"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

viernes, 24 de febrero de 2017

Dos luces, un ángel

Dos de la mañana, soledad en las calles, viento fresco, rumor de silencios.

Un hombre, su mochila, unos pasos, un destino, un Amigo.

Dos luces lejanas, movimiento, lenta cercanía, ruido de motor, el coche se detiene, una ventanilla que baja, una cara conocida, una sincera sonrisa, un uniforme, una corta conversación, destinos opuestos, despedida.

Cuatro de la mañana, mismo hombre, misma mochila, calles solitarias, regreso a casa, luces azuladas, ruido de motor, unos destellos, un saludo mano en alto, llegada al hogar.

Ese hombre, se sintió protegido; ese hombre se sintió querido; ese hombre se sintió agradecido.









*Dedicado a esos guardianes que patrullando calles realizan el difícil y tantas veces incomprendido trabajo de velar nuestros sueños.



miércoles, 15 de febrero de 2017

Altibajos

Pasan los días y ese subidón o percepción de fuertes vaivenes emocionales que hacen de la cotidianidad algo poco cotidiano, continúan en mí.

Quizás mi predisposición a sentir emociones, haya desactivado cualquier sistema de protección o defensa natural. El caso es que la euforia me persigue y la verdad, no estoy por la labor de ser yo quien dé un corte a ninguna cinta inaugurando nuevamente la rutina de los días.

Tan alto estado de ánimo, corría el riesgo de precipitarse al vacío abruptamente por hechos o situaciones inesperadas como así ha sido.
He alcanzado un puerto o cima de categoría especial a pedaladas de fraternidad, amigos, desconsuelos arropados en palabras, compañías y gestos de aliento. Descubrir amigos que intuía, celebrar en compañía lo que a soledad invitaba, animar desánimos, hacer sonreír tristezas y acompañar soledades, en poco tiempo, me hizo elevarme hasta infinitos de bondades y optimismos.
Pero llegó también la incomprensión de un dolor inmerecido; de una enfermedad o contratiempo agazapado bajo la piel de una alegría vestida de mujer.
De una amiga bañada en lágrimas de conjeturas de negro futuro pintadas de batas blancas con olor a quirófano.
Y noticias así, viniendo de quien quieres y aprecias por ser parte importante de ese reducido grupo de personas que consiguen hacer de un yin un gran yang, te hace descender de ese caballo de nombre euforia, a la realidad de esa otra vida que nadie quiere ver y en la que el dolor y la desesperanza es capaz de derribar castillos de naipes construidos con mimoso positivismo.
Ese descenso tan rápido, provoca mareos existenciales que hacen al hombre perder cierto equilibrio. Pero también, ese instinto, esa fuerza interior, innata en el ser humano, nos lleva a inspirar fuerte y pensar “a por ello que son pocos y cobardes”, remontando la ascensión con cordajes de cariño, compañía, comprensión, pinceladas de humor y ánimo compartido.
Así, rápidamente, sin tiempo a desánimos, uno regresa a la senda del sentirse bien; sentirse útil con el mundo y para el mundo, imaginando en su cabeza una gráfica que a fin de cuentas, se asemeja en gran medida a eso que unos llaman tránsito y otros, vida.




P.D. Dedicado a una amiga, que recuperará siempre su sonrisa porque lo que hoy la atormenta, acabará siendo sólo un mal recuerdo.


sábado, 11 de febrero de 2017

Año uno



Debería ser ésta quizás una entrada en cierto modo triste, nostálgica o cargada de recuerdos y homenajes para quien hoy hace justamente un año, marchó en silencio y en paz hacia otra vida sin fin.

Pero precisamente porque creo que la carretera de la vida (de su vida) no acabó ese once de febrero del pasado año, hoy voy a intentar que el recuerdo exista, pero vestido con galas de esperanza; que echar de menos no se conjugue en pretérito imperfecto sino en futuro perfecto cargado de eternidad. Y si debo llorar, lloraré al igual que si el cuerpo me pide risas, también se las daré.

No puedo quejarme ni quiero, porque no perdí una madre, gané un ángel;

No puedo quejarme ni quiero, porque esa silla que un día abandonó, se plegó y dejó su espacio ocupado por recuerdos de mil amores.

Así que hoy, mañana y siempre, miraré al cielo y rebuscaré en mi interior para sacar de mí el mejor regalo que en la distancia y hasta que nos volvamos a ver, le puedo ofrecer:

Un ramillete de violetas envuelto en oración.





martes, 7 de febrero de 2017

Una de pipas



Qué lejanos aquellos tiempos en los que un niño con ansias por crecer era feliz sólo con una bolsa de pipas en las manos.
Una bolsa de a duro; de esas de a cinco pesetas.
Era el pretexto ideal para sentarse donde más calentaba un sol de invierno o refrescaba una sombra de verano para elevar los ánimos de chicos y grandes en cualquier pueblo o ciudad.
Pipas compartidas entre amigos que en muchas ocasiones no sumaban más de dos. Conversaciones de esquina con sabor a sal.
Cambiar cromos, bolas de cristal o simplemente impresiones de chavales rabiosos de inocencia sin adulterar.
Chavales y chavalas que fueron creciendo y pasaron de los cromos y las pegatinas de sus ídolos a las chicas y chicos que gustaban o dejaban de gustar.
La esquina, era la misma; el sol, seguía calentando y saliendo siempre por el este, pero nunca faltaban esas pipas aunque ya no fueran en bolsas de a duro.
Las charlas se hicieron más serias; los problemas crecían al ritmo del tamaño de los calcetines; pero eran benditos problemas porque eran compartidos, comprendidos, masticados y muchas veces solucionados por quien teníamos al lado.

Bastaba una compañía, un silencio cómplice y una escucha sincera para dejar el rascacielos de una contrariedad a la altura de un segundo piso.

Pasaron los años y llegaron pubertades, acnés, colonias y bailes imposibles. Los juegos de quienes creyéndose adultos, no dejaban de ser simples mocosos sin pañuelo.
La legión de amigos dejó de serlo para desperdigarse en terrenos y personas por explorar.

Pasaron los años, llegaron anillos, kilos y niños y donde dije amigo, digo recuerdo.
Y llegó un día con fecha de hoy.

Un día en el que por desgracia hablan más los dedos deslizándose por un cristal de colores artificiales llenos de ceros y unos; un día en el que un mensaje llega a la otra persona sin tinta, café, o palabras directas de boca a oído.
Ese día en el que asusta más la individualidad y el aislamiento personal que mil bombas caídas desde el odio.

Estoy viviendo momentos contradictorios pero a mi entender, maravillosamente propicios para un regreso al futuro de las relaciones humanas que nunca debieron perderse en cambios generacionales y años de avances tecnológicos.
Percibo y me reconozco también a mí mismo como uno de esos caballos anclados en un tiovivo de la noria de una sociedad que te hace girar al ritmo de una falta de diálogo verdadero cara a cara, corazón a corazón.

Es hora de gritar ¡basta!
Mi cerebro piensa que el mundo habla sin hacerlo; que los sentimientos, el estrés, la pena, la soledad, la incomprensión están enmascarados en capas y capas de modernidad mal entendida y empleada.


Y por otro lado, la patata que afortunadamente no deja de latir, me dice que sigue existiendo un tipo de apariencia ruda que se emociona pañuelo en mano con palabras y abrazos amigos cuando doña enfermedad decide ser compañera de viaje; que existe una cría con trenzas que deja escapar lágrimas en algún banco, mostrando sin tapujos la realidad de una bondad celosamente escondida en el cuerpo de una mujer; o que existen dos mujeres que cara a cara ahogan nervios en refrescos de charlas de amistad acrecentada día a día, cariño a cariño;  o aquella otra que poco a poco va encontrando la compañía que una soledad traidora le arrebató y que se atreve a decirme que me quiere.
Mi instinto, mi naturaleza, mi forma de ser y pensar me obligan a silenciar cerebro y tender manos a personas así.

Una mano la tenderé a quien quiera dejar a un lado miedos al silencio. A quien quiera buscar la compañía de una risa o una lágrima sincera. A quien necesite agarrar el cuello de una botella y brindar en compañía. A quien pida un pañuelo de papel, una oración o simplemente dos oídos que escuchen.

En definitiva, a quien no le importe querer seguir siendo niño.

¿Y la otra mano?

La otra mano, siempre tendrá una de pipas.



martes, 31 de enero de 2017

Desde las alturas



Desde las alturas, las cosas se ven y perciben distintas; la perspectiva todo lo da y la apertura del campo de visión, magnifica lo que antes era un espacio reducido.

Pero más allá de lo que uno ve, también está lo que uno siente o deja sentir.

Aclarar gargantas, estirar músculos, afinar voces en un ambiente distendido, ya es un logro para una persona como yo que un día fui tentado a cantar en un pequeño coro entre caras conocidas de un entorno parroquial al que me une amistad, creencia y oración.

Acompañar a viva voz lo que antes se interiorizaba quizás por miedo, quizás vergüenza o simplemente falta de costumbre, que no interés, es una experiencia realmente plena en sensaciones.

El pasado sábado, resultó ser un día repleto de buenas vibraciones.

Mentiría si digo que esperaba que así lo fuera en lo que a corcheas, tonos o semitonos mi vista y voz deberían seguir para el bien común y particular de la empresa a realizar.

Andaba mi mente taciturna, mi ánimo musical desgastado y la ilusión habitual por hacer al menos el intento de cantar con cierto acierto, ciertamente desacertado. Y permitidme que valgan todas las redundantes redundancias.

Mismo lugar, mismas personas, mismas letras y notas a ensayar, me llegaron a hacer sentir como a esa marmota que tiene su día señalado en el calendario y que no espera nada nuevo al salir al mundo.

Sin embargo, el evento era y se convirtió en especial. No todos los días sesenta y tres jóvenes se confirman como amigos del Amigo.

Familias, colegas, vecinos, todos de tiros largos dirigidos y ayudados por esos otros amigos de largas vestimentas con olor a incienso.

El marco, ideal; el aforo, lleno a rebosar.

Así nos dirigimos carpeta en mano y elevándonos hasta el segundo piso sin ascensor, al emplazamiento inhabitual para nosotros del coro principal de nuestra querida Catedral.

Pocas notas me bastaron, pocos acordes se acompasaron para saber, percibir y sentir que allí nada era igual a lo que unos minutos antes y dos pisos más abajo podía pensar.

El pesimismo dio paso a la esperanza; el orgullo se vistió de humildad y las personas dejaron de ser caras con nombres para ser voces amigas.

Me vi envuelto en sones con sabor a gloria; de palabras con profundo sentido y de hermanos compañeros de pentagramas, abrazos y cariños.

Fue una inyección de moral; una ventana abierta que ventiló aires viciados; un cierto éxtasis en gotas de perfume músico-espiritual.

Sentirse uno a la vez nada y todo; vivir con intensidad un momento de fuera adentro y de dentro afuera.

Sentir que un compás habla, te habla y le hablas. Y que siendo veinte somos uno cantando a Otro.

Que dos horas parezcan minutos y que importe poco si se cantó mejor o peor cuando la unión y la fe hicieron música.

Dibujar sonrisas, degustar cervezas, familia, abrazos y algún beso inesperado, fue la guinda a una jornada que comenzando en bajas tierras y sentimientos, alcanzó la gloria en las alturas.



P.D. Dedicado a mis compañer@s y sin embargo amig@s de la Capilla Musical de la Catedral de Getafe; desde su Director a cualquiera de las buenas voces y personas que se sumaron al evento.  

A los sesenta y tres confirmados (especialmente a Iván por querer que subiera y bajara dos pisos para poner mi mano en su hombro).

A los sacerdotes, catequistas, padres y padrinos.

A los míos (los que son de sangre y los que no).


Y cómo no, a Aquel sin cuya presencia, nada de esto hubiera sido.


jueves, 26 de enero de 2017

Héroes y villanos



Cinco minutos, segundo más segundo menos, es lo que separó el reloj de mi vida de poder asistir, contemplar, padecer o intervenir en un hecho dramático que no infrecuente.

Cinco minutos después de sobrepasar las puertas de entrada del Metro de mi barrio, en la superficie, se estaba construyendo a golpe de puño, insulto y desvergüenza una tragedia más que será olvidada como tantas y tantas otras que se perdieron en la cotidianidad de una sociedad dormida.

Un hombre mayor, estaba siendo robado, vilipendiado, vejado, insultado y menospreciado por un grupo de “valientes” en manada; porque hablando claro, estos miserables (chicos y chicas, hombres y mujeres) que pueblan nuestras calles, sólo se sienten importantes cuando son más de dos ya que individualmente, no son capaces de mirar a nadie por encima del codo que no del hombro.

Todos sabemos quiénes son; conocemos sus caras, sus lugares frecuentes; sus compañías habituales y su total falta de educación, madurez, o civismo con calles, plazas, o personas.

Tipos y tipas que escudados en esa falta de mayoría de edad y consentidos por unas leyes, unos jueces y unos gobernantes que en este cada vez más irreconocible país, son protegidos en mayor y mejor medida que las personas que intentamos ser honrados y buenos ciudadanos, campan a sus anchas arrasando con todo aquello que huela a convivencia pacífica.

Me da lo mismo su color, origen, situación o lengua; simplemente, son hijos e hijas de la maldad por no utilizar el común adjetivo en estos casos.

A lo que iba; a esa misma hora y paseando con su mujer, un señor de 69 años contemplando esa escena, tuvo la “osadía”, valentía y bondad de intentar ayudar a ese pobre hombre que cometió el pecado de coincidir con hienas de dos patas, recriminándoles su actitud e invitándoles a dejarlo en paz.

Un hombre de 69 años al parecer, delicado del corazón, pero sólo físicamente, porque con su acto de ayuda al prójimo demostró su grandeza más y mejor que muchos incluyéndome yo.

Un hombre que con su intervención pasó a ser el punto de mira sobre el que esos malnacidos menores de edad dispararon sus palabras y manos abiertas.

Recibió golpes e insultos que acabaron con su cuerpo en el suelo y un corazón roto que dejó de latir.

Vanos fueron los esfuerzos por recuperarlo mientras los “valientes” huyeron de la escena como diablos sin alma que llevarse a la espalda.

Quedó en el suelo un hombre; a su lado, una viuda y en mí al enterarme de este hecho, quedaron muchas dudas:

¿Cuál hubiera sido mi reacción si ese hombre fuera yo?

¿Actuaría de igual modo?

¿Me lavaría las manos, miraría a otro lado y si te he visto no me acuerdo para no meterme en líos?

¿Avisaría a la policía sin intervenir dejándolo a expensas de lo que tardaran en llegar?

Para mí ese es un verdadero héroe sin capa, disfraz ni poderes extraordinarios.

Uno de esos hombres que arriesgó y perdió su vida por defender lo justamente defendible.

Un héroe que por desgracia no ha merecido un reconocimiento público por su acto de generosidad y del que además diré que trabajaba como voluntario en Banco de Alimentos y Mensajeros de la Paz (ironías de la vida y de la muerte).

Desde aquí mi pequeño homenaje y mis oraciones para que ese hombre de nombre Mariano y apellidos “Buena Persona”, reciba el verdadero reconocimiento en un lugar llamado Cielo. 


miércoles, 18 de enero de 2017

Fríos a mí



Ola de frío, alerta en tropecientas comunidades autónomas, media hora de explicaciones meteorológicas en tv con idas y venidas constantes de un lado a otro de la pantalla de un tipo que paradójicamente se apellida “Brasero”, para encontrarte con alguien e intercambiar el típico saludo español de “¿hace rasca eh?”.

Yo no sé si esto es un mal endémico, los tiempos cambian o sencillamente es que nos hemos vuelto giliatontaos.

El caso es que entre ciclogénesis explosivas, fríos siberianos (pero de la parte norte de Siberia) y calores insufribles “extrañamente” cuando llega el verano, uno ya sale con miedo a la calle.

Basta una alerta por Comunidades de fríos polares y las cebollas se ríen de nosotros por las capas que nos echamos encima protegiéndonos de rigores imposibles de soportar.

Porque una cosa es salir como legionario sin cabra y a pecho descubierto y otra muy distinta, hacerlo como si fuéramos desactivadores de explosivos o astronautas de paseos lunares sin Houston ni problemas que informar.

¡Que todos hemos tenido unos padres, unos abuelos o unos vecinos que nos han hablado de metros de nieve, de pueblos incomunicados, de torrentes de aguas o de gaznates resecos! Y en esos tiempos, como mucho, un tipo bajito, de gafas, rechonchete y de nombre tan complejo como Mariano (no confundir), sólo con un mapa acartonao, nos decía lo mismo que ahora, pero sin acojonar al personal.

¿Qué hace frío? Pues sí; pero yo sigo sin ver mamuts por la calle por mucho que algunas personas se les asemejen por su apariencia y actos.

Quizás una buena bufanda, unos guantes, un abrigo y unas castañas pilongas de a docena por un euro y que vengan fríos.

O eso, o que alguien cierre la puerta de los pueblos y ciudades que hay corriente.


jueves, 12 de enero de 2017

Monigotes

Me cuenta el primo del vecino del hermano del quinto, que hace unos días un amigo suyo tuvo la oportunidad de charlar durante unos minutos con el mismísimo Rey Gaspar de Oriente que visitó su ciudad para encontrarse con todos los niños y no tan niños en las festividades que hace un suspiro hemos dado por finiquitadas.

Le habló de sonrisas, de caras felices, de asombros en rostros, de ilusión, de promesas; en definitiva, le habló de niñez.
Le habló de futuros que no alcanzaban en su mayoría un metro en palmos.
Me cuenta que ese Rey Mago, se sintió feliz. Feliz de recibir un regalo que supera con creces todos aquellos que él mismo repartiría horas más tarde.

El regalo de la inocencia, de la naturalidad, de la rabiosa dulzura, picardía, vergüenza e incluso miedos que cualquier niño es capaz de transmitir.

El regalo de niños que dedican una parte importante de su tiempo a escribir, pintar, garabatear o colorear sueños.
Niños que piden un mundo en un trozo de papel. Un mundo de juegos, de sonrisas, de entretenimiento, de salud para todos, de unión en desuniones, de palabras en silencios y de abrazos sinceros entre iguales que no se conocen.
No existe dinero ni poder en el mundo que abarque la gran sonrisa de una minusválida psíquica cuando un Rey de barba cana, turbante y traje pomposo se acercó para abrazarla y besarla.
No existe dinero ni poder en el mundo que supere el esfuerzo de una niña por vencer sus miedos a dormir sola porque ese mismo Rey le animara a hacerlo, o esa otra que ahora ya no regatea tanto los besos de quien busca su cariño.
No es posible superar las pupilas asombradas de una mujer que se atrevió a pedirle un pequeño regalo retrasado en años de pentagrama inacabado y que ya puede hacer sonar allá donde quiera repartir sus notas musicales.
No hay político, ni leyes, ni normas que cumplan y sepan cumplir las promesas como lo hace un niño. Porque la palabra de un niño, es y suena a verdad aunque esconda alguna mentirijilla.
Y es preferible siempre el garabato, las frases incomprensibles, los dibujos imposibles y los monigotes de un niño, a ser un monigote de adulto que por años cumplidos o por vergüenza, renuncie a volver a vivir la ilusión de ser niño al menos por un día.










miércoles, 11 de enero de 2017

Siete




Son siete los años que hoy se cumplen desde que parí este blog un once de enero de dos mil diez y hoy podría teclear las mismas letras de siempre, agradeciendo a unos sus visitas, a otros su compañía continua e incluso a algunos que desaparecieron por el camino; pero no, hoy, no lo haré.

Por el contrario, me voy a dirigir a ti querido blog; porque durante estos años, hablé de personas, animales y cosas pero realmente, nunca me dirigí a ti como tal que al fin y al cabo eres el principal protagonista en todo este tiempo.

Agradezco siempre tu fiel compañía; tu refugio en las tempestades; tus brindis siempre dispuestos; tus risas y también tus lágrimas sinceras.

En definitiva, tu amistad.

Ya sé que es fácil congeniar con un espejo; pero no siempre ese espejo llega a mostrar la verdadera realidad de quien se mira en él. Pude mirarme en ti y escribir algo que no era, sentía o sufría; pero en la mayor parte de las ocasiones, has sido un calco exacto de lo que una mente y su vecino del piso de abajo que afortunadamente no cesa de latir, deseaban guardar en la memoria llena de ceros y unos que conforman este inmenso mundo de las tecnologías sociales.

Así que hoy, querido amigo, brindo por ti; por las letras que compartimos y por las venideras que espero sigan fieles a sus citas.

Con todo mi afecto, querido blog,


¡¡¡Muchas felicidades!!!


miércoles, 28 de diciembre de 2016

Copiar y pegar



Hoy no es Nochebuena, ni mañana Navidad; pasaron como un soplo. Parecía que no llegaban y ya marcharon.

La cena, fue lo de menos. Nada faltó, nada sobró, nada que objetar a una puesta en escena de reunión corta en comensales.

Alejada de la fastuosidad de otros tiempos, se hizo más íntima.

A la mesa, los cuatro de siempre; la familia que hace diecinueve años acabó de formarse.

Unos padres, dos hijas, unas copas, viandas y descorche de vinos a enfriar.

No se hizo necesario vestir galas.

Viví esa cena en un silencio quizás mayor del habitual en mí a pesar de no ser nunca un gran conversador mientras el cuerpo se alimenta e hidrata.

No miré sillas vacías; no quise pensar en ausencias ni pretendí mortificarme con malos recuerdos pasados, presentes y quizás futuros.

Preferí recordar la sorpresa del reencuentro adelantado con aquella que marchó a tierras del norte; la alegría de esas lágrimas de hermana y madre que bañaron los abrazos de bienvenida; la complicidad de cuatro que parecían cuarenta y el aire puro con olor a concordia y cariño de verdadera unión familiar.

No necesitaba más. Lo que uno realmente quiere, estaba allí; lo que uno echa de menos, estaba presente.

¿Se puede pedir más? Quizás

¿Se puede pretender algo mejor? Lo dudo

Sólo un momento de cierto temor que pasó como una ráfaga, pero que fue rápidamente enmascarado por el devenir natural de la vida al que me quiero aferrar.

Pensar que no siempre será así. Pensar que puede llegar el momento en el que las reuniones sean aún más cortas por distancias, compromisos o simplemente porque sí.

Quizás acabemos sólo dos con canas por sombrero y brasero por calor; pero mientras eso llega si es que tiene que llegar, bailar no bailaremos, pero que nos quiten lo bailao de cuatro sentados a una mesa que brindan, que ríen risas y quieren no dejar de quererse.

Ahora vendrán uvas, confetis y serpentinas mientras un reloj haga sonar doce campanadas y lloverán regalos traídos de la imaginación de un Oriente muy cercano.

No pediré mucho; simplemente un deseo. Imaginar y que se cumpla que transcurrido un año, esto que escribo, lo pueda copiar y pegar en cualquier lugar, porque será señal nuevamente de vida hermosa y plena.


miércoles, 21 de diciembre de 2016

Dos figuras

Es muy tarde y la ciudad duerme a pesar de unos adornos especiales en sus calles.

A esas horas, por compañeros, los habituales. Mis pensamientos y el Amigo fiel que siempre en tiempos de sueños me permite acompañarle.

Podría ser un día más; un día de reflexión, preguntas calladas y certezas encontradas en el silencio de un pequeño rincón solitario; pero no, sin querer o quizás queriendo sin saberlo, dos figuras ante mí hacen mella en un sentimiento que año a año me persigue para encontrarme sin apenas resistencia.

Esas dos figuras inmóviles, miran al vacío, a lo invisible, a lo esperado. Una espera que se repite desde hace siglos; una espera, que siendo pasada, está cargada de futuro y alegre esperanza.

Y yo ahora, aquí, en este momento, me quiero unir también a esa espera silenciosa.

Me mueve la nostalgia del recuerdo sin pesar de la madre que marchó a esperarme en mejor sitio.

Me mueven los abrazos y los besos que un día despidieron con tristeza a una hija para ser transformados ahora en la alegría suprema del retorno desde tierras lejanas.

Me mueven los míos; los que día a día hacen que merezca la pena vivir ésta y muchas vidas.

Aquellos otros que en poco tiempo han sabido, querido y demostrado ser parte también de mi historia familiar.

Los amigos que ya no están pero seguirán por siempre ahí.

Los que siguen ahí, pero no siento cercanos y aquellos otros que acertaron a serlo cuando más necesité una mano tendida y llena de consuelo.

Me mueven y me conmueven las lágrimas del amigo enfermo de rostro duro y corazón enorme con el que en breve espero brindar con una gran jarra de nuestra querida bebida de espuma blanca.

Me mueve una esperanza, una ilusión de un futuro mejor. Un futuro vacío de odios y lleno de comprensiones. Un futuro de reconciliación entre hermanos y brindis de perdones.

Un futuro de juegos sin jugar; de cantos sin cantar y de abrazos sin abrazar.

Todo eso y aún más me mueve ese espíritu que fiel a su cita me mostraron en la soledad de la noche y en su quietud dos simples pero significativas figuras a través de las cuales quiero desear a todos mis clientes, compañeros, amigos, familiares e incluso enemigos una


¡¡¡ FELIZ NAVIDAD !!!





miércoles, 14 de diciembre de 2016

No seré yo



No, no seré yo quien me esconda; no seré aquel que por ser lo que es, pensar lo que piensa o creer en lo que cree deba disimular por no ofender, por no molestar o no incomodar al familiar, al amigo, al conocido o al mismo mundo.

No; no seré yo quien se avergüence de una pandereta, de un buey, una mula o de un pastorcillo camino de Belén en un belén.

Si me quieren tachar de loco, que lo hagan; incluso si me quieren tachar de sus listas de conocidos o amigos, también, pero si tiene que haber peces bebiendo en un río o campanas sobre campanas, los habrá aunque para ello deba remendarme en cualquier noche de paz con mi viejo tambor ropo pom pom.

Me resulta en muchas ocasiones curioso y en algunas verdaderamente frustrante que en estos tiempos de persecución de creencias (normalmente de la misma), se abogue además en muchos casos por borrar del calendario, calles y lugares públicos todo sentimiento o muestra  de Navidad por si alguien se sintiera ofendido. ¿Ofensa?

Esconderse o liarse mantas en la cabeza esperando que pase el temporal de la nostalgia, de la esperanza, de los reencuentros, de las loterías con sones de cántico infantil o de cabalgatas de sueños muchas veces imposibles, buscando calendarios a los que borrar días, es sinónimo a mi entender y que quien esto lea me perdone si se siente ofendido, de una cierta cobardía e insolidaridad.

Porque intentar acallar, emborronar, criticar o simplemente no respetar la alegría, la esperanza o la celebración de millones y millones de personas que no olvidamos de dónde venimos y hacia Quien queremos ir desde tiempos inmemoriales, es actuar en contra de muchas de esas ideas que hoy en día se pregonan bajo el nombre pomposo de la comprensión y la solidaridad entre los hombres.

No, no seré yo quien se vista de tristeza o melancolía estos días por esa madre que marchó para no volver, el amigo que demostró o demuestra no serlo, o toda persona que se empeñe en tirar petardos de enemistad.

Sería muy fácil culpar a ese Niño que conmemoramos en estas fechas de todo lo malo que la vida y el mundo nos trae. Pero si así lo hiciéramos, lo que mi corta inteligencia me insinúa, es que también deberíamos dejar en el otro lado de la balanza todo lo bueno que la misma vida, ese mismo mundo o ese Niño nos han dado también. ¿No?

Voy a intentar reírme más de lo habitual, empezando por mí mismo y continuando por quien me quiera acompañar en esa locura de nombre esperanza que debería ser cómplice de cualquier celebración en estas fechas.

Dinero no habrá; grandes comilonas, salidas nocturnas o copas a precio de diamante, tampoco; pero lo que no va a faltar es una hogaza de pan, una copa de vino, un buen puchero a compartir en familia y amigos o un fuerte abrazo a quien quiera y se deje abrazar.

Sí, ya sé que todo el año debería ser así; pero la Navidad, para bien o para mal, es ahora y todos los años por estas fechas.

¿Un deseo para estos días? No; uno no. Son muchos…

Que una estrella, una flecha, o un camino nos dirijan hacia unos días cargados de comprensión, respeto, paciencia, brillo en los ojos, miradas al cielo, reconciliación, apretón de manos, un café caliente, una cerveza fría, una siesta a la de tres, una partida de cartas, un humilde regalo con papel de celofán, una oración, una canción, un pensamiento, una mano tendida… vivir en paz.

Sólo eso.







martes, 6 de diciembre de 2016

Una conciencia de carne y hueso

Todos hemos oído aquello de “lo que te dicte tu conciencia”. Ésta es una frase que en mi caso no es sólo una teoría a estudiar. Se trata de una práctica habitual en mi intención de pasar por esta vida.

Cuando las dudas me acorralan, los caminos se bifurcan o cuando la elección se hace compleja, siempre procuro acudir a ese foro interno en el que la gran mayoría de sus jueces hacen prevalecer aquello que seguramente deba ajustarse a mi persona.

Pero también en ocasiones, esa conciencia pudiera estar equivocada dentro de sus razonamientos. Y es entonces cuando situándonos al borde de un precipicio, un agente externo, una situación o lo que es mejor, una persona cercana, nos hace ver detalles que ese juez quizás omitió, olvidó o pasó por alto.

Ahí es cuando uno se da cuenta de que lo que férreamente y al pie de la letra era un “no” rotundo, se convierte en un ¿y si tal vez?

Para llevar a la práctica ese “no”, siempre habrá tiempo; pero peor, mucho peor, sería no intentarlo, para al final arrepentirme quizás de no haberlo hecho.

Y esa conciencia de carne y hueso, acertó; sin ella, me hubiera faltado la compañía de la amistad, de la buena gente, de unas horas de silencio y meditación; de risas compartidas, ojos claros y lluvia reparadora.

Mi camino es uno muy claro que en ciertos tramos se puede cubrir de niebla;

De mí depende disiparla y si no lo consigo, siempre agradeceré como ahora, esa voz amiga que me hizo ver lo que olvidé y me ayuda a continuar correctamente la marcha.

A esa persona, a esa conciencia, sólo una palabra:

G R A C I A S