"Una pluma, pesa; el amor por inmenso que sea, no" (Pedro Rivera García)

martes, 29 de noviembre de 2016

Alegría

Un martes como otro cualquiera marchando al trabajo. Me acurruco en el habitual asiento trasero del autobús que me acerca a la gran ciudad.

Me acoplo auriculares y pulso el play del reproductor de mp3 para que su música me adormezca. No importa el estilo, ritmo o compás, porque soy capaz de dormir incluso al son de una autopista al infierno.

En esta ocasión, la música que suena es un blues del Sr. Cabrales que habla de alegría sin palabras, al ser sólo instrumental.

De repente, siento una perturbación en la fuerza. No es que algo en mi interior se removiera, no; es que todo mi cuerpo y casi el asiento, se desplazaron milímetros que pudieran parecer metros.

Medio despierto o medio dormido, que tanto monta monta tanto, alcancé a abrir los ojos y poder girar hacia la izquierda mi esterno cleidomastoideo y con él mi cuello, para apreciar que aquello que lo que había producido esta pequeña convulsión, no era otra cosa que una mujer sentada a mi lado.

Una mujer que me dejó sin aliento. Una de esas mujeres de 90-60-90, pero elevadas al cuadrado.

Me dejó sin aliento, porque era tal su tamaño, que mi índice de movimiento permitido, se reducía a mi cabeza, las manos y poco más.

No soy un tipo pequeño, pero a mí me sacaba más de un palmo de altura y dos cuerpos de armario.

Sus facciones y mirada estaban impertérritamente fijas al frente y aparentando cualquier cosa que no fuera enfado o seriedad.

Una persona de esas a las que yo bautizo como “adústera” (un adjetivo de mi invención con el que califico a todo practicante o practicanta que va más allá de ser simplemente adusta).

No miento si digo que hasta el más fornido de los All Blacks neozelandeses, se podría llegar a sentir amedrentado ante semejante “jaca”.

Acerté a ver que incluso calzaba zapatillas de esas con tres bandas paralelas y mi mente me acercó la idea de que se trataba de una lanzadora de martillo o halterista de un país del este que bien pudiera ser Polonia.

El caso es que al sentarse, esta mujer fue inmisericorde con el animalillo que llevaba en el asiento de al lado y provocó en él que en su trayecto sólo acertara a escribir en el cristal empañado de la ventanilla del autobús, la palabra “help” mientras seguía sonando una música que hablaba de alegría.

¿Alegría? Pues eso, alegría.





lunes, 21 de noviembre de 2016

Sabor a dulce

Siempre es aconsejable y altamente necesario poner nuestra vida en paréntesis a modo de una detención del tiempo. No creo que me equivoque si digo que quien más quien menos necesita un momento de receso para respirar hondo y continuar la marcha de esta travesía que nos toca vivir.

Lástima que la vorágine de estos tiempos no nos permita encerrar esos recesos en un paréntesis prolongado. Por ello, siempre procuro disfrutar de los buenos momentos aunque sean ráfagas a discreción perdidas en escasos segundos.

Un hipermercado no es para mí el sitio ideal para disfrutar de algo que no vaya más allá de una compra que en pocos casos se convierte en relajada. Desde los pasillos atestados de productos y transeúntes ocasionales, hasta esas cajeras que casi pierden la vida en una loca carrera por acabar de leer códigos de barras antes de que un servidor tenga tiempo siquiera de respirar, hacen de este lugar algo muy alejado de la tranquilidad que por naturaleza busca el ser humano o al menos, un ser humano como yo.

Procuro emplear en estos lugares el tiempo justo y necesario para volver a respirar un poco de aire menos viciado de prisas, marketing e impersonalidad y con esa intención abandonaba hace unos días uno de estos locales, cuando un señor viejecito, bastón en mano y andar dificultoso, al sacar una mano del bolsillo de su chaqueta, perdió por el camino uno de esos tesoros de colores que guardaba.

Un pequeño caramelo cayó al suelo envuelto en transparente papel.

Él lo miró, yo lo miré y acabamos mirándonos los dos.

Rápidamente me incliné, lo recogí del suelo y me dispuse a entregárselo cuando con una mirada serena y entrañable acompañando una voz dulce me sorprendió diciéndome:

“Muchas gracias, muy amable; se lo regalo; tengo más que me han dado en la farmacia”

Y extrajo varios caramelos multicolores que guardaba como un tesoro en el bolsillo derecho de su chaqueta.

Fue una conversación muy corta, pero que tras desearnos ambos una buena tarde acabó con un tipo como yo regresando a casa bajo una lluvia que me limpió el rostro y un sentimiento que me llenó el cuerpo y el alma de sabor a dulce.




miércoles, 16 de noviembre de 2016

Miopías

¡Ay de aquel cuya vista ve tan clara lucidez que ninguna sombra de duda le alberga! No sabe la fortuna que tiene de ceja a ceja.

Yo, por suerte o por desgracia, padezco de cortedad visual; a lomos de apéndices auditivos, cabalgan en mi desde el siglo pasado monturas y cristales varios con el único fin de corregir aquello que por natural, no deja de ser defecto.
No alcanzar distancias largas, es problema; pero aún mayor sería no ver más allá de un palmo de nariz. En ese caso, el desastre más que previsible, es seguro.

Y no sólo ocurre a la hora de ver con los ojos; porque también se puede ver sin mirar.
Intuir, es otra forma de percepción; sospechar que algo, alguien o una situación comienza a ser poco clara, diáfana o cristalina, puede dar lugar a una vista cansada, opaca en cataratas desbocadas, o si me apuran, salvajemente traslúcida a modo de ríos muy revueltos.

Cuando la sospecha se hace duda, la duda realidad y la realidad se conjuga en un indeseable presente, uno se da cuenta de que la corrección de lo que ven sus ojos o sienten sus entrañas, se hacía totalmente necesaria desde tiempos más lejanos que ayer.
En ese estado me debato; no sé exactamente si enfoqué bien la situación, si percibí con claridad lo que desde un pasado se vislumbraba como futuro o realmente no quise hacer caso a ese sentido sustitutivo del averiado que para mí es la intuición.

El caso es que ciertos afluentes del río principal andan revueltos y sin llegar a desviar el curso de los acontecimientos, sí podrían trastocar la plácida travesía que debería ser siempre la tranquilidad de una vida sin sobresaltos.
Ciertos amigos, familia, o conocidos, parecen aliarse en tiempo y casi en forma a la hora de hacerme sentir que más allá de una miopía reconocida de antaño, un incipiente astigmatismo está deformando la nitidez necesaria para caminar con pasos seguros por esta vida.

No seré yo quien me vende los ojos esperando tiempos futuros o mejores y por ello, debo acudir con urgencia a la consulta del doctor conciencia para que me oriente sobre el mejor método de corrección, porque como alguien dijo una vez, “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.


martes, 8 de noviembre de 2016

El reencuentro

Sólo han transcurrido unos pocos meses, pero el reencuentro con viejos amigos siempre es un motivo de alegría en toda persona que sepa apreciar la amistad.

No son mejores ni peores amigos que el resto de los que puedan conservar los millones y millones de gentes que pueblan nuestro planeta, pero sí que tienen algo que les diferencia; se adaptan perfectamente a lo que yo buscaba, la vida me permitía y realmente necesitaba.

Al vernos nuevamente, puede que ellos y yo nos preguntemos si no estamos algo más mayores, rotos por dentro o por fuera o si realmente nuestra relación ha hecho mella en alguno de nosotros durante estos meses de ausencias mutuas.

Yo los observo; aparentemente, los encuentro igual. No sé si alguno con una pequeña disminución de su colorida tez natural.

Mirándoles, comienzo a recordar los buenos tiempos compartidos en largas y frías jornadas de madrugón, cafés y trabajo.

Unos antes, otros después, en mayor o menor medida, siempre estuvieron ahí cuando los necesité; sin rechistar, sin preguntar.

Por eso, hoy, en un día de frío invernalmente otoñal, al abrir un armario, remover sus perchas y reencontrarme con esa camiseta interior de media manga, churro o manga entera, esa camisa de tacto suave y cálido o ese señor jersey algo descolorido pero pidiendo cuerpo que cubrir, me sentí bien, porque mi interior pide fríos que abrigar más que calores que sofocar.

Y ya superando todo lo anterior, esa cazadora arrinconada, para demostrarme que no me guarda ningún rencor, me regala de sus bolsillos unos caramelos de menta y miel que un tipo como yo un día olvidó.








sábado, 5 de noviembre de 2016

Tiempos de ceniza


Había una vez un grupo de muchas personas que se atrevieron a escribir lo que pensaban o lo que aún es más difícil, a pensar lo que escribieron.

De todos los continentes y con mayor o menor fortuna o acierto, arrancaban en el lector unos minutos de su tiempo con unas letras que comenzando por el propio escritor, escribiente o escribidor (palabreja que me gusta), servían de puente o nexo de comunicación entre diferentes pensamientos, ideas, actitud o aptitudes.

Eran tiempos en los que recíprocamente nos leíamos, nos comentábamos, opinábamos e incluso nos tirábamos de las orejas por aquello que dijimos, insinuamos o simplemente dejamos caer en la enorme red de ceros y unos que recorre nuestro planeta cibernético.

Tiempos en los que acompañamos con esos comentarios tristezas, alegrías, consejos, actualidades y todo aquello que leyéndolos con los ojos hacían trabajar otros sentidos o sentimientos del ser humano.

Hoy todo eso ha cambiado. Quizás la moda pasó, quizás las prisas son mayores, quizás, quizás, quizás…

Lo que antaño era una gran interconexión entre estos llamados o autodenominados blogueros y sus presuntos lectores, ha pasado a ser en la mayoría de los casos un simple emoticono disfrazado de “me gusta” “me enfada” o “me divierte” cuando no son sólo lecturas y silencios.

En este caso, sí que puedo decir sin riesgo a equivocarme, que tiempos pasados fueron mejores.

Se echan de menos aquellos días en los que un simple comentario inmortalizado en esa pequeña obra particular que supone escribir un texto, insertar un vídeo, una fotografía o una historia real o ficticia, nos animaba a continuar haciéndolo por el simple hecho del ego bien entendido de que al otro lado de la pantalla de un ordenador, existe alguien a quien tus palabras llegan de algún modo para bien, para mal o simplemente para informar o reflexionar.

No hay otro motivo ni razón para hacerlo. Si no fuera así, la intimidad de unas letras, deberían ser precisamente eso: íntimas e insondables del propio autor.

Yo mismo me acuso de ello y buscando mi propia absolución y amparándome en estos otoñales días grises retomaré o al menos intentaré retomar café en mano, viejas costumbres de visitar blogs conocidos y procurar dejar huella escrita en aquello que veo, escucho o simplemente leo y me mueve a hacerlo.

Limpiaré de recuerdos aquello que ya no me interese e indagaré en nuevas gentes con aficiones comunes o que puedan aportar algo a mi existencia.

Dejaré de compartir enlaces a lo que escribo en ese mensajero atroz en el que a mi entender se está convirtiendo alguna plataforma como Facebook porque al fin y al cabo quien te quiere leer, te buscará para hacerlo; quien quiera saber de ti, buscará la forma o medio para llegar a tu puerta y quien se considere amig@ sabrá abrazar con palabras  lo que el dibujo de una carita más o menos simpática no puede transmitir.

Este Café del Swing permanecerá abierto al público mientras haya una sola persona que demuestre interés en abrir su puerta y asomar la nariz y como de momento conozco un visitante seguro que soy yo mismo, no existe peligro de cierre.

Quiero agradecer a quien me visita y muy especialmente a quien deja su huella en forma de comentario en el mejor lugar para hacerlo que es aquí, “cara a cara” con el barman del local.

Porque un blog se alimenta de los comentarios de la gente y es su principal razón de ser. No es necesario comer mucho para estar bien alimentado al igual que no es necesario tener muchos seguidores para sentirse querido y yo de eso, sé un rato largo…

No estaremos de moda y el mundo bloguero puede que esté de capa caída, pero yo de esa capa hago un sayo y pienso que donde hubo fuego, siempre quedarán cenizas.

Gracias







 








jueves, 27 de octubre de 2016

Taza y cuchara

Un café negro, muy negro; una taza blanca, muy blanca y una cucharilla moviéndose en el sentido de las agujas del reloj diluyendo azúcar y endulzando el paladar.

El sonido inconfundible del metal sobre la loza, se mezcla con el humo que desprende.

Ante mí, un hombre y una mujer entrados en canas y arrugas que el paso de los años cincela en sus rostros.

Ambos, de mirada tranquila y sosiego en el habla.

Son tantas las preguntas que deseo hacerles mientras compartimos mesa, que mi boca se mantiene cerrada por miedo a provocar una estampida de interrogantes.

Quisiera preguntarles cómo les trató la vida; si han sido felices; qué opinión les merecen sus hijos; si tenían virtudes escondidas o secretos inconfesables; qué esperaban del futuro y cómo ven a la sociedad actual comparándola con su pasado; qué consejos me darían; les preguntaría si realmente me quieren o si soy uno más de esos cuadros que cuelgan adornando sus vidas.

Quisiera tenderles la mano, abrazarlos, acariciar sus caras y hablarles como a verdaderos amigos especiales.

Todo eso y más quisiera hacer, pero abro los ojos y entre vapores de café humeante, sólo llego a distinguir dos sillas vacías.









*Uno de esos momentos que en silenciosa soledad y con un café entre las manos me hacen reflexionar. 

Dedicado a mis padres y a tantos y tantos seres a los que no pudimos, quisimos o supimos tratar en vida con el cariño, el recuerdo y ese echar de menos que sentimos cuando los hemos perdido.

Ojalá sirvieran estas pocas letras para concienciarnos en vivir con intensidad lo que tenemos; en no escatimar abrazos, charlas y sentimientos con las personas que queremos; en no dejar para luego un beso, una caricia o una mirada reconfortante. En definitiva, vivir una vida plena sin remordimientos futuros ni vista atrás.



miércoles, 19 de octubre de 2016

Tres nombres y un camino

Diez minutos me bastaron para descubrir que aquello que fui a buscar en tierras lejanas, sin saberlo, ya lo llevaba conmigo.

Tres simples nombres grabados en frío mármol, me hablaron de un pasado en tierras de labranza; de encinas, olivos y bellotas. Tres nombres que escribirían una historia marcada en la memoria y en los corazones de millones de gentes de todo el mundo de un pasado glorioso, un presente convulso y un futuro impredecible.

Jamás pude imaginar que unas simples letras cincelaran en mí un sentimiento de arraigo con unas creencias, de confirmación de unas sospechas y de una plenitud de acompañamiento como jamás había tenido.

Porque llegué allí como una mesa a la que le faltara una pata; como una media naranja que no encontrara su otra mitad o como quien mira y no ve con claridad más allá de lo que ve.

En ese instante, no me acompañaban cánticos hermosos, muchedumbre por millares, pañuelos al viento, ni rosas blancas. No hicieron falta.

Simplemente, era yo con mi silencio; era yo con mi reflexión; era yo y tres niños que sin hablar, me susurraron al oído. Me hablaron de hermosura, de amor, de paz, de un futuro en armonía con el mundo empezando por mi revuelto interior.

Un hombre me dijo que desde ese mismo instante, ya no caminaría solito. Y cuánta razón tenía, porque desde ese día me siento como un niño que levanta los brazos y al que sus padres no soltarán de la mano jamás.

Quisiera poder transmitir todo lo que viví, sentí o gocé, pero quizás no sería comprensible a ojos de esa cerrazón humana que ni ve, ni quiere ver, oír o escuchar algo que mire a las alturas.

Seguiré pensando que soy un tipo afortunado al que la vida le está marcando un camino de blancas baldosas, que pudiendo resultar a veces incoherente, a veces incomprensible, o difícil, sabe ahora más que nunca que su meta no puede llevarle a otro sitio mejor que al destino para el que fue creado.  

A tres niños les debo abrir los ojos y a una Madre, le debo el corazón.














miércoles, 12 de octubre de 2016

A corazón abierto

Amanece un día gris, lluvioso, hermosamente otoñal. Un día de fiesta, de patrona, de café caliente; un día de preparativos, de prisas de última hora y de despedidas cortas con certezas de un regreso muy cercano.

Cuando la noche bostece su primer sueño, un cuaderno, una pluma y una mochila, acompañarán a un hombre que iniciará un largo viaje atravesando pueblos y tierras dejando atrás innumerables traviesas de tren.

Con él, del brazo, caminará su chica  y mil intenciones y recuerdos.

También viajarán sin billete ni asiento, una niña buscadora de futuros en tierras lejanas y otra buscadora de presentes en cercanos lugares. Aquel que sueña con volar a velocidad de crucero y el que a lomos de motor buscará el honor de una divisa.

Viajará la familia; la de ayer, la de hoy y la que siendo futura ya siento como mía.

Mi fiel amigo siempre acurrucado y a mi lado en silencio; también quien perjuró serlo o quien sin buscarlo me encontró y aquel que más que amigo ya es familia.

Aquel que sufre la enfermedad; la física y la de la incomprensión y toda persona a la que el destino le cubrió de prematuro e incomprensible dolor o quien busque como yo un fin en un principio.

Todos tendrán cabida en ese tren y no deben tener miedo a ser descubiertos por el revisor porque lo harán en el vagón de los profundos pensamientos donde sólo la intimidad del viajero, podrá acceder.

Ese hombre marchará con la intención quizás de encontrar esa pieza sin la cual el puzzle de su vida podría resultar hermoso, pero incompleto.

Fijará sus ojos en otros más hermosos, buscando una respuesta, una certeza, una ilusión, una esperanza.

Hablará en profundo silencio y suplicará favores ajenos y propios; intentará soltar el lastre de las angustias, las preocupaciones, desazones e inquietudes.

Prometerá lo que intentará cumplir y jugará a predecir futuros mejores; futuros en paz consigo mismo y su entorno.

Pedirá perdonar lo imperdonable y alcanzar lo que no quepa en razón humana pero sí divina.


Ese hombre no inicia un viaje más, porque ese hombre viajará con un billete de ida y vuelta cuyo precio es sólo el de un corazón abierto.







P.D. Toda persona que quiera unirse a mí en ese viaje que inicio al encuentro con la gran Señora de Portugal y del mundo, puede hacerlo pidiéndome privadamente aquello que quiera que le traslade, porque en mi mochila siempre habrá sitio al fondo.

viernes, 7 de octubre de 2016

El niño de la camiseta

No siempre la vida me ofrece la oportunidad de fundir en uno los tres estados existenciales de las personas. Pocas veces puedo aunar pasado, presente y futuro en una situación, imagen o hecho acaecido. 

Ayer, hoy y quién sabe si tal vez mañana, un niño ha sido el artífice de algo tan raro por inusual.

No camina solo; le acompaña la que imagino es su mejor amiga.

Cruzar mi camino con el suyo me provoca una mezcla de media sonrisa, cierta nostalgia y mucha, mucha ternura.

Definiendo ese momento y capturando para retocar esa imagen, quizás a él sólo podría añadirle una pelota y a ella unas coletitas; pero lo que nunca podría añadirles a la escena, es la serenidad que transmiten a quien como yo se detiene por un momento para poder sentir ráfagas de lejana niñez, de amigos, de juegos y rabiosa inocencia.

Sus pasos son cortos; sus movimientos, algo torpes y lentos, muy lentos. Puede que lo mejor entre lo bueno, deba hacerse despacio, sin prisas.

No se les escucha una voz, frase o pensamiento. Les acompaña el silencio y un común destino de mirada al frente.

Si miraran atrás, se percatarían que observándoles se detiene un hombre con el deseo de alcanzar un futuro en el que también su amiga de siempre le acompañe asida de su brazo y luciendo orgulloso una hermosa camiseta con el número seis.








martes, 27 de septiembre de 2016

Dos seres

Dos seres frente a frente; dos seres hermosos coincidiendo en mitad de un espacio con olor a vida.

No se conocen de nada y nada les une; ningún vínculo cercano; ni tan siquiera una mínima afinidad en gustos o costumbres.

Pudiera resultar incluso paradójico o pasar inadvertido en quien no ve más allá de sus ojos. Pero el encuentro de esos dos seres, habla a borbotones dentro de un silencio sólo roto por unas hojas mecidas por un viento otoñal.

Dos seres que se miran, que se estudian fijamente, sin pestañear; uno asombrado, el otro, expectante. Quietud en sus cuerpos, miradas encontradas y un impasse de espera que midiendo segundos, construyeron eternidad.

No se escucharon palabras; no se necesitaron.

El tiempo se detuvo y con él los tiempos en los que vivimos. Sólo con un gesto, se esfumaron como por arte de magia todas las maldades del hombre; su pétreo corazón sólo impulsado por su afán de posesión sin límites; su obsesión de sentirse rey sin reino y su falta de valores en un mundo descabezado de sentimientos.

Esta vez, habló el respeto, la admiración, el cariño y la sensación de libertad sin nada ni nadie que pudiera hacer tambalear quizás lo más grande que toda sociedad debiera tener: la educación.

Estos dos seres, me han dado una lección de vida dejándome impresa en retina y alma algo que creí perdido…


…La inocencia












* Dedicado a toda persona que quiera y sepa practicar algo tan hermoso como el respeto y el amor por los animales y la naturaleza que tenemos la gran fortuna de disfrutar en este planeta llamado Tierra.

Y como no, también a mi hija María que está aprendiendo por sí misma a ver más allá de unos ojos silenciosos o un mudo paisaje. En definitiva, porque está aprendiendo a vivir.









martes, 20 de septiembre de 2016

El ciclista



Con los pies en el suelo, el ciclista titubea antes de subir a la bicicleta. El camino es largo y los obstáculos serán duros antes de llegar a la meta; pero diríase que nació para eso; sin pretensiones de destacar. Su rol nunca fue el de un líder; sus condiciones, su idiosincrasia, le hicieron ser un gregario más.

Compañero de compañeros, fiel amigo de sus amigos y cumplidor de funciones encomendadas, no rehúye el trabajo en equipo aunque ello signifique renunciar a sus criterios, cualidades o amor propio disfrazado de orgullo.

Mirada al frente y comienza la carrera; buen ambiente inicial, risas por doquier, charlas animadas e incluso relajación disfrutando de paisajes. Como niños jugando a ritmo de pedalada sin ruedines.

Poco dura esa falsa tranquilidad, porque basta una mirada, una palabra o un gesto para que las hostilidades se batan en desiguales duelos que nunca buscó.

Comienzan los abanicos, los vaivenes a velocidad de vértigo. Un descuido y perderá de vista objetivo y misión.

Deberá estar muy atento para no ser absorbido por la voracidad del pelotón.

De repente, falsa calma momentánea que no es sino el prólogo de la verdadera batalla que se avecina en largos y tortuosos kilómetros de desnivel apuntando al cielo.

Armarse de valor, paciencia y fuerza, son tres de las cualidades necesarias para coronar el puerto. Se inicia la escalada y el ciclista comienza a notar los efectos de un asfalto inmisericorde que no perdona piernas, corazón ni cabeza.

Empieza a faltar el aire, el sudor empapa su cuerpo y su mente envía órdenes que a duras penas pueden ser cumplidas por unos músculos agarrotados.

El gentío le rodea; los gritos le acompañan, pero él se siente sólo. Busca con la mirada al amigo, al compañero y sólo encuentra el abandono y la indiferencia.

Es en esos momentos en los que bastaba una mirada o una palabra para recargar la batería de su cuerpo, cuando se siente tan desesperado como otros que corrieron su misma suerte.

Uno a uno, sus sufrimientos van moldeando aquello que nunca imaginó padecer.
Aquellas buenas palabras del amigo, del compañero, del colega, se tornaron en olvidos cuando más se necesitaba su cercanía y apoyo.

En ese instante de ofuscación y perplejidad, se abrió su mente y comprendió que en los momentos buenos, cualquiera puede pedalear a su lado o ir a rueda, pero en los malos, quizás sólo quien menos imagine, se le acercará ofreciendo su ayuda, rescate o simple compañía.

Desde ese día, desde esa y sucesivas carreras, el ciclista desconfía de parabienes, buenos deseos y falsas promesas y pretextos aunque deba disfrazar su cara y ánimo de lo que ya está comenzando a no sentir.

Hoy ese ciclista a fuerza de etapas como esa, comienza a vislumbrar un poco tarde quizás, que en la vida, como en la carretera, lo verdaderamente importante, es no dejar nunca de pedalear aunque para ello deba llegar a plantearse cambiar de equipo.



lunes, 12 de septiembre de 2016

Letras del pasado

Por los libros al igual que las personas, también pasan los años. Su imagen exterior, se va deteriorando con el inexorable transcurrir del tiempo; pero su esencia, el mensaje que contienen, pervive más allá de lo imaginable.

Algunos de estos pequeños pedacitos de historia, han llegado a mis manos.

Destartaladas hojas que no sin esfuerzo se mantienen en cierto orden y disciplina para ser devorados por la curiosidad y perplejidad de quien ahora los sostiene.

Libros que pertenecieron a una niña; una niña como tantas otras que siguió una senda marcada por adultos de esos años. Una niña que quizás sin entender muy bien el significado de tantas y tantas frases, pensamientos o mandatos, no abandonó hasta el fin de sus días ese ideal, esa esperanza e ilusión.

Hoy, esas esperanzas, las hago mías con un cierto sentimiento de melancolía, pero también con una mezcla de orgullo, recuerdos y vaivenes de alma inquieta, porque hoy, recojo su testigo con la fuerte convicción de quien pasará sus páginas con la delicadeza que más de ochenta años de sus tintas escritas merecen.

Esa niña que fue, es y será mi madre, me acompañará en sus lecturas y hará con su compañía que esas letras del pasado, nos unan aún más en un eterno futuro.


jueves, 25 de agosto de 2016

Un muñeco, una maleta

Un muñeco, una maleta; veintitrés años les separan y el destino o quizás una férrea voluntad han querido que ahora se unan buscando futuros en los que cobijarse.

Ambos volarán alto hacia nuevas tierras; tierras de verdes praderas y tréboles con olor a suerte; tierras de mares, castillos y lengua extraña.

Abandonan el hogar dejando promesas de regreso. La distancia, será larga; el tiempo se hará lento; pero donde hay amor, no hay distancias, ni tiempos, ni dificultades que impidan que lo que dejan atrás siempre les espere con corazones de par en par.

Les echaré mucho de menos; no habrá día ni ocasión que no me acerque su recuerdo; pero no hablaré de tristezas por su marcha; no hablaré de preocupación por su partida, ni alcanzaré a borrar un ápice del orgullo, la comprensión y la admiración por la decisión que han tomado.

Ese muñeco almacena noches guardando sueños de un bebé que Dios puso en mis manos como el mayor regalo que a un hombre, padre y amigo le pudo dar. Guarda las más hermosas historias; noches de juegos y risas, de llantos y miedos, de músicas en brazos, de hermanas en perfecta comunión y de padres con semblante disfrazado de perplejidad por tan extraordinarias creaciones que recibieron quizás sin merecer.

Hoy, como entonces, será fiel guardián de ese bebé convertido en una gran mujer. Una mujer con inquietudes, con afán de superación, con deseos de labrar un futuro (su futuro) con esfuerzo y espíritu de aventura.

La empresa, no será fácil; la vida, tampoco lo es; pero quien busca, halla, quien se esfuerza recibe compensación y quien se marca un destino, tarde o temprano lo encuentra.

Hoy me embarga una rara sensación; si tuviera que definirla, imagino que sería algo parecido a lo que pienso sentirían tantos y tantos padres cuando en un tiempo no tan lejano tenían que despedir a un hijo que marchaba lejos a cumplir con la patria.

Preocupación, tristeza, nervios, instinto de protección, no lo sé. Un poco de todo y otro poco de nada.

Porque dentro de todo eso, revive con más fuerza que nunca un sentimiento de admiración sin signos de puntuación que se necesiten para adornalo.

A esa mujer que empujará esa maleta; a esa niña que acurrucará su muñeco de siempre, hoy más que nunca sólo puedo mirarla a los ojos, pensarla y decirle que la quiero.









miércoles, 10 de agosto de 2016

Juegos Olímpicos

Las pantallas echan humo; los píxeles se saturan de horas y horas de retransmisiones deportivas ocupando gran parte de la parrilla televisiva.

Muchas son las disciplinas y deportistas que se nos ofrecen como reclamo para captar toda nuestra atención. Nadadores como peces en el agua; gimnastas contorsionándose como gomas elásticas; baloncestistas más largos que un día sin pan; boxeadores o judocas a mamporro limpio; tiradores de platos sin mesa ni mantel; esgrimistas sin argumentos; pingponeros; saltadores de trampolín a la fama; peloteros peloteando sus pelotas (deportivas) en arenas, parqueses, greenes o pistas rápidas; lanzadores de cuchillos sólo con las miradas; dormilones de camas elásticas; velocistas, fondistas, jinetes, amazonas y cientos y cientos de deportistas que matarían porque alguien les colgara una medalla al cuello.
Y luego, estoy yo; el de este lado de la pantalla.
Ese tipo más fondón que fondista; nadador de duchas; jinete sin caballo; levantador de pesos que no pesan; velocista sólo de cara; pertiguista de barra asidera de vagón; contorsionista de bochornos nocturnos en cama poco elástica y maratoniano de pelis, palomitas y juegos de tronos.
Ese que mide los éxitos por sonrisas ajenas; el que como equipo busca afines; el que cambia preseas por brindis, triunfos por esperanzas y egos por humildades.
El que entrenaría horas de charla entre amigos, rubias cervezas y arreglos de país para acabar dejándolo igual.
Las medallas las dejo para esos profesionales que representan a su país; yo quizás me colgaría simplemente un cartel que dijera:

“Busco equipo”