"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

domingo, 16 de septiembre de 2018

Pole position


Desde aquellos tiempos en los que un asturiano se asomó a las pantallas de televisión para primero pilotar, después ganar y acabar convirtiéndose en bicampeón del mundo en algo tan de extraterrestres entonces para los españoles como la Fórmula Uno, un servidor que sigo siendo yo, no ha dejado de ser un fan que no fanático de ese deporte de ruedas más anchas de lo normal.

Bien es verdad que esos tiempos cambiaron; el asturiano era el mismo; la afición también la misma; pero los coches en los que se fue sentando, eran hermosas máquinas de correr que no corrían tanto como primero él y luego los demás hubiéramos querido. 

Lástima para los méritos contraídos por un gran piloto y lástima también de madrugones perdidos en legañas de otros años.

Esperanzas teníamos de regresar a lomos de otro coche de anaranjado color si no a ganar, sí al menos a pelear de tú a ellos con los mejores; tampoco la diosa fortuna o la tecnológica se unieron para formar un gran tándem.

Eso desanimaría a cualquiera y así ha sido; el piloto se bajará del coche de una fórmula que no es la buena buscando nuevos retos con olor a laureles y esa legión de pretorianos seguidores, vibraremos con él en otros circuitos que sin chicanes también huelan a neumático quemado.

Tan quemados, como lo está mi mujer a la que no llego a entender muy bien en su enfado por esa afición mía de ver coches donde no los hay.










viernes, 31 de agosto de 2018

El hombre de la bolsa


Cuando el mismo sol aún está tomando café en un horizonte al este, mis pasos más que mi cuerpo, me llevan por un camino recto, muy recto cuyo final pudiera parecer trágico por ser descanso de muchas almas entre flores, mármol y cipreses.

Un camino que siendo el final de muchos, es para mí el comienzo utilizado habitualmente para calentar músculos, despejar legañas y avisar al resto del cuerpo que todas su partes, sin excepción, deben hacerse a la idea que el trayecto será largo si el propósito es encontrar esa salud descuidada en comidas, bebidas y sedentarismos poco recomendables.

Éste es un camino recto como una regla, monótono como el girar de una rueda y poco atractivo a ojos ávidos de paisajes.

Un camino que a esas horas es transitado por un puñado de personas. Personas de todas las edades que bien pareciéramos caminantes extras de serie televisiva más que deportistas en potencia.

No existen cruces con “buenos días” o “hasta luegos”. Sólo el sonido de pisadas o cercanías en raíles de ida y vuelta.

Caras que por costumbre, se han convertido ya en habituales durante estos días que aprovecho sin trabajos que me esperen. Y entre esas caras, una que ciertamente me conmueve.

Un señor, mayor por canas, torpes pasos y encorvada espalda.

Este señor, quizás no sea quien pienso; quizás sea sólo una imagen deformada en una realidad que desconozco; pero un señor que al cruzar su camino con el mío, siempre consigue sin proponérselo, que mire hacia atrás.

Siempre solo; caminando muy despacito; con un rostro de sereno sufrimiento y a la vez, de voluntad firme y ojos removiendo ternuras.

Un polo de manga corta, pantalones largos, zapatillas y una sempiterna bolsa negra de doradas letras guardando su espalda.

No logro acertar qué pudiera transportar en ella; quizás un poco de agua, una gorra, un bocadillo, unas flores…

Vivencias, recuerdos, mil historias y seguramente, soledad.

Si su compañera realmente es su soledad, pensaré que ambos forman ya un dúo para no sentirse tan solos y seré yo quien a partir de ahora cruce sus miradas con la mía a ritmo de un simple “buenos días” que haga de su marcha novedad y de la mía una conciencia agradecida.



miércoles, 22 de agosto de 2018

La chica del tren


La chica del tren no es una chica cualquiera, no. La conozco de hace tiempo y me reafirmo en lo que digo.

Hoy coincido con esa chica en un tren con destino incierto; con destino tan incierto como su rostro me hace ver sentado frente a ella.

Percibo su mirada llena de interrogantes; diría que asomara un atisbo de preocupación, quizás miedo ante lo desconocido y lo casi ciertamente olvidado.

Muchas son las vicisitudes que el presente le regala; todas más o menos salvables salvo ese desazón, ese dolor continuo que no la deja descansar en ningún descanso o soñar en ningún sueño.

Debo tomar su mano y la tomo; miro sus ojos y entre nosotros se inicia otra de esas conversaciones de amigos que no necesitan palabras dichas ni escuchadas.

Ambos sabemos que no está en nuestras manos el destino, ni el futuro y ni tan siquiera el presente. Nos dejamos guiar por ese otro Amigo que siempre en las buenas y en las menos, nos acompaña.

¿Habrá suerte esta vez? ¿No está demasiado lejos? ¿Tú crees que valdré?

La suerte, es sólo eso y no creo demasiado en ella. La lejanía, es indudable como también lo es que esa persona, esa amiga, esa chica frente a mí, ya tiene otorgada mi medalla al valor, al coraje, al esfuerzo, a la responsabilidad y a la lucha sin cuartel.

Nadie somos a su lado con sus circunstancias y aunque no sepamos valorar su esfuerzo, existe un fondo en cada uno de nosotros, los más cercanos, que sabe reconocer a una gran mujer que se hace más grande en los peores momentos.

A esa mujer, a esa chica frente a mí, escribo hoy con el convencimiento de que el éxito de una u otra forma, ya lleva su nombre grabado en letras de oro.

La chica del tren, va y viene, viene y va, pero siempre tendrá unos corazones esperando en un lugar llamado hogar.


*Dedicado a mi chica de siempre con todo el cariño, amor y admiración ante el nuevo reto que vino a buscarla.


lunes, 13 de agosto de 2018

Por un puñado de amigos



Por un puñado de amigos, mereció la pena viajar. Los kilómetros, madrugones, preparativos y demás elementos que conforman cualquier viaje, no son para nada obstáculo cuando las previsiones y después las confirmaciones hicieron de este último sábado uno de esos días para marcar en el calendario que todos llevamos dentro y no se imprime en ningún papel.
Muchos fueron los días transcurridos y pendientes para llegar a cumplir lo que un día fue promesa y por unas u otras razones se hizo esperar.
Cuatro iniciaron viaje. Pudieron ser más, pero quizás el destino, o vete tú a saber qué, hicieron de este número par los que conformaron coche, ruta y deseos de encontrar lo que algo más de ciento veinte kilómetros después, hallaron.
Un viaje ameno, sin salida 22 que nos pudiera distraer y una pareja esperando allá donde la voz de un navegador decía “Ha llegado a su destino”.
Más que una pareja, diría que nos esperaban dos sonrisas. Dos sonrisas sinceras; de esas que no necesitan nunca forzar un gesto. Dos sonrisas que antes de abrir las puertas de su casa te abren las de su corazón.
No daré nombres porque no es necesario. Simplemente diré que ella (porque sintiéndome caballero, prefiero comenzar por la señora), es una muñeca. Lo digo, aunque el copyright de esa afirmación lo tiene su señor. Mujer menudita, pero ¡grande, muy grande! De sonrisa enorme, de alegría contagiosa, de brillo en los ojos, de bailes al son de cualquier música, de desvelos por agradar… Una de esas mujeres de las que preguntarse ¿qué más se puede pedir?
Él, un tipo rudo en apariencia. Un tipo que imaginé muchas veces apoyado en una blanca pared, calzando botas de espuelas, fumando un puro mascado bajo la sombra de un sombrero vaquero y en otras ocasiones empuñando Magnum y sentenciando al desgraciado que osó cruzarse en su camino con una frase tal que “Alégrame el día”. Un tipo en apariencia rudo, sí; pero un tipo de corazón inmenso; de consejos de padre; de espiritualidad contrastada; de sufridor de males ajenos, de orante perpetuo; enemigo de rencillas; aficionado de miradas al cielo y de “líos de eternidad”. Ese tipo del que muchos también creo que pensarían “Yo de mayor, quiero ser como él”.
Esas dos personas fuimos a buscar y encontramos en cada sincero abrazo de bienvenida.
Podría hablar de risas, de exquisitos manjares, de baños a la luz de la luna y el sol, de tormentas que no llegaron a ser tales; de vuelos de aves migratorias, de siesta nocturna a ras de suelo, de Ángeles de Charlie en chapuzones de piscina, de tipo largo haciendo solitarios largos, de frescor de sótano, de bruja con escoba y conjuro, de Rock & Roll y Julio Iglesias, del mito que casi se me desmorona cuando confiesa que en tiempos jóvenes bebió zarzaparrilla, de lagartijas y matamoscas, de tortas de Alcázar, tostas de bacalao y de muchas otras cosas y pequeños detalles. Pero no lo haré y me voy a ceñir a un hecho que no debería ser extraordinario y lo fue.
En un mundo digital donde las gentes hablamos más con los dedos en pantallas que mirándonos a los ojos, resulta un hecho casi inaudito reunirse alrededor de una mesa para simple y llanamente, compartir café, charla y sentimientos.
Puede que sea ésta, una de las mejores tertulias que mi memoria llega a alcanzar. Una de esas tertulias sin minutos, sin prisas, sin licores, pero con el efecto de lo mejor de los alcoholes para desatar sinceridades. Una charla constructiva, sin críticas por criticar, sin despreocupadas preocupaciones, sin aspavientos ni desazones. Una charla de recuerdos de mejores tiempos y deseos de repetirlos aunque las previsiones no sean buenas; de lágrimas que necesitaron un abrazo y me obligaron a mirar hacia otro lado; de pasados que quizás fueron mejores, pero que de una u otra forma nos han ayudado a vivir plenamente este presente; de silencios compartidos e historias incomprensibles que el destino con o sin mayúscula obra en las personas que allí nos reunimos.
En resumen, de un hecho que haciendo mucho bien, dejamos habitualmente en desuso. El hablar entre amigos sin barras de bar en medio, sin ruidos, humos ni tapujos, me llenó de polos positivos, de alegría de mente y cuerpo, de bondades que despertar de su letargo.
Todo eso y más sucedió en apenas veinticuatro horas por la voluntad de un puñado de amigos que se dispersaron con el firme deseo y certeza de que esta hermosa historia tendrá un rótulo final de película del viejo oeste en el que se podrá leer…

C O N T I N U A R Á…


* Dedicado con todo mi cariño y agradecimiento a los Sres. de Eastwood por su hospitalidad, sus desvelos y sobre todo, por su amistad. También compartir esta dedicatoria con mi bruja y “endemoniada” favorita con o sin cervezas y escoba, un tipo largo del que no hago carrera pero aprecio como si la hiciera aunque me lleve por salidas que no debía y cómo no, con mi chica de siempre y para siempre. A todos, desde la patata,

G R A C I A S.



martes, 7 de agosto de 2018

Menta y miel




Una noche más de aquellas que me acompañan en la soledad de quien busca un alto en el camino para encontrar quizás al Amigo menos comprendido, más buscado y siempre presente sin dejarse ver.
La hora, tardía como siempre, marcaba poco más de las dos y cuarto en una madrugada que se prometía calurosa y lo fue.
Una luz roja que se enciende y unos nudillos golpeando suavemente una puerta de metal, me empujaron a salir de ensoñaciones y meditación para acudir a la llamada de la persona que a horas tan intempestivas en las que la ciudad duerme, acudía a aquel mismo lugar tan habitual y querido para mí.
Al otro lado de esa puerta, esperaba una mujer de baja estatura y rubios cabellos que sin ser conocida, no era desconocida para quien como yo estaba habituado a su silenciosa compañía durante las últimas semanas.
Su saludo fue disculpa al traspasar el umbral y noté en su tono de voz cierto aire de melancolía de quien busca quizás un refugio, un consuelo o un pequeño aliento en esta vida que muchas veces es esquiva.
Ella se sentó y yo a dos bancos de distancia; el silencio, rodeaba la escena.
Duró poco; una torrente de tristeza vertida en lágrimas hizo su aparición para acompañar a una mujer que no pudo refrenar sentimientos ni tan siquiera delante de un desconocido como yo.
Admito que me conmovió; lo inesperado de su reacción, provocó en mí interrogantes marcados en negrita: ¿qué hacer? ¿cómo actuar?
La miré, Le Miré y sólo pude atinar a ofrecerle tres caramelos de menta y miel y mi mano extraña, pero amiga, con la simple intención de al menos poder endulzar algo esas lágrimas de mujer atormentada.
Levantó la cabeza y artículo entre llantos un “gracias, muchas gracias”.
Me ofrecí a escucharla, comprenderla, animarla, acompañarla en su dolor, pero como era natural, es difícil abrir el corazón a quien no se conoce.
Simplemente, miró al frente y entre sollozos se escuchó el sonido típico de un caramelo al ser liberado de su prisión.
Marchó pronto, marchó sin dejar de agradecer, marchó preguntando y preguntándose cómo podía existir gente que viviera en continuas quejas de desdichas que a su lado no eran tales.
Me miró a los ojos antes de partir y deseándole que las cosas tornaran su polo negativo en su contrario, se fue por donde vino dejándome a mí con la esperanza y plegarias de que esa mujer pueda encontrar siempre el consuelo de un caramelo de menta y miel.


P.D. Ha transcurrido una semana desde que esa tristeza de nombre Pilar coincidiera conmigo. Sólo Dios y ella saben si en esta próxima madrugada volverá a hacerme compañía. Si así fuera, espero al abrir la puerta encontrar una mujer diferente en ánimo y ánima. Por ella, por Él, por todos.







viernes, 20 de julio de 2018

El aspersor




Un empujón, un quebradero de cabeza o una simple cabezonería, me llevaron no hace mucho a plantearme un cambio de rumbo con sustancia o sin ella en lo que habitualmente venía haciendo por las tardes, que era algo más cercano a la nada que a un mucho.
Cuando la curva de la felicidad no me provoca ser precisamente feliz, es hora de bajar el pie del sofá, calzar algo que no sean las zapatillas de andar por casa y tirarse a la calle a caminar durante largo rato sin fijarme en escaparates, viandas ni viandantes.
Por algo se empieza y andar es una buena opción con vistas a llegar a correr lo que antaño corría y que tan buenos resultados a mi salud de alma y cuerpo me llegó a proporcionar.
Lo sensato, lo correcto y quizás lo aconsejable, sería moderar las distancias a cubrir. Pero como para estas cosas vivo al límite de la insensatez y soy poco amigo de aconsejarme a mí mismo, comienzo a lo grande.
¿Qué lo correcto es una distancia de cinco kilómetros? Pues diez o más.
¿Que la mejor hora pudiera ser aquella en la que ya no apriete tanto el astro que llaman sol? Pues las seis en punto.
Así que DNI, móvil y mp4 acompañan mi cuerpo cuando salgo por la puerta para regresar vete tú a saber cuándo.
El trayecto es conocido; tan conocido, como que en mi ciudad no hay mucho más donde elegir.
Aceras y más aceras en un recorrido que ya viene de lejos y cuyos metros siguen midiendo lo mismo que entonces.
La música que me acompaña, tiene su importancia. No es lo mismo hacer camino al andar con Beethoven, que con Angus Young.
Así que busco un término medio y mi pulgar selecciona la carpeta de un tal Fito con todos sus Fitipaldis.
Buen sonido que me abstrae de mis propios pasos al pisar asfalto y de coches que no paran de moverse.
Se agradece y mucho esa brisa de viento que aunque más parecida a un caldo de pollo que a un refrescante gazpacho, llega a mover mi simulacro de melena incipiente.
El ritmo es tan constante como el sudor que pronto comienza a asomar por detrás de las orejas.
De ánimo, bien; de fuerzas, para ser el primer día, también.
Las esquinas pasan y con ellas las gentes que me encuentro a mi paso; ya son varios los kilómetros que se añaden a los dígitos de una de esas aplicaciones que me ayudan a medir lo hecho o lo intentado por hacer.
Plaza de toros abandonada a la vista y vislumbro una larga recta paralela al polideportivo de siempre.
Intuyo más que veo, que unos aspersores están funcionando a escasos metros de esa larga acera que me espera.
Nada por lo que preocuparse. El hombre tiene la inteligencia suficiente para activar estos artefactos de tal manera que no afecten al tranquilo transeúnte que puebla nuestras calles y que a esas horas sumaban sólo uno contándome a mí.
Así que no me preocupé; andaba a lo mío y nunca mejor dicho cuando las coincidencias esta vez jugaron en mi contra.
Esa música que sin motivo aparente entró en pausa, me hizo distraer pensamiento y acciones para buscar en el bolsillo el dichoso aparato que no quería sonar.
Fueron poco más de tres segundos, pero los suficientes para detener mis pasos en una mueca de asombro. Y el tiempo se detuvo.
Sin aviso, sin esperas, pero con mucha premeditación y alevosía, un aspersor se volvió loco por mí y regó con fuerza todo mi costado izquierdo, dejándome sin aliento por la sorpresa y el agua fresca en cuerpo caliente.
Primero, fue la sorpresa; después vino el insulto en forma de “me cago en su put…”, para pasar afortunadamente a una media sonrisa y carcajada final por un hecho que pensándolo tan fríamente como el agua que me empapó, me vino genial.
Con el calor que hacía y el que yo llevaba, ¡qué susto! pero qué bien me vino refrescar cuerpo y aún más ideas.
Porque el resto del camino sirvió para secar esa ropa empapada; pero otro aspersor comenzó a girar dentro de mi calenturienta cabeza por un sol inmisericorde.
Y llegué a la conclusión de que sin salpicar a nadie, debo convertirme en un aspersor de mí mismo expulsando toda la inmundicia de rutinas, pensamientos, malas palabras o acciones que hagan de mi vida y la de los que me rodean y aprecian, algo diferente a lo positivo que quisiera ser.
Eso también debo entrenarlo; nada se consigue en cuatro días. Y lo mismo que en meses tengo la intención de rebajar grasas, barrigas cerveceras y colesteroles acechantes, también en meses, espero rebajar tensiones, malos rollos, resentimientos, insatisfacciones, agobios y decepciones seguramente sin fundamento.
El plan de entrenamiento, está trazado; la intención es buena; la predisposición, también; la constancia, Dios dirá.
Y el aspersor… el aspersor se ha puesto en marcha.

lunes, 9 de julio de 2018

El hombre que eructaba a los caballos



Podía sonar a broma, pero no. Podría parecer irreal, pero tampoco.
Cuando el sol no termina de salir por el este, un hombre habitualmente sentado en un banco, o deambulando por aceras de barrio fumando puro, habla consigo mismo en un lenguaje extraño y a la vez chirriantemente repulsivo.
Siempre en solitario; vestimenta habitual y más años entre pecho y espalda que quien a esas horas no puede evitar escuchar más que ver, a un tipo como él y que no es otro que quien esto escribe.
Salir de casa a horas tan tempranas y al pisar zapato en acera comenzar a escuchar sonidos inconfundibles de gases desbocados en boca que no sabe estar cerrada, provoca en mí una desazón de cuerpo que no sabe si correr, o regresar por donde salió.
No es uno ni dos; es una metralleta en modo automático que no para de soltar munición a quien no puede escapar de sus ataques a no ser que sea sordo.
¡Será cabrón!, pensé una vez.
¡Pobre hombre!, pensé una segunda.
¡Será una enfermedad! me dije a la de tres.
Pero el transcurrir de los días, me hace dudar de todas mis conjeturas.
Este señor, que no para de eructar a pies juntillas, sólo detiene su macabra costumbre cuando habla con alguien o se quema los pulmones en inspiraciones de humos de largo habano.
Me devano los sesos y hasta los sexos, intentando encontrar explicación a este hombre del que huirían hasta los caballos sin esperar susurros.



viernes, 29 de junio de 2018

Mitos, leyendas, personas




El tiempo ha sido siempre juez inexorable dictando sentencias a favor o en contra de ideales o perspectivas humanas o históricas en hechos que transcurren en la vida que nos toca vivir.
Con los años, no sólo crezco en canas sino que también creo que en madurez de pensamiento. No necesariamente significa esto que mi grado de acierto aumente considerablemente a la hora de pintar el boceto que algún día pude crearme teniendo como modelo a personas que por sus dotes de destacada habilidad intelectual, artística o humana llamaron a la puerta de mi atención.
No ha cambiado en mí la atracción por la cultura en general y muy específicamente por la cultura musical. Todo lo contrario.
He admirado y admiraré siempre a quien de un bolígrafo dibuja notas musicales para llevarlas a oídos que las quieran escuchar. Eso no va a cambiar nunca.
Pero sí que me doy cuenta que ese tiempo poco a poco y de manera firme, me lleva a la búsqueda de algo que para mí es esencial aún por encima de canciones, letras u obras del afortunado ser humano que es capaz de crear una obra de una nada.
Y ese algo, en la medida de mis posibilidades, es la persona que hay detrás de tanto arte.
Idealizar al artista, en gran parte de los casos lleva aparejado unos riesgos importantes.
Hacer de hombres o mujeres dioses adorables cuya religión se sigue a pies juntillas, acaba siendo un saco roto por el que van cayendo sentimientos defraudados.
Me apena con insistencia que dos más dos no sean cuatro si quien lo dice arrastra legiones de seguidores.
Mis ojos se abren con mayor profundidad cuando en esas malditas redes en las que estamos enganchados me muestran y demuestran a personas que viven por y para un ídolo que siendo hoy de oro, algún día pueda ser de barro.
Esos ídolos, crecen como todos; esos ídolos soplan velas como cualquiera; esos ídolos mirarán algún día espejos que devolverán arrugas en la piel.
¿Y entonces qué?
Sólo nos quedará su obra, pero no la gracia.
Porque ese tiempo que no deja de pasar, aumentará en años y disminuirá la sorpresa, la expectativa y los flashes de cámaras en teléfonos.
Es entonces cuando el ídolo de masas se convertirá quizás en el mejor de los mortales encerrado en maduras soledades de cuatro o cinco.
¿Quién entonces se acordará de él? Sólo el verdadero amigo; sólo el familiar cercano.
Yo he sido uno de esos que a pies juntillas he creído más en los focos que alumbraban al artista, que a la verdadera persona que irradiaba su ser.
He buscado el autógrafo, la imagen, el abrazo y cuatro palabras con quien era lo que yo en mis fantasías musicales de ayer y hoy quería ser.
Y es ahora con un puñado de años más a cuestas, cuando me doy perfecta cuenta que una cosa es el oído y otra muy diferente, el sentimiento.
Recuerdo una breve conversación de hace ya más de un lustro con un artista que a la salida de uno de esos conciertos habituales de pequeña sala, me comentaba:
A las personas con cierta edad que acuden a nuestros conciertos, hay que cuidarlas, porque una cosa es ser fan y otra muy diferente que te sigan sabiendo perfectamente el motivo de hacerlo”
Sabias palabras que cada día me hacen más reflexionar en el modo en el que enfoco y me enfocan a la hora de seguir de un modo u otro al artista.
La música podrá ser de mayor o menor calidad; podrá vender más o menos discos, pero lo que al final valoraré cada día más es a la persona que hay detrás de cada disco y no tanto a aquello que como la vida misma debe asociarse a un play para sonar bien.



jueves, 21 de junio de 2018

Acorralado




Ni era Stallone, ni la acción se desarrolló en ningún bosque escarpado de los EEUU.
Era yo a plena luz del día en una calle de mi ciudad sin escapatoria posible.
Andaba tranquilo de regreso a casa en un nublado día del mes de mayo pensando en mis cosas cuando, de repente, ocurrió.
Miro al frente y descubro dos mujeres que como radares y percatándose de mi presencia, no me dejaron más opción que un encuentro indeseado.
Dos mujeres, dos, de edad digamos más avanzada que madura. Dos mujeres conocidas y que precisamente por ello, activaron todas mis alarmas.
Hacerse el sueco, era imposible y aún más siendo de Cuenca. Regresar por los pasos que dejé, demasiado descarado incluso en esta situación.
Sólo me quedaba el milagro que no se produjo. Como aves rapaces, se lanzaron hacia su víctima para engullir los despojos de un ánimo y ánima que se preparaban para lo peor.
No tuvieron piedad con su víctima; siendo dos, me acorralaron. Utilizaron baterías de preguntas que ninguna defensa antiaérea hubiera podido rechazar.
¿Te acuerdas de…? Tu padre y el mío… Tú debes conocer a… Tu madrina de bautizo fue……
Ese hombre, ese yo o lo que quedaba de mí, por más que intentó hacerles ver que ese niño del que hablaban marchó del Cuartel de la Guardia Civil donde nació a los seis meses de nacer para no volver a ese pueblo manchego hasta pasados más de cuarenta años, no podía conocer y mucho menos recordar todo aquello que como una metralleta disparaban por aquellas bocas.
Lo intenté todo; encender pitillo para ahuyentar con humos lo que de palabra era imposible, pero ni con esas.
Ellas seguían, seguían hasta que por fin decidieron que era suficiente tortura por ese día para un hombre que siendo paciente, abrió la puerta de su casa alterado y con el propósito de encontrar un arma.

jueves, 14 de junio de 2018

Recién cortado




El hombre de los cascos fumaba un pitillo mirando a lo lejos quién sabe qué mientras un humo blanco escapaba de su cuerpo.
     Relajada contemplación de un horizonte sin agua de mar ni praderas verdes. Sólo edificios de simétricos ventanales iluminados por un sol tibio que luchaba por salir de las sombras de la noche.
    Un tipo pasó a su lado mochila al hombro y rumbo monótono de rutina laboral. Miró al hombre, pero apenas lo vio; respiró profundo y su mente despejó recuerdos casi olvidados de un tiempo lleno de sensaciones que hacía mucho no sentía.
    Recuerdos de quien perdiendo el sentido del sabueso recuperaba la pista perdida.
   Una inspiración profunda y fosas, pulmones y alma se llenaron de frescor verde de otros tiempos. Maravillosos segundos de éxtasis sensorial con la vista al frente de un pasado que haciéndose presente quién sabe si no volverá a ser pretérito.
  Ese tipo, se alejó despacio y poco a poco se sumergió en la habitual vorágine de peatones y tubos de escape, pero esta vez, con la huella impregnada de un maravilloso, entrañable y añorado olor a césped recién cortado.

lunes, 28 de mayo de 2018

Leucocitos




Caminaba yo por largos pasillos subterráneos atestados de una marabunta multicolor de personas de ida y vuelta y víctima quizás de calores, somnolencias matutinas o simple y llana locura, comencé a divagar.
Imaginé, que ya es imaginar en mi caso, un cuerpo humano por dentro. Más exactamente, centrando mis pensamientos en el trasiego de microscópicos elementos que pululan por diferentes partes de nuestro organismo.
Y pensé, que ya es pensar también…
¡Esos cinco que van delante, parecen leucocitos!
Ese chico con cara de mala leche, debe ser un trombocito. ¡Descarao!
Un chavalín, mochila a espalda, al que bauticé como simpático linfocito.
Incluso como hombre que soy, me fijé que también circulaban varias “pedazo de plaquetas”.
Pero una sombra en mi ánimo me cubrió por entero cuando descubrí que quien todo eso pensaba, quizás no era más que un simple e insignificante espermatozoide cuya defunción, casi con total probabilidad, era cuestión de horas.

martes, 15 de mayo de 2018

Salida 22



Dos coches, tres mujeres, dos hombres y un trayecto por cumplir. El destino, es lo de menos. Les une amistad, carretera, manta y un reencuentro a la espera.

Ellos, conducen; ellas observan, indican y acompañan alegres charlas de viaje que sin ser largo, se alargó.

Un guía en forma de tipo tan largo como día sin pan; a su lado, su chica sujetando TomTom en mano, indicaba ruta a seguir; detrás, una mujer siempre llena de preguntas, permanecía en silencio.

Y más atrás, un coche perseguidor que no perdía ojos de media vista del que marchaba delante. En él, aferrado al volante, se encontraba un servidor, su santa esposa y otro de esos artefactos de voz femenina que pareciera estar inmersa en bidón de gasolina.

Carretera de buen asfalto, que debíamos abandonar en un punto concreto señalado por ambos artilugios sonoros con unas palabras parecidas a:

“Tome la salida 22”

Tomarla, la tomamos, pero de una forma realmente extraña que no era otra que no tomándola.

Dos coches, cinco personas y una salida que se perdió prematuramente.

A cambio, el guía, nuestro guía, optó por tomar un desvío de carretera que curiosamente, continuaba paralela a la que nunca debimos abandonar y abandonamos. La perplejidad se apoderó de cuatro de las cinco personas. La quinta, el santo y seña, usó vista y determinación ajena a lo previsto.

¿Por qué? Un misterio

Paisajes extraños, población que existiendo nunca debimos pisar y más extraño aún, un polígono industrial que recorrimos de cabo a rabo.

El navegador, quería bajar del coche cansado de no ser escuchado cuando aconsejaba una y otra vez “en la próxima rotonda, cambie de sentido”.

Unos pensamientos me tranquilizaron entre risas cuando pensé:

“Muy seguro debe estar cuando nos lleva por estos lugares tan inhóspitos”

 “¿Conocería en sus tiempos mozos picaderos cercanos donde dar rienda suelta al desenfreno de noviazgos?”

El tiempo, pasó; las rotondas, por decenas, también. Pero aún así, el destino no fue esquivo y se dejó alcanzar.

Y ahí, a la vez que los motores dejaron de sonar y las puertas de ambos vehículos se abrieron, se desataron truenos, relámpagos y centellas cuando ese tipo, nuestro tipo, nuestro amigo, en un estado más fuera de sí que dentro, juró y perjuró por todos los dioses que conocía, que sería la última vez que conduciría con tal de no aguantar nuevamente reprimenda alguna de la mujer que alguien engalanado de sacerdocio, un día ”sentenció” para lo bueno y malo.

Calmarlo, fue difícil. Por un lado, era complicado no reírse por lo vivido y por el otro, ¿quién se atreve a sujetar a aquel que a mí siempre me mira desde arriba por su altura?

Pero las aguas por mucho que Simon & Garfunkel se empeñen en que sean turbulentas, volvieron a su cauce y con el paso de los días, ya son y serán un recuerdo entrañable de amistades que estoy seguro no se perderán en ninguna salida 22.


* Dedicado a un amigo tan largo como buena gente
   

miércoles, 9 de mayo de 2018

Silencio



Nunca el Silencio me habló tanto. Cuatro paredes, una soledad y una vista al frente bastaron para hallar lo que no busqué, pero me fue dado.

De un plumazo, aquello que pintaba en negros nubarrones y relámpagos de furia fue empujado al abismo del desecho.

La ira, las controversias, los desencantos, las tristezas y en definitiva todo aquello que me encadenaba con argollas de malsana inquietud, saltaron en mil pedazos en una explosión de paz.

La fuerza de un Silencio me abrazó en uno de esos abrazos cálidos de comprensión, apoyo, Amistad y calma.

Sin prisas, sin pausa, fui despidiendo rencores, miradas frías, justicieras palabras y luchas internas.

Deserté del ejército situado en un frente que no podía conducir a otra cosa que no fuera a una derrota conmigo mismo. Corrí en busca de ese otro yo que estaba dejando a un lado sin percatarme que no había peor lucha que aquella que me alejaba de mí.

Comprendí que si quien sufriendo más, tomó el camino de la esperanza, del perdón, de la piedad y resignación hablando y explicándome con ojos de serena bondad, no podía ser yo el que diera pinceladas de tintes oscuros y recelos sin enterrar en ese cuadro que todos en una familia de almas generosas intentamos pintar.

No valdría la pena enfrentarse a los miedos, las miserias y las luchas internas de quien optó por ese otro silencio que tanto daño hizo por su fondo y aún más por su forma.

Al contrario. Debiera extender manos si algún día quien así obró sostuviera dos segundos mi mirada.

Quizás no regresen los abrazos de antaño ni las risas compartidas, pero tampoco levantaré muros que impidan cruzar las puertas del diálogo extraviado.

El tiempo, todo lo cura. Pero comprendí que si el reloj de la vida no recibe el empujón de su cuerda, tarde o temprano, ese tiempo parará para nunca más ponerse en marcha.

Un enorme Silencio me bastó para escuchar el lado bueno de una conciencia que parecía dormida o aletargada por las circunstancias.

Y decidí pisando fuerte y sin prisa alguna, comenzar a rodar una nueva película. 

Tomé claqueta, mochila y sonrisa y me dije a mí mismo…


¡SILENCIO, se rueda…!



* Dedicado a una mujer de la que cada día me siento más orgulloso de ser su  padre. 


miércoles, 2 de mayo de 2018

Un hombre sin sombra



Un hombre vaga por las calles arrastrando una tristeza. Los recuerdos le atormentan, la soledad le envuelve. Un hombre que perdió su sombra. Una sombra llena de amor; una sombra que dio sentido a lo mejor de un mundo perdido en sus propias inmundicias.

Ese hombre hoy se sienta frente a un frío teclado de ordenador concatenando dolor en el alma, un atisbo de esperanza y un silencio de silla y pensamientos.

Era un simple perro el que ocupa su mente, pero era además una hermosa criatura con una historia llena de amistad; de la amistad verdadera. De aquella que pidiendo poco, lo da todo. Aquella que sólo pide a cambio un cariño y un trocito de pan.

Muy lejos queda ya aquel día en el que fue rescatado de la iniquidad del ser humano que tuvo el “arrojo” de abandonarlo a su suerte.

Lo rescatamos y le dimos un hogar. Le abrimos las puertas de una casa y él nos abrió esa otra puerta del ser agradecido; de aquel que merecía ser feliz y acabó siéndolo.

Decir amistad, es decir RON; así, con letras mayúsculas. Una amistad que duró dieciséis años y continuará una eternidad.

No pedía mucho y nos dio más allá de un todo.

Un animal que quiso y supo enseñarme a ser niño siendo hombre.

Compañero de juegos, de escondites de desbordantes encuentros, me enseñó a compartir palomitas, siestas y pelis. Fue compañía en los momentos de enfermedad, pena y desconsuelo.

Guardián de mis sueños y de los míos, nos mostró lo mejor de él. La lealtad, la bondad, la espera sin límites. Nos enseñó a llenar los vacíos de la soledad; a no desfallecer, a no sentirnos nunca tristes en el silencio de la incomprensión.

Nos dio calor en los pies mientras la cabeza memorizaba exámenes por cumplir.

Desayunos compartidos, paseos bajo soles, vientos y nieves, esperas tras una puerta, diversión en baños felices...

Siempre quiso y quisimos que fuera uno más en esa familia que para mí será siempre la más hermosa por mucho que las adversidades de la vida nos golpeen con insistencia.

Todo eso y más fue ese simple AMIGO  que no necesitó hablar para hacerse comprender, respetar y querer.

Los recuerdos se agolpan en mil y una historias que contaría pero que reservaré en lo mejor de mí.

Hoy ese hombre convive con una tristeza incomprensible para muchos que no hayan tenido la suerte de asomarse a los ojos de un ser que me abrió su corazón para fundirse con el mío.

El tiempo seguramente curará lo sufrido adornado con la esperanza puesta de quien piensa que si existe un Cielo y logra alcanzarlo, será recibido por una hermosa sombra que nunca quiso perder.







*Dedicado con todo mi agradecimiento y amor a mi perro Ron, a mi amigo, a mi sombra.

*Dedicado también a esos otros seres que aguardan un rescate del ser humano que debería entender que existe en ellos mucho amor desaprovechado en un mundo tan difícil como el de hoy.

*A mi mujer y mis hijas por compartir y saber hacer de esta familia una hermosa historia de cuatro que fueron cinco.

*Y también a las personas que en estos días tristes han querido demostrar su cariño, comprensión y apoyo en los momentos duros. A todos, de corazón, gracias.