"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

miércoles, 14 de febrero de 2018

Una niña por sonrisa



Altas horas de la noche; un sofá, una mujer tras unas gafas, un libro entre sus manos y una sonrisa dibujada en su rostro.

¿Por qué sonríes? le pregunto.
Por esta historia, me responde.

Me habló de un pastorcillo, de una historia que por increíble, pudo ser y de una niña que sin ella saberlo, me hablaba entonces.

Esa niña que hacía algún tiempo no encontraba y por fin hallé.

Porque unas letras te pueden transportar a otros mundos; pero benditas las letras que transforman inquietud en paz, desazón en juegos infantiles y dolor, en olvido durante el tiempo que dura esa sonrisa.

Así que después de pertrecharme con bufanda al cuello, mochila al hombro y sabor a café recién hecho en los sentidos, marché cerrando la puerta con un beso en los labios y con la imagen en la retina de una niña sonriente que sonriendo me esperó.


lunes, 5 de febrero de 2018

Sonrisa en los ojos



Bajaban aguas ajenas y turbias por torrentes desbocados. Arrastraban iras, decepciones, recelos y residuos desleales a una paz natural de ánimo y ánima que nunca debió perder.

Dejé caer consejos funestos; ayudas que intentando cometer bienes perpetraron casi delitos y acabaron provocando ataques a la línea de flotación de mi propia conciencia; sí esa misma conciencia que unas veces actúa como la mejor almohada para reposar cuerpo y mente, pero que en otras, se convierte en asesino en serie a base de martillazos de desasosiego con uno mismo.

Quizás por desconocimiento, por un acto reflejo, lancé un flotador salvavidas a quien pensé se sumergía irremediablemente en aguas profundamente negras, sin comprobar antes su perfecto estado.

Pude provocar un mayor daño con mi acción; pero el paso de las horas, de los días y una sonrisa en los ojos, me hicieron ver que el error cometido y el riesgo asumido, ayudaron a achicar la vía por la que se escapaba la bondad de la fe de quien no merece hundirse en el mar de la incomprensión de mil interrogantes.

Y pude respirar y soltar amarras que me atenazaban en ese otro mar de la duda que nunca me gusta navegar.

Lástima que en ese lado oscuro de toda historia, haya tenido que descubrir con tristeza que donde pensaba en un error humano, anidaba una desidia, falta de apoyo, abandono y juego a esconder las manos de quien más y mejor debería abrazar a una oveja perdida pidiendo rescate.

Una llamada de socorro, nunca se apagará apartando la mirada.

Debiendo existir reencuentro, se encontraron realidades;
Debiendo escucharse sinceros consejos, se escucharon ideas vagas;
Debiendo existir abrazos fraternos, se abrazaron humos que como humo se fueron.

Lástima, pena, mucha pena me dio y me da. Pero no conjugaré el verbo en futuro, porque el mal pasado, con pasado se quita. Hoy, al menos, me alegra saber que dos caminos aunque no converjan, continúan en una misma dirección.
Y sobre todo, me alegro por la persona que está detrás de esa sonrisa en los ojos.



P.D. Un texto, una reflexión sin ningún ánimo de crítica ni malos rollos con nadie. Todo lo contrario; servirme de recuerdo y enseñanza de que las cosas es bueno hacerlas con buenos fines, pero teniendo presente que siempre se debe usar un arnés de seguridad. Aprovecho para dedicarlo a una buena amiga que preocupada "por si me pasaba algo", rápidamente me llamó. 





martes, 23 de enero de 2018

Pase sin llamar



No sé qué está pasando aquí, pero está pasando. Me rodean de un tiempo a esta parte fuerzas oscuras, colores ocres, sonrisas forzadas, enfados en la mirada y silencios de tic tac.
En la calle, en un bar, en casa; mucho entrecejo, mirada lateral, lágrimas en pañuelos de papel, enfados, monosílabos en pantalla digital…
En definitiva, que no percibo un ambiente de frescor natural, sino más bien de humos de tabaco traidor. Sí, ese mismo que me atenaza pero que he dejado con la maleta en la calle y cambiada la cerradura.
Preguntas a una y la respuesta es algo así como que no “esperaba esto de algunas personas”.
Preguntas a otra y su respuesta son muchas preguntas: “Por qué” “Qué hice yo”…
Le pregunto a una tercera y me responde con silencios de uñas rasgando papel.
Un compañero que toma café conmigo, pero sin mí.
Reuniones antaño tumultuosas de viandas, cantos y alegrías que inexorablemente van camino de convertirse en bocata, silbido y mueca.
Cantos al cielo que dejan de serlo por falta de bocas implorantes.
Y en medio de todo esto, yo y mis circunstancias.
Pues desde aquí, ese yo y esas circunstancias antes que llegar a ser un negativo de mí mismo, van a procurar que la botella medio vacía, al menos, sea de cerveza y no esconder cabeza de avestruz aguardando escampes.
Actuar, actuaré; ayudar, ayudaré; aconsejar, aconsejaré y hablar, hablaré.
Pero para conjugar en presente y futuro, debe existir un condicional que no es otro que la reciprocidad de quien necesite y se deje ayudar, aconsejar, o simplemente hablar.
Porque dos no hablan espalda contra espalda si no es para batirse en duelo. 

"Quien quiera entrar, pase sin llamar."




lunes, 8 de enero de 2018

Real abrazo

Pocas cosas existen en la vida capaces de superar un abrazo; pero no uno de esos abrazos de compromiso, sino aquel que hace del encuentro un estallido de sentimientos.

La ilusión, el carácter, la fortaleza, la lucha y un aderezo de sonrisa y brillo en los ojos, vinieron de frente. Casi sin esperarla ya, pero quizás por eso, fue mayor la intensidad del momento.

Pasado, presente y futuro se fundieron en un silencio de muchas palabras.

Son ya unos cuantos días y meses de semblantes serios, de bajar un escalón de fuerza vital, de lucha frente a un enemigo vestido de traidor que siendo pequeño se engrandece en la maldad de sus acciones.

Pero también son meses de promesas, de batallas, de oraciones, de momentos, de encuentros inesperados, de lágrimas furtivas, de ranas verdes, de cervezas que no llegan y de mucha, mucha comprensión y necesidad de ser comprendida.

Un día me buscó pidiéndome un abrazo desesperado, siendo amigo; más tarde, me buscó pidiéndome un abrazo ilusionado, siendo Rey.

El amigo, el Rey, se funden en uno sólo a la hora de abrazar a esa mujer, a esa niña de pañuelo rosa que no necesita carta para saber a ciencia cierta lo que pidió a un coronado de blanca barba.

El tiempo será juez y parte; pero el Rey que marchó y el amigo que se queda, saben de antemano que serán muchos otros los que vendrán, pero difícilmente igualaran a éste abrazo tan real.









A Laura, la niña, la mujer, la amiga







jueves, 21 de diciembre de 2017

La niña rosa



Mirando a los ojos de una pequeña niña, comprendí el sentido del aire puro.

Un encuentro hermosamente casual con una niña vestida de rosa desde su gorro, guantes y abrigo, hasta el color de sus mejillas.

Yo entraba, ella salía. La miré, me miró y sólo me dijo en cuatro letras:

“Hola”

Esas cuatro letras me bastaron para releer el pequeño gran libro que siempre guardo en esa estantería repleta de recuerdos y vidas pasadas que todos llevamos dentro.

En sus ojos, vi la inocencia, la pureza, la sencillez, la vida que todos quisiéramos tener y muy pocos consiguen.

Su sonrisa silenciosa, me habló de días felices; de recuerdos con nostalgia a cariños perdidos que los mayores solemos dejar aletargados en un querer olvidar por no sufrir.

¿Sufrir? ¿Por qué sufrir?

Esos ojos, esa sonrisa, no me hablaron de sufrimientos. Me hablaron de esperanza; de un mundo bueno de hombres malos que ganarán batallas pero perderán guerras.

Me hablaron de futuros eternos que borran tristezas pasajeras y de juegos de niños que nunca acabarán.

Me hablaron de brindis, de castañas, de zapatitos de colores, de barquitos de papel, de pisar charcos, de abrazos sinceros, de lágrimas de alegría, de nostalgias compartidas, de conversaciones mudas, de miradas que se encuentran, de amigos por descubrir…

No le pregunté su nombre, no hizo falta.

Cuando marchó de la mano de su mamá y se despidió con un adiós de cinco dedos, yo ya supe que su nombre era Navidad.



* Desde aquí, mi más sincera felicitación a todas las gentes de bien. Un especial recuerdo para los que están siempre sin estar y para todas aquellas personas amigas o no que por enfermedad, pérdida de un ser querido o una vida inmerecida, no puedan disfrutar como merecen de estos días.


A todos, F E L I Z  N A V I D A D



jueves, 14 de diciembre de 2017

Deditos




¿Cuántos añitos tiene el nene? Y el nene enseñaba tres deditos no sin mucho esfuerzo.
A ese mismo nene una araña imaginaria con cinco patas en forma de dedos le perseguía para hacerle cosquillas al alcanzarlo.
Un piloto de F1 de cuyo nombre ni quiero acordarme, tras ganar una carrera nos mostraba a los televidentes su dedo índice, el cual, provocaba en mí una especie de malsana ira (si es que existe alguna buena) al mismo tiempo que un acto reflejo de mi dedo medio de la mano derecha, que automáticamente se erguía apuntando al cielo.
En viejos carteles, un dedo de enfermera imploraba silencios acercándolo a sus labios.
Si Clint Eastwood recorría con el pulgar su reseca boca falta de agua y paz, más te valía correr forastero.
Si el pensador de Rodin no apoyara su barbilla en cuatro de sus dedos, dejaría de pensar.
En el tema sexual, en cuestión de dedos, no voy a entrar ni salir.
Si una mujer te mira de frente, alza su dedo índice y sin apartar tu mirada lo mueve hacia sí misma, ve hacia ella, abrázala y bésala como si no hubiera un mañana.
Convertir dedos en piedras, papeles y tijeras, eso sí que era magia.
Con tres dedos de una mano, uno apuntaba, disparaba y dejaba dardos en redondeles con nombre de mujer.
Y así tantas y tantas cosas que unos dedos, deditos o dedazos podían y pueden hacer.
Te preguntarás querido lector (entiéndase de ambos sexos), a qué viene todo esto.
Toda la culpa la tiene un metro de Madrid, una hora temprana y una hermosa mujer sentada a mi lado. Lo de hermosa, lo sé porque segundos antes la vi acercarse.
La miro de soslayo, con educación, pero la miro. Rápidamente, me llamaron la atención sus dedos pálidos de uñas color rojo kétchup (si es que existe ese color).
Como si de un juego de manos se tratara, sus dedos no paraban de moverse.
La velocidad de la luz la sabemos; la del sonido, también, pero calcular su velocidad a la hora de moverse por la pantalla táctil de su teléfono móvil, creo que sería difícil de calcular. Quizás fuera una fórmula parecida a multiplicar caracteres por estaciones dividido por la frecuencia de las contestaciones de Whatsapp.
Algo tremendo, estresante, agobiante…
Y lo peor de todo, es que miro al frente y cuatro personas están haciendo exactamente lo mismo.
Mi mente me llevó a una especie de invasión de los ultracuerpos en la que el ser humano (incluido yo), ha dejado de sostener libros, entrelazar cariños o abrazar mirándose a los ojos, para ser unos simples deditos faltos de emociones.


sábado, 9 de diciembre de 2017

El tapicero



Llegan hasta mi ventana sonidos que más bien recuerdan otros tiempos. Un megáfono, una furgoneta y una grabación que se repite una y otra vez.

“Ha llegado el tapicero que dejará sus sillones y sofás como nuevos”

¡Cuántas veces el ser humano necesita también en ocasiones revestirse de novedad para remendar la rotura, el desgaste, lo malsano que el paso de los días y años hacen mella en cada uno de nosotros!

Quizás no sea el mejor día ni hora para meditar lo que escribo o escribir lo que medito, pero una conciencia que te dicta letras, no puede ser contenida en miradas hacia otro lado.

Nunca me gustaron las incomprensiones, nunca me gustaron las moscas tras orejas y mucho menos me gustan las sensaciones de que el castillo de naipes que muchas veces vamos construyendo se puede venir abajo por vientos cambiantes.

Mentes vacilantes, tornados de propósitos y futuros sólo de vista al frente sin volver la mirada, puede que alcancen finales de caballo ganador, pero también esos caballos llegarán a alcanzar el olvido del que un día deje de ganar carreras.

El éxito de un hombre pienso que es el de aquel que llega al estado en el que valora menos lo que puede ganar y más lo que puede perder.

El éxito embriaga de orgullo, la humildad, de paz.

Que acelere quien piense que no deja nada atrás; que lo haga aquel que no quiera, no pueda, o no perciba que en el espejo retrovisor aparece una imagen y un corazón con sentimientos que llegara a derramar gotitas de incomprensión.

La gloria la deseo a todos, la paz, también. Pero para hallarla y transmitirla deberíamos tomar apuntes para llevarlas a la práctica y darse cuenta uno mismo de que quizás se esté dando la espalda al sol.




martes, 28 de noviembre de 2017

Golpe bajo




Me siento un pequeño hombre acurrucado en un rincón entre muchedumbre que escucha a otro hombre que sin ser mayor, sí es más grande.

Su habla le delata como francés y necesita de acompañante que le traduzca.

Casi no fue necesaria su traducción, porque este hombre no habló con la palabra; lo hizo con el sentimiento de quien se vio sorprendido primero por la maldad de lo humano y después por la grandeza de lo divino.

Un hombre que buscó en lejanas tierras su propio destino para bien de su alma y ayuda al prójimo.

Buscó silencios y encontró muerte; buscó esperanza y halló desesperación; buscó una paz en guerra y descubrió una guerra en paz. Quiso ser libre y encontró la mordaza del fanático que no ve más allá de su locura. 

Ojos de odio lo miraron y media sonrisa devolvió. Golpe a golpe lo trataron; "cuenta a cuenta", se curó.

Vivió día a día pensando que sería el último. Puede que así fuera, pero también pensó que podría ser el primero de una eternidad.

Pasaron los días y el odio de su carcelero y torturador se convirtieron primero en un silencio, después en una mirada y por último en un ¿necesitas algo? 

Ese día, ese hombre, supo más que nunca que en la soledad de una celda, nunca estuvo más y mejor acompañado. Llegó a pensar y decir que nunca encontró una libertad interior mayor que cuando estuvo preso, porque no necesitaba nada. 

Me impactó, lo admito. Y aún más lo hizo cuando quiso compartir íntimamente con los cientos de oídos atentos que le escuchábamos, aquello que cantó, rezó y fue su mejor compañera en los peores momentos de soledad y sufrimiento. 

Una oración, una canción que yo infravaloré tantas y tantas veces de repetitivos ensayos en ese coro que yo un día abandoné. 

Quise cantar con él y no pude. De mi garganta sólo podían salir notas de un pentagrama anegado de lágrimas.

Fue un golpe bajo señor Mourad; fue un golpe bendita y gloriosamente bajo, Señor.


G R A C I A S






 * Dedicado al Padre Jacques Mourad, secuestrado durante tres meses por DAESH en Siria. Gracias por compartir su experiencia con gentes que algún día quisiéramos llegar a ser como usted aunque para ello nos aguarda un larguísimo camino por recorrer.

* Dedicado también a todos aquellos (cristianos o no) perseguidos, maltratados y asesinados por el fanatismo ciego.

* Y por último, dedicado a ese Dios, mi Dios que me empuja de vez en cuando a reaccionar con golpes bajos que me hacen tanto bien.







jueves, 23 de noviembre de 2017

Terrores nocturnos



Lo insospechado de una madrugada de manecilla a las cuatro, puede encontrarse en cualquier lugar, aunque quizás el peor de los escenarios posibles sea el propio cerebro humano.

Calles vacías, silencio raramente masticable; semáforos mudos, viento escondido y persianas bajadas.

Una esquina, una tienda de nombre idéntico a la ciudad de los Simpsons. 

Al doblarla, una alarma que suena; un detector en su puerta que se activa emitiendo cortos pitidos y activando luces rojas. En su interior, oscuridad y maniquíes quietos al acecho. ¿Quién activó esa alarma? 

No pude ser yo. ¿Entonces quién? o lo que es peor ¿qué?.

Pulso acelerado por lo inesperado. Continúo avanzando.

A escasos metros, una rejilla en el suelo; una corriente de agua escondida en su fondo y una mano. 

Una mano de uñas extrañamente largas luchando por salir de su destierro.

Me alejo en diagonal temiendo por mis pies al ser atrapados.
Sigo avanzando. Una plaza, unas banderas chocando contra el mástil que las sostiene. ¿Qué las mueve si no hay viento?

Un coche de policía; nadie en su interior.

Acelero el paso y una sombra. La sombra de un cartero de dureza en bronce. Yo lo miro y él me mira girando la cabeza al pasar ante él.

Si mueve un pie, corro.

Veinticinco metros más allá, un gato que sin ser negro, huye despavorido perseguido por la nada.

Mi refugio está cerca; la salvación del hogar me espera.

Última acera, últimos metros y el bar vecino de siempre. Mesas encadenadas como siempre; luces apagadas como siempre; cortinas corridas como siempre, excepto en un pequeño hueco ocupado por una cara que me observa como nunca.

Echo mano al bolsillo; extraigo nervioso las llaves; inserto una en la cerradura; no entra. ¿Cómo podían entrar si son las del trabajo?

Consigo abrir; la puerta se cierra tras de mí con una parsimonia inusual. 

Los detectores me detectan y dos bombillas se encienden.

La escalera me ofrece sus peldaños; son dos pisos, treinta escalones.

Levanto un pie y al iniciar la ascensión, una puerta con cartel de CONTADORES, comienza a abrirse.

Treinta escalones que subí en quince cuando el cartel de 2º-2 apareció ante mí.

¡S A L V A D O!

Abrí, entré, cerré y respiré aliviado esbozando una risa nerviosa de quien a su edad jugaba a desvaríos mentales propios de otro siglo.

Me calmé, eché la llave y en lugar de una vuelta, le di las dos.

Nunca se sabe…



domingo, 12 de noviembre de 2017

Humanos



Cuando el ser humano es humano, no existe otro que pueda igualarle en el universo. Con sus defectos, sus miserias, sus imperfecciones, basta un gesto, un detalle, un instante, para volver a creer en la humanidad.

No me cansaré de decir que soy un tipo afortunado. Un tipo al que la Vida regala momentos y personas que seguramente, no merezca.

Un tipo que en un instante pudo sentir el consuelo del desconsuelo; el abrazo de socorro, la mirada implorante de ayuda. Ese tipo al que una mujer, una amiga, una bella persona por fuera y si cabe aún más por dentro, envió un escueto mensaje que decía:
“Luismi, ¿estás en casa?”

Luismi no estaba en casa, pero poco importó, porque esa mujer le buscó y lo halló con su mujer en un anodino supermercado de su anodina ciudad.

Él intuía que algo ocurría, aunque quiso imaginar que serían buenas nuevas las que acompañarían su búsqueda.

Se equivocó. Esa mujer imploraba un consuelo, unas palabras de aliento, un abrazo sincero.

Y ese hombre, fundido en un abrazo como pocas veces haya dado o recibido, se sintió en unos segundos como padre, hermano y amigo que siempre ha deseado y desea ser con toda persona que viviendo un mal, busca un bien.

Qué cruel es el destino a veces no dando tregua ni descanso a quien vive el calvario de la enfermedad que azota nuestro tiempo.

Pero por otro lado, qué maravillosa es la fuerza de la esperanza de quien como yo, no se cansará de abrazar con todo el cariño del que soy capaz de dar, a quien me ha regalado una lección maravillosa de confianza en un amigo.

He cargado baterías, querida amiga. He llenado mis alforjas de buena voluntad, sacrificio, palabras, ánimos y todo lo que sea necesario para que esta lucha que nuevamente emprendes, sea una lucha con el final que sin duda mereces y buscas.

No importa el tiempo, el aislamiento, los días grises. Siempre me tendrás ahí para escucharte, comprenderte y abrazarte aunque la distancia se midiera en mares y debamos pintar lunas.

Tu lucha, es nuestra lucha; tu fuerza, la mía.


* A Laura, de corazón.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Matraca



Era una hermosa tarde “primaveral” de octubre y me encontraba yo sentado en la terraza de un bar repleto de mesas vacías, acompañado de mi santa esposa.

Degustábamos un rico Ribera del Duero acompañándolo con una amena charla llena de planificación de acontecimientos en ciernes. De repente y a lo lejos, comenzamos a escuchar una especie de murmullo que se iba haciendo más perceptible conforme se acercaba a nosotros.

Una mujer apareció en la escena. Una mujer joven que con una mano conducía una silla de bebé mientras en la otra sujetaba un teléfono móvil hablando vete tú a saber con quién.

Detrás de ella, el murmullo se hizo presente en el cuerpo de un niño de poco más de dos años enfundado en un traje de elefante gris con la capucha en forma de trompa en la espalda, que no paraba de repetir con tranquilidad, parsimonia y por bajeras…

“Queo i a paque, queo i a paque, queo i a paque…”

Ambos personajes pasaron por delante y se perdieron al torcer una esquina y ya sin verlos, a lo lejos continuaba oyéndose la misma cantinela…

“Queo i a paque, queo i a paque, queo i a paque…” hasta que su voz dejó de oírse.

Mi mujer me miró, yo la miré y no pudimos contener las risas.

Bendita matraca infantil.


sábado, 28 de octubre de 2017

Niño perdido



El otoño no termina de asomar. Las lluvias, truenos y relámpagos, brillan por su ausencia; pero los cuerpos se resienten, las mentes se atormentan sin nubes y los pensamientos se agolpan sin desbocarse en aguacero.

Yo conozco un niño. Un niño que por aspecto, nadie diría que lo fuera, aunque por dentro nunca dejó de serlo. Un niño que llegó a pensar que la vida giraba como un carrusel; que los días eran distintos y no sólo por el nombre; que las gentes eran cajas de sorpresas repletas de dulces y sinceras palabras o por el contrario, amargas y trasnochadas almas con sonrisa carroñera.

Este niño se encuentra situado en una encrucijada temporal con dos sentidos. Hacia un lado, un camino conocido; un camino asfaltado de hirviente paso de los años hacia un destino llamado rutina.

Hacia el otro lado, un horizonte inexplorado de terreno falto de labranza y lleno de interrogantes.

Si tomara éste, ese niño quizás dejara atrás la comodidad del día a día, del resguardo sin fecha de caducidad, de las caras habituales, de los lugares pateados y las costumbres que sin ser leyes, lo parecen.

Pero ese niño que sin llamarse Peter ni apellidarse Pan sueña con un país de nunca jamás en este otro más cercano de aquí y ahora, se replantea volar cada hora con más fuerza, girando en muchos sentidos cual loca manecilla desbocada de reloj.

Está cansado de jugar a los hipócritas; cansado de cantar siempre al mismo viento; cansado de palabras huecas, de hechos nunca consumados, de consejeros de alma ausentes cuando más se les necesitaba; de tediosas reuniones buscando algo que a fuerza de bostezos nunca llegará; de cafés devueltos por inexistentes; de obras sin obrar; de bienes sin bondad; de apariencias humildes con lobos por espaldas; de manos tendidas sin otras esperándolas y de buscar manos sin encontrarlas.

De eso y mucho más ese niño está cansado; pero ese niño juega con ventaja. Ese niño tiene fe en la fe y por ello pocas cosas llevará en su peregrinar por el otro camino. Quizás un bolsillo repleto de caramelos, media sonrisa que regalar, un centenar de abrazos fuertes y una vista al frente sin retrovisores que le hagan ver lo que pensó que sería bueno y no fue.

Si te encuentras con ese niño perdido, lo mejor que podrás hacer es extenderle tu mano.



domingo, 15 de octubre de 2017

Monumental


Visitar una ciudad como Toledo, es un regalo a los sentidos. Empaparse de su historia, sus calles y sus monumentos emblemáticos, es un ejercicio de reflexión con siglos de vida.

Calles empinadas, sudor en la frente, cansancio en las piernas, no son obstáculos para quien sepa apreciar lo hermoso de un lugar con olor añejo de otros tiempos lejanos en el recuerdo, pero muy presentes en el corazón de la grandeza de una cultura que debe perpetuarse en generaciones pasadas, presentes y futuras.

Mis pies traspasaron el umbral de una pequeña capilla casi escondida dentro de la majestuosidad de una catedral revestida de grandeza.

Una celebración eucarística que no por inusual, llamó mi atención en un reconocimiento que iba más allá de un acto afortunadamente habitual en mí.

La espiritualidad del momento, el silencio acordado de antemano, se vieron desbordados por la figura de un hombre cansado.

Un hombre ornamentado con ropajes obligatorios de quien por oficio debía presidir una liturgia siempre conocida y a la vez diferente para quien asiste a ella con hambre de paz espiritual.

Un hombre de pasos muy cortos, inseguro en sus movimientos, pero de férrea voluntad de servicio a los demás.

De voz engalanada de suspiros; de gestos imperfectos y movimientos a cámara lenta.

Su homilía, fue tan sincera como inexistente. Sólo unas palabras encerrando un gran discurso:

“La mejor homilía que puedo ofrecerles es que hoy me pueda encontrar ante ustedes”

Gran verdad para quien pareciera necesitar más una cama en descanso que una obligación del alma.

No pudo extenderse más allá de la propia celebración. Marchó por donde vino; en solitario, sus torpes pasos le llevaron a perderse por el interior de la historia, dejando atrás a un tipo como yo que además de a Dios, se llevó de allí el reconocimiento y la gratitud hacia un hombre al que seguramente jamás vuelva a ver, pero que me hizo sentir que la grandeza de una persona se mide también por la monumentalidad de sus actos.


martes, 3 de octubre de 2017

A ras de suelo



Busqué un lugar donde llorar como un niño para sentirme mejor hombre.

Busqué un lugar, donde enterrar lo peor de mí abriendo alma, corazón y sentimiento.

Y lo encontré. Y al encontrarlo, me encontré también conmigo mismo. Con ese otro yo que no sabía, o no quería que existiera.

Un tipo imperfecto como el que más; desmadejado en pensamiento y obra; acelerado en conclusiones, crítica y orgullos.

Uno que pensó que era y no era así. Uno de tantos, que de poco hacía mucho sin darse cuenta que para ser algo, debía comenzar por ser nada.

Me dejé llevar. Ver, oír y sentir, fueron los verbos que me acompañaron y deseo me acompañen siempre.

He visto, oído y sentido, en apenas cuarenta y ocho horas, asombros escondidos, palabras en torrente, pañuelos enjugando miserias, abrazos en brazos de grandes hombres fundidos en ojos sinceros.

Hombres de grandes cumbres venidos a ras de suelo. Hombres que siendo grandes, ahora lo son aún más siendo pequeños.

Hoy, quien me conoce, sabe que mi fachada no cambió; pero mi mirada sí.

Una mirada con ojos de comprensión, de respeto, de sinceridad, de tristezas decoradas de alegría, de iras en calma y soledades tumultuosas.

Busqué un lugar donde llorar como un niño para sentirme mejor hombre…

… y lloré



*Dedicado a los que han hecho posible estas letras. A mi mujer y mis hijas por regalarme su amor con esta aventura; a Daniel (ese “padre” que todos queremos tener y tenemos); a mis hermanos de mesa, mantel y alma Arturo, Jesús, Fernando, Óscar y Nacho; a Pablo (el mejor compañero y amigo de habitación que podía tener); Roberto (un gran tipo que acabo de descubrir) y a otros más de ciento treinta hombres que como yo buscaron y hallaron a Aquel sin el cual seríamos niños perdidos.




miércoles, 27 de septiembre de 2017

La otra cara



Como todo en esta vida, cuando un bien escasea, se revaloriza. También las buenas noticias parecen tener su escondite particular para, como si de un cuentagotas se tratase, aparecer en pequeñas y benditas dosis.

Las casualidades existen; lo impensable, también. E incluso entre gentes de elevadas creencias con finales eternos, parece como si se creara una interconexión invisible de caminos convergentes en un día y lugar concreto.

Todo ocurrió una mañana en la habitación 186 de un hospital manchego.

Allí, escoltando cama, sitio y enferma, permanecía sentado dejando pasar minutos entre vistazos a pantalla de anodino teléfono y trasiegos de gentes uniformadas de servicio a los demás.

Una cara tan habitualmente conocida como la de mi chica de siempre, asomando por la puerta me apostó retándome:

“A ver si conoces a esta mujer”

Por la puerta asomó entonces una sonrisa de ojos brillantes que en un primer momento no reconocí, pero que admito me dejó en cierto modo perplejo.

Ni por aspecto, ni recuerdo atiné a reconocerla hasta que ella misma se presentó como una de esas amigas a través de lo que en castellano sería un libro de caras y en el mundo real conocemos por Facebook.

No mucho más que el paisanaje y la casualidad de encontrarnos en unas circunstancias parecidas en ese hospital me une a ella.

La conversación no se alargó en el tiempo, pero bastó un resumen de su historia para marcar una página en el borrador mental que siempre me acompaña por el mundo y del que voy rescatando las letras o pensamientos que luego plasmo en este Café del Swing.

Una mujer que un día escuchó una terrible palabra de nombre leucemia y que fue su acompañante forzosa en un camino con final feliz por la donación de una persona de bien.

Cinco años resumidos en ese rostro, sonrisa y alegría de una mujer que con fe, fuerza y esperanza se pertrecha en lo positivo que la otra cara de la vida también nos da.



*Dedicado a Elena y a tantas y tantas personas de futuros inciertos que con su curación llenan de luz y color este mundo de ocres tonalidades. Gracias por tu alegría, tu fe y tu gran sonrisa.