él casi se lleva mi humor, mi salud y mis ganas de vivir.

Si vuelve a cruzarse en mi camino, o lo que es más difícil yo me cruzo en el suyo, le miraré y no le diré ni una palabra porque al fin y al cabo, yo le busqué, le elegí, me dejé actuar y así me trató la vida.

Pensaré que no era su día, ni yo su tipo (entiéndase bien esto que escribo y no nos llevemos a engaño).

Si tú que está leyendo esto, te toparas con él en una sala, pasillo, o simplemente cercano a una máquina de café, que tu mente forme una palabra y tus pies cumplan la orden:

“HUYE”


P.D. Agradecer a familiares y amigos su compañía y apoyo en estos días. Que no les quepa la menor duda que me puede faltar el jucio, pero nunca la cerveza para brindar con ellos.

Desde la patata.., G R A C I A S






viernes, 19 de mayo de 2017

Oda

Diría que siempre te conocí; desde que mi memoria dejó de serlo, creo que te amé.

Al principio, mi recato fue mayor que tus insinuaciones; pero tuve que claudicar y caer rendido a tus pies.

Lo confieso; soy hombre fácil. Me pierde un buen cuerpo y en ti siempre lo veo.
Dibujo en mi mente lo que esconden tus entrañas.

Tu cuello, la redondez de tus caderas y lo esbelto de tu talle, no cejan en su empeño de hacer de mí un juguete en tus brazos.
Acercar tu boca a la mía, es un instante detenido en el tiempo.

Esas gotas cual rocío que cubren tu piel apartándose al roce de mis dedos, es un éxtasis de sensual locura.
Quisiera morderte, más no puedo; quisiera adorarte, más es pecado; quisiera sentirte, más bien te siento.

Desnudar tu blanco manto y llegar al sumun del placer escondido en tus adentros.
Y poseerte, y dejarme poseer.

¡Que nos miren si quieren! ¡Que la gente nos critique! ¡Que corran ríos de envidia!
Yo contigo y tú en mí.

No me dejes nunca; no me dejes de querer;
Sé mi amiga, mi amante, mi sueño cumplido.

Porque prefiero el pecado de tenerte a un cielo por perderte.

Y si el destino quiere teñir tu pelo de rubio, castaño o negro, que mi mano no te aparte, que mi boca no te cierre y mis sentidos no se duerman.
Porque allá donde me encuentres, sabré amarte.









P.D. ¿Y qué le voy a hacer si yo… nací para beber y amar la cerveza?

martes, 9 de mayo de 2017

Castillo de naipes



Desde pequeñito me atraían las construcciones aunque los años sólo me sirvieran para añorar un Exin Castillos que nunca llegó.

Ninguna inquietud profesional o afición me ha llevado jamás a pretender entender cómo o cuándo se construyó un edificio.

Pero sí que he intentado con el paso de los años cimentar o al menos intentar construir a mi alrededor una fortaleza o castillo entre los míos, que sirviera como resguardo físico, moral, o cultural en el que cobijarse ante un mundo y una sociedad tan escasos en valores, inquietudes, o sanas costumbres.

Ni lo he sido, ni pretendo ser el mejor arquitecto de ese entorno, como tampoco sé si con los medios de que dispongo se podría hacer algo más o al menos, mejor.

Respondiéndome a mí mismo, estoy seguro de que sí; pero como todo humano, yo también lo soy. Y como tal, un ser totalmente imperfecto con sus imperfecciones.

He intentado e intento ser el mejor esposo, padre y amigo y moriría en el intento.

No tengo otra razón mejor para ser o para estar aunque lo olvide más a menudo de lo que yo quisiera.

Como mejor arma para reforzar todo eso, creo que no existe otra que la del diálogo con muchos cargadores de paciencia y comprensión.

Si esa arma falta o está en mal estado de revista, no hay defensa posible de la fortaleza que intentemos construir ante los continuos enemigos que la pudieran derribar.

Y cuando hablo de diálogo, hablo de ese de toda la vida; del diálogo o puesta en común entre dos o más personas que partiendo de una idea de bien para todos, siempre encuentran momento y lugar para hacerlo.

No hay mejor red social que la que unos seres humanos crean alrededor de una mesa tomando un buen café.

Malo será el día en el que sin diálogo previo, salten chispas y personas desbocadas, dejando atrás unas letras sin voz porque ese día, al menos yo, quedaré con la moral al mismo nivel que los cimientos de una fortaleza que siendo fuerte o pensando que lo era, no dejaría de ser un hermoso castillo, pero de naipes.



viernes, 5 de mayo de 2017

Un nuevo inquilino

Alguien llamó a mi puerta, abrí y al verlo supe que venía para quedarse.

De lejanas tierras se presentó inesperadamente sabiendo que al otro lado de esa puerta lo recibirían con los brazos tan abiertos como él.

Primero se abrió paso la perplejidad, luego vinieron el asombro, la esperanza, la admiración y el sentimiento de que quien vino era algo más que un simple amigo.

Porque esa amistad se forjó con voluntad de hierro; se forjó en las manos artesanas de quien deja volar imaginación, arte y una chispa de fe.

Y no hay palabras que puedan expresar tanto agradecimiento al artista y amigo, ni tanto amor, fe y confianza en un Inquilino que vino a mí para no marcharse jamás.






P.D. Con mi mayor agradecimiento a Marcos Pérez Díaz, amigo y artista, por hacer de mi casa una familia con Uno más.







lunes, 24 de abril de 2017

Esbozo

Malos tiempos corren, sangre espesa por las venas, mente obtusa y corazón triste cuando en medio de una casa llena de palabras, de charlas y gente, uno se siente solo y no busca otra cosa que la horizontal de una cama.

Es la falta de claridad futura, de oscuro presente, de desgana de mente y cuerpo; en definitiva, de la marcha o escondite del niño interior como segunda personalidad, para dejar paso como protagonista absoluto al adulto taciturno de sonrisa forzada en el que también en ocasiones se convierte el reparto de la obra de teatro que yo mismo estreno en alguna temporada en mi cabeza.

No era el mejor momento; no quería que así fuera, pero la conjunción de cansancios, enfermedad incomprendida, desencuentros, tonos altisonantes, pollos sin cabeza en pocos metros cuadrados, se unieron con un objetivo común que no era otro que el de arruinar en cierto modo lo que debía haber sido y no fue.

Siete días que pasaron rápido y que sólo me dejaron sabor dulce de café con nata en un local de nombre Violín, que a última hora rescató con melodías de charla, una mañana que no debió existir nunca y una semana de esas que debió ser todo lo hermosa que no supimos crear.

Prometer, es fácil; cumplir, no tanto y que todo salga bien, casi imposible.

Mal momento elegí para ponerme el traje del pesimismo sin corbata porque al final, quien paga casi siempre es la misma pata de las cuatro que conforman nuestra mesa haciendo tambalear el equilibrio que por otra parte siempre hemos querido que fuera santo y seña de nuestra convivencia familiar.

Pero soy tan imperfecto como perfecto quisiera ser. Y donde antes existía un trazo firme y alegre, ha quedado un esbozo de mí mismo.

Me queda el consuelo de saber que este esbozo llevará aparejado su borrón y cuenta nueva porque quien de bien se rodea, su sonrisa rescatará.


P.D. Quiero dedicarlo a la gente de mi hogar. A esas tres personas que más cerca o más alejadas tienen que lidiar con un personaje como yo. 



viernes, 7 de abril de 2017

Dignidad y orgullo



Regreso a casa con el mismo chucuchú del cercanías de siempre. Viaje apestado de gente, vagón central y “tren con destino Aranjuez”, escuchándose por la megafonía.

Trayecto sentado, pero incómodo. Poco espacio para maniobrar y pies juntos.

No era ni mucho menos una posición ideal. El cuerpo me pedía un relax, que de ningún modo pude darle.

Subidas, bajadas, puertas que se abren, luces rojas, pitidos… todo lo típico de un típico viaje con destino a comida y hogar.

Llegada a la estación de El Casar y disposición a salir. Aglomeración de gente en la puerta y comienzo a bajar los peldaños que me separan del andén.

Con sumo cuidado bajé esos dos escalones que me parecían dos plantas sin ascensor.

Pies en cemento y comienzo a caminar muy despacio.

Por la izquierda me adelantan jóvenes estudiantes, un operario de limpieza, dos corredores fosforitos (por las camisetas que llevaban), una señora entrada en más kilos que años o viceversa y otras personas que no sé si eran fu o fa o ninguna de las dos.

Por la derecha, un hombre en silla de ruedas, una madre de bebé colgado en pecho e incluso un viejecillo de bastón carcomido.

En poco espacio de tiempo y lugar, me percaté que detrás de mí ya no quedaba más que el silencio imaginario de un grillo observador.

Continué despacio; algo así como deleitándome con el maravilloso paisaje inexistente y degustando un mediodía soleado.

Despacio, sí; pero con dignidad y orgullo, porque ni siquiera una pertinaz lumbalgia impedirá que un tipo como yo, deje de ser lo que es.



P.D. Siempre me quedará el consuelo de que al menos no me adelantara el McLaren de Fernando Alonso. (Con todo mi cariño y admiración hacia mi piloto favorito).