"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"

viernes, 20 de julio de 2018

El aspersor




Un empujón, un quebradero de cabeza o una simple cabezonería, me llevaron no hace mucho a plantearme un cambio de rumbo con sustancia o sin ella en lo que habitualmente venía haciendo por las tardes, que era algo más cercano a la nada que a un mucho.
Cuando la curva de la felicidad no me provoca ser precisamente feliz, es hora de bajar el pie del sofá, calzar algo que no sean las zapatillas de andar por casa y tirarse a la calle a caminar durante largo rato sin fijarme en escaparates, viandas ni viandantes.
Por algo se empieza y andar es una buena opción con vistas a llegar a correr lo que antaño corría y que tan buenos resultados a mi salud de alma y cuerpo me llegó a proporcionar.
Lo sensato, lo correcto y quizás lo aconsejable, sería moderar las distancias a cubrir. Pero como para estas cosas vivo al límite de la insensatez y soy poco amigo de aconsejarme a mí mismo, comienzo a lo grande.
¿Qué lo correcto es una distancia de cinco kilómetros? Pues diez o más.
¿Que la mejor hora pudiera ser aquella en la que ya no apriete tanto el astro que llaman sol? Pues las seis en punto.
Así que DNI, móvil y mp4 acompañan mi cuerpo cuando salgo por la puerta para regresar vete tú a saber cuándo.
El trayecto es conocido; tan conocido, como que en mi ciudad no hay mucho más donde elegir.
Aceras y más aceras en un recorrido que ya viene de lejos y cuyos metros siguen midiendo lo mismo que entonces.
La música que me acompaña, tiene su importancia. No es lo mismo hacer camino al andar con Beethoven, que con Angus Young.
Así que busco un término medio y mi pulgar selecciona la carpeta de un tal Fito con todos sus Fitipaldis.
Buen sonido que me abstrae de mis propios pasos al pisar asfalto y de coches que no paran de moverse.
Se agradece y mucho esa brisa de viento que aunque más parecida a un caldo de pollo que a un refrescante gazpacho, llega a mover mi simulacro de melena incipiente.
El ritmo es tan constante como el sudor que pronto comienza a asomar por detrás de las orejas.
De ánimo, bien; de fuerzas, para ser el primer día, también.
Las esquinas pasan y con ellas las gentes que me encuentro a mi paso; ya son varios los kilómetros que se añaden a los dígitos de una de esas aplicaciones que me ayudan a medir lo hecho o lo intentado por hacer.
Plaza de toros abandonada a la vista y vislumbro una larga recta paralela al polideportivo de siempre.
Intuyo más que veo, que unos aspersores están funcionando a escasos metros de esa larga acera que me espera.
Nada por lo que preocuparse. El hombre tiene la inteligencia suficiente para activar estos artefactos de tal manera que no afecten al tranquilo transeúnte que puebla nuestras calles y que a esas horas sumaban sólo uno contándome a mí.
Así que no me preocupé; andaba a lo mío y nunca mejor dicho cuando las coincidencias esta vez jugaron en mi contra.
Esa música que sin motivo aparente entró en pausa, me hizo distraer pensamiento y acciones para buscar en el bolsillo el dichoso aparato que no quería sonar.
Fueron poco más de tres segundos, pero los suficientes para detener mis pasos en una mueca de asombro. Y el tiempo se detuvo.
Sin aviso, sin esperas, pero con mucha premeditación y alevosía, un aspersor se volvió loco por mí y regó con fuerza todo mi costado izquierdo, dejándome sin aliento por la sorpresa y el agua fresca en cuerpo caliente.
Primero, fue la sorpresa; después vino el insulto en forma de “me cago en su put…”, para pasar afortunadamente a una media sonrisa y carcajada final por un hecho que pensándolo tan fríamente como el agua que me empapó, me vino genial.
Con el calor que hacía y el que yo llevaba, ¡qué susto! pero qué bien me vino refrescar cuerpo y aún más ideas.
Porque el resto del camino sirvió para secar esa ropa empapada; pero otro aspersor comenzó a girar dentro de mi calenturienta cabeza por un sol inmisericorde.
Y llegué a la conclusión de que sin salpicar a nadie, debo convertirme en un aspersor de mí mismo expulsando toda la inmundicia de rutinas, pensamientos, malas palabras o acciones que hagan de mi vida y la de los que me rodean y aprecian, algo diferente a lo positivo que quisiera ser.
Eso también debo entrenarlo; nada se consigue en cuatro días. Y lo mismo que en meses tengo la intención de rebajar grasas, barrigas cerveceras y colesteroles acechantes, también en meses, espero rebajar tensiones, malos rollos, resentimientos, insatisfacciones, agobios y decepciones seguramente sin fundamento.
El plan de entrenamiento, está trazado; la intención es buena; la predisposición, también; la constancia, Dios dirá.
Y el aspersor… el aspersor se ha puesto en marcha.

lunes, 9 de julio de 2018

El hombre que eructaba a los caballos



Podía sonar a broma, pero no. Podría parecer irreal, pero tampoco.
Cuando el sol no termina de salir por el este, un hombre habitualmente sentado en un banco, o deambulando por aceras de barrio fumando puro, habla consigo mismo en un lenguaje extraño y a la vez chirriantemente repulsivo.
Siempre en solitario; vestimenta habitual y más años entre pecho y espalda que quien a esas horas no puede evitar escuchar más que ver, a un tipo como él y que no es otro que quien esto escribe.
Salir de casa a horas tan tempranas y al pisar zapato en acera comenzar a escuchar sonidos inconfundibles de gases desbocados en boca que no sabe estar cerrada, provoca en mí una desazón de cuerpo que no sabe si correr, o regresar por donde salió.
No es uno ni dos; es una metralleta en modo automático que no para de soltar munición a quien no puede escapar de sus ataques a no ser que sea sordo.
¡Será cabrón!, pensé una vez.
¡Pobre hombre!, pensé una segunda.
¡Será una enfermedad! me dije a la de tres.
Pero el transcurrir de los días, me hace dudar de todas mis conjeturas.
Este señor, que no para de eructar a pies juntillas, sólo detiene su macabra costumbre cuando habla con alguien o se quema los pulmones en inspiraciones de humos de largo habano.
Me devano los sesos y hasta los sexos, intentando encontrar explicación a este hombre del que huirían hasta los caballos sin esperar susurros.



viernes, 29 de junio de 2018

Mitos, leyendas, personas




El tiempo ha sido siempre juez inexorable dictando sentencias a favor o en contra de ideales o perspectivas humanas o históricas en hechos que transcurren en la vida que nos toca vivir.
Con los años, no sólo crezco en canas sino que también creo que en madurez de pensamiento. No necesariamente significa esto que mi grado de acierto aumente considerablemente a la hora de pintar el boceto que algún día pude crearme teniendo como modelo a personas que por sus dotes de destacada habilidad intelectual, artística o humana llamaron a la puerta de mi atención.
No ha cambiado en mí la atracción por la cultura en general y muy específicamente por la cultura musical. Todo lo contrario.
He admirado y admiraré siempre a quien de un bolígrafo dibuja notas musicales para llevarlas a oídos que las quieran escuchar. Eso no va a cambiar nunca.
Pero sí que me doy cuenta que ese tiempo poco a poco y de manera firme, me lleva a la búsqueda de algo que para mí es esencial aún por encima de canciones, letras u obras del afortunado ser humano que es capaz de crear una obra de una nada.
Y ese algo, en la medida de mis posibilidades, es la persona que hay detrás de tanto arte.
Idealizar al artista, en gran parte de los casos lleva aparejado unos riesgos importantes.
Hacer de hombres o mujeres dioses adorables cuya religión se sigue a pies juntillas, acaba siendo un saco roto por el que van cayendo sentimientos defraudados.
Me apena con insistencia que dos más dos no sean cuatro si quien lo dice arrastra legiones de seguidores.
Mis ojos se abren con mayor profundidad cuando en esas malditas redes en las que estamos enganchados me muestran y demuestran a personas que viven por y para un ídolo que siendo hoy de oro, algún día pueda ser de barro.
Esos ídolos, crecen como todos; esos ídolos soplan velas como cualquiera; esos ídolos mirarán algún día espejos que devolverán arrugas en la piel.
¿Y entonces qué?
Sólo nos quedará su obra, pero no la gracia.
Porque ese tiempo que no deja de pasar, aumentará en años y disminuirá la sorpresa, la expectativa y los flashes de cámaras en teléfonos.
Es entonces cuando el ídolo de masas se convertirá quizás en el mejor de los mortales encerrado en maduras soledades de cuatro o cinco.
¿Quién entonces se acordará de él? Sólo el verdadero amigo; sólo el familiar cercano.
Yo he sido uno de esos que a pies juntillas he creído más en los focos que alumbraban al artista, que a la verdadera persona que irradiaba su ser.
He buscado el autógrafo, la imagen, el abrazo y cuatro palabras con quien era lo que yo en mis fantasías musicales de ayer y hoy quería ser.
Y es ahora con un puñado de años más a cuestas, cuando me doy perfecta cuenta que una cosa es el oído y otra muy diferente, el sentimiento.
Recuerdo una breve conversación de hace ya más de un lustro con un artista que a la salida de uno de esos conciertos habituales de pequeña sala, me comentaba:
A las personas con cierta edad que acuden a nuestros conciertos, hay que cuidarlas, porque una cosa es ser fan y otra muy diferente que te sigan sabiendo perfectamente el motivo de hacerlo”
Sabias palabras que cada día me hacen más reflexionar en el modo en el que enfoco y me enfocan a la hora de seguir de un modo u otro al artista.
La música podrá ser de mayor o menor calidad; podrá vender más o menos discos, pero lo que al final valoraré cada día más es a la persona que hay detrás de cada disco y no tanto a aquello que como la vida misma debe asociarse a un play para sonar bien.



jueves, 21 de junio de 2018

Acorralado




Ni era Stallone, ni la acción se desarrolló en ningún bosque escarpado de los EEUU.
Era yo a plena luz del día en una calle de mi ciudad sin escapatoria posible.
Andaba tranquilo de regreso a casa en un nublado día del mes de mayo pensando en mis cosas cuando, de repente, ocurrió.
Miro al frente y descubro dos mujeres que como radares y percatándose de mi presencia, no me dejaron más opción que un encuentro indeseado.
Dos mujeres, dos, de edad digamos más avanzada que madura. Dos mujeres conocidas y que precisamente por ello, activaron todas mis alarmas.
Hacerse el sueco, era imposible y aún más siendo de Cuenca. Regresar por los pasos que dejé, demasiado descarado incluso en esta situación.
Sólo me quedaba el milagro que no se produjo. Como aves rapaces, se lanzaron hacia su víctima para engullir los despojos de un ánimo y ánima que se preparaban para lo peor.
No tuvieron piedad con su víctima; siendo dos, me acorralaron. Utilizaron baterías de preguntas que ninguna defensa antiaérea hubiera podido rechazar.
¿Te acuerdas de…? Tu padre y el mío… Tú debes conocer a… Tu madrina de bautizo fue……
Ese hombre, ese yo o lo que quedaba de mí, por más que intentó hacerles ver que ese niño del que hablaban marchó del Cuartel de la Guardia Civil donde nació a los seis meses de nacer para no volver a ese pueblo manchego hasta pasados más de cuarenta años, no podía conocer y mucho menos recordar todo aquello que como una metralleta disparaban por aquellas bocas.
Lo intenté todo; encender pitillo para ahuyentar con humos lo que de palabra era imposible, pero ni con esas.
Ellas seguían, seguían hasta que por fin decidieron que era suficiente tortura por ese día para un hombre que siendo paciente, abrió la puerta de su casa alterado y con el propósito de encontrar un arma.

jueves, 14 de junio de 2018

Recién cortado




El hombre de los cascos fumaba un pitillo mirando a lo lejos quién sabe qué mientras un humo blanco escapaba de su cuerpo.
     Relajada contemplación de un horizonte sin agua de mar ni praderas verdes. Sólo edificios de simétricos ventanales iluminados por un sol tibio que luchaba por salir de las sombras de la noche.
    Un tipo pasó a su lado mochila al hombro y rumbo monótono de rutina laboral. Miró al hombre, pero apenas lo vio; respiró profundo y su mente despejó recuerdos casi olvidados de un tiempo lleno de sensaciones que hacía mucho no sentía.
    Recuerdos de quien perdiendo el sentido del sabueso recuperaba la pista perdida.
   Una inspiración profunda y fosas, pulmones y alma se llenaron de frescor verde de otros tiempos. Maravillosos segundos de éxtasis sensorial con la vista al frente de un pasado que haciéndose presente quién sabe si no volverá a ser pretérito.
  Ese tipo, se alejó despacio y poco a poco se sumergió en la habitual vorágine de peatones y tubos de escape, pero esta vez, con la huella impregnada de un maravilloso, entrañable y añorado olor a césped recién cortado.

lunes, 28 de mayo de 2018

Leucocitos




Caminaba yo por largos pasillos subterráneos atestados de una marabunta multicolor de personas de ida y vuelta y víctima quizás de calores, somnolencias matutinas o simple y llana locura, comencé a divagar.
Imaginé, que ya es imaginar en mi caso, un cuerpo humano por dentro. Más exactamente, centrando mis pensamientos en el trasiego de microscópicos elementos que pululan por diferentes partes de nuestro organismo.
Y pensé, que ya es pensar también…
¡Esos cinco que van delante, parecen leucocitos!
Ese chico con cara de mala leche, debe ser un trombocito. ¡Descarao!
Un chavalín, mochila a espalda, al que bauticé como simpático linfocito.
Incluso como hombre que soy, me fijé que también circulaban varias “pedazo de plaquetas”.
Pero una sombra en mi ánimo me cubrió por entero cuando descubrí que quien todo eso pensaba, quizás no era más que un simple e insignificante espermatozoide cuya defunción, casi con total probabilidad, era cuestión de horas.

martes, 15 de mayo de 2018

Salida 22



Dos coches, tres mujeres, dos hombres y un trayecto por cumplir. El destino, es lo de menos. Les une amistad, carretera, manta y un reencuentro a la espera.

Ellos, conducen; ellas observan, indican y acompañan alegres charlas de viaje que sin ser largo, se alargó.

Un guía en forma de tipo tan largo como día sin pan; a su lado, su chica sujetando TomTom en mano, indicaba ruta a seguir; detrás, una mujer siempre llena de preguntas, permanecía en silencio.

Y más atrás, un coche perseguidor que no perdía ojos de media vista del que marchaba delante. En él, aferrado al volante, se encontraba un servidor, su santa esposa y otro de esos artefactos de voz femenina que pareciera estar inmersa en bidón de gasolina.

Carretera de buen asfalto, que debíamos abandonar en un punto concreto señalado por ambos artilugios sonoros con unas palabras parecidas a:

“Tome la salida 22”

Tomarla, la tomamos, pero de una forma realmente extraña que no era otra que no tomándola.

Dos coches, cinco personas y una salida que se perdió prematuramente.

A cambio, el guía, nuestro guía, optó por tomar un desvío de carretera que curiosamente, continuaba paralela a la que nunca debimos abandonar y abandonamos. La perplejidad se apoderó de cuatro de las cinco personas. La quinta, el santo y seña, usó vista y determinación ajena a lo previsto.

¿Por qué? Un misterio

Paisajes extraños, población que existiendo nunca debimos pisar y más extraño aún, un polígono industrial que recorrimos de cabo a rabo.

El navegador, quería bajar del coche cansado de no ser escuchado cuando aconsejaba una y otra vez “en la próxima rotonda, cambie de sentido”.

Unos pensamientos me tranquilizaron entre risas cuando pensé:

“Muy seguro debe estar cuando nos lleva por estos lugares tan inhóspitos”

 “¿Conocería en sus tiempos mozos picaderos cercanos donde dar rienda suelta al desenfreno de noviazgos?”

El tiempo, pasó; las rotondas, por decenas, también. Pero aún así, el destino no fue esquivo y se dejó alcanzar.

Y ahí, a la vez que los motores dejaron de sonar y las puertas de ambos vehículos se abrieron, se desataron truenos, relámpagos y centellas cuando ese tipo, nuestro tipo, nuestro amigo, en un estado más fuera de sí que dentro, juró y perjuró por todos los dioses que conocía, que sería la última vez que conduciría con tal de no aguantar nuevamente reprimenda alguna de la mujer que alguien engalanado de sacerdocio, un día ”sentenció” para lo bueno y malo.

Calmarlo, fue difícil. Por un lado, era complicado no reírse por lo vivido y por el otro, ¿quién se atreve a sujetar a aquel que a mí siempre me mira desde arriba por su altura?

Pero las aguas por mucho que Simon & Garfunkel se empeñen en que sean turbulentas, volvieron a su cauce y con el paso de los días, ya son y serán un recuerdo entrañable de amistades que estoy seguro no se perderán en ninguna salida 22.


* Dedicado a un amigo tan largo como buena gente
   

miércoles, 9 de mayo de 2018

Silencio



Nunca el Silencio me habló tanto. Cuatro paredes, una soledad y una vista al frente bastaron para hallar lo que no busqué, pero me fue dado.

De un plumazo, aquello que pintaba en negros nubarrones y relámpagos de furia fue empujado al abismo del desecho.

La ira, las controversias, los desencantos, las tristezas y en definitiva todo aquello que me encadenaba con argollas de malsana inquietud, saltaron en mil pedazos en una explosión de paz.

La fuerza de un Silencio me abrazó en uno de esos abrazos cálidos de comprensión, apoyo, Amistad y calma.

Sin prisas, sin pausa, fui despidiendo rencores, miradas frías, justicieras palabras y luchas internas.

Deserté del ejército situado en un frente que no podía conducir a otra cosa que no fuera a una derrota conmigo mismo. Corrí en busca de ese otro yo que estaba dejando a un lado sin percatarme que no había peor lucha que aquella que me alejaba de mí.

Comprendí que si quien sufriendo más, tomó el camino de la esperanza, del perdón, de la piedad y resignación hablando y explicándome con ojos de serena bondad, no podía ser yo el que diera pinceladas de tintes oscuros y recelos sin enterrar en ese cuadro que todos en una familia de almas generosas intentamos pintar.

No valdría la pena enfrentarse a los miedos, las miserias y las luchas internas de quien optó por ese otro silencio que tanto daño hizo por su fondo y aún más por su forma.

Al contrario. Debiera extender manos si algún día quien así obró sostuviera dos segundos mi mirada.

Quizás no regresen los abrazos de antaño ni las risas compartidas, pero tampoco levantaré muros que impidan cruzar las puertas del diálogo extraviado.

El tiempo, todo lo cura. Pero comprendí que si el reloj de la vida no recibe el empujón de su cuerda, tarde o temprano, ese tiempo parará para nunca más ponerse en marcha.

Un enorme Silencio me bastó para escuchar el lado bueno de una conciencia que parecía dormida o aletargada por las circunstancias.

Y decidí pisando fuerte y sin prisa alguna, comenzar a rodar una nueva película. 

Tomé claqueta, mochila y sonrisa y me dije a mí mismo…


¡SILENCIO, se rueda…!



* Dedicado a una mujer de la que cada día me siento más orgulloso de ser su  padre. 


miércoles, 2 de mayo de 2018

Un hombre sin sombra



Un hombre vaga por las calles arrastrando una tristeza. Los recuerdos le atormentan, la soledad le envuelve. Un hombre que perdió su sombra. Una sombra llena de amor; una sombra que dio sentido a lo mejor de un mundo perdido en sus propias inmundicias.

Ese hombre hoy se sienta frente a un frío teclado de ordenador concatenando dolor en el alma, un atisbo de esperanza y un silencio de silla y pensamientos.

Era un simple perro el que ocupa su mente, pero era además una hermosa criatura con una historia llena de amistad; de la amistad verdadera. De aquella que pidiendo poco, lo da todo. Aquella que sólo pide a cambio un cariño y un trocito de pan.

Muy lejos queda ya aquel día en el que fue rescatado de la iniquidad del ser humano que tuvo el “arrojo” de abandonarlo a su suerte.

Lo rescatamos y le dimos un hogar. Le abrimos las puertas de una casa y él nos abrió esa otra puerta del ser agradecido; de aquel que merecía ser feliz y acabó siéndolo.

Decir amistad, es decir RON; así, con letras mayúsculas. Una amistad que duró dieciséis años y continuará una eternidad.

No pedía mucho y nos dio más allá de un todo.

Un animal que quiso y supo enseñarme a ser niño siendo hombre.

Compañero de juegos, de escondites de desbordantes encuentros, me enseñó a compartir palomitas, siestas y pelis. Fue compañía en los momentos de enfermedad, pena y desconsuelo.

Guardián de mis sueños y de los míos, nos mostró lo mejor de él. La lealtad, la bondad, la espera sin límites. Nos enseñó a llenar los vacíos de la soledad; a no desfallecer, a no sentirnos nunca tristes en el silencio de la incomprensión.

Nos dio calor en los pies mientras la cabeza memorizaba exámenes por cumplir.

Desayunos compartidos, paseos bajo soles, vientos y nieves, esperas tras una puerta, diversión en baños felices...

Siempre quiso y quisimos que fuera uno más en esa familia que para mí será siempre la más hermosa por mucho que las adversidades de la vida nos golpeen con insistencia.

Todo eso y más fue ese simple AMIGO  que no necesitó hablar para hacerse comprender, respetar y querer.

Los recuerdos se agolpan en mil y una historias que contaría pero que reservaré en lo mejor de mí.

Hoy ese hombre convive con una tristeza incomprensible para muchos que no hayan tenido la suerte de asomarse a los ojos de un ser que me abrió su corazón para fundirse con el mío.

El tiempo seguramente curará lo sufrido adornado con la esperanza puesta de quien piensa que si existe un Cielo y logra alcanzarlo, será recibido por una hermosa sombra que nunca quiso perder.







*Dedicado con todo mi agradecimiento y amor a mi perro Ron, a mi amigo, a mi sombra.

*Dedicado también a esos otros seres que aguardan un rescate del ser humano que debería entender que existe en ellos mucho amor desaprovechado en un mundo tan difícil como el de hoy.

*A mi mujer y mis hijas por compartir y saber hacer de esta familia una hermosa historia de cuatro que fueron cinco.

*Y también a las personas que en estos días tristes han querido demostrar su cariño, comprensión y apoyo en los momentos duros. A todos, de corazón, gracias.




miércoles, 25 de abril de 2018

Ser o no ser




Decía Shakespeare en su obra universal aquello de “ser o no ser” y hablaba de un morir que era dormir y tal vez, soñar.
Muchos años más tarde, en aquellas tierras del God Save the Queen, a quien pareciera que no quisieran salvar sino condenar, es a un pequeño niño que indefenso, no puede luchar contra la sinrazón humana.
Unos padres implorantes de una segunda, tercera o infinita oportunidad para salvar lo más grande que ser humano pueda tener, se enfrentan a la frialdad de unas mentes que deciden cómo, cuándo y porqué un hijo debe ser separado del fino hilo que aún le mantiene con vida aquí y ahora.
¿Quién puede otorgarse el derecho a decidir la muerte de un niño que no se puede defender?
¿Quién puede negarle a unos padres el derecho de buscar hasta la saciedad un medio o una esperanza que arroje por un precipicio la cruel realidad?
¿Por qué ese empecinamiento de los tribunales incluido el de derechos humanos de Estrasburgo en no defender este caso mientras se salvaguardan los derechos de criminales de bandas terroristas que parecieran mejores personas que este niño postrado en una cama de hospital?
En esta crónica de una muerte anunciada, programada y perseguida, morir, no será soñar; porque soñar, se puede soñar con la justicia, con la igualdad, con la defensa del bien, con la humanidad entre humanos y con tantas y tantas cosas que hicieran de los sueños, hermosas realidades.
Pero esto, no.
Querer privar a unos padres de un abrazo al hijo amado; de su compañía aunque sus ojos no puedan ver mientras su alma y su corazón siguen latiendo, no es un sueño.
Es la pesadilla que yo nunca querré tener; la pesadilla de saberme no ser nadie para nadie que dice ser.
¿Ser o no ser? Me habéis despejado la duda

Seres, sois



*Dedicado al pequeño Alfie Evans y su familia. Desde aquí, todo mi apoyo, comprensión y oraciones.

jueves, 19 de abril de 2018

Nubes y claros




Cuando miramos al cielo repetidas veces, multitud de preguntas, respuestas o conjeturas caben hacerse.
¿Lloverá? ¡Hermoso día! ¡Gracias! ¿Por qué? ¿Qué hice yo para merecer esto? ¡Va por ti! …
Y así podríamos continuar una y otra vez en cada ocasión en la que levantáramos la cabeza.
No sé si en los días ya transcurridos de este dos mil dieciocho he alzado o escondido más la cara a la hora de plantearme o replantearme los sucesos, vivencias, o hechos simples del devenir diario de estos últimos casi cuatro meses.
Si tuviera que comparar lo vivido, las expectativas, lo positivo, lo negativo y lo insustancial con una previsión de cosecha vinícola para este año, diría que no son previsibles buenos caldos.
Ese tufillo, esa sensación de negatividad en lo mío, en lo más cercano y en aquello que está un poco más allá, están haciendo de este año un año con perspectivas de brindis escasos en diciembres de burbujeantes bebidas.
Hechos acaecidos, hechos inesperados, luchas internas, familia en alertas médicas, montañas rusas de emociones, ánimos a ras de tobillo, euforias faltas de euforia, humor escondido, anciano de cuatro patas escribiendo su epitafio, crónicas de enfermedades crónicas, economías con pilares de alambre, sueños sin cumplir, amigo de ilusiones rotas…
No es un buen año, no; ni agarrarme a su número par me vale.
Pero hasta aquí, visto mis letras de gris, porque nadie me podrá hacer ver que lo positivo no puntúa doble en esta vida y en otras mil que pudiéramos tener para teñir de verde el futuro que todos buscamos.
Positivas son las lágrimas que siendo tristes se perdieron al desembocar en un mar de fortaleza, de razonamiento, de esperanza, de paz.
Positiva siempre será la vida que se abre paso en prematura lucha.
Positiva será al final la marcha de quien no quiso o no supo anteponer el verbo dar al de recibir dejando huérfano de diaria presencia paterna a un pequeño niño.
Positivo será siempre el retrovisor de la vida de un simple animal que sin marchar aún, cumplió con creces la misión de ser mi mejor amigo.
Positivas serán las discusiones, las enfermedades, los desencuentros y los malentendidos, si como deseo conducen a un mínimo de cordura y futuro mejor.
Positivas serán siempre las cuatro perras que me puedan seguir permitiendo brindar con cerveza.
Positivo será siempre entrelazar unos dedos hablando de un Padre nuestro.
Positivo serán siempre unos ojos asombrados buscando una lección de un maestro que no es.
Y alguna cosa más positiva que seguramente me reserve el futuro y que multiplicada por dos, haga de ésta, una comparativa sin color entre lo bueno y lo malo.
Muchas fueron las nubes; muchos fueron los chubascos, malos vientos y temporales.
Pero la primavera, la real, en mi persona y en los míos, llegará más tarde o más temprano para hacer de este año otro más al que despedir sin ira.

lunes, 26 de marzo de 2018

Par impar




Había oído hablar de que estas cosas suceden; pero como muchas otras veces en la vida, nunca piensas que te va a tocar a ti.

Llevo tiempo contemplando una soledad inmerecida, no deseada y ciertamente, incomprensible.

Aquellos que eran inseparables; aquellos que se prometieron fidelidad eterna; aquellos que parecían almas gemelas sacadas de una historia de ficción con final feliz y que caminaban siempre juntos por la vida, hoy, se encuentran dispersos en abandonos y presencias incompletas.

La vida da muchas vueltas y seguramente, en una de esas vueltas desapareció de un plumazo lo que antes era un número par y ahora no deja de ser un solitario uno.

Mi primera reacción, fue la de la prudencia. “Ya se arreglará, pensé”

La segunda, fue la típica de “sus razones tendrá”.

Incluso, como creyente que soy, llegué a pensar y escuchar “será la voluntad de Dios y bien de nuestras almas”.

Pero últimamente, tras sopesar razones sin razón, pistas sin certezas, rastros sin encontrar, frialdad y ausencias de palabras con sentido y sentidas, he llegado a la conclusión de que por mucho que las busque, aunque las intuya, jamás llegaré a encontrar las verdaderas razones de un hecho como éste.

Es más, cierta ira se apodera de alguno de mis pensamientos cuando llego a la conclusión particular de que un calcetín, como los hombres, siempre debiera vestirse por los pies para al menos, con valentía suficiente, explicar con verdad una marcha con cierto olor a mentira.



*Historia de un calcetín del que nunca más se supo. Se buscó por doquier y su desaparición a día de hoy, continúa siendo un misterio. Pensaba que era una leyenda urbana, pero no. Seguiremos informando.

martes, 13 de marzo de 2018

Gusanitos



Un día ventoso, desapacible; un domingo que invitaba más a zapatillas y caldos que a salidas más allá de un pan para comer.
Pero la devoción más que obligación, llevó mis pasos hacia donde repican las campanas de once en una torre con reloj de doce y cuarto.
Distinto banco, mismas caras, músicas y ornamentos.
Un hueco vacío a mi lado; nadie lo ocupaba. De repente, unos pantalones largos, unos zapatos negros, un abrigo gris y poco más de un metro de niñez de moreno cabello, se sentaron a mi lado.
Un chaval, un niño de blanca tez y mirada serena que portaba entre sus manos una colorida bolsa de salados gusanitos del que todos alguna vez nos hemos embadurnado labios y sonrisas.
Sus manos no se separaron de la bolsa ni un momento; era un tesoro a guardar esperando la ocasión para ser devorados.
Impropia quietud, tranquilidad, educación y saber estar en un niño de tan corta edad que me sorprendió con oraciones, golpes de pecho y respuestas que sabía cuál experto de almas mirando al cielo.
Admito que en esa ceremonia, yo jugué más que escuché; pensé más que atendí y me admiré más que sentí.
Porque ese niño en un momento especial, se arrodilló a mi lado, escondió la cabeza entre sus hombros y se mantuvo quieto, muy quieto como si el tiempo se hubiera detenido en él.
Instantánea de una escena que me admiró profundamente; una imagen de inocencia, de silencio interior, de un niño que sólo separó una de sus manos de su tesoro más preciado, para apretar la mía en una paz que para mí y para todos quisiera conservar siempre.
Marchó por donde vino; sin nadie que le esperara alrededor y dejó a un tipo como yo unos minutos dando gracias a un cielo que vino a verme con sabor a gusanitos.


*Quiero dedicar estas letras a otro pequeño niño y su familia que horas más tarde atravesaron el corazón de muchas personas que no podemos comprender la maldad del ser humano.

A Gabriel y tantos otros ángeles que hoy y para siempre comerán gusanitos sabor a Gloria.

   

martes, 6 de marzo de 2018

Sr. Olvido




Su mirada, perdida; su cuerpo que no hace mucho vestía elegantes trajes de corbata a juego, deambula de un lugar a otro sin un destino ni rumbo concreto.

Vecino de siempre, aunque nunca amigo en amistad; más por conocer que conocido y persona coincidente de saludos en escalera y nada más allá que nos uniera o dejara de unir.

Pero es ahora, al cabo de unos lustros hechos décadas, cuando su destino de cerraduras que no abren en puertas equivocadas o ascensores que le transportan a una planta de edificio con número dos, aunque él pensó siempre en un tres,  ha hecho que este hombre cruzara el umbral de su camino para llegar al mío y comenzar a ser una parte de la inquietud que me embarga al tocar esa parte sensible que en mí hace saltar alarmas de servicio a los demás.

Vigilantes se nos suplica estar; implorante de ayuda la mujer que siempre le acompañó, acompaña y salta casi al vacío de unas lágrimas a punto de precipicio.

No le faltará una mano ni un desvelo que vigile sus pasos ni acciones con el único fin de proteger de sí mismo a quien yo llamo Manolo, otros Alzheimer y todos con el debido respeto y cariño, Sr. Olvido.




*Dedicado a todas las personas que como mi vecino Manolo sufre la crueldad de una enfermedad que se olvida de tener misericordia con quien la sufre y sobre todo, con los familiares y amigos que la padecen. A todos ellos, con mi apoyo y mi mano tendida.