"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

martes, 20 de septiembre de 2016

El ciclista



Con los pies en el suelo, el ciclista titubea antes de subir a la bicicleta. El camino es largo y los obstáculos serán duros antes de llegar a la meta; pero diríase que nació para eso; sin pretensiones de destacar. Su rol nunca fue el de un líder; sus condiciones, su idiosincrasia, le hicieron ser un gregario más.

Compañero de compañeros, fiel amigo de sus amigos y cumplidor de funciones encomendadas, no rehúye el trabajo en equipo aunque ello signifique renunciar a sus criterios, cualidades o amor propio disfrazado de orgullo.

Mirada al frente y comienza la carrera; buen ambiente inicial, risas por doquier, charlas animadas e incluso relajación disfrutando de paisajes. Como niños jugando a ritmo de pedalada sin ruedines.

Poco dura esa falsa tranquilidad, porque basta una mirada, una palabra o un gesto para que las hostilidades se batan en desiguales duelos que nunca buscó.

Comienzan los abanicos, los vaivenes a velocidad de vértigo. Un descuido y perderá de vista objetivo y misión.

Deberá estar muy atento para no ser absorbido por la voracidad del pelotón.

De repente, falsa calma momentánea que no es sino el prólogo de la verdadera batalla que se avecina en largos y tortuosos kilómetros de desnivel apuntando al cielo.

Armarse de valor, paciencia y fuerza, son tres de las cualidades necesarias para coronar el puerto. Se inicia la escalada y el ciclista comienza a notar los efectos de un asfalto inmisericorde que no perdona piernas, corazón ni cabeza.

Empieza a faltar el aire, el sudor empapa su cuerpo y su mente envía órdenes que a duras penas pueden ser cumplidas por unos músculos agarrotados.

El gentío le rodea; los gritos le acompañan, pero él se siente sólo. Busca con la mirada al amigo, al compañero y sólo encuentra el abandono y la indiferencia.

Es en esos momentos en los que bastaba una mirada o una palabra para recargar la batería de su cuerpo, cuando se siente tan desesperado como otros que corrieron su misma suerte.

Uno a uno, sus sufrimientos van moldeando aquello que nunca imaginó padecer.
Aquellas buenas palabras del amigo, del compañero, del colega, se tornaron en olvidos cuando más se necesitaba su cercanía y apoyo.

En ese instante de ofuscación y perplejidad, se abrió su mente y comprendió que en los momentos buenos, cualquiera puede pedalear a su lado o ir a rueda, pero en los malos, quizás sólo quien menos imagine, se le acercará ofreciendo su ayuda, rescate o simple compañía.

Desde ese día, desde esa y sucesivas carreras, el ciclista desconfía de parabienes, buenos deseos y falsas promesas y pretextos aunque deba disfrazar su cara y ánimo de lo que ya está comenzando a no sentir.

Hoy ese ciclista a fuerza de etapas como esa, comienza a vislumbrar un poco tarde quizás, que en la vida, como en la carretera, lo verdaderamente importante, es no dejar nunca de pedalear aunque para ello deba llegar a plantearse cambiar de equipo.



lunes, 12 de septiembre de 2016

Letras del pasado

Por los libros al igual que las personas, también pasan los años. Su imagen exterior, se va deteriorando con el inexorable transcurrir del tiempo; pero su esencia, el mensaje que contienen, pervive más allá de lo imaginable.

Algunos de estos pequeños pedacitos de historia, han llegado a mis manos.

Destartaladas hojas que no sin esfuerzo se mantienen en cierto orden y disciplina para ser devorados por la curiosidad y perplejidad de quien ahora los sostiene.

Libros que pertenecieron a una niña; una niña como tantas otras que siguió una senda marcada por adultos de esos años. Una niña que quizás sin entender muy bien el significado de tantas y tantas frases, pensamientos o mandatos, no abandonó hasta el fin de sus días ese ideal, esa esperanza e ilusión.

Hoy, esas esperanzas, las hago mías con un cierto sentimiento de melancolía, pero también con una mezcla de orgullo, recuerdos y vaivenes de alma inquieta, porque hoy, recojo su testigo con la fuerte convicción de quien pasará sus páginas con la delicadeza que más de ochenta años de sus tintas escritas merecen.

Esa niña que fue, es y será mi madre, me acompañará en sus lecturas y hará con su compañía que esas letras del pasado, nos unan aún más en un eterno futuro.


jueves, 25 de agosto de 2016

Un muñeco, una maleta

Un muñeco, una maleta; veintitrés años les separan y el destino o quizás una férrea voluntad han querido que ahora se unan buscando futuros en los que cobijarse.

Ambos volarán alto hacia nuevas tierras; tierras de verdes praderas y tréboles con olor a suerte; tierras de mares, castillos y lengua extraña.

Abandonan el hogar dejando promesas de regreso. La distancia, será larga; el tiempo se hará lento; pero donde hay amor, no hay distancias, ni tiempos, ni dificultades que impidan que lo que dejan atrás siempre les espere con corazones de par en par.

Les echaré mucho de menos; no habrá día ni ocasión que no me acerque su recuerdo; pero no hablaré de tristezas por su marcha; no hablaré de preocupación por su partida, ni alcanzaré a borrar un ápice del orgullo, la comprensión y la admiración por la decisión que han tomado.

Ese muñeco almacena noches guardando sueños de un bebé que Dios puso en mis manos como el mayor regalo que a un hombre, padre y amigo le pudo dar. Guarda las más hermosas historias; noches de juegos y risas, de llantos y miedos, de músicas en brazos, de hermanas en perfecta comunión y de padres con semblante disfrazado de perplejidad por tan extraordinarias creaciones que recibieron quizás sin merecer.

Hoy, como entonces, será fiel guardián de ese bebé convertido en una gran mujer. Una mujer con inquietudes, con afán de superación, con deseos de labrar un futuro (su futuro) con esfuerzo y espíritu de aventura.

La empresa, no será fácil; la vida, tampoco lo es; pero quien busca, halla, quien se esfuerza recibe compensación y quien se marca un destino, tarde o temprano lo encuentra.

Hoy me embarga una rara sensación; si tuviera que definirla, imagino que sería algo parecido a lo que pienso sentirían tantos y tantos padres cuando en un tiempo no tan lejano tenían que despedir a un hijo que marchaba lejos a cumplir con la patria.

Preocupación, tristeza, nervios, instinto de protección, no lo sé. Un poco de todo y otro poco de nada.

Porque dentro de todo eso, revive con más fuerza que nunca un sentimiento de admiración sin signos de puntuación que se necesiten para adornalo.

A esa mujer que empujará esa maleta; a esa niña que acurrucará su muñeco de siempre, hoy más que nunca sólo puedo mirarla a los ojos, pensarla y decirle que la quiero.









miércoles, 10 de agosto de 2016

Juegos Olímpicos

Las pantallas echan humo; los píxeles se saturan de horas y horas de retransmisiones deportivas ocupando gran parte de la parrilla televisiva.

Muchas son las disciplinas y deportistas que se nos ofrecen como reclamo para captar toda nuestra atención. Nadadores como peces en el agua; gimnastas contorsionándose como gomas elásticas; baloncestistas más largos que un día sin pan; boxeadores o judocas a mamporro limpio; tiradores de platos sin mesa ni mantel; esgrimistas sin argumentos; pingponeros; saltadores de trampolín a la fama; peloteros peloteando sus pelotas (deportivas) en arenas, parqueses, greenes o pistas rápidas; lanzadores de cuchillos sólo con las miradas; dormilones de camas elásticas; velocistas, fondistas, jinetes, amazonas y cientos y cientos de deportistas que matarían porque alguien les colgara una medalla al cuello.
Y luego, estoy yo; el de este lado de la pantalla.
Ese tipo más fondón que fondista; nadador de duchas; jinete sin caballo; levantador de pesos que no pesan; velocista sólo de cara; pertiguista de barra asidera de vagón; contorsionista de bochornos nocturnos en cama poco elástica y maratoniano de pelis, palomitas y juegos de tronos.
Ese que mide los éxitos por sonrisas ajenas; el que como equipo busca afines; el que cambia preseas por brindis, triunfos por esperanzas y egos por humildades.
El que entrenaría horas de charla entre amigos, rubias cervezas y arreglos de país para acabar dejándolo igual.
Las medallas las dejo para esos profesionales que representan a su país; yo quizás me colgaría simplemente un cartel que dijera:

“Busco equipo”













martes, 2 de agosto de 2016

Vía muerta

El tren, el viejo tren disfrazado ahora de modernas máquinas de estilizadas formas y  velocidades de vértigo. Vagones que podrían contar mil historias de encuentros, despedidas y viajes en familia.

Historias de niños que a ritmo de chucuchú soñaron ser grandes maquinistas en minúsculas vías circulares de un juguete poco mayor que la caja que lo contenía.

Pero existieron unos trenes, unos vagones y una única vía que guardaron también caras de asombro, de incomprensión, de perplejidad disfrazada de temor. Hombres, mujeres y niños que sin importar edad fueron estigmatizados con un más que incierto futuro.

Su pecado, su procedencia;
su destino, la crueldad.
Por una vía, en unos vagones de ganado llegaron miles y cientos y cientos de miles de rostros marcados por el más vil de los sentimientos humanos; el del odio más absoluto.

Fueron despojados de todo lo que poseían; sus gafas, sus zapatos, sus vestimentas y lo peor de todo, su dignidad.

La muerte no tenía precio; sus vidas, aún menos.

“El trabajo os hará libres” se leía irónicamente en unas letras marcadas a hierro y fuego no muy lejos de aquel infierno.

Hoy, esa vía de tren, aparece muerta y callada. Ya no se escucha el transitar de una máquina; no se escuchan gritos, ni órdenes, ni trasiego de gentes; sólo se escucha el terrible sonido de la vergüenza y la brisa de un deseo.
La vergüenza de una vía y tantas y tantas vías como esa, que visten el recuerdo más negro del ser humano y la brisa de un deseo para que esta historia jamás se vuelva a repetir.

Foto Ana Zarco




Foto Ana Zarco



Foto Ana Zarco


* Dedicado a la memoria de todos los hombres, mujeres y niños exterminados en los campos de concentración de Auschwitz y Birkenau y a todos los que aún hoy siguen siendo también exterminados por la crueldad de aquellos que siendo de raza humana nunca ejercerán como tal.





martes, 19 de julio de 2016

Esos locos que rezan

No es fácil en los tiempos actuales encontrar momentos para interiorizar pensamientos, ordenar ideas o simplemente provocar vacío de inquietudes que todos padecemos y seguramente muy pocos sabemos macerar para extraer lo positivo que también tienen.

Aún más difícil resulta cruzar los dedos de las manos rodilla en tierra y conversar sin abrir la boca con Alguien a quien no se ve pero cuya presencia no somos pocos los que la sentimos.

Casi imposible, si una parte de la sociedad nos señala con dedos acusadores y lenguas insultantes, cuando no con armas de fuego, amenazas e improperios, sin ningún titubeo a la hora de pensar en las terribles consecuencias que todo eso acarrea en cualquier persona con un mínimo exigible de sensibilidad y educación.

Surgen muchas preguntas que día a día se nos hacen desde diferentes ámbitos de esa sociedad enfrascada en el desarrollo desmedido en tecnologías y presuntos avances cuya finalidad dudo mucho que sea la del bienestar del ser humano.

¿Por qué? ¿Tiene sentido? ¿De veras lo crees?

Cuando a mí particularmente me preguntan, no suelo responder que “creo”; respondo más bien que “siento”.

La fe, no se aprende; no nos llega con un manual de instrucciones ni anexos con soluciones a posibles errores cometidos.

La fe, como el amor, se siente o no.

Nos podemos balancear o deshojar margaritas buscando un sí, pero quien realmente ama o cree, no necesita de titubeos o juegos de azar.

Hoy escribo esto desnudando parte de lo que yo también siento, aprovechando la ocasión de un acontecimiento que en pocos días reunirá a más de dos millones de jóvenes de todo el mundo en la Jornada Mundial de la Juventud a celebrar en Cracovia (Polonia).

Cuántas maletas, mochilas, e ilusiones se han puesto en marcha en nuestro planeta para reunirse en un lugar común con un común objetivo.

Les mueve la fe, les mueve un sentimiento, les mueve Dios.

Muchos de esos jóvenes habrán roto huchas llenas a golpe de monedillas sueltas o buscado con sonrisas, trabajo y esfuerzo lo necesario para emprender el viaje.

Todo lo hecho, aprendido y organizado, valdrá la pena y servirá para cincelar en sus mentes un recuerdo, una ilusión, una experiencia que bien aprovechada, les servirá seguramente para ser mejores personas de lo que ya son.

Ciñéndome a los conocidos, refiriéndome a aquellos jóvenes de mi entorno, sé positivamente que ese autobús que mañana parte hacia su objetivo, irá cargado de promesas con ansias de realidad; de plegarias y oraciones por un mundo mejor; de deseos, esfuerzos y como no, de la más rabiosa juventud con ganas de pasarlo bien en cuerpo, pero también en alma.

En tierra quedaremos padres, familiares y amigos inquietos ante la incertidumbre de un largo viaje y de noticias que hablan de amenazas por parte de aquellos cuyo fanatismo va aún más allá de las palabras y que no dudarían en reventar futuros.

Pero sin necesidad de encuestas, preguntas ni conjeturas, escribo y pienso con absoluta seguridad, que en ese autobús también vamos todos en pensamiento y corazón y que no existe nada ni nadie que pueda quitarnos el orgullo, la ilusión y la fe que nos une por mucho que en la actual partida de la vida, las cartas jueguen en nuestra contra.

Un único encargo hago a mis hijas y a todo aquel que viaje y quiera hacerme el favor en esa visita prevista a un lugar infame por historia, por hechos y vergüenza para la humanidad como es el campo de concentración de Auschwitz. Simplemente, les pido que olvidando lo que allí vean o sientan, cierren los ojos, respiren profundo y recen en mi nombre lo primero que les venga a la mente.

No conseguiré con ello el olvido de lo que allí pasó ni la vergüenza que me causa lo que el hombre hizo al hombre, pero sí que esa oración, esa plegaria, esa caricia al recuerdo, creo firmemente que servirá para iluminar los ojos o esbozar una sonrisa al menos a uno de los millones de seres que padecieron la irracionalidad del más perverso de los animales y que estoy seguro que desde el lugar privilegiado que ocupan, sabrán recibir y perdonar.

Y para terminar, un deseo para todos esos locos que rezan y nos dejan atrás. Que regresen con sus equipajes y corazones llenos de ilusión, alegría y paz.



¡F E L I Z  V I A J E!




miércoles, 29 de junio de 2016

Sin pestañear

Cuatro de la mañana; calles de un verano extrañamente solitario; sólo se escuchan los pasos de alguien que casualmente, soy yo. Me dirijo a casa, como de costumbre, buscando una almohada en la que reparar parte del sueño perdido.

Sólo me acompañan mis pensamientos y una mochila roja llena de letras.

A lo lejos, comienzo a vislumbrarla, que no verla. Mi cansada y defectuosa visión hacen de las imágenes reales una quimera en mí.

Podría elegir otros caminos de regreso; podría esquivar su presencia e incluso como opción sería conveniente distraer la mirada y seguir camino.

Pero mi curiosidad, costumbre o quizás lo intempestivo de la hora me provocan siempre fijarme en ella.

Una cara joven, que no bella, con cuerpo de mujer; de estilizada figura, largas piernas, labios rojos y en escasas ocasiones, buen vestir.

Diría que no es exactamente mi tipo ideal de mujer, entre otras cosas, por su delgadez aparente, pero a esas horas y con las persianas de los ojos camino de cerrarse, cualquier persona, animal o cosa podría captar mi atención.

Si afirmo que alguna vez se me insinuó, mentiría al igual que si dijera que llegó a terciar palabra conmigo.

De hecho, si alguna vez alcanzara a hablarme, pestañear o simplemente girar un grado su cabeza de larga cabellera, las piernas de quien esto escribe, alcanzarían su domicilio antes que el resto del cuerpo.


Palabrita del Niño Jesús.









lunes, 20 de junio de 2016

Padre nuestro



Hay detalles que no puedo ni quiero pasar por alto. Son esos detalles que me rozan la fibra sensible y me abocan siempre a tirar de riendas para contener lágrimas que quisieran desbocarse.

No es necesario que exista un vínculo estrecho con algo o con alguien para provocar en mí un sentimiento de completa ternura y reconocimiento.

En este caso, hablaré de una escena, de un hecho, de un acontecimiento que siendo considerado como algo en cierto modo habitual, un acto social más o si se quiere una tradición con visos de perpetuidad, captó en mí la atención más allá del hecho en sí.

Hubo un día en el que una pareja como tantas otras, decidió que era el momento de decirse que se querían ante Dios y ante los hombres, prometiéndose mil cosas, deseándose compartir lo bueno que la vida les ofreciera y soportar lo malo que toda adversidad acompañara.

Y hace escasos días, veinticinco años después de esa promesa, sentado en un banco de un hermoso templo, fui testigo de la renovación de ese compromiso. La misma pareja, joven de aspecto, espíritu, e ilusiones, quizás con alguna cana añadida, decidió conmemorar algo que en los tiempos actuales, no es tan fácil de conseguir.

Sin el miedo de los primerizos; sin los nervios de quien se aventura a lo desconocido; con la experiencia que marcan los años y tantas y tantas vivencias, aventuras y desventuras, volvieron a dar ese paso corto en el tiempo, pero inmenso en trascendencia, que marca la vida de cualquier pareja de novios.

Lo de menos fue el arroz que nuevamente volara a sus cabezas; lo de menos fue la alegre fiesta que acompañó la celebración, los bailes, las risas, los cánticos y las exquisitas viandas y bebidas que no faltaron a la cita.

Lo que me conmovió y provocó mi absoluta admiración es contemplar cómo veinticinco años después, una pareja ante el altar, sin ensayo ni premeditación, une sus manos con los dos frutos de su amor para rezar y dar gracias a la vida con una hermosa oración que habla de ese Padre nuestro que está en los cielos en el que muchos tenemos la inmensa suerte de creer.




*Dedicado especialmente a los protagonistas de esta historia, Raquel y Pablo, con el deseo de que quien esto escribe, pueda volver a ser testigo dentro de otros veinticinco años de un acto tan hermoso como el que nos brindaron.

Mi agradecimiento también a toda su familia por hacernos sentir a mí y a los míos como en casa. Desde la patata, G R A C I A S.


jueves, 16 de junio de 2016

La colmena



Mi barrio era tranquilo; mi barrio no era un lugar hermoso, pero sí acogedor.

Sus gentes, eran gentes conocidas y en cierto modo, entrañables; el charcutero de siempre, el peluquero habitual, el bar típico con sus típicas raciones, un pequeño kiosko de chuches y prensa… En fin, todo aquello que ha conformado un barrio de gentes conocidas y amigables aún dentro del anonimato de la gran ciudad.

Pero mi barrio, ha cambiado; su fisonomía se ha trastocado y sin una explicación factible y completa, mi barrio ha dejado de ser tranquilo, para convertirse en otra cosa que nunca deseé.

Frente a mi portal, un pequeño parque ha servido siempre como lugar de encuentro de niños, mayores, ancianos y alguna que otra pareja de enamorados que con la excusa de un tobogán, un periódico o un simple “tomar el fresco” en las tórridas noches madrileñas ocupaban sus bancos, haciendo de este parque un lugar ameno y francamente entrañable.

Pero los tiempos han cambiado y desgraciadamente, se hace más real que nunca aquello de “tiempos pasados fueron mejores”.

Existe un grupo de jóvenes al que yo he apodado “la colmena”, que han convertido este pequeño reducto en su territorio particular en el que dar rienda suelta a su modo de entender la vida.

Jóvenes de todos los colores y de diferentes nacionalidades, incluida la española, que en lugar de enriquecer o aportar a nuestra cultura o modo de vida, lo positivo o bueno de sus países o procedencias de origen, son claro ejemplo de lo que aún a riesgo de que nos tachen de xenófobos o incluso racistas, no deseo que exista en mi barrio, mi ciudad, ni mi país.

Yo les llamo “la colmena”, con todo el respeto y aprecio que tengo por esos insectos tan necesarios en nuestro ecosistema, porque ese grupo representa un conjunto de zánganos y alguna reina (aunque más bien me parecen reinonas), que se dedican a un único oficio que se les conozca, consistente en ocupar una serie de bancos del parque para comer, beber y conversar a cualquier hora del día o de la noche, sin importarles y mucho menos respetar, a quién puedan molestar.

Hasta ahí todo podría parecer incluso normal, si no fuera porque además estos zánganos y reinonas, no tienen el menor respeto o educación a la hora de conservar, al menos, su entorno limpio y cuidado.

Les cuesta un horroroso trabajo acercarse a los contenedores de basura que a escasos tres metros y de todos los colores, tienen a su alcance. Es mucho más cómodo tirar todo al césped del parque; botes, botellas rotas, bolsas de patatas, pipas, caramelos, chicles, colillas y un largo etc. conformando un paisaje apocalíptico más propio de un terreno en el que se realizan pruebas de misiles que de un parque público.  Quizás lo hagan para que nunca falte trabajo al personal de limpieza del Ayuntamiento, pero sinceramente, lo dudo como igualmente pongo en duda que las peleas que tienen se deban a que partiéndose los morros y dientes den trabajo a dentistas y cirujanos plásticos.

No contentos con eso, las botellas, bolsas o desperdicios, también los riegan para mantenerlos frescos con lo que sus vejigas urinarias ya no pueden aguantar; les importa un carajo lo que opinen los demás; las palabras higiene o educación, no tienen sentido para ellos; y todo ello, refugiándose en el miedo atroz que existe en esta aletargada sociedad española de llamarles la atención ante el miedo de recibir como respuesta el típico “eres un puto xenófobo y racista” o aquel “soy menor y no me puedes hacer nada”.

Pues si eso es ser un puto xenófobo o racista, debo decir que yo me considero uno porque no me gusta ver como mi barrio se convierte en un estercolero, en el que las visitas policiales se suceden casi a diario; en el que la droga pasa de mano en mano y de boca en boca y en el que parece que estos “delincuentes educacionales” tuvieran más derechos que las personas de bien que siempre hemos vivido y queremos seguir viviendo en paz.

Y que no me hablen de multiculturalidad, de comprensiones, de ayuda al refugiado, de ciudadanos del mundo, de derechos sin deberes y de ayudas para que encima se rían en nuestra cara por la caraja mental y consentida que tenemos en este país en el que se desprecia la honradez para consentir convivencia. Porque todos somos muy valientes y muy solidarios, hasta que nos toca padecerlos.

Esta gentuza, no puede ser nunca representativa de nada; que no se culpe a la crisis económica, al gobierno de uno u otro color, o de aquello tan consabido de que “la sociedad lo hizo así”

Bienvenida toda persona (de las que me enorgullezco conocer unas cuantas), cuyo único afán sea el de encontrar un lugar mejor que el que dejaron atrás y colaboren en hacer de este país algo de lo que sentirnos todos orgullosos.

Pero esta gente, esta gentuza, mucho me temo que aunque se les denomine de igual manera que a los insectos de la colmena, jamás endulzarán con su trabajo o actitud, la vida de nadie.


miércoles, 8 de junio de 2016

Tía



Es una vieja costumbre la que tengo de realizar el trayecto de regreso a casa después del trabajo, escuchando en mis auriculares la música que ese día me apetezca en la misma línea y tren de cercanías de siempre. Lo hago por dos motivos fundamentales: primero, porque me gusta la música y el día que deje de gustarme me convertiré en otra cosa que no soy yo y segundo, porque me ayuda en cierto modo a aislarme un poco de mi entorno con sus particularidades.
Pero no hace mucho, ese reproductor que utilizo habitualmente, en un descuido de varios días, no fue recargado debidamente y su batería dijo con los sonidos del silencio, que por más que me empeñara, no emitiría sonido alguno. Así que me senté en uno de los duros asientos del tren, viéndome rodeado rápidamente por dos mujeres jóvenes y un señor no tanto, que me servirían de compañía en el trayecto.

Mi entorno familiar me comenta y da fe que tengo una cierta habilidad para desconectar mis pabellones auditivos cuando realmente no es de mi agrado lo que escucho o no necesito prestar atención alguna a lo dicho por el otro u otros interlocutores.
No sé si es una suerte o una desgracia, pero así es.

Sin embargo, en esta ocasión me resultó imposible y mi cabeza desvarió en cálculos, filosofías y conjeturas.
Las dos mujeres jóvenes, se sentaron frente a mí. No las describiré porque no viene al caso. Ni más o menos guapas, rubias, morenas, altas o menudas.

Pero sí que me llamó mucho la atención el desparpajo y el modus operandi a la hora de entablar una conversación que duró todo el trayecto que a diario recorro para alcanzar mi meta hogareña.
Por más que intenté que no fuera así, no tuve más remedio que escuchar sin querer su elevado tono de conversación; ni tan siquiera un vano intento de cierre ocular y simulacro de sueño, consiguieron desviar esta conversación en mi cerebro o cerebelo.

La conversación en alguno de sus fragmentos se basó en algo parecido a esto:

" Tía, ayer llevé a Marta al pediatra y ¿sabes lo que me dijo, tía? Que estaba bien de peso, pero yo, tía, creo que no es así y que está más delgada de lo normal, tía"
" Pues qué quieres que te diga tía, pero yo pienso igual que tu pediatra; ¡pero si Marta está para comérsela, tía! Ni gorda, ni flaca, tía. Para mí que está bien, tía"
" Joder, tía; me dices lo mismo que Alberto, tía. Él me dice que está bien, que come normal, pero yo creo que no es así, tía"
" No te comas el coco, tía y haz caso al pediatra, tía. A no ser que veas que pierde mucho peso, tía, o que no está tan activa como siempre, tía"

Y así, un viaje que en distancia y tiempo fueron similares a otras ocasiones, pero que a mí se me hizo eterno, porque como decía, mi cerebro comenzó por calcular los intervalos en segundos y las ocasiones en las que se pudo escuchar esa palabra de tres letras y acento en la "í", que me canso ya hasta de escribir.
Para rematar, una estocada sin puntilla, cuando por la conversación, descubro que de "tías", nada de nada. ¡Eran hermanas...!



miércoles, 1 de junio de 2016

Libertad sin cargos

Cuando la ciudad duerme su primer sueño, un hombre sentado conversa en completo silencio con ese Amigo que fielmente le espera una vez por semana en un trocito, un pedacito de capilla para dar rienda suelta a la fe que sin haberla buscado, un día le sorprendió con todo su poder de convocatoria.

Como compañeros, el silencio, sus pensamientos, sus plegarias y Dios. 

Una conversación íntima consigo mismo reconociendo y en cierto modo arrepintiéndose por cierta desidia, que no desinterés por una visita más, que últimamente podría tener colgado el cartel de rutinaria.

Quizás la costumbre o la obligación, superan en ocasiones la devoción de aquellos que se consideran o pretenden llegar a ser buenos creyentes.

Ensimismado en sus pensamientos,  de repente, escuchó como alguien llamaba suavemente a la puerta de esa capilla. Extrañado por lo intempestivo de la hora, esperó en silencio y en cierto modo, muy extrañado por lo inhabitual de esa llamada.

La llamada se volvió a repetir una segunda vez dejando al descubierto la certeza de que era real que alguien al otro lado de la puerta esperaba ser atendido.

La lógica prudencia se impuso y antes de abrir puertas, abrió ventanillo para ver y hablar con aquel que rompió el silencio de la noche.

Al otro lado, dos hombres de mediana edad; uno de ellos, conocido por pedir limosna habitualmente en el mayor templo de la ciudad. El otro, un completo desconocido.

El conocido, callaba; quizás su estado dejaba entrever que no todo lo rojo que corría por sus venas, era sangre.

El otro, con acento de tierras del Este, pero en un correctísimo castellano, comenzó a hablar en un tono totalmente sereno y educado haciéndole ver que ambos se encontraban sin rumbo fijo, sin lugar donde pasar la noche y pidiendo permiso para poder descansar al menos unas horas sin vagar por las solitarias calles de la ciudad.

La razón, el conocimiento y la lógica a emplear en una situación así, dio paso a lo dictado por ese órgano que no piensa, pero siente como ninguno y les abrió la puerta.

No tardaron en tomar asiento en el último banco de madera de la estancia, no sin antes dar mil gracias, pedir perdones y mostrar una mansedumbre poco habitual en el mundo de hoy en día.

Poco tiempo transcurrió cuando los sonidos del silencio se transformaron en fuertes respiraciones como señal inequívoca de quien duerme profundamente. Con madera por almohada y dureza por colchón, esos hombres dejaron de existir en el mundo real para hacerse presentes en el mundo de los sueños.

Quien la puerta les abrió sólo pudo hacer tres cosas: mirar con serenidad a Aquel sin cuya presencia nada de esto hubiera sucedido, respirar en profundidad y mentalmente, gritar un sonoro “G R A C I A S”.

Un agradecimiento sincero y profundo, porque después de mucho tiempo, ese espíritu de ayuda a quien la necesita pasó de ser una teoría marcada en libros, a una práctica real y avivó como sólo un fuelle puede hacer, unas ascuas que comenzaban a apagarse en esa chimenea que calienta la existencia de quien cree y quiere creer.

La razón, las normas y el sentido común, dirían y dicen que en ese lugar sólo se debe permitir aquello para lo que fue creado: el culto y la oración. Que no debe ser un lugar habitual para descabezar sueños y mucho menos si estos están bañados en alcohol, porque donde hoy eran dos y en ese estado, mañana pueden ser veinte.

Eso es lo que dicen las normas, pero a ese hombre, en ese momento, poco le importaban unos sonidos estridentes a ritmo de ronquidos; poco le importaba lo inusual de la situación; nada le importaba lo que el mundo legislara, pensara o hiciera, porque ese juez del tribunal supremo de nombre “conciencia” le dictó como sentencia irrevocable, una hermosa y maravillosa libertad sin cargos.


miércoles, 25 de mayo de 2016

Lágrimas en clave de sol


Se puede llorar por un dolor intenso, físico o sentimental. Se puede llorar de risa e incluso, se puede llorar por llorar con muchas tablas de teatro o sin pisar un escenario.
Verter lágrimas no puede dejar indiferente a nadie siendo protagonista de ellas o no.

Existen personas, entre las que me incluyo, de lágrima fácil. Signo de poca hombría, dirán algunos; signo de sentimientos a flor de latidos deberían decir los más.
Me llama poderosamente la atención ver llorar a alguien. Me mueve un sentimiento que me impulsa a abrazar a quien en ese momento anda en la cuerda floja de esa reacción tan natural en el ser humano.

Aún más si cabe, cuando se trata de un niño y las circunstancias que deben rodear a quien por edad no tacharemos nunca de veterano a la hora de afrontar las vicisitudes o las situaciones de la vida.

Fui testigo hace pocos días, de la ternura, la pureza, la alegría envuelta en gotas de sentido llanto y la sencillez de un niño que no pudo reprimir un sentimiento.
Fui testigo junto a miles de personas que se conmovieron como yo ante un acto tan natural y a la vez tan profundamente marcado por el momento, el lugar y los protagonistas de una hermosa historia.

Seguramente, todos sin excepción, quisimos en ese momento ser ese niño desbocado en lágrimas; sentir lo que él sintió; perdernos en la emoción del instante y el grandioso lugar.
Dos únicos protagonistas de esta historia; un hombre y un niño. Fundidos ambos en un abrazo, ambos expresaron en unos pocos segundos lo que no debería perder jamás el ser humano; la perspectiva de que no hay edades para entenderse, no hay trabas de idioma, cultura, situación o pensamiento.

Simple y sencillamente, se vive la emoción del momento; sin premeditación ni ensayo.
El grande y el chico, dos desconocidos que conectaron como nadie y compartieron unas hermosísimas lágrimas en clave de sol.













miércoles, 18 de mayo de 2016

Luces vacías




Las calles se llenan de fiesta, de carteles, de bombillas multicolores que nos recuerdan ese acontecimiento de unas fiestas patronales que año a año, lustro a lustro, me hacen ser de la opinión de aquellos que piensan que más que una tradición, se han convertido en una continuación de rutinas separadas por un año de reloj.
Como si de la película “Atrapado en el tiempo” se tratara, sólo que aquí sin existir día de la marmota, ni marmota, echo la vista atrás hasta donde mi maltrecha memoria recuerda y me doy perfecta cuenta de que lo que digo, no se basa en conjeturas y sí en hechos muy reales.

Como todos los años, su historia comienza con la traída, bajada o recibimiento de la Patrona de la ciudad que durante algo más de dos semanas permanecerá como guía, santa y seña de devotos y no tanto, que quieran acercarse a contemplarla en esa Iglesia Catedral, refugio de tantas penas y esperanzas.

Por allí pasarán cientos o quizás miles de almas; unas de par en par recibiendo y transmitiendo la alegría de verse acompañadas por esa madre que va más allá de la que les insufló la vida; otras, las más, autómatas teledirigidas, cámara o móvil en mano, para adueñarse del mejor sitio o perspectiva desde el que activar flashes buscando la mejor imagen de la imagen, sin pararse un solo segundo a pensar dónde y sobre todo cómo deberían actuar y comportarse en un lugar que siendo de culto, a muchas personas, las desnuda dejándolas simplemente con la piel de su propia incultura o falta de valores y educación mínimamente exigibles en un lugar así.

Muchas veces he pensado durante estos años, si fuera de toda lógica o razón, los ojos de esa imagen a modo de objetivo captaran en fotografías las almas de los centenares de personas que allí podemos llegar a congregarnos, qué revelarían.

De qué color se mostrarían nuestras hipocresías, falsedades, egoísmos, apariencias, afanes de protagonismo y tantas y tantas cosas que en pocos días no dejan de entrar y salir, salir y entrar.

Porque seamos, sinceros; en breve, cuando esa imagen retorne a su lugar habitual, en ese templo se volverá a colgar un cártel imaginario que dirá en letras grandes “SI TE HE VISTO, NO ME ACUERDO”.

Y muchos golpes de pecho, genuflexiones, persignaciones a dos manos y playback de oraciones sin sentimiento, volverán a ser pasto del olvido para ser desempolvadas a un año vista.

Pero independientemente de estas celebraciones de carácter religioso, están esas otras lúdico-festivas que año a año intentan enmascarar con sones, músicas y atracciones, lo que a mi modo de ver, no deja de ser una ciudad triste, sucia, anodina y con escasas perspectivas de un futuro auge cultural o tradicional.

¿Dónde quedaron sus puestos ambulantes que llenaban arterias principales? ¿Dónde se escondieron caricaturistas, orfebres y trabajadores que hacían de sus manualidades un arte?

¿Alguien ha visto, oído u olido pinchos morunos emparejados con botellines de rubia cerveza degustados en tambaleantes taburetes apostados en barras de frío metal callejero?

Pollos dorados a ritmo de fuego en un carrusel de vueltas que desprendían olores de hambre nocturna y que eran devorados en coloridos manteles de cuadros.

Porras y churros bañados en espeso chocolate negro y que calmaban madrugadas de ojos somnolientos.

Todo eso y más, hace años que dejaron de ser vistos por doquier y a lo sumo, fueron concentrados en un gueto de nombre “Recinto ferial”, cercano a unos pocos y alejado de la gran mayoría de los que componemos este gran enjambre humano, que a mi modo de ver, despersonaliza lo que debiera ser una fiesta de todos, para todos.

Son días estos que no vivo especialmente; muy al contrario. Puede que sea la edad, no lo niego; puede que sea el costumbrismo, la escasez de alicientes o simplemente que mi época de marcha juvenil, madrugadas concatenadas y cervezas rubias o cubatas imposibles, pasaron a mejor vida.

El caso es que me encuentro en ese estado en el que echar de menos, es sólo una expresión más.

Cual Rambo nostálgico, opto por vivir “día a día”; dejándome sorprender por lo que surja, si surge.

Y si no se diera el caso, no tirarme de pelos ni barba actual. Ya llegarán encuentros salvajemente reposados brindando entre amigos, conocidos o soledades, sin la obligación, costumbre o tradición de verme abocado a unos días de luces vacías en calles solitarias.