"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

sábado, 18 de marzo de 2017

Brindis al cielo




Cuando hoy mis pies apunten en dirección a esa Catedral que por asidua no deja de ser querida, tengo intención de dibujar sonrisas donde los recuerdos se vistan de negro.

Se cumple un año de ausencia, de prematura ausencia, de inesperada ausencia de un tipo de cara bonachona y cuerpo rechoncho seguramente por contener un corazón enorme.
Padre de familia, excelente persona y gran amigo del Amigo.

Me honro siempre de haberlo sido también suyo. No por tiempo, porque no fue mucho, pero sí en miradas; sí en brindis de palabras, conversaciones, enseñanzas, brisas de bar en la calle y cerveza con sabor amable.

Debería por ello quizás echar de menos a un tipo así y vestir de tristeza su recuerdo, pero no lo voy a hacer.
No lo haré porque allá donde sin duda está, no imagino en él otra cosa que un esbozo de sonrisa permanente.

No lo haré tampoco, porque este hombre hace ya tiempo que pasó a formar parte para mí de ese reducido grupo de personas que guardo en la memoria de tiempos futuros en un rincón escondido en lo mejor y más profundo de mí.
Un rincón lleno de padre, madre, hermano, familiares, amigos y una niña que pasaron por este mundo construyendo carreteras de vida eterna con asfalto de bondad y que por ello sin estar cerca, siempre permanecen y espero volver a ver cuándo me asignen ese billete de ida sin retorno que todos algún día llevaremos en nuestra cartera.

No brindaré con él como antaño, pero sí que lo haré en cada atardecer con soles color cerveza, nubes blancas por espuma y un ramillete de oraciones por aperitivo.


*En memoria de D. Pedro Rivera al cumplirse un año de su fallecimiento. Con todo mi cariño a los suyos y a todos aquellos que de una u otra forma tuvieron como yo la gran suerte de su amistad.

lunes, 6 de marzo de 2017

Cuatro segundos

Cuatro segundos es poco más que un suspiro prolongado o dos parpadeos. Pero, en ocasiones, qué largo e interminable se hace un espacio tan corto de tiempo.

Andaba yo en uno de mis quehaceres habituales de compra carro en mano en uno de esos supermercados de nombre que obviaré por mucho que su publicidad indique que es donde se ahorra más.

Ese día, cosa poco habitual, acudí a ese lugar muy tranquilo y con la intención de sin prisa, pero sin pausa y sin alterarme, recorrer sus pasillos y mirar sus estanterías que ayer no estaban colocadas así como suele ser común por ese marketing cabrón que a todos nos hace el pene un lío, por utilizar una expresión algo más culta de lo habitual.

Local con tres cuartos de entrada y carro medio lleno, o medio vacío, según se mire.

Lista de la compra con todos los elementos tachados con tinta azul y me encamino a una de las cajas en las que te recibe una de esas cajeras habituales que por su expresión, carente de toda cordialidad, ya sabes a ciencia cierta que les debes algo antes de acercarte.

Deposito toda mi compra en la cinta transportadora y me sitúo a la altura de la dependienta con el pelo a dos, tres o cuarenta colores (porque cada día lleva uno). Y ahí, se detuvo el tiempo.

Sus ojos faltos de parpadeo, se fijaron en los míos y su expresión alcanzó la pétrea mirada de un cadáver.

Yo no sé si respiraba, pero a mí me dejó sin respiración durante esos cuatro segundos.

No movía un músculo; solo me miraba provocando que mi mente me jugara la pasada de atormentarme a preguntas sin respuesta inmediata:

¿le habrá dado un aire?

¿asoma por mi nariz lo que no debería asomar?

¿me abandonó o se divorció de mí el desodorante?

¿se me habrá torcido la boca?

O lo que es infinitamente peor e incomprensible…

¿se habrá enamorao?

El caso es que transcurridos esos interminables cuatro segundos, no acabó aquí este affaire eróticocleidomastoideo, porque al desviar su mirada de la mía, cerró de golpe la tapa de su caja de monedas, atrapando con su acto parte de la camisa de su impecable uniforme y sin poder soltarse hasta que me cobrara a mí.

Ella no sabía si llorar y yo no sabía si correr.

Me cobró, le pagué y marché de allí como un fiambre andante con silueta de tiza alrededor del cuerpo de cualquier asesinato de serie barata.

No quería ni tocarme un solo pelo de la cabeza hasta que una opinión experta supiera decirme qué había distinto en mí para que esa cajera de siempre en el lugar de siempre, se obnubilara conmigo pero sin mí ni mi intención.

No quise ni mirarme al espejo del ascensor.

Abrí la puerta de casa y sin pisar cocina, busqué a mi chica y le pregunté a su perpleja mirada:

¿Ves algo diferente en mí? “La ropa, la cara, el pelo…; fíjate bien.”

Y me respondió lo que más me temía:

“NO”

Desde entonces, tengo miedo a pasar cuatro segundos con esa mujer.








martes, 28 de febrero de 2017

Esas pequeñas cosas

La vida son momentos, son detalles, ráfagas de acontecimientos que muchas veces pasan desapercibidos, pero que otras muchas, son como brisas que acarician los días de sequedad de cuerpo y alma.

Cumplir años es un acontecimiento que “casualmente” nos suele visitar cada trescientos sesenta y cinco o seis días.

Llevo ya unos cuantos entre pecho y espalda y muchos más que espero que el cielo y la tierra me permitan poder contar.

El domingo, no esperaba que fuera un día especialmente extraordinario. Un día que amaneció de colores ocres y que no invitaba precisamente a salir. De esos días en los que el mejor refugio eran unas sábanas arrugadas en dos cuerpos.

Pero la obligación es la obligación y la devoción incluso mayor.

Pertrecharme, colgarme del bracete a mi chica y caminar juntos hacia el lugar que hacía tañer campanas, es algo habitual de cualquier domingo que a nosotros se nos precie.

Ceremonia habitual y primer recuerdo por quien a muchos kilómetros también me hubiera cogido de la mano al son de un Padrenuestro.

Fueron segundos de nostalgias que dieron paso a la certeza de que cuando la felicidad del ausente es grande, la mía, también debe serlo.

De la devoción por lo divino, se hacía justo y necesario pasar también a la devoción por lo humano y hacia el bar de siempre se encaminaron nuestros pasos, detenidos por un abrazo inesperado, un achuchón fuerte y dos besos de amiga que siempre agradezco.

Mismo lugar, mismas caras, hombres de barra, mujeres de mesas y una enorme y helada jarra de cerveza esperándome.  

Un brindis por los años, por las gentes, por los amigos y entre estos, uno que quiso estar sin beber por culpa de unas radios y alguna quimio que no le dejan disfrutar de lo que tantas y tantas veces hemos compartido en tragos de buenas charlas.

Ahí estuvo, al pie del cañón, al pie de la amistad. Marchó pronto, pero dejó para un futuro de soles y calores lo que esta vez no pudo ser.

La dulzura se abrió paso y me sorprendió en forma de hermosa tarta y sonrisa de mujer. Dibujar amistad con palabras de nata y fresa y dedicar tiempo y esfuerzo al difícil arte del bien ajeno, es algo que por infrecuente en los tiempos actuales, se hace aún más valioso y así lo guardaré en el rincón de los recuerdos especiales.

Un hogar, un abrazo enorme con besos a juego de una niña somnolienta por noche de bailes y disfraces, un billete con dos besos, un aperitivo y una carta.

Una carta de esas sin sobre, sello ni matasellos, escrita con frías teclas, pero con un sentimiento y corazón caliente que hicieron que la jornada de puertas abiertas de lacrimales, quedara oficialmente inaugurada por una amiga a la que apenas veo, pero que conoce bien lo que soy o más bien, lo que intento ser.

No tengo palabras para agradecer las suyas pero sí la promesa de una larga charla de cafés y amistad.

De ahí pasé sin descanso a la carcajada que me provocara un tipo que hablaba de adultescencias en un vídeo que me envió otra amiga a la que aprecio mucho aunque ella misma piense con su “negatividad” habitual que no es verdad.

Dos niñas pequeñas escondidas en un disfraz de payasos justicieros en tierras con olor a sidra, que con su felicitación me hicieron añorar sus montañas.

Una partida de cartas de chinchón sin hielo con quien mantenía ojos tristes de cansancio, en un mal día, que mejorará en otros miles que espero estar a su lado.

Unas velas que apagar con una sonrisa y un beso a muchos kilómetros que también soplaron conmigo.

Un pequeño regalo de una figura que con los brazos abiertos me abraza como sólo Él sabe hacerlo.

Y por último, otra mujer, otra amiga que viviendo incertidumbres de cuerpo, no tiene ninguna de alma para llamarme y felicitarme con el mismo cariño que siempre mostró.

Así acabó un día en el que unas cuantas pequeñas cosas hicieron de un cumpleaños más, uno imborrable.

A todas las personas que lo hicieron posible, desde la patata,

G R A C I A S


P.D.1  No quiero olvidarme tampoco de los familiares, amigos y compañeros que también dedicaron parte de su tiempo en acordarse de un servidor agradecido.

P.D.2  Me estoy dando cuenta que allá por donde voy, estoy rodeado de mujeres. El día que sea guapo, no me aguantaré ni yo… Se os quiere. 



AÑADIDO OBLIGADO, QUERIDO Y AGRADECIDO


No recuerdo la última vez que tuve que retocar una entrada después de haber sido publicada, pero esta vez lo haré.

Un cartero tuvo la culpa por no entregar a tiempo lo que vino de verdes tierras y que siendo también pequeñas cosas, hacían imposible de ocultar al recuerdo de estas letras.

Quien lo envió tiene la rara habilidad de poder estar siempre en dos sitios; allá donde los tréboles tienen la suerte de conocerla y aquí a mi lado y muy dentro de mí donde sólo un padre orgulloso quiere y sabe tenerla. A mi hija, con todo mi amor, gracias. Te quiero






Gracias a Víctor, Alfonso, Yolanda y Laura por sus recomendaciones musicales a la hora de poner la banda sonora a un cumpleaños que ya pasó pero no se olvida. 











Y estas dos, las añado yo por razones más que obvias. ¡Que no pare nunca la música ni la buena gente!







¡Ahora sí! 

F I N












viernes, 24 de febrero de 2017

Dos luces, un ángel

Dos de la mañana, soledad en las calles, viento fresco, rumor de silencios.

Un hombre, su mochila, unos pasos, un destino, un Amigo.

Dos luces lejanas, movimiento, lenta cercanía, ruido de motor, el coche se detiene, una ventanilla que baja, una cara conocida, una sincera sonrisa, un uniforme, una corta conversación, destinos opuestos, despedida.

Cuatro de la mañana, mismo hombre, misma mochila, calles solitarias, regreso a casa, luces azuladas, ruido de motor, unos destellos, un saludo mano en alto, llegada al hogar.

Ese hombre, se sintió protegido; ese hombre se sintió querido; ese hombre se sintió agradecido.









*Dedicado a esos guardianes que patrullando calles realizan el difícil y tantas veces incomprendido trabajo de velar nuestros sueños.



miércoles, 15 de febrero de 2017

Altibajos

Pasan los días y ese subidón o percepción de fuertes vaivenes emocionales que hacen de la cotidianidad algo poco cotidiano, continúan en mí.

Quizás mi predisposición a sentir emociones, haya desactivado cualquier sistema de protección o defensa natural. El caso es que la euforia me persigue y la verdad, no estoy por la labor de ser yo quien dé un corte a ninguna cinta inaugurando nuevamente la rutina de los días.

Tan alto estado de ánimo, corría el riesgo de precipitarse al vacío abruptamente por hechos o situaciones inesperadas como así ha sido.
He alcanzado un puerto o cima de categoría especial a pedaladas de fraternidad, amigos, desconsuelos arropados en palabras, compañías y gestos de aliento. Descubrir amigos que intuía, celebrar en compañía lo que a soledad invitaba, animar desánimos, hacer sonreír tristezas y acompañar soledades, en poco tiempo, me hizo elevarme hasta infinitos de bondades y optimismos.
Pero llegó también la incomprensión de un dolor inmerecido; de una enfermedad o contratiempo agazapado bajo la piel de una alegría vestida de mujer.
De una amiga bañada en lágrimas de conjeturas de negro futuro pintadas de batas blancas con olor a quirófano.
Y noticias así, viniendo de quien quieres y aprecias por ser parte importante de ese reducido grupo de personas que consiguen hacer de un yin un gran yang, te hace descender de ese caballo de nombre euforia, a la realidad de esa otra vida que nadie quiere ver y en la que el dolor y la desesperanza es capaz de derribar castillos de naipes construidos con mimoso positivismo.
Ese descenso tan rápido, provoca mareos existenciales que hacen al hombre perder cierto equilibrio. Pero también, ese instinto, esa fuerza interior, innata en el ser humano, nos lleva a inspirar fuerte y pensar “a por ello que son pocos y cobardes”, remontando la ascensión con cordajes de cariño, compañía, comprensión, pinceladas de humor y ánimo compartido.
Así, rápidamente, sin tiempo a desánimos, uno regresa a la senda del sentirse bien; sentirse útil con el mundo y para el mundo, imaginando en su cabeza una gráfica que a fin de cuentas, se asemeja en gran medida a eso que unos llaman tránsito y otros, vida.




P.D. Dedicado a una amiga, que recuperará siempre su sonrisa porque lo que hoy la atormenta, acabará siendo sólo un mal recuerdo.


sábado, 11 de febrero de 2017

Año uno



Debería ser ésta quizás una entrada en cierto modo triste, nostálgica o cargada de recuerdos y homenajes para quien hoy hace justamente un año, marchó en silencio y en paz hacia otra vida sin fin.

Pero precisamente porque creo que la carretera de la vida (de su vida) no acabó ese once de febrero del pasado año, hoy voy a intentar que el recuerdo exista, pero vestido con galas de esperanza; que echar de menos no se conjugue en pretérito imperfecto sino en futuro perfecto cargado de eternidad. Y si debo llorar, lloraré al igual que si el cuerpo me pide risas, también se las daré.

No puedo quejarme ni quiero, porque no perdí una madre, gané un ángel;

No puedo quejarme ni quiero, porque esa silla que un día abandonó, se plegó y dejó su espacio ocupado por recuerdos de mil amores.

Así que hoy, mañana y siempre, miraré al cielo y rebuscaré en mi interior para sacar de mí el mejor regalo que en la distancia y hasta que nos volvamos a ver, le puedo ofrecer:

Un ramillete de violetas envuelto en oración.





martes, 7 de febrero de 2017

Una de pipas



Qué lejanos aquellos tiempos en los que un niño con ansias por crecer era feliz sólo con una bolsa de pipas en las manos.
Una bolsa de a duro; de esas de a cinco pesetas.
Era el pretexto ideal para sentarse donde más calentaba un sol de invierno o refrescaba una sombra de verano para elevar los ánimos de chicos y grandes en cualquier pueblo o ciudad.
Pipas compartidas entre amigos que en muchas ocasiones no sumaban más de dos. Conversaciones de esquina con sabor a sal.
Cambiar cromos, bolas de cristal o simplemente impresiones de chavales rabiosos de inocencia sin adulterar.
Chavales y chavalas que fueron creciendo y pasaron de los cromos y las pegatinas de sus ídolos a las chicas y chicos que gustaban o dejaban de gustar.
La esquina, era la misma; el sol, seguía calentando y saliendo siempre por el este, pero nunca faltaban esas pipas aunque ya no fueran en bolsas de a duro.
Las charlas se hicieron más serias; los problemas crecían al ritmo del tamaño de los calcetines; pero eran benditos problemas porque eran compartidos, comprendidos, masticados y muchas veces solucionados por quien teníamos al lado.

Bastaba una compañía, un silencio cómplice y una escucha sincera para dejar el rascacielos de una contrariedad a la altura de un segundo piso.

Pasaron los años y llegaron pubertades, acnés, colonias y bailes imposibles. Los juegos de quienes creyéndose adultos, no dejaban de ser simples mocosos sin pañuelo.
La legión de amigos dejó de serlo para desperdigarse en terrenos y personas por explorar.

Pasaron los años, llegaron anillos, kilos y niños y donde dije amigo, digo recuerdo.
Y llegó un día con fecha de hoy.

Un día en el que por desgracia hablan más los dedos deslizándose por un cristal de colores artificiales llenos de ceros y unos; un día en el que un mensaje llega a la otra persona sin tinta, café, o palabras directas de boca a oído.
Ese día en el que asusta más la individualidad y el aislamiento personal que mil bombas caídas desde el odio.

Estoy viviendo momentos contradictorios pero a mi entender, maravillosamente propicios para un regreso al futuro de las relaciones humanas que nunca debieron perderse en cambios generacionales y años de avances tecnológicos.
Percibo y me reconozco también a mí mismo como uno de esos caballos anclados en un tiovivo de la noria de una sociedad que te hace girar al ritmo de una falta de diálogo verdadero cara a cara, corazón a corazón.

Es hora de gritar ¡basta!
Mi cerebro piensa que el mundo habla sin hacerlo; que los sentimientos, el estrés, la pena, la soledad, la incomprensión están enmascarados en capas y capas de modernidad mal entendida y empleada.


Y por otro lado, la patata que afortunadamente no deja de latir, me dice que sigue existiendo un tipo de apariencia ruda que se emociona pañuelo en mano con palabras y abrazos amigos cuando doña enfermedad decide ser compañera de viaje; que existe una cría con trenzas que deja escapar lágrimas en algún banco, mostrando sin tapujos la realidad de una bondad celosamente escondida en el cuerpo de una mujer; o que existen dos mujeres que cara a cara ahogan nervios en refrescos de charlas de amistad acrecentada día a día, cariño a cariño;  o aquella otra que poco a poco va encontrando la compañía que una soledad traidora le arrebató y que se atreve a decirme que me quiere.
Mi instinto, mi naturaleza, mi forma de ser y pensar me obligan a silenciar cerebro y tender manos a personas así.

Una mano la tenderé a quien quiera dejar a un lado miedos al silencio. A quien quiera buscar la compañía de una risa o una lágrima sincera. A quien necesite agarrar el cuello de una botella y brindar en compañía. A quien pida un pañuelo de papel, una oración o simplemente dos oídos que escuchen.

En definitiva, a quien no le importe querer seguir siendo niño.

¿Y la otra mano?

La otra mano, siempre tendrá una de pipas.



martes, 31 de enero de 2017

Desde las alturas



Desde las alturas, las cosas se ven y perciben distintas; la perspectiva todo lo da y la apertura del campo de visión, magnifica lo que antes era un espacio reducido.

Pero más allá de lo que uno ve, también está lo que uno siente o deja sentir.

Aclarar gargantas, estirar músculos, afinar voces en un ambiente distendido, ya es un logro para una persona como yo que un día fui tentado a cantar en un pequeño coro entre caras conocidas de un entorno parroquial al que me une amistad, creencia y oración.

Acompañar a viva voz lo que antes se interiorizaba quizás por miedo, quizás vergüenza o simplemente falta de costumbre, que no interés, es una experiencia realmente plena en sensaciones.

El pasado sábado, resultó ser un día repleto de buenas vibraciones.

Mentiría si digo que esperaba que así lo fuera en lo que a corcheas, tonos o semitonos mi vista y voz deberían seguir para el bien común y particular de la empresa a realizar.

Andaba mi mente taciturna, mi ánimo musical desgastado y la ilusión habitual por hacer al menos el intento de cantar con cierto acierto, ciertamente desacertado. Y permitidme que valgan todas las redundantes redundancias.

Mismo lugar, mismas personas, mismas letras y notas a ensayar, me llegaron a hacer sentir como a esa marmota que tiene su día señalado en el calendario y que no espera nada nuevo al salir al mundo.

Sin embargo, el evento era y se convirtió en especial. No todos los días sesenta y tres jóvenes se confirman como amigos del Amigo.

Familias, colegas, vecinos, todos de tiros largos dirigidos y ayudados por esos otros amigos de largas vestimentas con olor a incienso.

El marco, ideal; el aforo, lleno a rebosar.

Así nos dirigimos carpeta en mano y elevándonos hasta el segundo piso sin ascensor, al emplazamiento inhabitual para nosotros del coro principal de nuestra querida Catedral.

Pocas notas me bastaron, pocos acordes se acompasaron para saber, percibir y sentir que allí nada era igual a lo que unos minutos antes y dos pisos más abajo podía pensar.

El pesimismo dio paso a la esperanza; el orgullo se vistió de humildad y las personas dejaron de ser caras con nombres para ser voces amigas.

Me vi envuelto en sones con sabor a gloria; de palabras con profundo sentido y de hermanos compañeros de pentagramas, abrazos y cariños.

Fue una inyección de moral; una ventana abierta que ventiló aires viciados; un cierto éxtasis en gotas de perfume músico-espiritual.

Sentirse uno a la vez nada y todo; vivir con intensidad un momento de fuera adentro y de dentro afuera.

Sentir que un compás habla, te habla y le hablas. Y que siendo veinte somos uno cantando a Otro.

Que dos horas parezcan minutos y que importe poco si se cantó mejor o peor cuando la unión y la fe hicieron música.

Dibujar sonrisas, degustar cervezas, familia, abrazos y algún beso inesperado, fue la guinda a una jornada que comenzando en bajas tierras y sentimientos, alcanzó la gloria en las alturas.



P.D. Dedicado a mis compañer@s y sin embargo amig@s de la Capilla Musical de la Catedral de Getafe; desde su Director a cualquiera de las buenas voces y personas que se sumaron al evento.  

A los sesenta y tres confirmados (especialmente a Iván por querer que subiera y bajara dos pisos para poner mi mano en su hombro).

A los sacerdotes, catequistas, padres y padrinos.

A los míos (los que son de sangre y los que no).


Y cómo no, a Aquel sin cuya presencia, nada de esto hubiera sido.


jueves, 26 de enero de 2017

Héroes y villanos



Cinco minutos, segundo más segundo menos, es lo que separó el reloj de mi vida de poder asistir, contemplar, padecer o intervenir en un hecho dramático que no infrecuente.

Cinco minutos después de sobrepasar las puertas de entrada del Metro de mi barrio, en la superficie, se estaba construyendo a golpe de puño, insulto y desvergüenza una tragedia más que será olvidada como tantas y tantas otras que se perdieron en la cotidianidad de una sociedad dormida.

Un hombre mayor, estaba siendo robado, vilipendiado, vejado, insultado y menospreciado por un grupo de “valientes” en manada; porque hablando claro, estos miserables (chicos y chicas, hombres y mujeres) que pueblan nuestras calles, sólo se sienten importantes cuando son más de dos ya que individualmente, no son capaces de mirar a nadie por encima del codo que no del hombro.

Todos sabemos quiénes son; conocemos sus caras, sus lugares frecuentes; sus compañías habituales y su total falta de educación, madurez, o civismo con calles, plazas, o personas.

Tipos y tipas que escudados en esa falta de mayoría de edad y consentidos por unas leyes, unos jueces y unos gobernantes que en este cada vez más irreconocible país, son protegidos en mayor y mejor medida que las personas que intentamos ser honrados y buenos ciudadanos, campan a sus anchas arrasando con todo aquello que huela a convivencia pacífica.

Me da lo mismo su color, origen, situación o lengua; simplemente, son hijos e hijas de la maldad por no utilizar el común adjetivo en estos casos.

A lo que iba; a esa misma hora y paseando con su mujer, un señor de 69 años contemplando esa escena, tuvo la “osadía”, valentía y bondad de intentar ayudar a ese pobre hombre que cometió el pecado de coincidir con hienas de dos patas, recriminándoles su actitud e invitándoles a dejarlo en paz.

Un hombre de 69 años al parecer, delicado del corazón, pero sólo físicamente, porque con su acto de ayuda al prójimo demostró su grandeza más y mejor que muchos incluyéndome yo.

Un hombre que con su intervención pasó a ser el punto de mira sobre el que esos malnacidos menores de edad dispararon sus palabras y manos abiertas.

Recibió golpes e insultos que acabaron con su cuerpo en el suelo y un corazón roto que dejó de latir.

Vanos fueron los esfuerzos por recuperarlo mientras los “valientes” huyeron de la escena como diablos sin alma que llevarse a la espalda.

Quedó en el suelo un hombre; a su lado, una viuda y en mí al enterarme de este hecho, quedaron muchas dudas:

¿Cuál hubiera sido mi reacción si ese hombre fuera yo?

¿Actuaría de igual modo?

¿Me lavaría las manos, miraría a otro lado y si te he visto no me acuerdo para no meterme en líos?

¿Avisaría a la policía sin intervenir dejándolo a expensas de lo que tardaran en llegar?

Para mí ese es un verdadero héroe sin capa, disfraz ni poderes extraordinarios.

Uno de esos hombres que arriesgó y perdió su vida por defender lo justamente defendible.

Un héroe que por desgracia no ha merecido un reconocimiento público por su acto de generosidad y del que además diré que trabajaba como voluntario en Banco de Alimentos y Mensajeros de la Paz (ironías de la vida y de la muerte).

Desde aquí mi pequeño homenaje y mis oraciones para que ese hombre de nombre Mariano y apellidos “Buena Persona”, reciba el verdadero reconocimiento en un lugar llamado Cielo. 


miércoles, 18 de enero de 2017

Fríos a mí



Ola de frío, alerta en tropecientas comunidades autónomas, media hora de explicaciones meteorológicas en tv con idas y venidas constantes de un lado a otro de la pantalla de un tipo que paradójicamente se apellida “Brasero”, para encontrarte con alguien e intercambiar el típico saludo español de “¿hace rasca eh?”.

Yo no sé si esto es un mal endémico, los tiempos cambian o sencillamente es que nos hemos vuelto giliatontaos.

El caso es que entre ciclogénesis explosivas, fríos siberianos (pero de la parte norte de Siberia) y calores insufribles “extrañamente” cuando llega el verano, uno ya sale con miedo a la calle.

Basta una alerta por Comunidades de fríos polares y las cebollas se ríen de nosotros por las capas que nos echamos encima protegiéndonos de rigores imposibles de soportar.

Porque una cosa es salir como legionario sin cabra y a pecho descubierto y otra muy distinta, hacerlo como si fuéramos desactivadores de explosivos o astronautas de paseos lunares sin Houston ni problemas que informar.

¡Que todos hemos tenido unos padres, unos abuelos o unos vecinos que nos han hablado de metros de nieve, de pueblos incomunicados, de torrentes de aguas o de gaznates resecos! Y en esos tiempos, como mucho, un tipo bajito, de gafas, rechonchete y de nombre tan complejo como Mariano (no confundir), sólo con un mapa acartonao, nos decía lo mismo que ahora, pero sin acojonar al personal.

¿Qué hace frío? Pues sí; pero yo sigo sin ver mamuts por la calle por mucho que algunas personas se les asemejen por su apariencia y actos.

Quizás una buena bufanda, unos guantes, un abrigo y unas castañas pilongas de a docena por un euro y que vengan fríos.

O eso, o que alguien cierre la puerta de los pueblos y ciudades que hay corriente.


jueves, 12 de enero de 2017

Monigotes

Me cuenta el primo del vecino del hermano del quinto, que hace unos días un amigo suyo tuvo la oportunidad de charlar durante unos minutos con el mismísimo Rey Gaspar de Oriente que visitó su ciudad para encontrarse con todos los niños y no tan niños en las festividades que hace un suspiro hemos dado por finiquitadas.

Le habló de sonrisas, de caras felices, de asombros en rostros, de ilusión, de promesas; en definitiva, le habló de niñez.
Le habló de futuros que no alcanzaban en su mayoría un metro en palmos.
Me cuenta que ese Rey Mago, se sintió feliz. Feliz de recibir un regalo que supera con creces todos aquellos que él mismo repartiría horas más tarde.

El regalo de la inocencia, de la naturalidad, de la rabiosa dulzura, picardía, vergüenza e incluso miedos que cualquier niño es capaz de transmitir.

El regalo de niños que dedican una parte importante de su tiempo a escribir, pintar, garabatear o colorear sueños.
Niños que piden un mundo en un trozo de papel. Un mundo de juegos, de sonrisas, de entretenimiento, de salud para todos, de unión en desuniones, de palabras en silencios y de abrazos sinceros entre iguales que no se conocen.
No existe dinero ni poder en el mundo que abarque la gran sonrisa de una minusválida psíquica cuando un Rey de barba cana, turbante y traje pomposo se acercó para abrazarla y besarla.
No existe dinero ni poder en el mundo que supere el esfuerzo de una niña por vencer sus miedos a dormir sola porque ese mismo Rey le animara a hacerlo, o esa otra que ahora ya no regatea tanto los besos de quien busca su cariño.
No es posible superar las pupilas asombradas de una mujer que se atrevió a pedirle un pequeño regalo retrasado en años de pentagrama inacabado y que ya puede hacer sonar allá donde quiera repartir sus notas musicales.
No hay político, ni leyes, ni normas que cumplan y sepan cumplir las promesas como lo hace un niño. Porque la palabra de un niño, es y suena a verdad aunque esconda alguna mentirijilla.
Y es preferible siempre el garabato, las frases incomprensibles, los dibujos imposibles y los monigotes de un niño, a ser un monigote de adulto que por años cumplidos o por vergüenza, renuncie a volver a vivir la ilusión de ser niño al menos por un día.